33. La nueva era de Brenshire. #3
Otro toque. Esta vez más firme y decidido que el anterior. El príncipe se resigna en un movimiento cuando nuestro silencio parece no resultar suficiente para mantener alejado a quién importuna.
—Mi señor —una voz fina de mujer cala a través de la madera.
—Es Céfeda —revela Azohr en un susurro.
—No se atreverá a entrar sin que le des el permiso, ¿verdad? —tuerzo el cuello solo para ver cómo se ríe de mi pregunta.
—Retírate, Céfeda —ordena.
Azohr dobla la espalda para unir sus labios con los míos. Cierro los ojos cuando sus dedos dibujan una línea recta desde el cuello hasta que sus movimientos vuelven a iniciarse.
—Vamos, Azohr —la voz de Ebhan aborda la estancia desde el otro lado—. El cancilier Evander acaba de llegar.
Separo los párpados al instante. Contemplo como el semblante de Azohr ha cambiado después de este breve pestañeo y se han curvado sus cejas.
Debe ser importante su visita. Y sobre todo, Ebhan debe estar muy seguro de sus acciones si consideró oportuno revelar nuestro paradero a alguien tan cercano a mi padre.
Recoloco la postura después de que el príncipe se haya apartado a prisa.
Coloca su ropa con premura. Me lanzo a por las sábanas para envolverme.
Es absurdo que trate de fingir que acabo de despertar al día cuando mis mejillas ruborizadas indican que yo lo hacía despertar.
—¿Crees que la visita del cancilier se deba a que mi padre ha descubierto que…? —me apresuro a decir antes de que llegue a la puerta.
Mi mirada se aparta de la madera. Mis propias palabras me sumen en pensamientos que no deseaba tener…
—Confío en que, si ese fuera el caso, Evander no habría sido el cancilier elegido para venir —Azohr camina nervioso y eso aviva mis temores—. Pero es esa unión que tiene contigo la que me hace sospechar de él.
—Él sabe cosas que solo el comendador de Zor.a podría haberle confiado. Yo estoy dispuesta a respaldar la lealtad del cancilier Tons —muevo mis pupilas sobre sus pasos.
Carraspeo según ajusto las sábanas al comprender que su mano no se detendrá y abrirá la puerta sin haberme dado el previo aviso de ello.
—Podrían utilizarlo aprovechando que ganó tu confianza —Azohr me dedica una mirada de advertencia antes de cumplir su cometido—. Pero ningún cancilier se ha ganado la mía.
—No pido que confíes en Evander, príncipe, pero quiero que recuerdes que Ebhan lo trajo aquí —asiento. Mis cejas se arquean en un gesto de ruego—. Si realmente fuese una amenaza, no estarían en Brenshire.
Azohr baja la mirada. Me inclino hacia delante al ver que no articula palabra tras unos segundos.
—No abandones el cuarto —me ordena el príncipe con voz seca. Su mano aún abraza el tirador—. Permanece en silencio.
Pongo los ojos en blanco. Suspiro. La cara de Ebhan aparece en el centro de mis pupilas cuando la hoja se separa. Al menos, él sonríe mientras me dedica la reverencia.
—Princesa —anuncia Ebhan.
—Buenos días tengáis, príncipe Ebhan —asiento. Mi comisura izquierda responde a su sonrisa elevándose.
Estiro los labios con más ímpetu al ver como Ebhan gorgorea antes de dar un paso leve que lo acerca demasiado al príncipe.
—O sales… —Ebhan arruga el entrecejo—, o te arrastro de esta armadura —coloca el dedo sobre el cuero.
—Bajaré en pocos minutos —Azohr estira el brazo para apartar al príncipe de un ligero empujón.
—¿Me harás entrar ahí dentro? —sonríe el príncipe de magia verde.
—¿Permitirás que me asee antes de bajar a reunirme con criaturas importantes? —a pesar de su mandíbula tensa, Azohr sonríe.
—Yo agradecería poder vestirme antes de recibiros —elevo la voz desde el fondo. Tuerzo la boca con cierto sarcasmo.
—Céfeda —enuncia Azohr sin siquiera haber torcido el cuello para determinarme—. Prepara el agua en los baños de abajo, me asearé ahí.
Entrecierro los ojos al ver como la puerta se cierra después de que haya dado las indicaciones precisas.
Él menos que ninguna otra criatura de las tierras de Órianth debería pensar que haré caso a sus órdenes.
Está loco. ¿Cree que puede pedirme que me encierre de forma voluntaria?
No permaneceré en estos aposentos hasta que decida cuándo será seguro todo lo que hay fuera para mí.
Si el príncipe se desarma ante la idea de que algo malo me suceda, yo tiemblo solo por pensar que desaparece.
Trago determinación. Me impulsa a levantarme.
Recojo el uniforme de vuelo de la esquina en un movimiento seco y me lo enfundo una vez que he decidido desafiar al tiempo.
Ajusto el corpiño. Tiro de los cordones de las botas para asegurarlas. Me seco las manos…
Mis pies me sitúan delante de la hoja de la puerta.
Sonrío. No hay guardias detrás y amplío la curva solo por recordar que nadie me impedirá el paso.
Ni siquiera esos soldados que empuñan mandobles casi del tamaño de Maren.
Avanzo hacia las escaleras. Separo los ojos rendida al deleite del interior de mi nuevo reino.
Sus ruinas son las más hermosas. Han terminado de retirar los restos de hollín de la alfombra que me cautivó en la primera visita que hice a este lugar.
Su verde es ahora más intenso. Abordo el último escalón centrando la atención en el pasillo a la derecha.
Casi puedo ver al príncipe ofreciéndome el paso ese día que el accidente de Tien me hizo conocerlo.
El eco de voces graves envuelve las grandes paredes para aliviar mi respiración acelerada. Por primera vez he ganado una batalla, aunque haya sido contra los segundos.
Contemplo la puerta del comedor. Está cerrada.
No hay reverencias ni guardias sujetando el tirador de forma intimidante como forma de hacerme ver cuáles son mis limitaciones reales.
No hay negativas. Deslizo las pupilas al sentir que mi mano viaja sin permiso hasta el pomo.
Sonrío al ver que yo misma puedo abrir. Es casi una ilusión.
Estiro el brazo para percibir el frío del metal cuando lo envuelvo con los dedos.
Tomo aire. Una sensación de poder me embriaga tras el primer chasquido de la puerta cuando rompe el silencio.
Es leve, pero suficiente para que mi pecho se abra.
Las voces del interior callan. Eso alimenta aún más esa línea alegre que adorna mi cara desde que descubrí cómo es dominarse a una misma. Aviva mi deseo de entrar.
Estoy impaciente por ver sus rostros. Deben estar preparados para pedir cuentas a quién se atreve a interrumpir de esta forma su importante reunión. Cómo se atrevería alguien a acceder sin el debido permiso… Se les pasará en cuándo descubran que ahora solo yo soy mi propia autoridad.
—Mi princesa —el cancilier Evander se inclina.
Sus ojos son los primeros que me han encontrado.
El resto de los presentes responden a su saludo convirtiendo mi presencia en el centro de su atención.
Elevo la frente desde el centro de la puerta.
Ebhan y Efaris sonríen según sus espaldas se doblan.
Shaqia alza el mentón tras asentir. Y Azohr…
Su rostro se ha llenado de reproche por haberme atrevido a desafiar a sus miedos.
Espero que sonreírle sea suficiente para calmarlo, no tengo pensado volver a ese cuarto hasta que la luna haya tomado el cielo de vuelta.
—Bien —inicio la marcha—, ahora que yo llegué, la reunión puede dar comienzo.
—Eladriel… —inquiere Azohr.
La forma en la que pronuncia mi nombre no suena demasiado alentadora… Mi boca se tuerce tan rápido, que no le queda más remedio que guardar silencio.
—Cancilier Evander —ladeo la mirada hasta hundirla en él—. Confío en que traigas noticias sobre ese mapa del que me hablasteis.
—Lo traje conmigo —el cancilier me dedica una sonrisa tímida—. Acudí al castillo de Émaxor como me pedisteis, pero el príncipe Ebhan aseguró que debíamos reunirnos todos.
—¿Cómo está Twig? —pregunto sin poder reprimir cuál es mi verdadera preocupación—. ¿Y Eryas? ¿Cómo va todo en el reino?
—Twig no sufrió daño alguno —Evander expande las pupilas a modo de respuesta—. En Eryas…
—¿El pueblo sospecha? —ni siquiera me esfuerzo en contemplar su semblante mientras hago la pregunta. Podría lastimarme más que lo que tenga que decir.
—El rey trata de que la vida en Ravenbell continúe con normalidad tras vuestra ausencia, el pueblo no conoce vuestra partida —explica el cancilier.
Recorre a los presentes de forma fugaz antes de bajar la mirada.
—Aunque… —continúa Evander. Incluso si ahora su voz es solo un hilo—. Hay profesores que ya han pedido su presencia en una reunión del consejo para preguntar por vos y el hueco vacío en las clases.
—¿Por qué lo has traído aquí? —la voz de Azohr distrae mi atención.
—La información que posee es demasiado importante para perder detalles —Ebhan guarda los labios entre los dientes.
Hasta yo soy capaz de ver cómo trata de disculparse con ese gesto.
—Tú me pediste estar lejos de Eladriel. Tú eras el que se preocupaba por mi seguridad —niega Azohr. Se acerca a Ebhan con una autoridad que jamás le vi—. Has traído un cancilier del rey Eliot a Brenshire…
—La traición no será encontrada entre mis intenciones, mi señor —Evander no duda en defender su honor.
—No confío en las criaturas de tu reino —brama Azohr a la intervención del cancilier.
Le asesta a él esa mirada de desafío que quizás, antes se guardó con Ebhan.
—En ese caso, no debisteis esposaros con la princesa de las hadas —Evander no pestañea al lanzar su acusación.
—¡Cancilier Tons! —exclamo. Mi mano golpea la mesa con severidad—. ¿Acaso vuestra longevidad en el cargo de cancilier os hace pensar que podéis irrespetarme?
—¡Jamás, mi princesa! —Evander estira la espalda. Une sus manos al frente antes de retirar la mirada.
—¿Cuestionas mi unión al príncipe Bradosck? —me inclino hacia delante para hundirle la mirada—. ¿Crees que tienes el derecho a hacerlo?
—Mi señora… —el cancilier separa los labios para entregarme una justificación que no es admisible.
—No lo volverás a hacer si deseas conservar nuestra cercanía, y por ende, tu vida —mi semblante se endurece—. Ni siquiera lejos de mi presencia te atreverás a faltar a su honor a su respeto.
—Disculpadme, mi señora —se inclina el cancilier—. Mi lealtad hacia vos no está sujeta a discusiones. Os pertenece y no permitiré que se ponga en duda.