Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 32. Una nueva magia. #4
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32. Una nueva magia. #4

Concentro mi energía en las piernas para no dejarlas caer ahora que me mira de frente.

Demostrarle miedo a un engendro de la destrucción es lo último que haría, que no presuma lo fácil que sería matarme…

—Tu curiosidad susurra —musita esa masa oscura—. Deseas saber por qué estoy frente a ti.

Esas órbitas celestes aparecen sobre la figura opaca. Esa voz que lo abandona es propia de un lugar como este.

—Sé cómo se siente mirar una herida que no cierra —confiesa esa profunda voz al colocarse frente a mí. Frente a Draegor.

—¿Tenéis un corazón roto? —mi nariz se arruga irónica.

—No dirías eso si supieses quién soy… —esa curva de antes se muestra. Se alarga.

—Solo tengo un propósito en este lugar —declaro ante su tono de misterio.

—Solo he visto a otra criatura cuyo corazón latía tan frenético como el mío —declara esa silueta sin darle importancia a lo que digo—. Y del mismo modo, todavía no se detuvo.

—Si os referís a la princesa Eladriel… —el temblequeo de mis piernas se ha convertido en seguridad.

—Guarda silencio, príncipe de magia oscura —ordena. Su voz retumba por sobre nosotros—. El dios de las profundidades te está hablando.

—Si sois ese dios tan poderoso que mencionáis, sabréis que no me importa qué seáis… —trato de relajar el semblante antes de que la tensión lo tome y termine por sentenciarme.

—Reconozco en ti ese arrojo que late por lo verdadero —según habla, la sombra crece—. Yo estaba dispuesto a todo por Azabel desde que tomamos el alto cielo. Quería hacer feliz a mi hermano… —se vuelve más grande—. Pero me rechazó. Me hirió de muerte.

—¿Qué puedo hacer yo con eso que sentís? —el tono triste de su voz me hace arrugar el semblante.

—Baron y yo amábamos de formas distintas, pero idénticas —la calma se apiada de su voz.

—Esta conversación ya ni siquiera tiene sentido… —ladeo la mirada hacia Draegor por si él sabe a qué se refiere.

—Yo amé a un hermano hasta mi destrucción. Baron amó a un amigo hasta que su condena se hizo eterna —los ojos del dios de las profundidades se vuelven grandes—. ¿Qué te traerá a ti amar a esa princesa?

—Me ha traído ante ti… —inclino el cuerpo hacia delante. Mi mirada se oscurece.

—Pero aún no sé a qué estáis dispuesto —rompe el silencio con expectación.

—Te cedí el alma de mi hijo por amar a la princesa y está en tu reino —mi tono se afila—. Decís que habéis venido a entregarme lo que alejé, pero ella no está a tu lado.

Draegor me dedica una mirada silenciosa de reclamo que acepto adoptando una mueca de despreocupación.

—¿No entiendes, príncipe Bradosck, que no puedes elegir? —Beliel inicia una caminata débil.

—Ese rey que gobierna tus profundidades y se dice tu hijo me hizo hacerlo —mi voz se eleva al ver que se acerca—. Yo ofrecí mi alma, pero el muy traicionero dijo que no era suficiente solo por quitarme todo.

—La princesa tiene su propio destino —esa calma con la que habla me asusta más que cualquier alarido infernal.

—Hace años que se encontró con el mío. Nos unió en Brenshire de nuevo —mi espalda se tensa. Los hombros me duelen por la rigidez—. Y Brenshire nos unirá para siempre.

—Solo hasta que ese alma que te gobierna deba reunirse conmigo —aunque de forma leve, como si quisiera esconderlo, puedo ver sus comisuras elevarse.

—Incluso si yo debo sucumbir a tu dios de la muerte seguiré su camino —estiro el cuello para mirarlo a los ojos.

—¿Le dices eso a quién puede transformar destinos a su voluntad? —Beliel convierte el firmamento de su mirada en amenaza.

—Quédame a tu lado ahora —me obligo a pasar el protocolo después de haber humedecido los labios para poder hablar—. Entonces tampoco podrás quitármela, estaré aquí con ella.

Esa sonrisa tímida que abanderaba su rostro de poder ahora se ha estirado.

Puede que quiera desafiarme. No lo detendré si lo intenta.

Tiemblo menos ante la idea de enfrentarme a él, de lo que me asusta comprender que incluso así, todo ha terminado.

Entrecierro los ojos con sutileza. Así no lo quiera, sé que hay compasión en esa forma acechante que tiene de hacerme estremecer por su presencia.

—Deseo devolverte el poder. El nombre que has silenciado —confiesa la sombra oscura tras tomar la forma de mi tamaño y volver su mirada amable.

—Yo solo deseo ser el trono de la princesa —la impotencia pura me hace cerrar los puños. Mis propósitos me obligan a elevar la voz.

—Quiero despertar tu inmortalidad —desvela con total tranquilidad.

Mis propias palabras se caen sobre mis piernas.

El peso de mis hombros. Acierto a dirigir una mirada a Draegor justo en el momento en el que su frente se estira por el asombro.

Si hay algo que deseo más que a Eladriel, es aliarme con el tiempo para estar junto a ella.

Tener la certeza de que así, jamás la perdería.

Incluso si alguna vez se arrepintiese de nuestra cercanía y solo pudiese contemplar como su presencia gobierna el mundo.

—Si aceptas mi propuesta, tus temores desaparecerán —Beliel irrumpe en mis pensamientos para sorprenderme todavía más.

Por primera vez desde que tengo uso de razón, no encuentro nada en los ojos del rey Draegor salvo vacío. No hay respuestas de sabio cano. Nada de seguridad a la que aferrarse.

—Solo tú puedes decidir si deseas ser libre —Draegor me quita su mirada.

Sello los labios. Dos rocas del color apagado de Émaxor capturan mi atención cuando el negro azabache destella sobre el resto de la oscuridad.

También lo reconozco en el cabello que recorre todas las partes de la espalda de la princesa.

Cierro los ojos ante el recuerdo de su voz volviendo del veneno de la puerta de la ciudadela gracias a las sombras…

Es la primera vez que pensar en mi padre como brujo de magia negra no me sobrecoge. Intentó salvar a mi madre con su poder.

—Quiero escuchar lo que tengáis que decir —separo los párpados para asestarle una mirada tan firme, como su presencia frente a mí.

—Hace miles de años que varios de mis hijos se escaparon de las profundidades —los ojos de la sombra se entristecen. Pierden brillo—. Los busco, pero aún no sé dónde se encuentran, solo que frecuentan a una criatura de las hadas.

—¿El cancilier Mémberin? —mis cejas se curvan.

—Sabemos que invadirán Néferien —afina su mirada para ignorarme—. Cuando la princesa deba enfrentarse a los siete, habrá perdido a sus aliados principales.

—¿A los siete? —ladeo la cabeza de forma ligera—. ¿Quiénes son los siete?

—Los dioses a los que os encomendáis —puede que Beliel use tono de misterio, pero no me sorprende.

—Dime cómo puedo impedir que eso suceda —mi semblante se llena de una súplica que se vuelve decisión al colocar la mano alrededor de la empuñadura.

—Prepara un ejército que pueda derrotarlos con una nueva magia —sacude la cabeza como si solo estuviera haciendo una simple insinuación.

—¿Y quién los dirigirá cuando me ejecuten por liberarlos? —la ironía frunce mis labios.

—Hay más de cinco mil brujos en el interior de la fortaleza. Ellos pueden defender la necrópolis —la imponencia de este ser no es tan temerosa como su capacidad de persuasión.

—Podemos detenerlos nosotros mismos —asiento para ocultar que trago con trabajo—. Antes de llegar a ese lugar, tendrán que pasar por Carsley y Nuevo Brenshire.

—Mis hijos han reclutado el alma de todos aquellos que fueron rechazados por mi reino —Beliel, la forma de sus ojos… Se han vuelto una advertencia velada—. Han asediado en varias ocasiones la isla de Draenith para conseguir soldados. Incluso Aeranthos.

—Más de cuatrocientos mil soldados forman sus filas, Azohr —Draegor interviene con mirada profunda.

—En ese caso hablamos de un ejército invencible —muestro la palma de las manos. Me señalo—. Yo y cinco mil soldados de magia negra no podremos terminar con todos ellos.

—Aún no logro comprender cómo mi señor de los cielos no consideró el desánimo como uno de los pecados —el rey Draegor suspira con fatalismo

—No hay hechizos oscuros que puedan parar eso —o quizás solo soy yo quién está convencido de este desastre.

—Está en la princesa. En ti. En la misión que os encomendamos —acepta el rey. Inclina el mentón hacia debajo con suavidad.

—¿Me pides que libere a brujos que no pueden ayudarnos? —la incertidumbre no podría mostrarse en mi semblante ahora.

—Los demonios que crearon la compañía de los butkam se han aliado con enemigos solo por las almas de la necrópolis de Néferien —Draegor separa los labios antes que Beliel.

—Esos brujos serán asediados y su muerte no podrá liberarlos. Si esos ejércitos que ya os respaldan fallan, sus almas y las de la necrópolis serán robadas de su descanso —el dios de las profundidades suspira y mueve el aire convencido del desastre.

—Las almas deben guardar reposo en ese lugar al que pertenecen —Draegor une las manos a la espalda con una elegante determinación.

—¿Qué lugar es ese? —mi ceño se arruga curioso.

—Depende de qué nombre recibiese su esencia antes de ser llamada —como antes, Beliel entristece su mirada—. Es ahí donde debe estar.

—No parecéis un dios injusto. Al menos, no como las historias que los dioses cuentan en el medio mundo —sonrío—. ¿Por qué vienen a tu reino aquellos que son considerados traidores de lo puro?

—Mi hermano Azabel admira la perfección. Incluso si yo siempre vi como el miedo al fracaso lo domina por la eternidad —su tono se hace eco de ese pesar que sostiene su mirada—. Yo no podría dejar sin amor a aquellos que, por los temores de su creador, no alcanzaron la divinidad.

—¿Eso os convierte en enemigo de las tierras? —guardo silencio.

Ahora sé que son mis ojos los que desprenden compasión por él.

—No, pero no cualquiera tiene el poder de gobernar con el alma ennegrecida —en un instante, la sombra del dios oscuro se engrandece—. Como la princesa...

—No ella —y sé que es el miedo el que me hace imponerme con tanta seguridad.

—Hasta tú puedes ver que la princesa de las hadas es diferente. Sabes que puede hacerlo —Draegor separa los brazos para dar un paso al frente.