Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 31. El día del compromiso. #8
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31. El día del compromiso. #8

Vuelvo la vista atrás por los pasos rápidos y ligeros a mis espaldas.

Twig corre hacia Eladriel. Toma una de sus manos y posa la frente sobre ella, se arrodilla al lado de su cama para contarle en sollozos que lo siente.

Es entonces cuando la culpa se aviva y me abrasa. La ataron. Estuvo indefensa.

Nóssurël se detiene ante Twig y esa forma en la que cubre su cuerpo con sábanas ensangrentadas.

—Dime qué pasó —pregunto a la enfermera que desata sus manos al dejarme caer al lado de la cama.

—El rey ordenó que se le practicase un aborto, señor —la voz de la enfermera brota temerosa.

Aparto con cuidado parte de las sábanas que cubren su rostro.

A pesar de que vuelvo a ver su piel sin vida, mis lagrimales han sido blindados por la rabia.

¿Se ha creído el destino que podrá dominarme?

Mis dedos se aferran a la empuñadura del arma por el recuerdo de Selim.

Siento que en mis ojos se concentran las sombras oscuras que turban el azul que deleita a la princesa.

Twig ha llenado la cama de lágrimas por su descanso, y sus lamentos tensan cada músculo de mi cuerpo.

Me incorporo con cuidado de no enturbiar su pena.

Volteo. El hijo del cancilier es la única criatura que todavía no ha mostrado cuánto le duele la pérdida de Eladriel.

El filo de mi espada acompaña a la de Ebhan.

No sé si este cobarde se sacude por las puntas de metal afilado acorralando sus pecados, o por la forma en la que mi labio inferior tiembla del asco que me produce que todavía pueda respirar.

—Vives. Eladriel impidió que desgarrase tu garganta en el templo de los dioses —deslizo la espada sobre su cuello con suavidad—. ¿Quién crees que lo hará ahora?

—Si deseases terminar conmigo, no te habrías detenido a preguntar —Tien alza la barbilla con el poco orgullo que le queda.

Aún tiene voz para ser irónico…

—Ojalá no supiera controlarme —me inclino hacia delante. Mis pupilas se hunden en las suyas—. Ojalá solo desease desgarrarte el cuello.

—Dile a tu príncipe que guarde su espada y luchemos —dibuja una sonrisa. Sus ojos se afilan desafiantes.

—Si alguno de los guardias que quedan con vida aseguran que así, con justicia, fue como Eladriel terminó en ese estado, te daré la opción de luchar —asiento—. Pero… —sonrío con ligereza—. Si confiesan que la arrastraron hasta aquí bajo tus órdenes…

—En Néferien, llamaríamos a tu muerte justicia poética —Ebhan dibuja media sonrisa.

—Deberías arrodillarte y agradecer que me pierde mi buen corazón —chasqueo la lengua—. Soy más compasivo contigo de lo que lo sería tu rey.

—Tienes miedo de luchar… —este corto mental cree que puede manipular mi mente como hace con el resto.

—Es la segunda vez que estás frente a mí y soy yo quién amenaza tu vida —coloco la hoja a ras de su piel.

—Tú lo iniciaste todo llevándote a Eladriel —el cascacirios habla más indignado de lo que debería—. Nunca serían suficientes las veces que la mataría para arrebatártela.

—Tu poder no puede dirigir corazones, entrenador —suspiro de aburrimiento por escuchar su único argumento de nuevo.

—¡Ella es mi prometida! —vocifera. Se inclina hacia delante así eso lastime su ego con la espada—. ¡Ahora es mía!

Ese pensamiento obsesivo por dominar a la princesa como si fuera uno de sus lobos hace que supure tedio.

Dirijo una mirada de reojo a Ebhan. Dejo caer la espada.

Me muerdo el labio inferior mientras cierro el puño, pestañeo al llevar el brazo hacia atrás para que irrumpa con fuerza sobre la nariz del hijo del cancilier.

Enredo su brillante y bien peinado cabello castaño entre los dedos.

Golpeo su sesera fuera de mí contra la roca de la pared una vez.

Dos. Pierdo la cuenta cuando Ebhan posa la mano sobre mi hombro.

Su mano se cuela entre Tien y mi pecho para detenerme. Dobla las rodillas. Rodea su brazo en busca de pulso ahora que su pelo está igual de teñido que las sábanas que cubren a la princesa.

—Vive —afirma Ebhan.

Me aferro a la imagen de ese rojo recorriendo sus cabellos para detenerme. A los jadeos desconsolados de Twig. Esa sábana con tintes escarlatas se ha teñido por completo.

—Nos iremos, Ebhan —sentencio.

—¿Y el entrenador? —Ebhan se incorpora apresurado.

—No soy yo quién debe darle muerte —recojo la espada del suelo para envainarla—. Ella volverá y ejecutará su venganza.

Concentro mis pensamientos en Eladriel. Bordeo las esquinas de la cama para situarme junto a Twig.

—Me llevaré a la princesa —apoyo la mano sobre su espalda.

—Permitid que permanezca a mi lado —Twig besa su mano en un par de ocasiones. Acaricia su dorso—. Que pueda acompañar su cuerpo cuando la escolten a la cripta de los sacrificios.

Me sorprende lo rápido que Twig ha entregado a la princesa a la muerte. Se rinde solo porque ella ya no respira. Pero mi magia… Esas sombras oscuras que quise apartar ahora braman en mi interior por recorrer los infiernos. Envolveré a ese rey de las profundidades con ellas.

—No la acompañarás a morir, Twig —me coloco a su altura. Hundo la mirada en sus ojos rojos por el llanto.

—Si esa era su última voluntad no puedo negarme a ella —Twig asiente con las pupilas—. Deseaba marcharse, íbamos a despedirnos.

—¿Despedirte? ¿Estarás lejos cuando abra los ojos? —arqueo las cejas. Me pongo en pie de un solo salto—. Tienes que venir conmigo, no me perdonará si no te ve al despertar.

—Lo entenderá. Incluso si al principio su corazón sufre como el mío —se pone en pie y sujeta sus manos a la espalda. La recorre entre sollozos—. Sé que su corazón por fin encontrará felicidad.

—Pero yo tampoco podré perdonarme si te dejo aquí —tomo sus manos.

—Debo estar aquí —me dedica una sonrisa. Golpea el dorso de mis manos.

—Ese cometido no puede ser más importante que tu vida —niego—. Ni que pasar el resto de tus días con la princesa.

Sacude las manos para alejarlas. Corre hacia un lado del escritorio para recoger una bolsa igual a la que Gandar recuperó de la ciudadela cuando la puerta de los archivos atacó a la princesa.

—Buscaré esa sala que la princesa necesita y os haré llegar lo que hay en el interior —Twig me ofrece la bolsa—. Toda la información que necesitáis está aquí.

—Tú y yo encontraremos una manera de acceder a Eryas y buscar esa sala si eso es lo único que te une a este lugar —doy un par de pasos al frente. Le muestro mis manos como gesto de confianza.

—Desde aquí puedo protegeros a ambos, príncipe Bradosck. Ser espía es mi misión ahora para salvaguardar la vida de mi pequeña princesa —me ofrece la bolsa con una sonrisa—. Los dos haremos más fuerza.

—Mi espada está dispuesta a defender a quién Eladriel llama padre —le regalo una sonrisa cómplice—. Te di mi palabra en Émaxor.

—Este viejo lo sabe. Os avisaré de ser necesario, no dudéis de ello —Twig se alza en sus puntas para golpearme el hombro.

Descubre a la princesa con tristeza. Se inclina sobre ella para posar los labios con ternura sobre su frente.

Esos guardias que han vendido su honor para salvar su vida no han hecho movimientos desde que Tien yace en el suelo inmóvil.

Salvo mantenerse rectos. Al menos, las enfermeras han recuperado un poco del color de la piel.

Le dedican una reverencia cuando la tomo en brazos mientras Twig la cubre con las sábanas como si pudiera sentir el frío del vuelo…

A pesar de que las lágrimas son las que despiden a la princesa desde el balcón, estoy seguro de que volverán a verse cuando ella despierte. Porque desafiaré al dios de las profundidades para que lo haga.