33. La nueva era de Brenshire. #8
Ni siquiera pretendo escuchar lo que tiene que decir.
Doy media vuelta y capturo por fortuna la estructura imponente del puente.
Me sorprende que ninguna de las rocas que lo conforma se haya desprendido después del asedio.
Siguen intactas. Contemplo el castillo. Recorro su estructura.
Sus muros se acostumbraron al lamento de los fénixes y ya conocen como se siente el abrazo del fuego, pero se sostiene con la fuerza indómita del que protege lo que ama.
A quiénes lo habitan. Se mantiene en pie porque cree que puede cambiar. Confía en que lo hará.
Incluso si lo dejaron en la soledad más absoluta, no lograron destruir su esencia. Eso lo dotó de más fiereza que nunca.
—Eladriel —la voz de Mim enunciando mi nombre me hace olvidar los detalles que contemplaba.
Me encuentro con el vuelo de los fénixes de frente, y todavía siento algo denso en el pecho que aprendí a determinar cómo confortante.
Podría describirlo como una leve caricia del pasado que me genera escalofríos en los huesos.
Como una punzada de recuerdos que camina sobre mi piel.
Sonrío al ver como Shae persigue a Riexor mientras lanzan chillos que rebotan contra los negros pastos.
Termino de cruzar el puente pendiente de su vuelo travieso.
Bajo ellos se escucha como cruje la vida muerta, aunque todos estamos más vivos que nunca antes.
Eso es suficiente para volver a sonreír.
—Princesa… —Mim se inclina. Su sonrisa de burla no hace justicia a esos pelos alborotados que trae por el vuelo.
—Buenos días, teniente —asiento. Mi media sonrisa se vuelve pícara.
—Ahora no solo debo verte como la princesa de las hadas, también de los brujos —recuerda Maren con cejas elevadas—. ¿Crees que Azohr me obligará a hacerte reverencias?
—Aquí o en cualquier lugar, no soy tu princesa —arqueo una ceja con burla—. ¿Realmente piensas que yo aceptaría sus imposiciones?
—En ese caso… —Maren tuerce los labios ofuscada. Rueda los ojos a la derecha—. Exijo una explicación de por qué aún no tengo un fénix que montar.
—Desconozco los motivos, pero sé que hoy no lo necesitarás —asiento despacio. Sonriente.
—¿No? —Mim me mira confundido—. Azohr me ordenó darte clases hoy.
—Las daremos, pero en largas distancias —mis media sonrisa se transforma en una amplia.
—¿Qué? —Mim frunce el ceño.
—Saldremos de Brenshire, Mim —Maren sacude la mano con agilidad. Golpea el abdomen del teniente sin siquiera mirar donde apunta.
—Ni aunque el cielo se abriese para dictar esa sentencia —la punta del dedo índice de Mim me punta directamente a los ojos—. ¿Me entiendes, princesa rebelde?
—¿Ves? —ladeo el cuello hacia Maren—. A él si le obligaré a hacerme reverencias.
Cierro el puño. Elevo el brazo para llamar la atención de Riexor.
Ignoro al teniente para correr hacia el lugar en el que descenderá.
Justo cuando Maren llama mi atención, el fénix hunde sus pupilas ávidas en mi mano tensa.
Me esfuerzo en dejarla en alto. “No la abras en el último momento, o pensará que no confías en tus propias indicaciones” dijo Azohr.
Shae estira las alas y me hace voltear el cuello. Mim casi me atrapa.
Sacudo los brazos para impulsarme y coger velocidad ahora que Riexor descendió.
—¡Eladriel! —vocifera Mim entre jadeos.
Sujeto una de las plumas del ala. Apoyo la punta del pie para hacer fuerza y escalar.
—¡Vuela! —ordeno a Riexor.
Alcanzo el pomo de la silla en el último momento. Sus alas se encogen rápido para lanzar un aleteo que nos eleve. Asiento sonriente al teniente cuando tomas las riendas que caen por el cuello de Shae para montar a prisa.
—No dominas el vuelo sobre el campo —Mim grita entre los aleteos de los fénixes—. Si caes, podrías enredarte entre las alas y perder la consciencia.
—Me arriesgaré a ello —recoloco la postura sobre la silla.
—¿No lo entiendes? —Mim envuelve las riendas en sus muñecas. Brama con el entrecejo fruncido—. No podrás desplegar tus alas y caerás al vacío.
—Confío en que no me dejarás caer —dejo que su angustia se esfume tras sus palabras. Le dedico una mirada de reojo—. ¿O lo haríais?
—Claro que no, pero… —aclara Mim entre miradas inquietas.
—¿Tienes miedo del príncipe? —estiro una sonrisa burlona.
—¿Es que acaso esperas que te de una negativa? —Mim parece cargado de certeza.
Me hace reír.
—Iré a Eryas, teniente —confieso tras imitar su movimiento con las riendas—. Puedes acompañarme, o buscar a Azohr para que trate de detenerme, pero ya no estaré aquí cuando lleguéis.
—Prefiero montar contigo en Riexor y dejar que lo dirijas en medio de un bosque espeso —el teniente me asesta una mirada que consigue alterar hasta su flequillo pelirrojo.
—Piensa bien tu respuesta —me inclino hacia un lado para mirarle con ironía—. ¿Sabes qué hará si descubre que me dejaste ir?
—Si vuelves con vida, puede que me perdone, pero si permito que vayas sola… —Mim esboza una sonrisa. Su mano señala su cuello.
—No deseo pensar que el teniente que me sirve subestima mi poder tanto, que cree necesario que el príncipe me acompañe en todo momento para mantenerme a salvo —mis labios se estiran. Mis pupilas lo desafían.
—Quizás mi princesa no debería jugar con mi gaznate de esta manera —Mim me reclama como si fuera yo quien causa su miedo—. Azohr tiene guardias a su servicio.
—¿Recuerdas que también están bajo mis órdenes? —chasqueo la lengua molesta.
—¿A ti también te temen? —ríe Mim.
—Puedes comprobar si lo hacen o si esperan a que llegue el príncipe para temblar y aceptar indicaciones —arqueo una ceja—. Pero quizás no tengas tiempo a salvarte si escoges desafiarme de nuevo y me haces llamarlos.
—Mi princesa —Mim me dedica una reverencia sobre Shae.
Tiro de las riendas para indicarle a Riexor que se eleve aún más.
Tras el impulso, mi garganta se cierra. Respiro cuando el leve temor por sentir que sube de velocidad toma mi mirada y la ciega.
Trato de concentrarme en las palabras de Azohr.
De Mim. Ajusto las piernas a los lomos del fénix, envuelvo la cuerva un par de veces alrededor de las muñecas para asegurarme a él.
Recojo el aire de forma profunda. Los colores vuelven a ser visibles cuando siento que se estabiliza.
—Inclínate hacia delante —Mim apresura a Shae para colocarse a mi costado. Sus indicaciones suenan más suaves que antes—. Que tu peso favorezca el suyo, princesa.
—¿Qué debo hacer para que vuele más rápido? —pregunto. Recorro mis pensamientos con el ceño fruncido por encontrar la respuesta en mi memoria.
—Es suficiente velocidad por ahora —grita el teniente mientras trata de acercarse.
—En realidad… —grito—. No dije que debemos estar de vuelta antes de que pase la mañana si no queremos que Azohr descubra todo.
—Suelta las cuerdas. Aflójalas para que sienta algo de libertad —autoriza Mim apenas le confieso lo que sucede.
Riexor bate las alas una vez con fiereza.
Toma el aire de forma majestuosa cuando las cuerdas alrededor de su cuello se destensan.
Su pico se separa. Su cuerpo tiembla bajo mis piernas.
Deja salir un graznido cuando siente que es dueño del viento y puede dominarlo a su deseo.
Sonrío en paz. De alguna forma ese gesto me hace sentir que puedo confiar en él.
—¿Para qué visitarás Eryas? —Maren aparece tras el teniente mientras se aferra a él con cara de susto.
—¿Con ese aspecto deseas dirigir un fénix? —me burlo de las arrugas que formaron sus ojos al cerrarse con fuerza.
—No dejaré que Riexor se aleje hasta que respondas a mi pregunta, princesa —cierto aire de mofa veo en su tono de voz…
Y yo callo. Mi deseo es ver a Twig, saber que se encuentra bien.
Hace días que temo que le hagan daño antes de que pueda traerlo conmigo a Brenshire, pero…
Necesito encontrar esa sala que Elm menciona en su cuaderno.
Tengo que encontrar esas monedas para poder salvarlo.
Los hombres que forman las filas del ejército deben recibir el pago que les prometí, los nuevos reclutados.
También debo cumplir mi promesa. Miré a Nura a los ojos cuando estaba atada en esos aposentos privados y le di mi palabra de que sería libre junto al resto de las esclavas.
No dejaré Eryas sin honrar lo que acordé y salvar sus vidas.
—Necesito ver a Twig. Saber que está bien —me empujo a acariciar el cuello de Riexor para que la verdad salga con más facilidad—. Y debo averiguar si esa sala que busco ya fue descubierta.
—¿Vas a entrar a ese palacio? —Maren deja caer la cabeza hacia atrás. Golpea el hombro de Mim—. Estamos muertos, teniente.
—¿Esperas que use la entrada principal? —niego hastiada por la poca confianza que parece tener a mi sesera—. No permitiré que vean mi aspecto.
—¿Y quién serás? —Mim deja escapar el aliento estirando el tono con la única intención de molestarme.
—El cancilier Evander Tons —declaro apenas se calla.
Todo parece salir como en un buen sueño.
Maren y Mim han decidido guardar silencio, Riexor ha mantenido la velocidad durante todo el camino…
Jamás pensé que podría dejar que un animal de semejante envergadura sostuviera mi vida sin sentir que mis órganos se sacuden.
Ni siquiera el corazón late apresurado. Se inclina con ligereza hacia un lado para rodear la montaña de Eryas hasta que las aguas del lago Cøve aparecen.
Tenso las riendas a pocos metros de las frondosas copas.
El fénix estira el cuello para ascender apenas siente mi orden.
Entre los aleteos blanquecinos de Riexor, contemplo el paraje hermoso de la hondonada.
Árboles, matorrales y caminos están llenos de pasto.
Hojas brillantes y flores cubiertas de pétalos con colores próximos a la intensidad del verano.
Y nada de esencia. Nada de vida. Trago tristeza por este lugar al que pertenezco, el que debería defender.
Este palacio no me cuenta historias de resistencia como el de los brujos, gritan opresión por cada hueco de sus piedras.
Sus muros puros por el blanco inmaculado tienen la conciencia más negra que las rocas de Émaxor.
Los adornos dorados de los balcones se reflejan en los tejados de las primeras casas de los súbditos en las orillas jactándose de su pobreza. Como si estar cerca