33. La nueva era de Brenshire. #2
—Apenas te cubre una camisa… —me recuerda el príncipe con párpados separados en condescendencia.
—No me culpes a mí, Azohr Bradosck —muerdo mi labio inferior de un impulso—. No soy responsable de que, ante tus ojos, ninguna tela sea suficiente para cubrirme.
Su pecho se hincha cuando mi aliento aún no ha sido guardado.
Su respiración se contiene según sacude su cabeza, como si estuviera en desacuerdo con lo que acabo de asegurar.
Incluso tras dejar salir el aire guardado.
Sus hombros caen después de que su mirada haya encontrado por fin reposo en la mía.
Su expresión se transforma en una de serenidad.
Podría afirmar que esa forma en la que ahora es él quién se muerde el labio no es más que otro de sus métodos de contención.
Toma mi muñeca. Nunca sentí un instante tan apresurado a pesar de que la distancia estaba de nuestra parte.
Me acerca. Suave, ni siquiera necesita hacer fuerza.
Siento mi cuerpo tocar sus ropajes antes de que sus dedos se aferren a mi rostro.
Sus labios se unen a los míos. Me besan con urgencia.
Percibo en el tacto de la punta de sus dedos que ya no puede reprimir las ganas de encontrarme.
Yo le entregué las mías cuando llegamos a este lugar, sé que las sostiene.
Cierro los ojos al sentir como su mano se ciñe a mi cintura cuando su pierna se cuela por entre las mías.
Prendo la armadura cuando me hace caminar y guía mis pasos hasta que el borde de la cama me detiene.
Caigo sobre ella. Sin alejar mi lengua de la suya, ahora soy yo quién le indica el camino que debe seguir para no separarse nunca más.
Beso su brazo cuando lo apoya cerca. Sus caricias se cuelan bajo el vuelo de la camisa.
Mi piel se eriza solo por saber que la busca. Trato de contárselo a la suya conteniendo entre mis dedos y su brazo un te necesito…
—Tal vez, podríamos establecer una nueva tradición tras el matrimonio —propone el príncipe al besar la comisura de mis labios.
—¿Cómo la de los elfos? —sonrío.
Dejo escapar el aliento cuando su cabeza se pierde en mi cuello.
—La de Rhysartyr es interesante, pero… —su hálito se detiene sobre mi abdomen.
Contengo la respiración cuando uno de sus dedos eleva la tela.
—Lo sé —trago saliva—. Ellos solo tienen tres días tras la boda.
—Nosotros apenas tuvimos unas horas… —Azohr alza la mirada para hacerme soltar el gemido.
—La de los enanos tampoco parece suficiente tiempo para que dos criaturas puedan formalizar su unión —mi barbilla baja para poder buscar los cordones de su camisa.
—¿Qué propones? —sus besos sacuden mis caderas.
—¿Qué puedo decirte? —sujeto su mentón para elevarlo y hundir las pupilas en él—. Dos semanas siguen resultando poco sólidas, y hoy es demasiado tarde para incluirlo en esa nueva tradición…
Esboza una sonrisa que vuelve ardiente mi respiración.
Su atención se precipita sobre mi cuerpo entre sus manos, se inclina para besarlo.
La punta de sus dedos se aferra a mí. Envuelvo los pensamientos junto a las sábanas cuando sus labios se encuentran con mi pezón antes de detenerse sobre mis deseos de probar sus besos.
—Entonces decrétalo —sugiere Azohr sin que esa afirmación suene para nada temblorosa—. Puedes bajar y hacerlo oficial ahora, tienes el poder para ello.
—Es mi deber asegurarme de que no tomamos una decisión precipitada —mis ojos lo llaman con urgencia—. Para el reino será oficial después.
—¿No te parece acertado? —eleva una de sus cejas curioso.
—Puede que sea mejor de lo que ahora solo podemos imaginar, y será el momento de tomar decisiones —elevo la comisura izquierda con seguridad.
—¿Y qué decretarás en caso de que no te parezca un acierto? —sonríe.
—No me apresuraré en mi sentencia —estiro el cuello para apagar sus dudas con un beso—. Buscaré opciones hasta encontrar con la solución adecuada.
Me adueño de su cuello. Lo hago mío hasta que nuestros labios se han aliado, pero con más ganas que antes.
Su brazo se desliza por la parte baja de mi espalda para rodearme con firmeza.
Coloco las manos sobre sus hombros al sentir que me coloca justo en el centro de la cama.
Separo las piernas para ofrecerle un hueco cuando sus rodillas arrugan la tela que cubre el colchón.
Tomo la correa de su cinturón para tirar de ella.
Aparta la única prenda de ropa que me cubría esbozando un leve rugido.
Entrelaza sus dedos con los míos. Aprovecho para sujetarme a su armadura cuando se deja llevar y su lengua recorre con fiereza el corto trecho entre mi mandíbula y la clavícula.
Contengo la respiraciones. Aún si la agita.
Hundo los dedos sobre su brazo por la caricia suave que me entrega recorriendo mi pierna.
Humedezco los labios cuando vuelve firme mi deseo de sentirlos hasta que se detienen sobre mi intimidad.
Mis hombros se separan del colchón, me estremezco.
Curvo la espalda ante la obediencia silenciosa con la que se ha rendido a mis anhelos.
Mi alma suspira hasta alcanzar la suya, su frente descansa sobre la mía para ser testigo de todo aquello que solo él puede despertar.
Persigo sus labios. Retengo entre los míos sus caricias para poder quererla.
Me abandono a eso que su gesto me provoca. O a lo que le provoca a él…
—¿Te convencen los alegatos? —Azohr analiza el poder de su voz para sobrecogerme.
—No puedo negar que ayuda a pensar en un veredicto —mi aliento se entrecorta. Sonrío por ello—. Pero no me siento convencida del todo.
—Podría defenderme mejor —introduce sus dedos en mí. Mi respiración tiembla.
—¿Podrá mejorar esta estrategia de tu defensa? —mi mano viaja veloz al cuello de su armadura cuando intensifica el movimiento.
—Serás tú quién dicte la sentencia —me besa—. Y estoy impaciente por escucharla.
—No encuentro justo fallar a tu favor si solo se escuchan tus argumentos —aprovecho para desanudar el lazo de su pantalón—. ¿Qué hay de los míos?
—¿Necesitas que te explique con palabras lo que pienso sobre ellos? —su mirada cae hacia mis manos.
Jadea al ver como mi ceño se arruga al apartar la tela de la camisa que envolvía su pantalón. Mi frente solo encuentra calma al poder acariciarlo.
—Yo aún no tuve la oportunidad de intervenir a mi favor —sonrío—, y sé que mis alegatos resultarán determinantes.
—Muéstramelos —el príncipe sostiene el control incluso con un gesto de picardía.
Arqueo una ceja. Poso la mano en su pecho para hacer que se tumbe justo a mi lado.
Beso su pecho de cuero. Suspiro. Hago fuerza en mi interior y me ayudo a levantarme de un impulso con las manos.
Envuelvo la tela de su pantalón entre los dedos, lo libero de ellos con más anhelo del que esperaba.
Mi pecho cede y se vacía. Se vuelve pequeño ante él.
Deslizo apenas una suave caricia sobre su pierna.
Mi lengua se atreve a rozar con mesura su labio cuando las mías lo envuelven.
Uso sus manos para sostener mi cintura a la altura de su tacto, curvo la espalda al introducirlo en mí.
Me dejo caer para ahogar un gemido de placer en uno de esos besos que hago mío.
No sé si será la intensidad de sus labios tomando los míos, o que no se equivoca cuando admite que tiene capacidades que yo no, pero… Convierto mis movimientos en fuego.
Tomo aire cuando aparta el pelo que cae sobre mi hombro para besarlo.
Me aferro a él ahora que el tiempo ya no forma parte de esta estancia.
Se ha vuelto mi control. Hunde la punta de los dedos en la parte baja de mi espalda.
Me inclino para mirarlo a los ojos mientras a ciegas determino el lugar donde se encuentra su mano.
Contemplo el camino según encuentro reposo para ella en uno de mis pechos, en espera de sus caricias.
Sonríe. Mi respiración se quiebra una vez más.
Un cosquilleo dulce conquista la boca de mi estómago cuando guía su mirada hacia mis caderas antes de dejar que el aire lo abandone.
Justo cuando yo necesito hacerlo mío. Atraigo su boca para besarla.
Me prendo a su armadura solo por sentir que el sonido de sus jadeos se une al de los míos.
—Es posible que nunca pueda tomar una decisión —confirmo en una sonrisa que logra apartar los gemidos.
—¿Tú también encuentras que el tiempo se vuelve corto? —Azohr dibuja una sonrisa. Desliza las manos hacia mi cintura para precipitar sus movimientos.
—Siento que nunca sería suficiente —un gemido sonoro se me escapa tras esa afirmación.
Tanto así, que ni los dedos que cubren mi boca son capaz de ocultar mi vergüenza.
—Si eso es lo que deseas, decreta que nunca termine —sugiere el príncipe con una sonrisa que se pierde al besarme—. Solo ordénalo.
—¿Crees que lo aceptarían? —me muerdo los labios para contener la ironía.
—Yo llevo la corona, pero ellos te temen a ti —confiesa. Me atrae hacia él para que mis pupilas lo vean de cerca—. Sabes que eres tú quien tiene el poder.
—Llegará el día en el que solo estemos tú y yo —acaricio su mejilla. Mis labios apenas lo rozan—. Y entonces nunca más contaremos el tiempo mientras nos amamos.
Mis palabras hacen que nuestros labios se fundan.
Apenas pude pestañear cuando ya se ha desvanecido de entre mis piernas.
Enreda mi cabello entre sus dedos al besarme la frente.
Dispersa algunos otros por la espalda antes de erguir la postura tras de mí.
Sus manos rodean mi cadera para atraerla hacia él, las mías impiden que caiga sobre la cama.
Sonrío. Le dedico una fugaz mirada sobre el hombro.
No sé cuál de nuestros suspiros borró la distancia que separaba su cuerpo del mío.
Mis brazos se vuelven seguros cuando su lengua curva mi espalda al recorrerla.
Por sus caricias buscando mis pechos. Cierro los dedos sobre la tela cuando me une a él con una determinación feroz, como si por fin hubiera perdido el miedo de arder por dentro como yo…
El sonido de su respiración agitada se vuelve la melodía más hermosa que poder bailar.
Ninguna danza podría considerarse pecado…
Nuestros pasos se ven interrumpidos por un golpe en la puerta.
El baile termina. Aun con la respiración entrecortada, Azohr me dedica una mirada rápida.
Señala sus labios como si fuera necesario recordarme que debo guardar silencio…
Agudizo el oído. Solo se escucha calma. Bajo la mirada cuando una tímida risa quiere florecer en el momento menos oportuno.