33. La nueva era de Brenshire. #7
—Todo el reino de las hadas, puede que incluso los elfos. Esos reinos aliados a tu padre… —sus manos se posan sobre mis hombros—. Hablo desde la realidad.
—Nosotros no estamos solos —sujeto sus manos. Trato de apartar esa sombra que ocupa su mente.
—¿Qué sucede si Amatara no responde como hizo con Evander? —Azohr se inclina. Su negativa ahora me mira a los ojos—. ¿Y si el comendador que mencionas nos traiciona?
—De cualquier modo somos su objetivo. Quieren destruirnos —aprieto su mano con firmeza—. No voy a permitir que el miedo lo haga antes, ¿me entiendes?
—Eliot no busca almas de la Necrópolis, mi señor —Evander se inclina—. La mortalidad de los brujos los hace vulnerable ante él.
—¿Por qué necesitarán esas almas? —Ebhan baja la mirada. Su voz está tan rota como la del príncipe—. Si esos muertos no estuvieran de acuerdo con Eliot…
—Hay demasiados ángeles en el cielo para enfrentarse a ellos, Ebhan —afirmo sin que mi voz tiemble—. Y como nosotros, esos hijos de Beliel están dispuesto a todo por conseguir aquello que desean.
—Los brujos no buscamos poder. Lo detestamos —Ebhan deja salir su humildad, aunque está cargada de su solemnidad real—. Pero siempre fuimos perseguidos por ello.
—No me dejaré asustar por esas alianzas de mi padre, príncipe —mis ojos le sonríen. Mi boca se tensa y se llena de rabia—. Cuando el consejo del rey es mudo, el reino se pudre desde dentro. Ese poder que no escucha será juzgado tarde o temprano.
—Me sorprende ver que sigues decidida a luchar —confiesa Ebhan. Coloca su mano sobre mi hombro—. Es tu padre. Tu pueblo.
—Mi nombre no clama lealtad por la casa Wínverin. Mi justicia no entiende de apellidos, príncipe Ebhan —mi mirada afilada se hunde sobre el cancilier Evander—. Cuando la moral se inclina ante la sangre, deja de ser moral y se convierte en servidumbre, y yo solo le sirvo a mis principios.
Ebhan me dedica una mirada que nunca antes vi. ¿Me apresuraría mucho si asegurase que es honor? Asiente despacio. Eleva la comisura izquierda después de dedicar una mirada a todos a nuestro alrededor. Sin decir una sola palabra, une su rodilla al suelo.
—Os debo una disculpa —Ebhan coloca la mano sobre su pecho—. Mi lealtad no ha estado a la altura de la tuya.
—¿Podría esperar que fuera de otra manera? —río. Uso la mano para ayudarlo a levantar—. Una sola hada no puede borrar lo que todo un reino hizo durante milenios.
—¿Eso crees? —sonríe Efaris—. Ahora Azohr sonríe —señala al príncipe—. No todas las hadas hicieron daño a los brujos.
—Es una lástima que Ilta no lo consiguiera contigo —sello los labios antes de revelar más detalles.
Efaris guarda silencio. Sus ojos se apartan heridos.
Evander retira las figuras que sujetan el mapa aprovechando que nos hemos distraído de sus dibujos.
Comienza a enrollarlo con cuidado de que sus esquinas no queden dobladas.
Lo guarda en el escriño. Sujeta el cuero en el hombro ante la mirada aguzada de Azohr.
Desconfiada. El príncipe me observa de reojo de forma silenciosa según da un paso al frente.
—Ese mapa no saldrá de aquí —Azohr desenvaina su espada.
—Debo llevarlo conmigo —el cancilier da un paso atrás—. Si el rey Eliot descubre que falta, irá contra los canciliers.
—¿Por qué? —Azohr le muestra la punta. Las espinas que florecen—. Pudo tomarlo un lacayo.
—Aparte de su majestad, los canciliers somos los únicos que sabemos el lugar donde se ocultan estos documentos—Evander se aferra al escriño como último aliento.
—Entonces no te preocupes —estira la espada—. No solo desaparecerá ese mapa hoy de tu reino.
—Mi señor… —los ojos de Evander se convierten en el réquiem de su propia muerte.
—Si sois sincero y guardáis lealtad a mi corona, me entregaréis ese mapa —Azohr deja caer la espada—. Si no, hoy habrá tres cosas que desaparecerán de Ravenbell, y dos tienen aliento.
Evander desprende despacio la correa de su hombro. La envuelve con la mano para ofrecérsela al príncipe. Su espalda se dobla cuando Azohr ya tomó el cuero.
—Disculpad, alteza —Evander clava la mirada en los tablones de madera oscura del suelo—. ¿Cómo debo justificar la ausencia del pergamino si el rey trata de indagar?
—No será necesario que abras la boca —niega Azohr tras dejar el escriño sobre la mesa despejada de un golpe—. Tú volverás al palacio de Eryas, y yo traeré al cancilier Drieden aquí. Él se convertirá en el sospechoso.
—¿Drieden? —sujeto su antebrazo rápido.
—No voy a esperar a que se reúna con esos butkam para averiguar cuándo nos atacarán. Él mismo confesará la verdad —espeta el príncipe dejándose vencer por la ira.
Azohr se detiene a mi altura. Antes de que yo de un paso más tras él.
Sujeta mi barbilla para elevarla y posar un beso en mis labios.
Abandona la estancia sin decir una sola palabra más mientras Ebhan nos dedica una mirada fugaz antes de seguir sus pasos a carrera.
Respiro profundo. Me pierdo en la princesa de magia oscura.
Shaqia recoge una copa de cristal y una botella de la estantería de madera a un lado de la sala.
La abre sin esfuerzos. Se sirve. El cancilier Evander observa la escena desconcertado cuando ella se bebe el contenido de un solo trago.
—¿Os place? —Shaqia se limpia el hilo de vino que le cuelga con la manga del vestido.
—No, mi señora —niega el cancilier. Sus mofletes bailan por la negativa—. Os lo agradezco.
—No tengáis miedo de mi apariencia, cancilier —Shaqia esboza media sonrisa. Camina con la botella y una copa vacía en la mano—. Un poco de vino os vendrá bien para calmar el temblequeo en las piernas por las palabras de mi hermano.
Efaris ríe. Guardo la mía apretando lo labios.
Evander pide mi permiso con la boca estirada en una mueca de complacencia.
Creo que él también desea perderse por un rato en este comportamiento nada protocolario y esa forma confianzuda de hablar entre nosotros que jamás entendería alguien que usa vos por obligación.
Una criatura recta y educada, sí, pero sin capacidad de expresar algo que ocupe su mente sin el permiso del resto del mundo.
Asiento. Estiro una sonrisa de confianza y solo así Evander acepta esa copa.
Sus ojos caen precipitados por la imponencia de la princesa oscura junto a él contemplando con curiosidad sus movimientos.
Como si fuera un ser extraño que tiene delante por primera vez.
El cancilier se pierde en su pelo alborotado y divertido, oscuro.
Aunque para algunos es incluso insolente.
—Te necesito —manifiesto entre dientes a la reina aprovechando que Shaqia y Evander están entretenidos.
—¿De qué se trata? —Efaris da un paso hacia el lado. Se acerca con una luminosa sonrisa—. ¿Deseas ponerte al día con el asunto de la renovación del castillo?
Frunzo el ceño a su pregunta. Eso suena igual de alentador, que de aburrido.
—Confío en ti para eso —fuerzo una sonrisa amplia—. Necesito tu ayuda en algo más importante que la decoración del castillo.
—¿Qué sucede? —Efaris se inclina. Sujeta mi brazo al moderar el tono de voz.
—Debo ir a Ravenbell, pero… —sello los labios.
—Azohr no puede enterarse —su boca se llena de una amarga aceptación.
—No iré sola, pediré a Maren y el teniente que me acompañen —trago saliva. La miro con urgencia como última instancia—. Solo debes hacerle creer al príncipe que he estado en Carsley si descubre que salí.
—Eladriel —la reina endurece su voz. Me suena a advertencia—. No deberías mentirle.
—Tengo que ver a Twig —mi semblante se llena de pena—. Necesito saber que está bien.
Efaris contempla a su hermana antes de darme una respuesta.
Encoge mi estómago. Shaqia sonríe, eleva la copa con desenfado.
El cancilier parece hacer encontrado una manera de soltar sus nervios.
Veo que lleva la copa con celeridad a la boca y esta es la segunda que toma desde que la princesa oscura le hizo el ofrecimiento.
—Si no regresas en las horas de la mañana, seré yo quien le revele la verdad a Azohr —acepta Efaris sin dejar atrás ese tono real de amenaza.
Asiento. Le dedico una reverencia antes de deleitarme con el estado de Evander.
El cancilier ya tiene su rostro rosado, pero se vuelve de un color intenso al inclinarse hacia delante para cumplir con el protocolo.
Sus piernas se sumergen en un ligero balanceo que pone en peligro su frente.
Mis párpados se separan por un instante al ver cómo casi impacta contra el borde marcado de la mesa si no llega a ser por la intervención de Shaqia.
—Debe llegar a Eryas sin sufrir daños —carraspeo.
Salgo del comedor cuando me he asegurado en instancia de que nadie conocido está por los alrededores.
Hasta que recuerdo al guardia de la puerta.
Ese brujo tiene demasiada cercanía con Azohr como para guardar silencio si me ve abandonar el reino sobre un fénix…
Aprovecho la hoja de la puerta principal abierta para salir en silencio.
Contengo el protocolo y adopto una mirada de fiereza si con ese gesto guardan sus reverencias por susto.
—Princesa Eladriel… —Yeziel pronuncia mi nombre.
—Buenos días tengáis… —mi pecho se vuelve rígido y aun así continúo caminando.
—Sabéis que el príncipe Bradosck me ordenó vigilar vuestras salidas —resuelve Yeziel sin que pueda replicar con mi huida.
—Entonces… —volteo. Me cruzo de brazos—, decidle al príncipe Bradosck que fui a entrenar con Riexor.
—Solo si vais a entrenar con Riexor —Yeziel arquea una ceja.
—Yeziel —sonrío. Adelanto un par de pasos—. ¿Crees que hablas con una súbdita del castillo?
—No, mi señora —el brujo sostiene la cabeza en alto—. Sois la princesa de Émaxor. Mi princesa.
—¿Acaso has determinado que mi poder es menor al de tu príncipe? —mis puños se cierran.
—Nunca —su boca se llena de dignidad—. Pero hice un juramento ante mi señor, debo obedecer sus órdenes.
—El único juramento ante el que yo me arrodillo es el de mi libertad, querido Yeziel —dibujo media sonrisa—. Las órdenes de tu príncipe no me detendrán.
—También es vuestro príncipe —Yeziel deja caer ese orgullo de un movimiento firme.
—No hay poder que pueda impedir que salga de este reino —humedezco la garganta—. Puedes dar un paso adelante y tratar de detenerme.
—Mi señora —se inclina el guardia tras apenas levantar la punta del mandoble.