32. Una nueva magia. #8
El rey de las profundidades coloca nuestras manos sobre ellas apenas termina de mostrarse.
Coloca una vela en el centro de la pila, bajo ellas.
Sigo sus pasos cuando voltea. Se dirige hacia el fuego de las escaleras para sostener entre sus yemas una de las llamaradas que se despliegan con furia.
Sonríe después cuando, al soplar, un fino hilo hirviente viaja hacia la mecha para encenderla.
Busca bajo su capa mientras recorre el camino de vuelta al lugar que dejó vacío.
La punta resplandeciente de una daga asoma sobre la piedra de la pila.
La luz de la vela se refleja. Gira nuestras manos.
Hunde la punta en ellas y la mueve para cortar con cuidado la piel, Eladriel frunce el ceño al ver cómo limpia el cuchillo sobre sus ropas para guardarlo.
Antes de que la sangre pueda caer, dos lágrimas escarlata ya se han unido.
—Si la gota de sangre que resulte de vuestra unión cae sobre la llama y se mantiene encendida, el compromiso habrá funcionado —Selim da un paso hacia atrás. Eleva la frente.
—Honrad quiénes fuisteis —Draegor toma el lado derecho de la fuente.
—¿Y cómo debo…? —pregunta la princesa.
—Solo repetid —sonríe el rey.
—Lo honramos —asentimos al unísono.
—Elogiad aquello en lo que os habéis convertido —ordena el rey sin apartar la vista de la sangre que todavía recorre los surcos de las manos.
—Lo elogiamos —aceptamos una vez más.
Dos gotas caen. La vela intensifica el color carmesí vibrante que embellece la sangre, pero no se posan sobre la mecha.
Draegor entorna los ojos cuando otra lo hace cerca.
La última se precipita sobre el fuego con rapidez, se une a la llama hasta envolverla para que por un momento se avive.
Recorre la cera clara hasta que reposa en la piedra.
Eladriel me sonríe. Sonreímos a pensar de no saber qué significa lo que acaba de suceder.
—La llama sigue viva —Selim recorre el alrededor en busca de su padre.
—No os unió un juramento —la sombra del dios de las profundidades nos alcanza—. Lo hizo la grieta donde uno sangró, y el otro se sostuvo.
—Que la oscuridad no os oculte la verdad, pero sí que os resguarde de lo que vendrá —nos desea Selim tras dedicarnos una reverencia.
—Querido Selim —la sombra de Beliel sostiene lo que anuncia—. La llama que aquí nació no teme a vientos, lo has visto. Arde con más voluntad que miedo.
—¿Su inmortalidad será aceptada con la misma facilidad? —Selim sacude la mano en busca de la reina Efaris.
La reina ni siquiera abre la boca para oponerse.
—Una porción de tu magia se unirá a las que él posee. Se creará la nueva magia del príncipe —Selim señala con las pupilas el lugar frente a mí en la fuente.
—Tendrás la trinidad de la magia —sonríe Beliel satisfecho.
—¿Qué cosa? —mi frente se arruga al contemplar la forma en la que me observa.
—Tener las tres magias te dotará de la misma inmortalidad que Vémtix —el dios de las profundidades me contempla como si fuera algo que ya debiera saber.
—¿Me convertirás en uno de los dioses? —doy pasos hacia él hasta que nada me separa de los destellos de su sombra.
—No, pero tendrás el mismo poder que ellos —el abismo de sus ojos me mira desafiantes—. Tal cómo impidieron al rey Eliot que no pudiese manejarlo.
Mis dedos se aferran a la piedra cuando mis sombras nacen.
Efaris apoya sus manos ante la magia abandonando su cuerpo.
Beliel se expande con ella. Las fuerzas bailan entre sus manos como si no fuese necesario ningún tipo de control para manejarlas sin causar un mal mayor.
Después de todo, son suyas… Uno solo de sus parpadeos la deja preparada.
Empuja los hilos finos de poder. Viajan hacia mí por uno de sus susurros y se cuelan por el corte que el rey de las profundidades hizo con su daga.
La sensación me hunde las rodillas en el suelo.
Siento nauseas. Me sujeto el abdomen tras proferir un quejido de angustia al sentir que no puedo obtener más aire. Que me cuesta respirar.
—¿Qué le sucede? —escucho el grito de Eladriel.
—Lucha contra su nueva magia. Si es más grande que él, no podrá esconderse en su interior —el tono de advertencia de Beliel solo aprieta más el nudo en el pecho.
—No cumpliré con ningún pacto si algo le sucede —y los lamentos de Eladriel todavía lo hacen más intenso.
Solo deseo concentrarme en lo que está dentro para vencerlo, pero no puedo apartar los ojos de la princesa. La sombra de Beliel la alcanza. Incluso si sus gritos parecen desesperados, solo puedo obligarme a que todo termine.
Cierro los ojos. Dejo caer las manos en el suelo para ofrecer un descanso al dolor de la espalda.
Las marcas de la magia se quiebran. Siento como la sangre sale junto a ese poder que debe abandonarme para que el nuevo ocupe su lugar.
Dentro corre con premura. Tomo una bocanada de aire, pero más fino de lo que mis entrañas desean para sobrevivir.
Reconozco cuando el último aliento está cerca, lo he visto demasiadas veces.
—Vendrás a Brenshire conmigo —ordena la princesa.
Justo en el segundo que diferencia la vida de la muerte, su mano se posa sobre mi rostro.
—Princesa… —escucho a Ebhan cerca.
—¡Silencio! —brama Eladriel—. Tengo temores más grandes que esa maldita sombra.
—No se trata del dios de las profundidades —la voz calma de Efaris abraza mi angustia.
—No voy a renunciar a todo como tú hiciste con la profesora Ilta —Eladriel, por el contrario, está llena de ira.
—Tus deseos no son más fuertes que el destino de Azohr —la reina titubea.
—¿Es que acaso ninguno me entiende? —exclama la princesa a gritos mientras sus dedos envuelven mi armadura.
—Él también nos importa —reclama Ebhan.
—Tú das por sentada su muerte, pero yo no voy a salir de este lugar sin él —siento como la tierra vibra bajo los pasos de la princesa.
—Si no supera la prueba de la inmortalidad, su alma me pertenece —un rugido de Beliel la hace temblar.
Lucho por abrir los ojos. Aunque sea para que sepa que todavía Beliel no puede darse por victorioso.
Decoró mi cuerpo con cuchilladas de deber, pero es más doloroso ver como la princesa se rompe por ello.
Consigo despegar los párpados. Las manos de Eladriel están bañadas en el fuego de su don. Lejos.
—Si tengo el poder para enfrentarme a esos dioses que consideras tus enemigos en nombre de tu beneficio, te destruiré solo con desearlo —la solemnidad de su amenaza es más grande que cualquiera de los creadores.
—Cruzas una línea que se vuelve peligrosa para tu propia vida —Beliel llena sus ojos de movimientos de ira.
—Arrojaré mi don al abismo. Renunciaré a él si no supera esa prueba que lo mata —Eladriel deja que la luz de sus dedos se escape hacia las profundidades—. Tu castigo será perder a quién puede ejecutar tu venganza.