33. La nueva era de Brenshire. #10
Casi caigo por perder la calma. Ahogo un gemido al golpear la pierna contra madera robusta.
Un impulso me precipita a tomar el pequeño mueble antes de que una de sus patas rechine contra la madera y nos delate, pero esa luz…
Un brillo rosáceo emana leve del filo de una de ellas.
Levanto el mueble despacio para apartarlo, ver el interior. Esa gema la vi en algún lugar.
—Twig —mi alma sonríe. Dejo el mueble a un costado para evaluar el cristal—. Creo que tengo el acceso.
Trato de cogerlo. Hundo la punta de los dedos alrededor de los bordes y tiro con fuerza.
No sale. Me empeño en que obedezca. Las maderas del suelo chasquean por un segundo.
El susto vence mis postura y me deja caer.
Los tablones astillados bajo mis piernas vibran, me aparto al ver como comienzan a levantarse.
Una estructura de piedra asciende de las entrañas del suelo y eleva la cama hasta que sus ropas se unen al techo.
Siento como Twig aproxima la vela sin necesidad de que deba mencionar una palabra para pedirlo.
Sus pupilas danzan despacio sobre la puerta de madera que conforma su entrada.
Se ha maravillado y yo enmudecido. Ambos sonreímos.
Tomo el aro que funciona como picaporte cuando me invita a tirar de él.
—Pero… —el titubeo de Mylo me detiene. Retrocedo.
—¿Aún no te has marchado? —llamo su atención con seriedad.
—Llevo días buscando esa sala, ¿esperabas que no me quedara a descubrir qué hay en su interior? —Mylo sonríe como nunca antes lo vi hacerlo.
—¿Y esperabas encontrar una puerta? —Twig estira la barbilla en un gesto de poca importancia.
—Admito que me ha decepcionado no encontrar monedas esparcidas —ríe el guardia.
Aun si solo es un segundo, siento que toda mi vida está completa al poder escucharlos. Separo la hoja ahora que están distraídos…
—¿Unas escaleras? —el tono de Twig se llena de más decepción aún.
—No esperaba encontrar más oscuridad y enigma —la ironía me pone los ojos en blanco.
—Lo que sea que su majestad, la reina, quisiera ocultar, debía ser importante —Twig pasea con asombro la mirada por la estructura.
—Hay algo de luz tibia al fondo —agudizo la vista—. ¿Crees que hay alguien?
—No —niega Twig—. Se tratará de las antorchas infinitas del reino de los brujos.
Esa luz me atrae. Ese color lleno de puntos azulados que saltan entre los tonos intensos del fuego tiene algo que me seduce, lo sé.
Tomo la escalera sin apartar los ojos de esa fuente clara.
Acto seguido, pequeños pasos llenos de terror caminan a mis espaldas.
Siento esa respiración entrecortada de Twig cuando se vuelve asustadizo sobre mi nuca, me reconforta su calor cuando no sé qué me encontraré en este lugar.
Busco los muros arenosos con la punta de las manos mientras las suyas se posan temerosas sobre mis hombros en busca de apoyo. Aminoro el paso para que lo encuentre.
Comienzo a doblarme a mitad de camino. Bajo el último escalón intentando no caer de boca contra la arena que piso antes de que ese resplandor se vuelva intenso.
Deslumbre. Recupero la postura al llegar a una estancia irregular.
Parece que fue cavada a la fuerza. Sigo el camino que el pequeño sol hace ofreciendo luz de un lado al otro del espacio.
—¿Ves esto…? —recorro cada uno de los objetos sin perder detalles de ninguno.
—Es glorioso —Twig estira las pestañas. Las arrugas de alrededor de sus labios se estiran.
Entre matices amarronados propios de la profundidad de la tierra, hay centenas de armaduras élficas.
Montañas de armas usadas que después de ser repasadas por el armero de los enanos todavía podrán cumplir su función.
Los colores del reino de Rhysartyr brillan bajo esa luz cálida del sol.
Banderas, estandartes… Sacos de terciopelo fino y elegantes a rebosar de esos feérines por los que el pueblo se vuelve loco.
Qué dirían algunas de las pobres mujeres si tuvieran acceso a los cántaros repletos de piedras preciosas que convertir en hermosas joyas y perlas…
Qué desperdicio de telas lujosas que repartir.
—¿Qué es esto, mi princesa? —Twig me pasa el brazo por delante de la nariz con un pergamino sujeto entre los dedos.
Junto las pupilas para afinar la visión a ese papel. Pestañeo para poder cogerlo sin equivocarme.
—Mira —señalo el suelo tras cerrar los ojos en varias ocasiones tratando de despejar la vista—. Hay muchos como este.
Desenrollo el papel con cuidado de no romper aún más esas grietas formadas en los bordes por el tiempo. Estiro las fosas nasales para contener un estornudo.
—Baron —leo entre las palabras que conforman con tinta oscura la parte superior del papel.
—¿Conocéis ese nombre? —Twig baja mis manos para tener acceso a las líneas.
—Creo que antes escuché ese nombre, pero… —mis pensamientos viajan desubicados—, no estoy segura.
—El documento está en elfario —Twig golpea el papel un par de veces con el dorso de la mano.
—¿Puedes entenderlo? —lento, lo convierto en el centro de mi atención. Lo acecho por el rabillo del ojo—. Es decir…, eres un hada de las primeras criaturas y debiste escuchar reuniones en elfario.
—¿Creéis que dieron paso a un pobre lacayo como yo a alguna de esas reuniones? —se lamenta.
—Tenemos que llevar todo a Brenshire… —recorro la magnitud de lo que hay en este lugar y las pupilas no abarcan—. Pero cómo.
—¿Tenemos?
—No permitiré que te quedes en este palacio de muerte, debes comprenderlo —coloco las manos en la cintura. Continúo cavilando como saldremos con todo…
—No es vuestro deber salvarme a mí, princesa —conmina. Como si alguna vez hubiera servido de algo ese tono conmigo.
—Sí lo es —doy media vuelta. Mis labios se fruncen ofuscados—. Es mi decisión elegir a quién salvar.
—¿Aunque esa decisión pase por encima de la libertad de este pobre lacayo? —inquiere con ese tono autoritario de padre enfadado que me hace resoplar.
—Cómo puedes… —dejo caer los brazos desconcertada—. Es precisamente lo que trato de guardar.
—Al menos, me gustaría conservar el poder de elegir qué hacer. Que no me quiten el derecho de decidir cómo soy libre —se avergüenza. Twig se avergüenza.
—¿Cómo puedo dormir por las noches soñando cada luna que mueres? —arrugo el papel entre las manos al pensar en su ausencia.
Abro la mano para que el papel caiga. Me arrodillo de inmediato frente a él y sus hermosas manos ajadas por el paso del cariño.
—Nadie puro debe permanecer en este lugar —le ruego.
—¿Cuál es mi lugar, mi querida princesa? —suspira. Sus dedos acarician mi frente—. Yo juré servir a mi señor.
—No tienes por qué servir más —llevo sus manos a mis labios. Respiro su olor—. Todo lo que yo tenga será tuyo.
—Yo también tengo conciencia, princesa. Deseo elegir como usarla —sus labios se aprietan con pena ante las lágrimas de mis ojos.
—Mi espada, mi corona, lo que desees será tuyo —asiento. Mis ojos sonríen—. Podrás ayudar a todos como rey.
—¡Qué barbaridades decís! —exclama Twig en una carcajada sonora que ilumina sus gimoteos.
—Tú siempre dices que soy tu princesa —coloco sus manos en mis mejillas—. Si tú eres mi padre, eso te convierte en rey aquí o en las tierras perdidas de Nóssurel.
—Yo deseo permanecer aquí. No abandonaré a quiénes necesitan protección conta la mano del rey —se inclina para besar mi frente—. Mi moral también merece respeto, no le deis órdenes.
—Cuando la moral se inclina ante la sangre, deja de ser moral y se convierte en servidumbre… —repito cada una de sus palabras tal y como él me las enseñó. Tal y como Ebhan las escuchó. —Y yo solo le sirvo a mis principios.
—Cuando un padre ama de verdad, no niega el oído a la pena de su hija, Eladriel —Twig tira de mi mano en un gesto cálido para que me ponga en pie—. Ni una hija a la de su padre.
Por primera vez desde que tengo uso de razón, no soy Eladriel.
Solo soy su hija. Aunque haya sido por un leve instante, su voz fue capaz de balancear mi alma al sentirla tan cerca de la suya.
Estoy feliz por estar aquí. Junto a él y no lejos.
Limpio mis lágrimas. La esencia que desea hacer justicia no puede cambiarse.
No puedo pedirle que deje a un lado sus principios, si me enseñó a luchar por los míos.
—¿Tienes alguna idea de cómo puedo llevarme todo? —resoplo. Dejo caer los hombro.
—Yo haré que llegue a Brenshire, mi amada princesa —sonríe Twig—. Podría enviarlo con soldados de la luz bajo la vigilancia del joven Lugh.
—Necesito que esté allí antes de que llegue el día de la misión —vacilo al ver el contenido y su escuálida figura—. No sé cómo podrás hacerlo solo sin revelar el lugar donde todo está oculto.
—Si Elm consiguió guardar todo sin ser visto, yo podré sacarlo —admite Twig con más seguridad que nunca.
—Debo bajar a las mazmorras antes de que Maren y Mim llamen demasiado la atención con los fénixes —mi voz se llena de ternura porque sabe a despedida—. Confío en ti, Twig. Te quiero.
—Vuestra presencia siempre fue la nota más pura en la canción de mi vida. Sin vos, este pobre lacayo sonaría incompleto, mi pequeña princesa —confiesa Twig para dibujarme unas lágrimas—. Eso significa que yo más.
—Prométeme que volveré a verte —mi tono agónico anuda mi garganta mientras me alejo.
—No debéis dudar de ello ni por un segundo —la valentía de Twig es admirable y envidiable a partes iguales.
Me alejo. A pesar de que el llanto me invade con intenciones de recordarme que estoy perdiéndolo para siempre.
Sacudo la tristeza. Concentro mi energía en los minutos que ya se fueron.
En la imagen de los guardias apuntando a los fénixes mientras sujetan a Maren y al teniente con fuerza.
Ese ejército de animales clamando venganza con rugidos de fuego por la muerte de Mim.
Apago los sentimientos tras salir del cuarto de Elm.
Es momento de ser algo más que una princesa.
Corro por la galería atrayendo la imagen de los centinelas de la puerta principal para adelantarme a sus mezquinos propósitos.
Abordo el pasillo principal del ala de sirvientes, camino por él como si fuera un día cualquiera.
Entrecierro los ojos cuando aún están de perfil.
Preparo las piernas para enfrentarme a lo que temo, van a perseguirme en pocos segundos.
Si me capturan y logran encerrarme, la mano de mi padre ordenará mi ejecución sin piedad alguna.