33. La nueva era de Brenshire. #5
—¿Quiénes se encargan de ellas? —el príncipe aparta la capa para recuperar la postura, Sus ojos se llenan de sospecha—. ¿Por qué deberían ocultarnos información y entregarla a quiénes viven en ese reino?
—Los guardianes de la verdad. El dios Bohr de la memoria o la diosa Risela de las lenguas… —Evander señala la ciudadela más elevada del dibujo—. La creadora de los elfos, la diosa Aphaea, nació de la esfera que guarda el reino.
—Espero que tu conocimiento sea más extenso de lo que has revelado —esbozo media sonrisa.
—Admiro que siempre habéis con exactitud, mi princesa —Evander imita mi gesto y su expresión de calma se vuelve refrescante.
—Eso esperaba escuchar —elevo una ceja con satisfacción—. Supongo que aprovecharás la visita para terminar la historia de la hermana de Essoi y su enamorado hada.
Desde que mencionó su historia espero a conocer con más profundidad los detalles.
Incluso si sé que no será de mi agrado. Para ser la hermana de la creadora de la luz, esa diosa que engendró a mi padre, no tenía el gusto de conocer su nombre.
Y desde que Evander lo mencionó en el festival no he podido olvidarlo.
Él se mantiene inquebrantable ante tanta mirada con más maestría de la que yo lo hago.
A pesar de que está a punto de revelar cómo han querido borrar su nombre de la historia.
—Ya sabéis que Amatara incumplió la primera norma del dios de los cielos —Evander se lleva las manos a la espalda. Su semblante se llena de una pena que me atormenta.
—Quiero escuchar qué les hicieron —murmullo.
—El dios Azabel entró en cólera al descubrir que sus creaciones se revelaban. La diosa Amatara se había unido a uno de esos seres inferiores que crearon Aivtor y Essoi —el cancilier se apiada de mi voz apagada dejando que la pesadumbre tome su tono.
Quiere romperme con cuentos de destrucción y venganza. Mis hombros se tensan. No puedo culparlo a él, su boca solo se ha convertido en la voz de mis pensamientos.
—Aseguró que el resultado de ese amor sería una magia que ni él ni Beliel podrían controlar. Una amenaza contra el mundo —Evander calla, pero no por calma.
Sus pupilas alternan consecuencias nefastas entre la figura del príncipe y mi propia presencia.
—¿Qué clase de magia es la que le permite a ese dios del cielo descifrar tal cosa? —la ira me hace cerrar un puño. Negar sus afirmaciones.
—Antes de ellos, hijos de los dioses desafiaron la primera norma. Vosotros no sois los primeros que en milenios se encuentran sin deber —el cancilier se lamenta mientras contempla como mi mano apenas se abre al aire.
—Pero Nóssurël aún está lleno de vida… —me aferro a mi propia esperanza. O necesidad.
—El dios de los cielos tuvo que usar su poder en más ocasiones de las que a él mismo le gusta recordar —con un tono de convicción absoluta, el cancilier se atreve a derribar cualquier sueño futuro.
—¿Hablasteis con él? ¿Vos lo visteis? —Azohr pierde la poca paciencia que posee—. ¿Cuáles fueron sus acciones?
—Terminó con sus vidas, mi señor —sentencia Evander.
El cancilier siente menos misericordia por la voz temblorosa del príncipe, que por mi propia seguridad. Se puede acceder a ella, pero el alma de Evander ha comenzado a forjarse tras milenio de sufrimiento. Y no puedo hacerlo responsable.
—Hay quienes lograron sobrevivir, mi señora —el cancilier separa los labios. Sus ganas de apaciguar mi dolor hacen que su voz vibre—. Beliel protegió a la primera criatura que nació con un don que ninguno de los dioses creadores podía gobernar.
—Pero… —el terror me hace alzar la mirada.
—También hay quiénes no lograron hacerlo, como los primeros hijos de Essoi —Evander deglute con trabajo.
Siento las pupilas de Ebhan sobre mí. Despacio, solo puedo mirarlo de reojo.
—¿Los mataron? —pregunta Ebhan sin pestañear. Sin dejar de mirarnos.
—Sin más remedio, príncipe Ebhan. Esas criaturas no tenían poder para controlar sus propios dones —el cancilier guarda entre sus dientes una repentina congoja.
Su revelación hace que el peso de mi cuerpo caiga. Despierta la angustia que logré dejar atrás en las primeras horas del día.
—Nacieron con el poder de la luz del dios Kridos y la naturaleza indomable del agua del dios Aivtor —termina de relatar Evander así mi semblante se arrugue porque ya no puede más.
—Cancilier… —sacudo la cabeza en un gesto de negativa.
—Era necesario, su alteza —no guarda silencio. Cree que lamentarse es suficiente consuelo.
—¿Por qué? —Azohr estira los labios en una mueca de desacuerdo—. ¿Cómo podría el poder de una criatura apenas nacida superar al del mismísimo creador?
—Sus lágrimas quemaban a aquellos que las tocaban. Sus lamentos creaban lluvias que destruían los paisajes hermosos del dios del cielo. La luz de su poder cegaba a Thirena y perdía el control sobre sus mares… —Evander enumera todo aquello que yo temo.
—Pobre Essoi… —suspiro. Poso la mano sobre mi vientre—. Ella solo tenía el deseo de ser madre.
—Pudo serlo. Estás aquí —Ebhan estira sus comisuras de forma tímida.
—Solo porque el dios de las profundidades intervino para que fuera posible —una sonrisa confidente, más amplia de la de Ebhan, transforma al cancilier y su forma de mirarme.
—¿Beliel? —he recolocado la postura antes siquiera de que Evander pueda pestañear.
—Él sabía que su hija lloraba por su perdido destino —las pupilas del cancilier destellan halago por ese interés que no he podido ocultar.
—¿Decís que la diosa Essoi es la hija del dios del bajo mundo? —-Efaris niega.
—Él tomó al último hijo de Essoi y Aivtor, y arrebató sus dones. Le entregó el poder del viento de una de sus creaciones, alas para poder surcar el aire —la voz del cancilier emana cortés aún tras ignorar a una reina.
Es como esas veces que sabes que por fin se revela la verdad.
—Pero ella es la diosa de la luz —la reina de magia blanca aún no puede creer lo que escucha.
Sin embargo yo…
—Beliel dividió su don —pienso en voz alta—. Si Essoi es la diosa de la luz reveladora, Amatara lo es de la luz oscura.
—En efecto —el cancilier asiente a mi teoría.
—Hay algo que no comprendo —Ebhan se encoge de hombros—. Decís que Beliel otorgó alas a Eliot porque tomó poder de Ventos para él, pero todas las hadas pueden volar. Hasta las que no controlan ese don.
—Beliel sabía que Eliot sería rey. Un rey necesita ejércitos y criaturas que gobernar —Evander chasquea la lengua—. Ayudó a crear a las hadas. Ellas debían protegerlo de su propio poder si fuera necesario.
—Siento poca curiosidad por la vida del rey de las hadas, cancilier —siento la voz de Azohr cerca. A mis espaldas—. ¿Qué sucedió con la diosa y su enamorado?
—El dios del cielo quiso apresar a Amatara por romper sus normas, a Ijeim, pero ya era demasiado tarde —Evander señala otro reino del mapa—. Beliel ya les había otorgado el reino de Benea.
—¿Y Azabel solo se mantuvo en silencio? —Ebhan ríe—. ¿Se detuvo solo porque el dios de las profundidades lo dijo?
—El dios padre Azabel no puede intervenir solo en la creación porque Nóssurël también fue creada por Beliel, por sus emociones. Ambos gobiernan el mundo —el cancilier ríe, pero a diferencia de Ebhan, él parece hacerlo de pura dicha.
—¿Y…? —Azohr guarda silencio. Se aclara la garganta al recordar que todos los presentes están atentos a sus palabras.
—Sí, mi señor, tuvieron descendencia. Semidioses —las mejillas de Evander de ruborizan.
Quién diría que un cancilier pudiera sentir pudor…
—Entonces, ese poder que Azabel teme no es más que un mal sueño —recrimina el príncipe tras poner la mano sobre mi espalda.
—Solo porque nuestro señor cree que el poder de Jayd y Malek proviene de la diosa Amatara, Ijeim es un simple hada de la cosecha —el tono de Evander se vuelve amable ahora que se dirige al príncipe. A pesar de nuestra cercanía.
Y no sé cómo, pero consigue apaciguar la indignación de Azohr. Podría decir que el cancilier comienza a confiar en él. Pero yo… Yo sé que esa historia no habla de nosotros.
—Si bien ellos controlan a los Vhelmar, no se han conocido tragedias. Se sabe que cazan en las regiones de Avka para mantenerlos alimentados —Evander recorre el mapa con las pupilas. Señala el largo trecho que separa Benea de Avka.
—¿Qué clase de criaturas son esas? —Ebhan arruga la nariz. Sus labios se estiran llenos de desagrado—. Ni siquiera escuché su nombre.
—Es como si las sombras de la magia se convirtieran en sangre oscura, pero caminan. Es como si un corazón habitase en su interior —Evander recurre a ese tono de maravilla que tiene el poder de captar la atención.
Aprovechando que todos han separado sus labios para concentrarse en lo que cuenta, Evander se lanza a caminar para tomar distancia de todos.
De Efaris que respiraba sobre su coronilla.
Se aleja de mis ojos penetrantes. De la cercanía intimidante y el ceño fruncido del príncipe cubriendo mis espaldas…
Pero sus palabras no se enredan bajo presión.
Por el contrario, se vuelve cada vez más firme.
—Las sombras escarlatas se apiadan del vacío de las almas, por eso las toman. No hablan, pero es fascinante escucharlos susurrar melodías que solo un músico podría interpretar —el cancilier ladea el cuello al llegar al otro extremo de la mesa.
—Otro ejército de muertos como el que rodea este castillo… —Shaqia rueda los ojos a la derecha. Resopla de hastío.
—Se ven muertos, mi señora, pero aquellos que controlan su cuerpo no lo están —el cancilier hace alarde de su sabiduría ancestral para contraatacar su pobre argumento—. Es poder puro del dios de las profundidades sobre la tierra.
—¿Y pensáis que se aliarán con nosotros? —me coloco de medio lado para entregarle una mirada suplicante—. Es decir, desafiar a los dioses después de…
—No tengo dudas de que la diosa Amatara no desperdiciará la oportunidad de desafiar a su hermana, ayudar a su padre —Evander sonríe tras sujetar sus manos al frente.
Al menos, ahora su pecho se mueve con más tranquilidad. Su rostro ya no parece estar frente al día más tranquilo de mi padre…
—Esa sería una batalla justa —Azohr inclina la cabeza conforme—. Muertos contra muertos.