Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 32. Una nueva magia. #5
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32. Una nueva magia. #5

—Él es el dios de las profundidades. Creó este mundo junto al dios de los cielos —mi voz se vuelve tan solemne como esa que los dioses disfrutan de usar—. ¿Una simple creación lo liberará?

—A pesar de cualquier acto, el alma de la princesa se mantiene pura —Beliel continúa con su afán de revelar cosas que ya conozco.

—Es la venganza que terminará con todo lo oscuro que ahora nos envuelve —confirma Draegor con una sonrisa de satisfacción.

—¿Pero por qué ella? —la poca paciencia me hace perder las formas.

—Es la única con vida que tiene el poder de enfrentarse a quiénes han enturbiado la paz del mundo. De mi corazón y el de Baron —el dios oscuro entorna los ojos con placer.

—Estoy seguro de que estarás de acuerdo en que el dios padre Azabel y el rey Eliot han convertido las tierras de Órianth en tinieblas de sumisión —ahora sí, Draegor llena sus ojos de los ideales que tenía cuando todavía se sentaba en su trono.

—¿Y creéis que es la única? —no puedo reprimir la carcajada irónica que nace—. ¿Deseáis escuchar lo que yo sueño con hacerle a ese perro con palacio?

—Lo es —Beliel sonríe—. Hasta en sus tinieblas más oscuras, la venganza de la princesa es movida por el hambre de justicia.

—Ese fuego que ella domina es capaz de arder con la misma fiereza por la injusticia, que por el amor —declara Draegor con respiración de orgullo.

—No has visto como yo ardo por ella —sonrío por su suspiro de alabanza a quién amo—. Esa fuerza me sostiene incluso cuando es mi alma la que tiembla.

—Tu valentía sigue siendo admirable, joven Bradosck, pero la valentía sin hacer uso del juicio es inútil —Beliel sonríe—. Me compadeceré de tu corazón y alargaré nuestra próxima reunión.

—¿De mi corazón? —me trago el poco orgullo que podría tener ante su afirmación.

—Os devolveré a la princesa, pero una espada de acero atravesará tu abdomen el día que los butkam lleguen y ni siquiera tu magia podrá salvarte —por primera vez desde que estamos frente a frente, el dios de las profundidades me hace temblar.

Cómo podría ocultarle a este ser fuera del alcance de mis capacidades de teniente, incluso las de príncipe, que mi aliento se detiene.

Que toda mi piel se eriza. Cierro los ojos cuando mi interior arde por la cercanía con la muerte y justo cuando empiezo a estremecerme…

Siento el aliento cálido golpeando mi cuello más cerca de lo que ellos podrían hacerlo.

Una caricia lenta en el reverso de la mano busca el hueco entre mis dedos.

Sin poder remediarlo, ladea la cabeza para sentir el leve susurro que se cuela de forma certera por mi oído y apaga el fuego con esa voz que reconozco.

—Te necesito como eres, Azohr —musita la voz de la princesa.

—Te fallé —dejo que el peso de mi dolor salga con mi voz.

—Estás aquí —su dulzura me hace olvidar cómo se respira.

—Dime qué debo hacer —susurro—. Si ordenas que sea el más fiel creyente y me acoja a los dioses, lo seré. Si deseas que peque hasta que las profundidades se vuelvan montañas, lo haré —confirmo—. Solo dímelo.

—Yo solo ansío ver a un Azohr que acepta lo que desea —sus palabras detienen mi razón. No he dudado de lo que deseo, solo de lo que desea ella—. Uno al que yo pueda ver.

—Te quiero a ti. Siempre a ti mi princesa —aprieto los dedos con firmeza.

Abro los ojos cuando las yemas de los dedos impactan contra la palma de la mano. Volteo para asegurarme de que no ha sido real. Dejo que el aliento salga al comprobar que Eladriel no está en ninguna parte, y tomo aire al comprender que siempre está a pesar de que sea lejos.

—Aceptaré esa propuesta —mi pecho todavía está encogido mientras acepto.

—Es una sabia decisión —Beliel sonríe con más satisfacción y dicha de la que debería.

—Pero… —mi frente se arruga. Doy media vuelta—. No lo haré por ayudaros a encontrar esa venganza.

—Acabas de comprender que tu poder no es suficiente para mantenerte junto a ella —su condescendencia era algo que no esperaba, dada su expresión de piedad.

—Quiero que tu poder desafíe al del dios de los cielos —sonrío—. Úneme a la princesa como las leyes de tu hermano dictan, que los dioses de Órianth no puedan separar nuestros destinos.

—Te ofrecí un trato, Bradosck —el dios de las profundidades ríe como si mi pedido fuera algo muy complicado para él—. La inmortalidad es una virtud que no se puede menospreciar.

—Mi inmortalidad es solo vuestro anhelo, una necesidad más vuestra que mía —estiro las comisuras en una mueca de desdén—. Si debo arriesgarme, es justo pedir algo que yo desee a cambio.

—Es fácil compadecerse de la forma en que intentas engañarme —se impone. Crece. Y ni siquiera así podrá hacerme callar.

—¿Eso es lo que pensáis? —chasqueo la lengua—. ¿Acaso si ese no fuese vuestro deseo, os hubierais compadecido de mi corazón para ofrecerme ese poder?

—Conozco el pozo más profundo de tu corazón —su voz amarga suena menos intimidante que esa forma en la que ha entornado los ojos.

—No sabéis más de mí que yo. Sé que le pertenece a Eladriel y el miedo a perderla —ya nada me puede hacer temblar—. Yo no bajé para pedirte la inmortalidad, pero sí para quedarme a su lado.

Debo contener la sonrisa ante el silencio del dios padre de las profundidades. Él también lo sabe. Sus designios no serían los mismos si no necesitase que yo no sucumbiese ante el dios custodio de la muerte.

—Se hará —Beliel separa los labios para establecer un acuerdo—. Cuando hayas liberado al ejército.

—¿Convendría que ahora yo me compadeciese de la forma en la que intentáis engañarme? —sonrío y resplandece como si fuera el filo de una espada que corta—. Lo haremos ahora.

—El destino no puede cambiarse en un segundo —niega el dios de las profundidades.

—Un suspiro fue suficiente para que trajeras a la princesa a tu reino —puede que esta afirmación no haya conseguido sacudirme por fuera, pero por dentro… —. Sin ella no necesito la inmortalidad que me ofreces.

—¿Me amenazas? ¿A la voz que decide cuando arrebatar el aliento? —su respiración se vuelve lenta. Se inclina como si fuera a abalanzarse.

—Hasta que no esté a mi lado de nuevo, no solo sois el dueño de su alma —enderezo la espalda para recibirlo. Apoyo los pies con firmeza—. También mi enemigo.

—Aún con más intensidad que Baron… —Beliel relaja su sombra. Me observa como si hubiera descubierto un milagro—. Bien. Traeremos a esa princesa para unirla a ti.

—Y… —mi mentón apenas se inclina para continuar con mis peticiones—. Twig debe acompañarla.

—¿Twig? —sus pupilas abismales se sacuden desorientadas—. ¿Quién es ese Twig?

—Es su padre —ya no hay aire contenido en mi garganta que me impida hablar—. Si no la acompaña, sé que ella no aceptará.

—Esas son demasiadas exigencias, joven príncipe —sus párpados se entornan con poca confianza. Parece que tiene dudas.

—Solo una —asiento—. La quiero a ella.

—Complaceré tus deseos —acepta el dios de las profundidades.

—¿Y la inmortalidad, mi señor? —Draegor inclina la cabeza a un lado para asestarle la pregunta.

—Para eso necesitaremos que tus hijos nos visiten —confiesa Beliel cuando todavía sus ojos están centrados en los míos—. ¿Qué te parece, rey Draegor?

—¿Verlos, su majestad? —Draegor alza la mirada de inmediato. Sus rodillas tocan el suelo.

—Tu acertada recomendación en la asamblea del tribunal de los arcanos merece ser reconocida —Beliel sacude la mano en una orden para que se incorpore.

Jamás me hubiera imaginado que pudiera haber camaradería entre Draegor y el dios del bajo mundo. Aún recupera la postura cuando esa sombra toma distancia. Sonrío. Aunque desencajado, parece que es la dicha la que ha cambiado su expresión haciendo que sus cejas se eleven. Su sereno pasmo.

—¿Te sientes nervioso? —pregunto a su sonrisa que nace sin permiso.

—¿Y tú? —Draegor eleva las mejillas. Su gesto no puede mentir.

—Mi estómago tiembla… —empujo el pecho para que no lo haga.

Sus palabras van a salir como consuelo cuando la tierra vuelve a dejar el eco de uno de sus murmullos.

El fuego que alumbra las rocas del lugar se quiebra.

Destella por hilos finos de brisa que se desliza entre sus llamas.

El dios de las profundidades sacude la mano.

El aire se tensa. La arena oscura se alza entre las piernas metálicas de los soldados, arquea los dedos para que obedezca.

Se convierten en sobras de magia negra que susurra como el viento.

Caminan. Una capa oscura envuelve la figura de una de ellas, unas pesadas botas azabache que casi no pueden distinguirse del suelo que pisa.

—Pero… —el rostro de Ebhan se llena de detalles—. ¿Qué es esto?

Su cuello se pierde en la premura de encontrar respuestas.

Recorre los rincones de las profundidades en busca de algo que le haga saber dónde se encuentra hasta que comprende algo más importante.

Enmudece al voltear hacia nosotros. Sus ojos se ensanchan.

Veo sus hombros caer al estar frente a una criatura que pensó que jamás volvería a ver.

—¿Padre? —el labio inferior de Ebhan tiembla.

Las solapas de la capa de Efaris, sus facciones…

Observa a su hermano como si tuviera miedo de que Draegor fuera solo una mentira.

La nostalgia invade la mirada de la reina en segundos.

Nunca antes los vi fundirse en una sonrisa tan sincera, parece que nunca hubiera existido distancia ni tiempo entre ellos.

Shaqia se une tras un pestañeo. Entonces ya no hay más que esperar para que reduzcan el espacio y recuperen los abrazos perdidos por la muerte.

—Es un honor volver a veros, mi amado padre —Efaris besa la capa de Draegor con los ojos llenos de lágrimas.

—Mi señor —Ebhan une su rodilla izquierda con el suelo para dedicarle una reverencia—. Si estar frente a vos es la muerte, entonces debo empezar a llamarla paraíso.

Draegor estira la mano para acariciar la cara de la princesa de magia oscura. La sonrisa que dibujaron sus comisuras para la reina sigue regia como si también hubiera sucumbido a la eternidad de los infiernos. Sus ojos resplandecientes bendicen al príncipe.

—No es la muerte la que os trajo aquí —Draegor agita la cabeza para señalarme—. Asistiremos al compromiso del príncipe Azohr Bradosck y la princesa Eladriel Wínverin.