32. Una nueva magia. #6
La melena rizada de Shaqia se sacude presta para poder asestarme una mirada de sorpresa.
Ebhan dibuja media sonrisa. Niega mientras sostiene su labio inferior entre los dientes.
Efaris asiente cuando su padre aún se ha perdido en la elegancia que le otorgó los años que no la vio crecer.
Las profundidades murmullan. Nuevas sombras de arena aparecen cuando el viento la toma con el permiso de su dios y su poder.
Se unen de la misma forma que la magia oscura puede materializar otra piel, pero esta vez, es el alma el que viaja.
La vara de Gandar sostiene su figura ajada. Mim encadena parpadeos.
—Te lo advertí, teniente —Gandar alza su bastón. Golpea la espalda de Mim en un par de ocasiones.
—Dijisteis que iríamos al compromiso de Azohr —Mim separa los ojos ante Beliel—. ¿Tú tampoco le ves pinta de Azohr?
—Yo solo seguí las órdenes de la magia —el hechicero deja caer la vara contra el suelo. Dedica una reverencia al dios de las profundidades.
—¿Qué te ordenó? ¿Qué nos matase esta mala bestia? —los mechones rojos del teniente tiemblan—. ¿Pero qué has hecho?
—Soy el señor de las profundidades —Beliel entona su título con esa voz solemne a mi llegada
—No calma saber que deseáis mi alma tanto como yo —Mim sonríe de forma tensa.
—Tu alma es demasiado insignificante para quien tiene el poder de tomar las más valiosas —confiesa el dios de las profundidades sin ningún tipo de pesar.
—Mi gran señor —carraspea Gandar tras asentir—. Mi magia susurró que debía venir.
—¿Dónde está Azohr? —Mim arquea una ceja.
—Es increíble que tu magia no me haya percibido —me cruzo de brazos antes de dirigirme a Gandar —. Del teniente no me resulta extraño, pero del gran hechicero de Brenshire…
—Lo conseguiste, Azohr Bradosck —Gandar esboza una sonrisa cuando sus ojos blancos se detienen sobre mí.
—¿Y tú, querido Gandar, sabías todo esto? —arrugo la frente en un gesto de lucidez repentino.
—Tan solo lo deseaba —eleva la barbilla con ligereza para volverse honesto—. Pero como te dije, esto no estaba en tus manos, si no en las de Eladriel.
—Su presencia fue la que me aferró a la decisión correcta —le corrijo—. Y la tomé.
—Celebro tu logro —sonríe sin más—. El corazón de tu padre latió con el mismo propósito que el tuyo, pero nunca supo encontrarse.
—Tal vez, porque él creció con el rechazo hacia su magia, yo siempre fui protegido por ello… —mis pupilas se llenan de agradecimiento—. Gracias, gran hechicero.
—¿Y Eladriel? —Mim permite que una arruga tome su entrecejo.
—¿Draegor? —Gandar susurra.
La vara entre los dedos del hechicero sostiene su asombro.
El rey da un paso al frente. El ronroneo del aire estremece al fuego de las antorchas por indicación del dios de las profundidades.
Se compacta con las rocas de la que emanó su figura para tomar todo el muro con ella.
El viento ruge una vez más. Se vuelve tan agudo como el chillo de una de las crías de fénix al nacer, capaz de hacer retumbar el suelo.
Cierro los ojos con fuerza, me cubro los oídos.
El bajo mundo despierta. Me tambalea, cedo y doblo las rodillas para no caer con el temblor.
El suelo se agrieta. Las rocas caen. Descienden como si tuvieran el poder de acatar los pensamientos más oscuros de su creador hasta separar el infierno.
Draegor y sus hijos. Gandar y Mim. Permanecen arrodillados y rodeados por los soldados del ejército.
Las sombras caminan entre ellos. Los granos de arena se fusionan porque la fuerza del destino es más fuerte que cualquier dogma.
Maren, Lugh, la mujer de pelo blanco y ojos grises… Alzan la mirada hacia la cornisa.
—¿Príncipe? —Maren desorbita la mirada.
Las rocas vibran. Avisan de que el suelo se volverá a estremecer, retrocedo antes de que me haga caer por el precipicio.
La profundidad del suelo asciende. Una polvorienta nube de un color intenso, como el negro de la tinta, se esparce sobre este lugar.
Me aferro al suelo cuando mi cuerpo oscila por el impacto de las piedras cayendo en cascada del muro desgarrado ante mí.
El silencio tras el bramido de las profundidades deshace la polvareda con sutileza.
Todavía toso por ella. Trato de abrir los ojos a las corrientes de humo fino entre las que me encuentro.
Alzo la mirada. Una escalera de piedra cuyos peldaños irregulares podrían servir de paso a cualquier fuerza descomunal de la naturaleza, se ha formado resultado del desprendimiento.
Justo en medio de la grieta con galería oculta que lo provocó.
La luz toma el infierno. Me apoyo en la rodilla izquierda para ponerme en pie mientras las antorchas resplandecen como nunca antes las vi arder en este lugar.
El peso oscuro que sentía en mi pecho se vuelve cálido, recorre y destensa mi cuerpo.
No puedo evitar que mi voz se quiebre como el bajo mundo al ver a Eladriel sonreír al final de ella. A Twig a su lado.
—Eladriel —la voz de Maren todavía la vuelve más hermosa. La hace sonreír.
Me hace sonreír.
—Gracias —sobre el hombro, dedico una mirada de reconocimiento al dios de las profundidades.
Me inclino ante él. He sellado nuestro pacto.
—No niego que tu reverencia me causa complacencia, pero no traje a la princesa aquí porque tú lo pidieras —la voz de Beliel retumba por el bajo mundo. Desliza el polvo de las paredes con ella.
—¿Es un presente por aceptar vuestra propuesta? —sonrío.
—Tú fuiste el intercambio que ella hizo por el alma de su hijo —quizás sea el asombro, pero incluso siento triunfal su tono de risa.
Apenas he comprendido qué quiere decir cuando mi alma me pide buscar a la princesa sobre esa escalera frente a la que el infierno me arrodilló. No sé siquiera si tengo expresión al hundir los ojos en ella.
—¿Cómo es eso posible? —mis manos tiemblan incluso si cierro los puños para impedirlo—. Yo hice un trato con Selim. El alma de Eladriel, por la de mi hijo.
—Pero lo incumpliste —me recuerda el dios de las profundidades.
—Estoy aquí —señalo el infierno con frustración.
—Mi rey no ordenó que la princesa acompañase a su hijo a las profundidades. Eso le otorgó el derecho a reclamar su propia justicia —se lamenta con dotes magistrales para fingir que le apena.
—Pero Selim dijo que solo deseáis aquellos sacrificios que nacen de los miedos más profundos —tuerzo el cuello hacia la sombra engastada en el muro—. La magia negra no está entre sus dones…
—Hay espíritus que son más bravos que la propia magia —desvela Beliel con mirada de maravilla—. Lo que ella pidió… —hace silencio por un instante—. Su corazón late tan fuerte como el de Hécate.
—¿Hécate? —el cuadro de Brenshire aparece en mis recuerdos. Dirijo una mirada a Eladriel.
—Ofrecí a la princesa salvar el alma de su hijo a cambio de luchar por mi venganza, pero lo rechazó —Beliel lo narra como si hubiera visto un milagro.
—Puede que no solo yo lo vea una locura… —resoplo con ironía.
—No, príncipe Bradosck, ella aceptó luchar para mí —una vez más, percibo victoria en esa sonrisa que dibuja—. Entregó el alma de su hijo a cambio de tu inmortalidad.
Mi corazón late con fuerza al sentir un par de manos posarse con sutileza sobre mis hombros.
Me detengo. Contengo el aliento. Incluso ante la sombra imponente del dios de las profundidades y su aspecto amenazante, cierro los ojos.
Por si vuelve a ser otro truco de mi mente.
Por si al posar mi mano sobre la suya, Eladriel no está ahí para sostenerla.
—No lo creo… —libero el aire guardado.
—Ordené al rey Draegor que te buscase para cumplir con los deseos de la princesa —confiesa como última sentencia.
—Mi príncipe… —susurra la princesa—. Lo siento.
—¿Lo siento? —volteo apresurado para tomar su rostro—. Yo te dejé sola.
—Los dos lo hemos perdido —sus manos rodean las mías. Su frente se inclina con ligereza.
—¿Por qué lo has hecho? —hundo mi frente en la suya—. Podrías haberte liberado de ese palacio.
—Te necesito a ti —solloza.
—Estar libre de tu padre es estar lejos de la muerte —la acerco para poder rodearla con fuerza.
—Podría estar lejos de esa prisión y no ser libre nunca —siento como la princesa se aferra a mi armadura—. Fuiste tú quien me liberó.
Acaricia los surcos de la palma de mi mano antes de entrelazar sus dedos con los míos.
—Yo tampoco soy la Eladriel que te vio en Brenshire por primera vez —Eladriel se aparta para asestarme una mirada sincera.
—Tú no tienes magia negra… —una pequeña sonrisa se me escapa.
—Pero también debía revelarme contra mí misma para sobrevivir —sonríe—. Hasta que te vi. Mi instinto vibró con fuerza para poder escuchar lo que mi alma pedía.
—Eso es mucho más profundo que decir te quiero, ¿eres consciente? —mis labios se estiran de pura felicidad.
—No sé decir te quiero. Tal vez no sepa decir solo eso —niega. Se abalanza para posar su cabeza en mi pecho cuando una lágrima asoma con timidez—. Pero sé que me enfrentaría a esa sombra que temen por ti.
—No debería ponerte triste no decirlo —limpio su lágrima.
Eladriel aparta ese par de gotas oscurecidas que han tomado sus ojos. Se aleja para contemplar a todos los que están bajo el precipicio.
—¿Triste, príncipe Bradosck? —de medio lado, la princesa me sonríe—. No podría llorar de tristeza cuando todos a quiénes queremos nos acompañan en este momento.
—Podrías —la tristeza toma mi voz—. ¿Crees que yo puedo olvidar tus cartas, la ausencia de estos días…?
—Ese recuerdo no se siente doloroso si pienso que tus manos me salvaron de nuevo —a pesar de que ni siquiera se mueve, siento que sus pupilas afirman como nunca antes.
—¿Estás segura de aceptar? ¿Quieres hacerlo aquí? —camino hacia ella. Sujeto sus manos—. Entiendo que el infierno no es lugar deseado para ninguna mujer.
—Es el lugar más hermoso que jamás podría haber imaginado —me rodea el cuello para abrazarme—. Todo tú lo conforma.
—Te amo, princesa, incluso con nuestros huracanes —beso su frente.
—Era el mismo huracán deseando encontrarse —ella no teme y me besa los labios.
Los soldados del ejército de los Ghaltûn golpean sus lanzas.
Sus gritos ensordecen el ambiente a punta de exclamaciones y sus filas se abren ofreciéndole un pasillo a quién se encuentra tras ellos.