Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 32. Una nueva magia. #3
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32. Una nueva magia. #3

—Quiero saber cuántos brujos fueron encerrados en cuatro mil años… —tenso la mandíbula—. Qué pasó en Órianth para que niños pagaran condenas. Para que murieras.

—Yo no fui testigo de esas historias, pero quizás ellos te las puedan revelar —asiente el rey. Su sonrisa se borra al dirigirse a los soldados.

Sus brazos se elevan. Abarca todo el espacio que ocupa el ejército con la punta de sus dedos.

—Soldados del ejército Ghaltûn —dicta Draegor con firmeza—. Presentaos.

Elevan el yelmo con justicia. El hueco negro donde debería encontrar sus ojos está repleto de más esperanza, que cualquier blanco puro y brillante de uno de los vivos.

Golpean los escarpes contra el suelo. Cada vez que impactan, repican chillidos metálicos que levantan chispas de lava del interior de la tierra.

Se precipitan entre ellos. Terminan su recorrido sobre las grabas de sus compañeros.

“En las sombras de Néferien nuestro susurro se apaga,

nuestros ecos resuenan entre muros de piedra amarga.

Los brujos oscuros están en la fortaleza del frío,

pagan condenas eternas, dentro de un eterno exilio.

En la tierra que se lamentó por miles de años,

la magia oscura cesó el viaje.

Cadenas de sombras llevan sus corazones con pena,

los brujos siempre lloran porque la libertad es su condena.

Bajo cielos de tormenta la luna ocultó la verdad,

vidas se perdieron, fueron encerradas en el nombre de la paz.

Para el pueblo ya no fuimos héroes con poderes desbordantes,

sus miedos nos sentenciaron a un silencio desgarrante.

Más que nunca las llamas de nuestra esencia queman,

como última esperanza, que a nuestras espadas teman”.

—Escuché esto antes —tuerzo el gesto con sarcasmo—. A los brujos de la posada de los cuervos les gusta cuando la cerveza ya hizo su efecto.

—Es por eso por lo que tu trono oscuro debe cambiar esas historias —sonríe Draegor con el dedo apuntado en mi dirección.

—¿Y Shaqia? —le recuerdo con una sonrisa que imita la suya—. La convertiste en princesa y ya tiene un ejército, pero ese trono que quieres darme está muerto.

—El pueblo de magia negra está más vivo que nunca, Azohr —se coloca de medio lado. Su brazo se mueve sobre el ejército a su espalda—. Solo deben ser liberados para luchar por su príncipe.

—¿Esperas que negocie con Selim por sus almas? —mi voz se suspende por un momento en medio de la garganta según contemplo la multitud—. Solo la vida de la princesa me costó el alma de mi hijo.

—No será necesario que enturbies el descanso eterno que aquí encontraron —asiente Draegor—. Hay perdidos en Néferien que aún tienen aliento, pero sus profundidades son más oscuras que estas.

—Me cortarán la cabeza si libero a los brujos de la fortaleza —desvío la mirada de la suya como si eso hiciese más peso en mi negativa de morir.

—¿No te lamentas por ver a criaturas inocentes como tú, encerrados hasta ser consumidos por la pena del olvido y la injusticia? —la postura del rey se vuelve majestuosa.

Su rostro refleja en el ceño arrugado la decepción.

No me sorprende ver que se aferre a sus deseos para ignorar los míos o los de cualquiera que esté en desacuerdo con su brillante justicia.

Siempre lo hizo. Es esa fuerza la que consiguió que los creadores de las tierras de Órianth cedieran a sus ideas.

Salvó a Efaris. Cambió Néferien. Pero esa insistencia real que cree que le otorga la corona no será capaz de hacer temblar mis convicciones.

—Ya no hay pueblos de magia negra, Draegor —sentencio como forma de aliviar mis remordimientos—. Émaxor se ha convertido en Nuevo Brenshire.

—Te avergüenzas de lo que eres —asesta el rey sin compasión alguna.

—¿Sólo por no aceptar un trono? —mis hombros se tensan ante su insistencia y sus ojos deseosos de demostrar cuánto quiebro sus expectativas.

—¿Qué crees que sucederá cuándo esos dioses que encerraron a los brujos descubran tu cercanía con esa princesa hada? —Draegor arquea la espalda. Su voz toma el espacio—. Entonces te convertirás en eso que siempre has odiado.

—¿En alguien tan despiadado como el rey Eliot? —me inclino con suavidad para hundir las pupilas sobre sus principios.

—Serás como tu padre —sus ojos vibran con rabia—. Alguien que rechazó vivir su vida en libertad y murió atormentado por sus propios miedos.

—Él solo se quedó en Néferien por ti —asesto con la misma rabia con la que me reprocha su mirada—. Yo no me quedaré en Brenshire esperando a que Ebhan proteja mi vida.

—¿Y crees que huir te hará libre? —sus pies se vuelven firmes para dar dos pasos que hacen temblar mis principios.

—Vivir lejos de las normas de Órianth con una princesa hada me hace más libre de lo que mi padre fue —mi mandíbula se tensa. Mi sonrisa.

—¿Y cómo harás eso posible? —los labios del rey se estiran en una sonrisa que incendia la boca de mi estómago.

—Lucharé por ella —mis labios se estiran llenos de ira por su gesto.

—Ni siquiera te escuché mencionar tus poderes oscuros —ríe.

—No necesito la magia negra para vivir la vida que deseo junto a Eladriel —adelanto el pie derecho. Mi mentón se eleva en una petición para que guarde silencio.

—¿Estás seguro? —su tono se vuelve afilado. Burlón—. ¿Cómo podrías hablar de un futuro si no hubieras utilizado las sombras para tocar las profundidades por salvarla?

—Eso no es suficiente para aceptar —acepto sin más adorno que dejar que la voz se eleve para que me escuche.

—Ella no tiene ese espíritu tranquilo con el que tu sueñas —advierte con su semblante superior de señor que gobierna mundos—. Ha descubierto que puede ser libre, no querrá irse sin propiciar una guerra.

—Me quedaré con ella si es su deseo. Sostendré sus batallas con la magia verde —mi mentón se eleva para hacerle frente.

Creo que, ni siquiera el hecho de que la altura me favorezca ahora, lo volvería pequeño.

—Entonces la condenarás como hiciste ahora —sostiene Draegor en un hilo fino de voz.

Un sonido agudo vibra en el ambiente. Es fino y delicado.

Campanadas interrumpen nuestra conversación, los soldados hincan rodilla cuando el eco les hace percibir la orden.

Draegor se inclina. Lo observo sin saber qué sucede.

De reojo me indica que doble la espalda como él hizo.

Sujeto las manos la frente y elevo la frente como resistencia a su petición.

Si es ese dichoso rey de las profundidades el que aparecerá ante nosotros, no pienso dedicarle reverencia alguna.

—Si no aceptas que tienes poder, no podrás ayudar a la princesa —asegura Draegor entre dientes.

—La muerte encontró a mi padre por llevar en su sangre lo que yo llevo —trago saliva—. Mi madre murió cuando nací —contengo la respiración—. ¿Cómo puedo aceptar un destino que lleva milenios destruyendo al amor?

—Tu padre fue ejecutado por miedo. El mismo miedo que encerró a todos esos brujos —insiste en creer que su tono revelador será suficiente para convencerme.

—¿También le pediste a mi padre que se condenara como haces conmigo? —separo los brazos de un movimiento. Una lágrima de furia se contiene en el lagrimal por su empeño.

—Solo estás condenado de verdad si tú crees que lo estás —gira el cuello para asestarme una de sus miradas honestas imposibles de ignorar.

—Ese destino que trato de evitar me ha perseguido hasta darme alcance —miro alrededor—. Estoy en las profundidades porque mi corazón se muere.

—Puede que lo hiciese solo porque estás destinado a terminar con esta condena —su tono de calma siempre aparece justo cuando la ira iba a quebrarme—. Tú puedes desafiarte. Puedes conseguir aquello que tu padre no supo.

—¿Qué fue? —la pura curiosidad me empuja a preguntarle.

—Tú no tendrás miedo de lo que eres —el fin del repique hace que Draegor selle los labios.

Un velo negro recorre los muros de las profundidades.

La estela oscura se alza imponente sobre las rocas.

Se despliega y forma una silueta distinta a la de un hada, un brujo o cualquier otra criatura del medio mundo que pueda reconocer.

Es tan solo presencia. Su autoridad se reconoce en el temor de todos los que agachan la mirada al apreciar lo único que puedo distinguir de esa proyección.

Sus ojos a mí no me intimidan. Me resultan incluso hermosos.

Las manchas blancas, azuladas y rosadas que se opacan por la intensidad del naranja, el rojo, el esmeralda…

Y ese azul tan vivo como el de los estandartes y banderas de los elfos.

Es como si fueran un trozo de firmamento en movimiento que puede vivir rodeado de oscuridad.

—Aquí está el príncipe que sobrevivió a todo lo que amaba —una voz emana de las paredes. Las hace retumbar.

—Esperaba una presentación más impactante del que tiene el poder de arrebatármelo todo —doy un paso al frente. Elevo la frente como si fuera suficiente desafío.

—Tranquilo, Azohr Bradosck —la silueta ensombrecida dibuja una curva por sonrisa—. No te traigo ante mí para robarte lo que anhelas.

—¿No? —una de mis cejas se arquea con sorna—. ¿Venís entonces a convencerme de que liberar a esos brujos que tenéis convertidos en ejército es lo único que me salvará?

—Vengo a devolverte eso que tú mismo has alejado —la curva desaparece al instante.

Las antorchas dejan de alumbrar. Humean.

La oscuridad se hace la dueña de las profundidades en el preciso instante donde el silencio se vuelve más perturbador que cualquier ruido.

Contengo el aliento para aguzar la mirada.

Las piedras vibran bajo el compás de la respiración del suelo.

El tiempo se vuelve pesado. Doy un paso a la izquierda cuando el rugido de las llamas me coge de improviso.

Dirijo la mirada hacia el fogonazo azulado que toma el palo de hierro de la pared para encenderlo.

La llamarada salta al siguiente. Una vez más hasta que consigue iluminar la estancia de nuevo.

No hay rastro de esa sombra ni de sus ojos que muestran lo desconocido.

Escucho la respiración del rey Draegor antes de abrir los ojos.

La delicada capa negra que asediaba el muro se cuela por los entresijos de las rocas y adopta una figura insondable que no sé nombrar.

Doy un paso hacia atrás. Una masa compacta de majestuosas dimensiones aparece como si pudiese destruir este lugar con su sola presencia.

Toma aire. Gime por ello y no puedo evitar que mis rodillas tiemblen.