32. Una nueva magia.
(Azohr)
Hai azota sus plumas con furia contra el aire.
Se apresura a virar para esquivar las lanzas que envían los guardias hadas encargados de custodiar los torreones del palacio.
Ciea aligera el vuelo. Sus alas se expanden frente a nosotros imponentes, se inclina con ligereza para impedir que nos den alcance.
Hincha la garganta. Separa el pico y permite el paso de una llamarada viva de fuego que impacta sobre un par de soldados que sobrevuelan alrededor.
Ordeno a Hai que escupa llamas contra esos que se precipitan desde la torre del homenaje para herirnos.
Ladeo el cuello hacia Ebhan. Recupera la estabilidad.
Su fénix bate las alas y se aleja del palacio mientras su pico se prepara una vez más para embestir.
Toma velocidad, se eleva. Gira mientras avanza, se precipita contra los árboles de la orilla hasta detener las sacudidas de sus plumas por un instante.
Su vista aguda se abre ante ellos. Tras un rugido, una tormenta de fuego hace a un grupo de soldados caer al agua del lago.
Observo por encima del hombro la pasarela del jardín de Eryas.
Guardias corren, despliegan las alas alzando sus armas y se impulsan al viento en nuestra búsqueda.
Ciea los encuentra. Convierte a esas criaturas en figuras recubiertas de un brillo ígneo, ahora sus enemigos son esos metales que los envuelven.
Ese destino luce más tortuoso que perecer en la batalla.
Esas armaduras juraron protegerlos, pero han acabado transformándose en las armas que los destruirán.
Ni abrir el yelmo traerá calma a su pecho.
Hai chilla desde lo lejos. Clama por Ebhan y su fénix cuando sobrevolamos la montaña de las hadas.
Ciea nos da alcance por fin cuando cruzamos la muralla cerca de la frontera de Ravenbell con el reino Ohiris. Los guardias reales no avanzaron más hallá de Zor.a.
—¡Ebhan! —ladeo el cuello vociferando por el príncipe.
Nos da alcance. Ordena a Ciea estirar las alas para detenerse cerca de Hai.
—No puedo ir a Émaxor, os expondría a todos —tenso las riendas para bajar la velocidad del vuelo.
—No puedes alejarte del castillo, Azohr —Ebhan eleva la voz. Su ceño se arruga—. Solo podremos negar las acusaciones del entrenador si tú no desapareces junto a la princesa.
—Ejecutamos y quemamos a guardias hada. Abrí la sesera del hijo del cancilier contra un muro y me llevé a la princesa —estiro los párpados por su afirmación—. ¿De verdad crees que no sospecharán de nosotros?
—Sé que para Eliot y las hadas seremos culpables, pero no para los dioses —sacude la cabeza en un gesto de negativa—. Sus juicios son legítimos. Si la princesa no está a tu lado, no podrán aceptar la acusación del rey de las hadas.
—¿Qué esperas que haga, Ebhan? —bajo la mirada hacia la princesa—. No puedo llevarla al reino nevado y marcharme a Émaxor.
—Estará bajo la protección de los soldados que envió Efaris —sugiere Ebhan apretando los labios.
—No volveré a dejarla sola —contengo el aliento porque mi barbilla temblequea.
—No marches al reino nevado en ese caso —Ebhan inclina la frente hacia delante—. El castillo de Brenshire aún sigue en pie.
Al menos, esos fénixes blancos que se aliaron con el rey Eliot tuvieron el detalle de dejarlo intacto. Qué cortesía. Esperan que disfrutemos de ver las ruinas del pueblo desde sus balcones.
Me pierdo en Eladriel. Mis oscuridades se estremecen por el temor a conocer qué dirá cuando recupere la consciencia y la traiga de la muerte.
Quizás, no le agrade verme cerca. Puede que no le haga feliz que la haya alejado de su palacio, ella deseaba permanecer en ese maldito lugar.
No sé cómo podré explicarle que tuve que alejarla de Twig para que Drieden y su hijo no la venciesen incluso si ella ya se sentía derrotada.
Todavía no he encontrado la forma de perdonarme por desear que la magia negra me domine y me lleve a las profundidades para desafiar a Selim por incumplir su promesa.
Ese bastardo rey de las profundidades dijo que yo debía entregar ese alma para que ella pudiese permanecer a mi lado. Me aseguró que no sufriría por ello.
Me engañó, y no solo se la ha llevado a ella, también me ha arrastrado a mí.
—Ordenaré a Hai que vuele rápido para llegar a Brenshire —alzo las pupilas hacia Ebhan—. Pídele a Gandar que vaya al castillo. Dile que lo necesito ahora más que nunca.
—¿A Gandar? —Ebhan arruga la frente.
—Si ella acepta, él es el único que puede ayudarme a cumplir mis deseos —sonrío a su mirada desconcertada.
—Debes prepararte, Azohr —carraspea Ebhan antes de apagar la voz—. Por si la magia del sacrificio no funciona en esta ocasión.
—Mi magia negra no fallará —me obligo a sonreír para no perderme con él.
—¿Acaso crees que es suficiente para que ella abra los ojos? —sus párpados caen. Sus labios se sellan.
—Lo hará —aprieto los dientes al convertir a Eladriel en el centro de mis anhelos—. No me dejará sin escuchar cuánto siento haberle fallado. No hay dios de la muerte que pueda impedirme hacerlo.
—Lo hay, príncipe, aunque te asuste reconocerlo —Ebhan no se compadece de mi sufrimiento.
O duda de lo que soy capaz…
—Ese rey oscuro me ordenó volver —hasta a mí me asusta esa determinación que brota de mi garganta.
—Pero no tienes nada que entregarle —me recuerda Ebhan tras suspirar.
—No dejaré que se quede con ella. Al menos, no dejaré que Eladriel se quede en esas profundidades sin mí —tuerzo el cuello. Alzo la frente sonriente—. Volverá, Gandar nos unirá, y entonces nunca más podrán alejarla.
Las comisuras que adornan la boca de Ebhan se elevan despacio hasta formar una sonrisa. Sus ojos parecen empañados de orgullo. Sonrío como agradecimiento a esas palabras que calla cuando asiente en mi dirección.
—Bien, príncipe Bradosck —afirma Ebhan entre sonrisas—, pero no esperes que asista en su compañía para felicitarte.
—No esperaba que te volvieses sentimental ni siquiera en esta ocasión —río.
—Gandar tendrá que esperarte en Brenshire si continúas volando así de lento —el príncipe sacude las riendas con media sonrisa pícara y una mirada burlona.
Ciea aleta con fiereza. Toma ventaja en un pestañeo. Estaría encantado de convertir este momento en una carrera si no fuese porque Eladriel está herida entre mis manos.
Ajusto las riendas, recuesto su cabeza sobre mi brazo cuando Hai aligera el vuelo.
Mi pecho descansa sobre su piel. No tiene esos colores que lucía la última vez que tuve que reunirme con el rey heredero del trono de las profundidades, pero…
Ese tono oliva que me resulta tan delicado se ha convertido en el escarlata de mis decisiones.
Sería menos doloroso que mi rabia hirviese por Selim.
Tengo ira contra mí. Cuando Ebhan acudió al campo de fénixes para ponerme al tanto de la llegada de Twig, ni siquiera creí que fuese cierto lo que decía.
Menos aun cuando dijo que buscaba al príncipe Bradosck.
Admito que acepté con poca gana porque él me convenció.
Lo vi al otro lado del puente en compañía de Yeziel, y supe que era cierto.
Encontré un saco entre sus manos que me hizo comprender que algo sucedía.
Me mostró todas las cartas que Eladriel me envió y yo rechacé leer.
Todavía tenía rastros del rasguño en el cuello que le hizo el guardia que decidió utilizarlo para amenazar a la princesa.
Ella jamás enviaría a Twig a buscarme. No pude poner en dudas sus palabras, supe que me había equivocado una vez más.
Examino las respiraciones de la princesa hasta que atravesamos el pueblo de Berato y Brenshire está a pocos aleteos de distancia.
Mis pupilas se expanden sobre sus restos de vida.
Los colores de las plantas no eran muy animados antes de que pasaran por aquí esas llamaradas fieras, pero no es que el negro calcinado le siente mejor…
Todo parece cubierto por el tono de la muerte.
Después de la confesión de Rani tuvimos el tiempo suficiente para trasladar a los brujos de los pueblos de Brenshire a los de Émaxor.
Salvar el ganado. Ellos nos miran apenados porque los hemos salvado, pero no a sus vidas y la forma tan dolorosa en la que fueron aniquiladas. Ahora tendrán que aprender a olvidar.
—Deberíamos vengarnos —grazna Hai. Estira el cuello hacia el campo de fénixes que ya no luce fresco.
—Esos que asediaron este lugar no son los únicos culpables. Ni los verdaderos —suspiro. Su tristeza consigue encender aún más la mía.
—Pero sabemos quiénes son —reclama Hai indignado—. No me has dejado ni escupir una mísera gota de fuego sobre ellos.
—No podía hacerlo —dejo caer la mirada sobre Eladriel.
—¿Se puede saber qué te ocurre? —Hai gira el cuello. Me mira de forma fija por unos segundos—. Esperaba ver al hijo del cancilier suplicando por su muerte.
—¿Crees que no deseo vengarme de ese bastardo? —mis dientes se aprietan por el recuerdo de tenerlo bajo mi espada—. Ese placer no me pertenece, Hai.
—Podría darte motivos por los que podrías considerar su muerte tu objetivo —separa el pico con firmeza.
—Debe ser ella quién lo haga —acaricio la frente de la princesa.
—¿Ella? —Hai grazna con advertencia—. Debes saber que si Riexor quema criaturas hadas, yo quemaré criaturas hadas.
—Riexor necesitará un aliado. También ella —sonrío. Golpeo su cuello con suavidad.
—No trates de parecer importante, sabes que no eres su único aliado —grazna Hai con ironía.
—Néferien luchará con los fénixes, pero todavía deseo conseguir la alianza de Borin —río—. Su ejército de inmortales y fabricantes de armas para el reino nos daría una ventaja clara.
—¿Lo visitarás en estos días? —pregunta.
—No será necesario —sacudo la cabeza de forma ligera en una negativa—. Fue llamado para acudir a la misión del solium.
Hai extiende sus patas al frente. Interrumpe el planeo de las alas al llegar al extremo del puente del castillo.
Sus garras se hunden en el suelo para detenerse.
Rascan la tierra de la entrada, se desliza unos pasos antes de terminar el descenso.
Sostengo a Eladriel mientras su pecho se recuesta con delicadeza sobre el polvo que acaba de levantar para que pueda descender con facilidad.
Alzo a la princesa entre los brazos antes de que recoloque la postura.