Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 32. Una nueva magia. #7
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32. Una nueva magia. #7

El rey Selim. La luz que se cuela entre las criaturas armadas ilumina su camino.

Tras él, dos figuras aún sumidas entre las sombras de las profundidades siguen sus pasos. Cada una en su lugar.

Selim sonríe con satisfacción con pupilas inmóviles en la princesa.

Ella asiente. Las llamas de las antorchas intensifican su fuego cuando mi padre aparece a la derecha del rey, la reina Olet a la izquierda.

Cada uno como señor. Supongo que como representante de nuestros reinos y la potestad de que aceptan esta unión.

En sus manos traen coronas. Las que todavía estaban situadas en el trono de Émaxor sin ser usadas y fueron elegidas por Eladriel.

—No sabía que fueras tan parecido a tu padre —anuncia la princesa en voz baja—. La forma en que te mira es igual a la manera en la que tú me observas siempre.

—¿Enamorado? —arqueo una ceja, dejo escapar una carcajada en bajo.

—Orgulloso —ladea el cuello y me calla como siempre, con una sola palabra.

Hasta ahora, su presencia no había significado más que la felicidad de Eladriel, y por ende, la mía. Nunca eché en falta esas palabras. O mejor dicho, nunca me permití sentir que lo echaba de menos. Tal vez si lo haga…

Ese precipicio que nos separa de ellos, de Draegor, Gandar o Maren…

Apenas Selim llega a él, asciende para unificar las tierras en una sola.

Busco la mano de Eladriel sin saber que ella también vibra por la mía.

Sé que tiembla como yo y nuestras sonrisas al tacto.

Utilizo el dedo para elevar su barbilla.

Por nosotros, pero en especial por todos aquellos que están contra nosotros y ahora lo estarán con mucha más intensidad que antes.

—Princesa de Ravenbell, príncipe de Émaxor —asiente Selim. Separa los brazos al llegar frente a nosotros.

A ella no le ha mostrado ninguno de esos gestos amargos que no dudó en utilizar conmigo en nuestro último encuentro.

—Majestad —Eladriel le dedica una reverencia.

—Rey Selim —me inclino a penas. Con las pupilas asestadas sobre las suyas.

—No deberías desconfiar de mí —Selim ladea la cabeza hacia un lado. Sonríe—. Después de todo, os traje a dos invitados muy importantes.

—Os agradezco su presencia, pero no confío en vuestras palabras —el resentimiento me hace tensar la mandíbula.

—¿Acaso que mal te hice yo? —su ceja se arquea—. Por el contrario. Te perdoné a pesar de que incumpliste tu promesa.

—Es cierto que ningún mentiroso sabe reconocerse —la rabia me hace tragar saliva—. Vos también lo incumplisteis. Prometisteis que Eladriel no sufriría si aceptaba vuestro trato.

—¿Lo aceptaste? —inclina ligeramente la cabeza hacia delante, como si tuviera el poder de darme la respuesta.

—Acepté —mi voz se eleva para afirmar—. Ella pagó las consecuencias de vuestros errores.

—¿Te atreves, brujo insolente…? —brama el rey.

El sonido de las espadas del ejército de muertos opaca el final de su pregunta.

—¿Dónde os ocultaréis ahora? —Beliel despliega la mitad de su sombra de forma oportuna.

—Quizás, las tierras de Avka sean las más seguras ahora —contemplo a Eladriel según declaro mi voluntad, y parece que no le perturba la idea.

—Estar lejos de Néferien te impedirá cumplir con tu parte del pacto, príncipe Bradosck —admite el dios oscuro con suspicacia.

—Permanecer en Órianth sería peligroso para la princesa, padre —Selim asiente antes de hablar. Baja la mirada—. Y para los brujos.

—¿Creéis que el rey Eliot confiese lo sucedido? —Ebhan se acaricia el mentón.

—Os habéis llevado a su hija del palacio aprovechando su ausencia… —Efaris alza las cejas de forma fugaz. Sujeta las manos al frente.

—Pero viste como temblaba ante los dioses —suspira el príncipe de magia verde mientras estira la espalda—. ¿Se atreverá a confesar todo lo que hizo?

—Mi señora… —Efaris le dedica una reverencia a Olet—. Vos lo conocéis mejor que ninguno de los presentes.

Los labios de la reina de las hadas se separan con sutileza cuando se convierte en el centro de atención del grupo. De la respiración de la princesa en espera a su respuesta.

—Madre… —Eladriel da un paso al frente. Baja la mirada para dedicarle una reverencia—. Sálvame de sus manos, aunque sea después de la muerte.

Escucharla mencionar eso oprime el aire que respiro bajo las costillas, y quema al extremo de desear que salga.

—Desafiasteis las normas de los dioses y eso da una ventaja a tu padre —después de que el silencio desgarre su pecho, la reina por fin se confiesa—, pero no creo que quiera arriesgarse a ser juzgado por ellos.

—Los dioses no lo castigarán por arrebatarme a mi hijo, mi señora —la princesa baja la mirada. Se apaga—. Estarán de acuerdo con sus métodos cuando confiese que era fruto de la unión con un brujo.

—Ellos tomarán esa decisión como una traición a su poder —Olet despliega las manos. Eleva el rostro de Eladriel para contemplar su tristeza.

—Fuimos nosotros quienes desafiamos sus normas —una lágrima de Eladriel rompe el borde de sus pestañas para caer.

—Es cierto —Olet acaricia su pena—. Sin embargo, no te delató, y eso para los dioses es deslealtad.

—¿Qué? —solloza la princesa.

—Eliot sabe que cualquier criatura que rompa las normas de los dioses debe ser juzgada por ellos —sonríe la reina Olet. Creo que es la primera vez que la veo hacerlo—. Él guardó silencio. Quiso deshacerse de la única criatura que podría delatar vuestra traición…

—Incluso si sus intenciones eran otras, parece que solo intentaba encubrir las decisiones de su hija —Ebhan deja atrás a Efaris para caminar hasta la princesa y colocar la mano sobre su hombro.

—Eliot no trama sus pasos pensando en que los dioses descubran sus intenciones —inclino la cabeza hacia delante para escabullirme en su conversación—. ¿Y si busca a Eladriel?

—A pesar de que no quiso entregarla, la dejó vivir… —Efaris tuerce la boca—. No apartaría esa posibilidad de mi mente con tanta facilidad.

—Se acerca la misión del solium y Eladriel está convocada —mi aliento se quiebra preocupado. Muerdo mi labio inferior—. Si teme que los dioses descubran todo, necesita que ella acuda.

—Os ocultaréis en Brenshire hasta entonces —Ebhan aparta la capa para dar un paso al lado y entregarme una mirada sincera.

—¿Brenshire? —Eladriel alza la mirada hacia el príncipe antes de que yo pueda comprender qué ha dicho.

—Brenshire son ruinas, Ebhan… —mis hombros caen cuando contemplo en sus ojos que dice la verdad.

—No el castillo, príncipe Bradosck —se inclina Ebhan ante la princesa—. Ese será mi regalo de compromiso.

—Entonces enviaré a los Ghaltûn a custodiar el pueblo de Brenshire hasta que llegue el día de acudir al llamado de los dioses —la orden suprema del dios de las profundidades nos hace voltear a todos.

No sé en qué momento había olvidado que estamos en el bajo mundo, frente a un dios que puede hacernos caer a todos solo con alargar su figura.

—¿Qué ocurre si las hadas encuentran el ejército rodeando el pueblo de los sanadores? —Draegor endereza el cuerpo de un golpe—. Podrían tomarlo como una alianza.

—Si los dioses lo descubren, comprenderán que habéis declarado la guerra contra ellos —Selim nos señala tras dejar atrás a mi padre.

—El príncipe Azohr Bradosck y la princesa Eladriel se han convertido en soldados de mi reino bajo mi protección —manifiesta Beliel.

La sombra que ocupa las paredes se transforma en polvo que cae hasta camuflarse con el que pisan los soldados.

Mis manos se abren despacio. Las motas oscuras viajan por el suelo, puedo ver como su brillo las diferencia del resto.

Se detienen ante mí. Ante la princesa. Se unen y se erigen en la figura oscura del dios de las profundidades.

—El ejército de las profundidades protegerá Brenshire como mío —sentencia Beliel con la mirada fija en Selim sobre mis hombros—. Tus hermanos tendrán que enfrentarse a mi poder para tomar la necrópolis y derrotarlos.

—¿Lo coronáis? —pregunta el rey Selim.

—El cielo ya no es el que dicta el destino —afirma el dios de las profundidades.

—Entonces, mi señor, deberíamos apresurar la ceremonia —veo de reojo como Selim se inclina—. Demasiado tiempo en el bajo mundo debilita la magia de los que bajan con vida.

Selim da media vuelta. Dedica una mirada de autoridad a Ebhan, su mano.

Luego alza la vista hacia la reina y asiente.

Draegor camina hacia Shaqia para enhebrar su brazo al de la princesa y colocarse a sus espaldas.

El rey de las profundidades sujeta la mano de Eladriel.

Mi padre aprovecha que Olet se sitúa con ella para acercarse, su gesto se ilumina como si algo se encendiera dentro de él por este momento.

Asiente al situarse a mi costado. Por una vez, hasta Mim tiene concordia con las hadas.

No me sorprende que permita a Maren agarrarse a su brazo para este momento, pero Lugh ha apoyado la cabeza sobre su hombro…

Olet se retira para que Twig pueda tomar las manos de la princesa.

Ella se inclina ante él. Sujeta su cara y besa su frente con tanta suavidad, que por un segundo mi piel siente envidia por la delicadeza con la que acaricia sus mejillas.

Sonríe cuando me entrega su mano a pesar de que las lágrimas hayan ocupado su rostro.

Entiendo en como lo veo de conmovido, que solo el vínculo que un padre sostendría con su hija podría provocar este sentimiento.

Doy un paso para aceptarla. Beso su dorso cuando mi dedo se ha deslizado suave sobre él.

Ojalá pudiese comprender que yo esperaba su ofrecimiento con ansia. Que debe sufrir.

Selim evapora la emoción al colocarse justo entre la princesa y yo.

—Aceptamos la magia de Beliel como fuerza que provoca la unión de las dos magias opuestas —el rey de las profundidades coloca la mano sobre la nuestra—. La luz y la oscuridad podrán convertirse en uno solo.

El fuego de las antorchas se traspasa a las rocas en pequeños puntos.

Los peldaños de las escaleras por las que bajó la princesa arden con intensidad.

La tierra se desquebraja bajo nosotros. Trato de atraer a Eladriel cuando veo como se agrieta, pero Selim lo impide.

Me detengo cuando una especie de fuente de piedra se eleva lento, que deja un eco áspero al deslizarse para tomar la superficie.