33. La nueva era de Brenshire. #4
—¿Incluso si ahora esa lealtad también debe ser hacia un brujo, cancilier Evander? —Ebhan ladea el rostro con el semblante lleno de curiosidad.
—De no ser ese el caso, no me habría atrevido a desafiar a mi rey para buscaros en Émaxor, su alteza —asiente Evander como muestra de respeto—. La lealtad a la palabra que entregué a mi señora me obligó a ello.
—Serás bienvenido si ese es el deseo de la princesa, este es su castillo —acepta Azohr con poca gana.
Da un par de pasos para rodear la mesa. Toma la empuñadura de la espada mientras tanto como si eso le diera más imponencia. Parece no tener suficiente con que el cancilier deba estirar el cuello para poder mirarlo a los ojos.
—Siendo generoso, te haré una advertencia antes de abrirte las puertas de mi castillo —Azohr tensa la mandíbula—. Si el rey o alguno de los canciliers con los que te reúnes descubren la verdad, nadie más será sospechoso para mí.
Se inclina hacia delante incluso si eso hace que el cancilier no pueda pestañear.
—Entonces, no me importará esa lealtad que juras tener —el príncipe eleva las cejas para observarlo al detalle.
—Si eso llegase a suceder, yo entregaría mi cabeza a la princesa —Evander estira la espalda para apoyar su afirmación.
—Basta de promesas y advertencias —me aclaro la garganta mientras despejo la mesa—. Estoy deseando ver ese mapa, cancilier.
Evander retira la correa de cuero del hombro.
Esas figuras de hadas que han grabado sobre el escriño revelan el lugar del que procede, nadie jamás vio a esas criaturas salvo mi padre.
Son las mismas que decoran la mesa de la cámara del consejo.
Una simple tapa de metal resguarda un documento tan importante para los dioses, que debe ser ocultado a todos los pueblos.
Mi boca se seca por impaciencia según saca el pergamino.
El cuidado le obliga a ir despacio. Contengo la respiración cuando lo extiende sobre la mesa.
Le entrego el par de figuras que servían de decoración, las coloca a modo de soporte a cada extremo.
Respiro con ansia. El color amarillento del papel ajado por el inevitable paso de los milenios me hace cerrar los ojos.
Me concentro en recibir por un instante ese rico aroma a sabiduría, archivos e historias.
—¿Qué cosa es esta? —Efaris se acerca a la mesa en cuánto el contenido se ha revelado.
Apoya las manos en el respaldo de la silla para sostener su propio asombro.
—Esta es la verdadera extensión de las tierras de los dioses del cielo y las profundidades —Evander coloca las manos a ambos lados del mapa. Sonríe con orgullo y complacencia—. El mapa completo de Nóssurël.
Enmudezco. En realidad, el silencio ha decidido convertirse en el gobernante de lo que sucede.
Aunque quisiera comprobar cuán asombrados están todos, no puedo despegar los ojos de ese pequeño trozo de tierra que ahora es Órianth.
Al sur, Avka. Los dos pertenecen solo a una pequeña porción de ese papel a un lado del mapa.
Puedo ver que Aeranthos y Draenith aparecen.
Reconozco la isla de Ylros y el reino de Ménthir.
Pero ahora… ¿Cómo podría volver a llamar a la masa tras esas tierras, el mar de la incertidumbre?
Ahora muestra todos sus destinos. En tinta lo han nombrado: Mares de Therys.
Sus palabras ocupan gran parte del espacio entre los detalles nuevos.
A largas distancias de nuestros confines hay islas cuyo nombre evoca deseos de conocimiento.
Isla Sophia es solo un grano comparado con ese conjunto de tierras flotantes que llaman Islas de los Bastiones.
Percibo la mirada de Azohr de forma fugaz, su labio recuelga de asombro como el mío.
¿Volkaris? Isla del Ciervo Negro. Y, ¿qué es eso de Tierras Paganas?
¿Es que acaso nadie nos iba a hablar nunca sobre esas tierras que llaman de las estaciones? Parece el lugar perfecto para que cualquier hada aprenda a manejar su don. Ni siquiera sé qué clase de criaturas vivirán en estos lugares…
—¿Qué hay en Ókata? —Azohr señala una pequeña isla dibujada cerca de la línea final del pergamino—. Ese río…
—La corte de las almas —revela Evander sin hacer esperar al príncipe—. Ese río lleva a Veltharion, su capital. En ella se realiza la noche de Dragoth y los intercambios entre vivos y muertos.
—¿Intercambios? —una arruga toma por un momento el entrecejo del príncipe.
—Una criatura viva cuyos pecados condenen a su alma puede pedir un juicio y traer de vuelta a un alma que no encuentra descanso —ahora sí, el cancilier nos contempla a todos con aires de superioridad—. Pero solo una noche al año, cuando la luna se vuelve roja.
Razones para sentirse así no le faltan, nunca vi tanto interés en escuchar las palabras de un cancilier.
—¿Hablas de esas almas que Beliel rechaza? —dejo caer la frente más asustada que curiosa.
—No, su majestad —Evander aprieta los labios para contener una sonrisa cómplice—. Estas almas tienen un hogar y esperan en él a ser devueltas a la vida. Se han mantenido unidas a este mundo por una consecuencia, no por un pecado.
—Deléitanos con ejemplos, cancilier —contemplo como el gaznate de Azohr se mueve sin que pueda evitarlo.
—El amor, la culpa. Quizás una deuda o una promesa… —enumera el cancilier sin pararse a pensar demasiado.
Se nota que tenía el discurso en la punta de la lengua.
—¿Decís que podría haber cambiado mi alma por la de mi padre y haberle devuelto la vida? —Efaris es quién lanza la pregunta, pero Ebhan eleva la cabeza como si hubiera sido idea suya.
—No es tan fácil como pensáis, mi señora —el semblante del cancilier se vuelve rígido ante la voz de la reina—. Si me permitís, puedo explicaros cómo funciona.
—Adelante —Efaris estira el brazo para darle permiso.
—El alto estrado de Órianth no acepta reunirse con cualquier alma que haya pecado —Evander se humedece los labios antes de continuar—. El senado de los sin rostro solo juzga criaturas cuyos pecados hayan roto el orden de los creadores.
—Pero… —titubeo. Pienso qué decir antes de que Efaris le confiese su pecado con Ilta—. ¿Dónde se encuentra su hogar? ¿Pueden verse?
—Podríais verlas, estar junto a ellas, pero no hablar —se resigna el cancilier con tono apagado.
—¿Qué las diferencia de las que la princesa mencionó hace unos instantes? —Ebhan junta las cejas con aparente desconfianza.
—Estas almas son llamadas errantes, mi señor, porque no pueden recibir sentencia —Evander ladea la barbilla hasta que apunta en dirección al príncipe—. Cada noche acuden a su panteón cuando los sepulcrantes las llaman.
Apenas he podido descifrar el significado de uno de esos términos raros que Evander ha utilizado para hablar sobre esas almas errantes, cuando su boca no se detiene. No tiene reparos en llenar el aire con más palabras que no comprendo…
—Disculpa, cancilier… —carraspeo.
—No os adelantéis, mi señora —asiente Evander tras interrumpirme—. Estaba a punto de revelar que hay una gran biblioteca en la capital donde se guarda el libro de los nombres.
Evander estira con eficiencia la punta del dedo. Señala el dibujo de una estructura con forma de pirámide que ocupa buena parte del dibujo del reino. Me recuerda a la torre que los elfos levantaron para rendir homenaje a los creadores de Órianth.
—Ese libro puede reescribirse cada noche, pero solo puede hacerlo si todas las almas que todavía son buscadas acuden a su panteón —el cancilier eleva la frente para comprobar si comprendemos su explicación.
En el lugar del cancilier, me habría ahorrado hacer trabajar a los músculos del cuello. Nunca vi frentes tan llenas de arruga como ahora.
—Yo esperaba conocer quiénes son esos sepulcrantes de los que hablas… —arqueo una ceja. Uso la ironía para romper la tensión del ambiente.
—Custodian los panteones. Se encargan de que las almas errantes no se pierdan o dejen el reino —Evander responde a mi ironía con una certeza impresionante.
—Encuentro interesante vuestra explicación, cancilier, pero… —Efaris aparta las manos del respaldo para rodear la mesa. Se acerca a Evander—. ¿Podríais decirme de dónde sacaron las hadas este mapa?
—Pertenece al palacio de Eryas. Ravenbell eran las tierras donde se archivaba la información antes de la creación de la ciudadela de los elfos —Evander se tensa ante la cercanía de Efaris.
—¿Por qué no fue archivada en la ciudadela como el resto de archivos? —la reina no se molesta en ocultar que está enfadada incluso si su tono continúa comedido.
—Los creadores ordenaron enviarlos a otro lugar —el cancilier sella los labios como último recurso ante la insistencia de la reina.
—No podría sorprenderme que los dioses entregaran información privilegiada al reino de las hadas… —rezonga Ebhan antes de asestarle una mirada de enemistad al cancilier.
—Mi padre es hijo de dioses a pesar de no ser uno de ellos. Él convivió por años con ellos en ese templo antes de que le entregaran un lugar que dirigir —doy media vuelta para interrumpir las reflexiones de Ebhan—. Conoce más información que ninguna otra criatura.
—Ese mapa debería estar en la ciudadela —Shaqia separa los labios para que su torrente de indignación tome la conversación
No puedo culparla, yo también siento rabia.
—O en esa dichosa sala secreta… —ironiza Azohr.
—Esa información debía ser enviada a las ciudadelas principales de Nóssurël… —Evander se olvida de los presentes y centra la mirada sobre la mía.
—Siendo así, ¿cómo es posible que vuestro reino lo tenga en su poder? —Efaris no renuncia a la determinación de desenmascarar al cancilier.
O su desconfianza en él…
—Este mapa debe ser solo una copia —intervengo antes de que ejecuten al cancilier expandiendo solo las pupilas.
Resoplo con burla hacia mí misma por no haberme dado cuenta antes.
—Me temo que así es —el cancilier acepta con tristeza mi afirmación—. Su majestad ordenó a los escribas hacer una copia de cada archivo antes de enviarlos a las ciudadelas de Isla Sophia.
—¿Qué hay en esas ciudadelas? —Ebhan se inclina para contemplar el dibujo del mapa—. ¿Por qué deberían ocultarnos información y entregarlas a quiénes vivan en ese reino?
—Cada una de ellas registra una era de la creación —acepta el cancilier sin vacilar.