32. Una nueva magia. #2
—En esa misión nos acompañarán ángeles del ejército de los dioses, la princesa Aranel… —recuerda Hai entre graznidos—. Invítalos a una cerveza mientras hablas de tus planes con el príncipe Borin por si consideran unirse.
—La forma en la que insistes en tomarme por estúpido me resulta igual de refrescante, que un baño entre tus llamas —mi frente se arruga con aburrimiento según me dispongo a cruzar el puente.
—Ayudaría que no lo fueses —chilla. Yergue sus patas—. Seguro que si la princesa pudiese hablar, estaría de acuerdo.
—¿Sólo para insultarme te pones de su parte? —le lanzo una mirada de reproche de medio lado.
—Debo admitir que estaba equivocado con Eladriel, ella no parece una de las hadas —las alas de Hai se despliegan antes de tomar impulso.
Llamo a la magia negra para abrir la puerta.
Un ligero chasquido hace evidente que ha funcionado, pero la hoja pesada se resiste a mi patada.
Empujo una vez más. El interior se muestra a la misma vez que el sonido de los pernios.
Mis pensamientos solo dictan que tumbe a Eladriel en la cama para reunirme con el rey de las profundidades y aun así, no puedo evitar darme cuenta de que todo alrededor está intacto.
Lo único que cambió es el aire. Ahora viaja lleno de la ceniza que se cuela por las cristaleras rotas del castillo.
La alfombra verde que recorre la escalera tiene manchas de hollín en cada uno de los peldaños Contemplo la barandilla de madera.
Ha dejado de lucir tan infinita como la veía con el tedio de pasar cada día por ella, he vuelto a fijarme en cada detalle con la misma curiosidad que tenía de niño.
Nunca pensé que echaría de menos el pasillo a los cuartos de los que renegué tantas veces. Me consumía caminar por aquí. Hoy desearía que los mandobles resonaran entre las piedras de la entrada cuando los guardias centinelas ocupaban su posición tras el cambio de guardia.
Este castillo ya no huele a lo que era mi hogar. Supura odio por cada roca.
Los cristales de mi cuarto están intactos.
Recuesto a Eladriel sobre la cama tras ver que no hay restos de ceniza en ella.
Aparto los mechones que cubren su rostro y podrían enturbiar su comodidad.
Tomo sus manos. Mis rodillas tocan el suelo.
Respiro mientras analizo ese color perdido en sus mejillas una vez más antes de que mis sombras la envuelvan por completo.
Cierro los ojos ahora que la magia negra hace que quiera fundirme con ella.
Veo oscuridad. Las mismas piedras puntiagudas y oscuras que conformaban el suelo de las profundidades en mi anterior visita.
Las tinieblas que tomaban este lugar comienzan por conquistar cualquiera de los sonidos del exterior.
Esta vez solo tengo a la soledad como aliada para acompañarme.
—¿Princesa? —entrecierro los ojos.
Doy un paso al frente. Las tinieblas son tomadas por pequeños destellos de luz que definen una figura alejada del lugar en el que me encuentro.
—No —manifiesta esa presencia con voz grave.
—Si eres Selim, no tengo miedo a tu presencia —elevo la barbilla. Mis puños se aprietan—. Esperaba verte.
—Un rey que se precie no usaría la oscuridad para presentarse —el tono, eso que dice…
Todo me resulta familiar.
—Entonces no deberías aparecer de esta manera, Draegor —dibujo media sonrisa.
—Me apena verte en este lugar, pero no puedo esconder la alegría de conocer cuánto has cambiado —por fin, esa figura me muestra su apariencia. Puedo ver su sonrisa.
—¿Tú me llevarás ante el rey de las profundidades? —pregunto apenas sus comisuras han terminado de subir.
—También veo cosas que no han cambiado —sacude la cabeza con un gesto de diversión.
—¿Sabe que lo busco? ¿Por eso te envió? —arqueo una ceja—. Mi padre fue el que me mostró el camino en la ocasión anterior.
—No necesitas encontrar al rey de las profundidades, Eladriel llegó sola en esta ocasión —la cara de Draegor se ilumina al verme sin sombras que nos separen.
—Hice lo que ese rey me pidió —mi labio superior tiembla. Mi semblante no se parece en nada al suyo—. Ella no tenía que morir.
—No cumpliste tu palabra. Tú eras el encargado de ofrecer esa alma al dios Beliel —el pesar toma su voz. Apoya la mano sobre mi hombro para que pueda sentirlo.
—Pero usé su cuerpo para entrar. Estoy aquí —mis pupilas lo observan desorientadas—. ¿Qué más debo hacer?
—La muerte es un instante, Azohr —Draegor estira su brazo para invitarme a caminar junto a él—. Llegaste justo cuando ella esbozaba su último suspiro.
—¿Cómo podría haber sabido que esto sucedería? —aparto la mirada de la suya a pesar de asentir a su ofrecimiento.
—No aceptaste tus miedos a tiempo —su frente se estira con frialdad donde antes encontraba calidez.
—Accedí. Permití que esto sucediese porque Selim aseguró que ella no moriría —ladeo el cuello. Mi voz sale despedida con ira—. Dijo que se quedaría conmigo.
—Puede que tu mayor miedo no fuese perder a tu hijo, si no a la princesa —Draegor eleva la frente con ese gesto de inteligencia superior que detesto.
—Lo que dijo ese rey era real, yo no deseo tener hijos —mis pasos se detienen. Mi entrecejo se arruga.
—¿Pensaste por qué? —inclina la cabeza hacia un lado con curiosidad.
—No quería que sufriese lo mismo que yo —acepto sin dudar.
—¿La pérdida de su madre? —sonríe.
Su pregunta me obliga a sellar los labios.
Carraspeo para darle una respuesta. Puede que me asuste tener un hijo porque su vida implica perder la de la princesa.
Yo nunca tuve una madre. Soñé con ella, pero jamás conocí el dolor de perder su amor.
Sin embargo, mi padre… En él vi amar un anhelo.
Rugir por un cuerpo que ya no existe y nunca podrás volver a sentir cerca.
Incluso si acaba de entregarte algo que es tan tuyo como suyo y esa criatura la necesita con tanta vehemencia como tú.
Quizás, ver su sufrimiento cada vez que miraba a sus ojos me hizo ceder a las órdenes del rey Selim sin comprender por qué lo hacía.
No quería perderla y confié en sus palabras.
La convicción ahora me hace levantar la mirada hacia Draegor.
Si el rey de las profundidades desea utilizar mis propios temores contra mí, no conoce todo lo que puedo hacer por protegerlos.
—¿La has visto? —trago saliva. Ira—. ¿Sabes dónde está Eladriel?
—Selim no ha incumplido su promesa, pero tú ya la perdiste —Draegor retrocede hasta que se coloca a mi lado—. Ella vino porque debía traerte.
—¿Debo quedarme aquí para que ella pueda volver? —contengo el aliento para preguntar.
—No, Azohr —tuerce los labios tras suspirar de forma cautivadora—. Beliel espera por tu presencia.
—¿Beliel? —inclino la cabeza hacia delante.
Las rocas del suelo tiemblan para hacerme tambalear.
Draegor se mantiene en pie con firmeza mientras que la tierra desea abrirse bajo nuestros pies.
Volteo sobre mí cuando los gritos de guerra que lanzaba el ejército que seguía a mi padre la otra vez, vibran y erizan mi piel.
Los veo a mis espaldas. Afiladas lanzas comienzan a brotar por las brechas oscuras abiertas en las profundidades hasta alcanzar sus manos.
Los yelmos oxidados están cubiertos con pañuelos raídos.
Las pecheras reflejan los halos de luces que los rodean.
Devuelvo la mirada al rey Draegor cuando veo como un camino fino y escarpado comienza a surgir entre los soldados.
Sonríe. Ando tras él cuando inicia la marcha, no necesita convencerme con otro movimiento distinto para que lo haga.
Algunas antorchas camufladas entre los colores de las rocas de las paredes comienzan a encenderse.
El sonido de la combustión llena el ambiente. Una llamarada violeta detona detrás.
—¿Por qué has aparecido tú en esta ocasión? —me apresuro a ocupar su costado izquierdo.
—¿Te refieres a por qué vine a recibirte? —Draegor arquea una ceja. Me mira de reojo—. ¿No te agrada mi visita?
—Mi padre llegó para confesarme la verdad sobre el trono de Émaxor —bajo la mirada a las piedras del camino para sortearlas—. Espero descubrir qué tienes que decir tú.
—No deseo revelarte nada —sus comisuras caen hacia abajo en una mueca satisfecha—. Pero me gustaría que descubrieses algo sobre la magia negra.
—¿La magia? —mi curiosidad lo acecha.
—¿Sabes quiénes son estos soldados? —el rey señala el alrededor. Las filas de muertos que nos rodean.
—No —niego. Los convierto en el centro de mi atención.
—Todos ellos son hermanos de magia negra que han vivido encerrados en la fortaleza de Borh —explica sin detener sus pasos—. Solo han sido libres en las profundidades.
Examino con el gesto curioso como aquellos que rebasamos recuperan la formación para seguir nuestros pasos. No veo nada que me haga sospechar de su magia. A ojos de la muerte, todos tenemos la misma apariencia.
—El dios Azabel admitió el decreto de los dioses de Órianth con la orden de arresto —me encojo de hombros.
—Todos ellos lo saben y no pueden olvidarlo —Draegor me dedica una mirada entristecida.
Sus pasos se detienen al final del camino.
Sujeta sus manos a la espalda y arruga la tela fina a la altura de sus caderas.
No perdió ese brillo de magnanimidad que poseía en su forma de mirar, como el que veo en su hijo Ebhan.
O ese atisbo de dulzura de Efaris. Hasta reconozco esa transparencia y franqueza de Shaqia así no sea su hija.
De hecho, diría que es más parecida a él que la propia reina de magia blanca.
Se gira hacia el ejército. Sus ojos se llenan de emoción.
Lo admiro. Él siempre pudo ver qué había tras lo que el mundo temía.
Salvó a su hermano de vivir el destino de estos soldados para la eternidad.
Impidió que encerraran a la princesa de magia oscura y transformó la ley de sus ancestros para otorgarle un destino diferente.
Quiso que la magia negra contase de nuevo y fuese voz de todos los que nunca fueron importantes.
—No puede ser muestra de injusticia —me atrevo a romper el silencio—. ¿Por qué nos tendrían miedo si nada hubiese sucedido?
—Porque la magia negra no nace de la lógica, Azohr, domina el alma —Draegor sonríe. Me sonríe—. Aquello que vibra con la misma intensidad de un sentimiento profundo siempre asusta.
—No respondes a mi pregunta, Draegor —me cruzo de brazos.
—Entonces mírate —me recorre con la mirada—. Fue capaz de enfrentarte a ti mismo y terminar ganando.