Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 33. La nueva era de Brenshire.
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33. La nueva era de Brenshire.

(Eladriel)

Contemplo la puerta del cuarto. Hoy tampoco es el timbre dulce de voz de mi querido Twig el que me hace abrir los ojos, pasaron días sin él…

Coloco la almohada para apoyar la espalda.

Aunque debo reconocer que era terriblemente insistente con mis “obligaciones de princesa”, echo de menos sus golpes en la madera.

Es extraño. Quizás, es eso lo que me hace despertar antes que los primeros rayos desde que llegamos aquí.

El sol comienza a desperezarse. Ilumina el reino, el castillo de Brenshire.

También hace días que mi sonrisa toma el control de mi nueva vida cuando el alba me permite admirarla.

Sé que ahora camino sobre una fortaleza que han intentado destruir.

Un ejército de muertos desagradables nos rodea para evitar que mi propio padre se acerque, y las tierras quemadas se han convertido en el paisaje al que rendir homenaje desde cualquier ventanal…

Pero Azohr está justo aquí. Al lado. A pesar de que consiguió recuperar el aliento en el suelo de esas profundidades, todavía adelanto al amanecer por asegurarme de que despierta.

Incluso si superó esa prueba y ya no es tan sencillo apartarlo de mí con armas o torturas.

Nunca antes lo vi así. No hasta que llegamos aquí.

Me fascina. Al contemplarlo, siempre me hace pensar en lo frágil que puede llegar a ser un sentimiento.

No sabes que está hasta que lo sientes y el cuerpo no puede dejar de acordarse de él.

Admito que su respiración se sostiene en la calma incluso si tiene la capacidad de hacer que mis emociones se precipiten frenéticas solo por comprobar que sigue a salvo.

Cerca. Acaricio su frente con suavidad, aparto esos mechones rebeldes como tantas veces le vi hacerlo.

Me inclino. Beso sus labios con cuidado de no enturbiar su descanso.

Arrugo el entrecejo cuando sus brazos aprovechan que estoy a su merced para envolverme en un abrazo que nos acerca.

Sigue dormido, pero este es justo el momento en el que yo despierto cada día. Es real.

—Te quiero, príncipe Bradosck —musito ahora que no me escucha.

—¿Principe Bradosck? —susurra Azohr cerca de mi oído.

La indignación me obliga a estirar los labios.

Hundo los codos sobre el colchón con tanta brusquedad para voltear a verlo, que consigue sobresaltarse.

Mis comisuras suben sin remedio. No consigo mantenerme seria al ver como sus ojos se han separado con urgencia.

Apoyo el peso en la cadera para dedicarle una mirada de reproche. Aun si no me toma en serio…

—Sabía que estabas despierto… —entrecierro los ojos. Mi tono se llena de sospecha.

—No. Lo prometo —sonríe. Niega con cierta ironía.

—Mientes, príncipe —arrugo la frente.

—Si ese fuera el caso, yo mismo te habría despertado —confiesa. Reprime una sonrisa.

—¿Debo tomar tu confesión como una propuesta? —mi sonrisa se vuelve pícara.

—No —se inclina hacia delante para unir sus labios con los míos—. Tú debes entrenar.

Acto seguido, aparta la sábana para tomar asiento en el borde de la cama.

Dejo descansar la cara sobre la palma de la mano para poder contemplarlo.

Podría equivocarme al afirmar esto con tanta premura, pero creo que nunca me cansaría de admirar su espalda y perderme en ella.

Aunque también podría asegurar eso de sus manos.

Contiene mi aliento solo imaginar cómo se deslizan con delicadeza por mi piel.

Separo los labios solo por ver como coloca esos mechones que hace solo un instante yo aparté de su frente.

Carraspeo. Observo su sola existencia con una sonrisa, y ni siquiera me he dado cuenta de ello.

—¿Te sientes diferente? —mis pupilas siguen sus pasos mientras se acerca a la jofaina de la esquina—. Hoy tampoco pareces distinto.

—Hace días que preguntas lo mismo —Azohr me lanza una mirada sobre el hombro—. ¿Qué esperas ver?

—No sé —me encojo de hombros. Tuerzo la boca en un gesto de poca importancia—. Ahora eres inmortal y posees una nueva magia.

—Será suficiente con adquirir conocimientos sobre los brujos blancos y sus capacidades —se echa agua en la cara.

—Podríamos viajar a Carsley y pedir ayuda a la reina Efaris —propongo con cejas elevadas y una sonrisa.

Aparto las sábanas con rapidez para incorporarme y tomar asiento.

—¿Podríamos? —detiene sus movimientos.

—Significa que podríamos ir juntos —lo señalo antes de señalarme—. Los dos.

—No saldrás de aquí hasta que llegue el día de la misión —niega. Toma la toalla para secarse.

—Y como en Avka, tú ya has decidido que debo esperar con un libro entre estas paredes… —me cruzo de brazos. Inclino la frente hacia un lado.

—Puedes hacer lo que desees… —voltea tras asegurar su cinturón en un gesto que me roba el aliento—, pero dentro de Brenshire.

Mi voz flaquea por esa forma en la que se ajustó la hebilla. Humedezco los labios. Mi mirada baja ruborizada por interrumpir la conversación. Tuerzo el cuello con disimulo ahora que parece que no ha advertido como mi aliento se ha contenido ante él.

—Solo será hasta que llegue ese día —confiesa Azohr. Su tono se ha vuelto más dulce ahora que toma su camisa.

—¿Saldrás? —apoyo los pies en el suelo.

—Ebhan y Efaris se ofrecieron a ayudar a buscar la manera de liberar a todos esos brujos de la fortaleza —se ata el cuello de la camisa—. Sería maravilloso que esos ángeles que la custodian no se percatasen de lo que sucede…

—¿No bajarás al comedor? —la alegría de mi rostro desaparece—. Pensé que hoy también desayunarías conmigo. Hace solo unos días que…

—¿Piensas que los deberes de un trono podrían impedir que acompañase a mi mujer a ese comedor cada día? —irrumpe. No tarda ni un segundo en dedicarme una amplia sonrisa—. Les pedí que vinieran aquí.

Toma la armadura mientras pierde esa sonrisa que estaba por hacer que interrumpiese sus planes. Sus ojos se llenan de silencio. Incluso si los míos se han llenado de la sonrisa más ruidosa al escucharle esa confesión.

—Puedo decirles que desayunen en otro lado si es tu deseo que estemos a solas —Azohr marca su ceño con una arruga—. Este es tu hogar.

—No —sonrío—. Disfrutaré de hablar con criaturas vivas antes de que me dejéis sola con los muertos.

Alzo las pupilas al pasar por su lado para acercarme a esa butaca que guarda nuestra ropa.

Recojo el uniforme limpio y preparado para hoy.

No sé cómo consiguieron ropa nueva solo horas después de que Beliel nos trajera de vuelta al medio mundo.

Apenas disfrutábamos de la soledad cuando comenzaron a llegar criadas.

Dejo las vestiduras sobre la esquina de la cama.

Aparto los tirantes del camisón para dejar que caiga al suelo según tomo la camisa.

El aire envuelve mi desnudez mientras él se enfunda su armadura ligera.

Ajusta los cordones laterales de forma torpe después de que sus ojos hayan capturado algo más atractivo que las obligaciones.

Sé lo que siente. La forma en la que su garganta se mueve lo delata.

Elevo la comisura izquierda cuando distrae su mirada en un mueble que ni él mismo podría nombrar.

—¿Hoy también me entrenará Ebhan? —estiro la tela de la camisa.

—Lo hará Mim —afirma el príncipe tras emitir una leve sonrisa—. Tranquila, Maren te acompañará en las lecciones.

—¿Maren? —dejo caer los brazos. Doy un paso a la izquierda para atraer su mirada—. ¿Hablas de mi Maren?

—Pidió un fénix apenas supo de Riexor… —ríe tras contemplarme de reojo—. Es una ventaja para ella cuando deba luchar.

—Entiendo que son ideas del teniente —me enfundo la camisa de un movimiento rápido.

—Algo mencionó sobre ello… —se aclara la garganta.

—¿Y… —elevo la barbilla sonriente—, qué opina su majestad sobre esa idea?

—Maren ahora forma parte de nosotros, y los brujos montan fénixes —da media vuelta justo cuando estiro el brazo para alcanzar los pantalones.

Ajusta la correa de su brazalete. No sé si comprende que vi cómo lo hacía en otras dos ocasiones desde que envolvió su brazo con él.

—No pareces convencido de lo que tú mismo afirmas con tanta seguridad —mis pupilas caen hasta señalar su antebrazo. Se elevan de nuevo hacia sus ojos—. Esta es la tercera vez que ciñes esa correa.

Su acción se desvanece. Su mirada se suspende sobre el cuero de la correa.

Dibuja una sonrisa. Resopla irónico, muy suyo.

En silencio, esas pesadas botas que ya se enfundó han tomado la iniciativa de romper la distancia que nos separa mientras se cruza de brazos.

Sus pasos cesan cerca. Tanto, que me veo obligada a estirar el cuello para poder continuar admirando sus ojos.

—Guardo el control mejor que tú —afirma Azohr con una sonrisa amplia dibujada.

—¿Crees que puedes afirmar algo como eso con tanta facilidad? —esbozo una sonrisa de fuego. Fijo el centro de mis pupilas sobre las suyas.

—Yo controlo nuestros deseos —sus cejas se arquean en un gesto de señor con deberes—. Nuestras responsabilidades.

—Deberíais, su alteza, ser más claro en vuestras revelaciones —sujeto las manos a la espalda en un ademán de inocencia. Ajusto el tono al protocolario.

—Quieres que pierda el juicio, princesa —asiente. La comisura de sus ojos se arruga cuando se vuelven sonrientes.

—¿Esta sierva? —sacudo la cabeza en una negativa. Contengo una sonrisa de chanza entre los dientes—. Parece que hoy su majestad despertó con delirios, quizás sea un efecto de esa nueva magia…

—Puedo ver cómo me miras. Cómo deseas que te mire a ti —se inclina. Murmura—. No solo a mí se me corta la respiración.

—No te centrarías tanto en mis deseos si conocieses la forma en la que me miras ahora que estás tan cerca —convierto mi voz en un hilo fino antes de desvelarle cuál es mi realidad.

—Si no lo supiese, no tendría motivos por lo que guardar el control —me desafía al mantenerse inmóvil, sin apartarse.

—¿Así serán las cosas? —el sarcasmo me arranca una sonora sonrisa sin remedio—. ¿Me acusarás de encantamiento cada vez que seas testigo de mis cambios de ropa?

—¿Vestir? —resopla Azohr de forma irónica.

Da un paso hacia atrás. Ordena a sus pupilas que me recorran antes de que sus brazos se separen para señalar la ropa sobre la cama.

—Es interesante que consideres que estás vestida —su cuello se tuerce para contemplar como sostengo el pantalón entre las manos.

—Es interesante que consideres que no estoy vestida —estiro los labios en un gesto de suficiencia