Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 31. El día del compromiso. #7
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31. El día del compromiso. #7

El aroma de la aspereza del metal conquista el aire a mi alrededor, se adueña hasta de las notas dulces y especiadas de esas hierbas que añadió.

—Princesa —Seraphine se inclina—, debéis tomarlo para provocar las contracciones —me ofrece el frasco.

Willa me incorpora con cuidado. Sostiene mi cabeza mientras me acerca el borde del cristal a los labios para que pueda tomarlo.

—¿Cuánto tiempo? —hay un nudo en mi alma que debe reflejarse en mi mirada—. ¿Cuándo terminará esto?

—Todo depende de cómo reciba vuestro cuerpo el remedio —Seraphine sujeta las manos a la altura del abdomen—. Puede tardar horas… —guarda silencio—, días.

—¿Días? —me dejo caer resignada.

—El rey no desea que pasen días —Tien rodea la cama a prisa para increparlas.

—Es el procedimiento, mi señor —Seraphine se mantiene fiel a su postura.

—Ordenó que ese engendro estuviera fuera de su cuerpo a su regreso del compromiso —el hijo del cancilier alza los brazos alrededor de la enfermera—. Ordené un aborto completo.

—No puedo arriesgar más la vida de la princesa —declara Seraphine ladeando el mentón hacia un lado con ligereza—. Añadí cantidad de cobre suficiente a la concentración como para que la dosis comprometa su salud.

—Eso no hará que la princesa esté casta y pura cuando el carruaje de su majestad descienda en la pasarela de Eryas —Tien rodea el cuello de Seraphine.

—Su majestad, mi señor, entenderá que es la mejor opción —insiste la enfermera entre jadeos de ahogo.

—Usa el instrumento de los partos a las esclavas —Tien expande su espalda sobre ella—. Os vi usarlo en otras ocasiones.

—Lo indicado es esperar —Seraphine casi no puede hablar—. Mi deber es cuidar de los miembros de la corona.

—Si no me obedeces de inmediato, seré yo quien use ese palo contigo al terminar con la princesa —Tien la reduce hasta hacerla caer.

La mujer retrocede asustada. Apoya las manos en el suelo alejándose con temor de los pasos que Tien da tras ella. Amarra su ropa entre los dedos para ponerla en pie. Una vez más, el hijo del cancilier pierde la honra y eleva su brazo para golpearla.

—¡Hazlo! —ordeno a Seraphine en un grito desesperado.

Yo sé que esa amenaza no es vacía. Mi inocencia me hacía creer que solo se trataba de una monstruosidad que su padre habría creado, justo como en la que mi padre quería convertirme.

Me equivoqué. El cancilier es tan mezquino, que utiliza su fe para justificar las atrocidades que comete.

Sin embargo, Tien… Él es mucho peor. Para Drieden nunca fui nadie, pero estuve cerca suya.

Estuvo más cerca que cualquier otra criatura.

—Haz caso de sus órdenes si no lo haces de las mías —Tien sonríe.

—Mi señora… —aun temerosa, Seraphine sigue fiel a mi vida.

—¡Guardias! —proclama el hijo del cancilier—. Apresadla y llevadla a las mazmorras.

Un par de guardias asienten. Proceden a cumplir con las indicaciones de Tien sin cuestionar que se comporte como la máxima autoridad del lugar. Si no me obedece, la castigarán. Puede que le corten el cuello como hicieron con la profesora Charmglow.

—¡Cumple la orden de tu princesa! —ordeno a Seraphine tras rodear las cuerdas que atan mis manos para impulsarme hacia arriba.

—Pero su vida… —Seraphine me busca entre los brazos de los guardias.

—No importa nada más que mis órdenes ahora —mis pupilas se hunden en ella pidiendo que obedezca—. ¡Vamos! ¡Hazlo!

La enfermera asiente. Entonces, esos guardias que envuelven sus brazos detienen sus movimientos y se mantienen a la espera de que el hijo del cancilier dé la orden para liberarla.

Concede su permiso. Seraphine me dedica una reverencia antes de adentrar las manos en la bolsa de cuero que trajo.

De ella saca un fuste fino y alargado con el extremo puntiagudo.

Me esfuerzo en que el susto al contemplar su tamaño no me distraiga de la orden que le di.

—Necesitaré la ayuda de los guardias, mi señor —Seraphine voltea con el palo en la mano en busca de la aprobación de Tien.

—¿Guardias? —la frente del hijo me observa con sospecha—. ¿Para qué?

—Dos sujetarán sus piernas mientras el resto hace presión en el abdomen para acelerar las contracciones —Seraphine se aclara la garganta al encerrarme en sus ojos.

—¿Es imprescindible que sea tocada? —Tien tuerce la boca en una mueca de desaprobación.

—A pesar de que se encuentra atada, sus piernas pueden sacudirse por el dolor agudo —confiesa la enfermera.

—Estarán bajo tus indicaciones durante el proceso —Tien se retira al sentir que su rostro se ha perturbado.

Seraphine se arrodilla frente a mí. Aparta la falda de mi vestido y deja mis piernas al descubierto mientras los guardias se apresuran en desatar las cuerdas de mis tobillos.

—Levantad las piernas —indica la enfermera cuando ha preparado todo.

Los centinelas se lanzan una mirada fugaz antes de acatar su orden.

—Tendréis que hacer fuerza —se dirige a quiénes se han colocado a los lados del abdomen.

Cadenas de lágrimas abandonan mi esencia cuando sus manos se posan sobre mi abdomen.

Llaman a las demás con tanta vehemencia de libertad, que el llanto amargo no puede detenerse.

Ha encontrado una manera de romperme. Las palmas de los guardias descargan con fiereza el peso de sus cuerpos sobre mí en repetidas ocasiones.

Todas arquean mi espalda así los que sujetan mis piernas quieran impedirlo.

Me arrancan un alarido de dolor que impregna las paredes de lamento.

Algunos se entrecortan entre jadeos hirvientes de agonía. Sollozos de martirio que sofocan.

El estallido ardiente del tormento se produce al sentir como esa punta se clava dentro de mí.

La herida se vuelve voz. Puede atravesar a cualquier criatura que esté cerca hasta destruir su conciencia por lo que siento.

Espero que ninguno de los presentes pueda olvidar mis gemidos de dolor y arrastre un eco de sufrimiento con ellos.

Mis perlas quebrarán su alma para siempre como han deshecho la mía.

No dejarán de escuchar por el resto de sus vidas mis alaridos de súplica.

No me arrancarán la fe. Mi propia fe. Incluso si no puedo olvidar el instante en el que fueron capaces de despedazar mi voluntad como nunca antes lo hicieron.

Y, si sobrevivo, como nunca más podrán quebrarme.

—Sangra —me esfuerzo por distinguir la voz de Tien—. ¿Por qué?

—Le advertimos que podría suceder, mi señor —la voz de Seraphine se pierde el final del murmullo.

—Eso es que el procedimiento funciona —el hijo del cancilier suspira de alivio.

El mundo se empaña tras el último pestañeo.

Los matices que antes distinguía en los grabados del candelabro del techo se han vuelto imperceptibles.

Mis brazos ceden. Mis hombros quedan sin fuerza.

No siento qué hay bajo mi cuerpo, si es una cama o solo sueño.

Siento como mi cabeza se pierde entre gritos de urgencia hasta que una sensación helada sobre mi frente consigue separarme los ojos e inflarme el pecho.

Me encuentro la luz clara, amarillenta, que el sol envía al ventanal de mi cuarto ahora que no puedo apartar la vista de ellos.

Sonrío por su apariencia cálida. Los rayos se expanden ante la sombra de un fénix.

Arqueo una ceja, ensarto los codos en el colchón por ver si es cierto.

El recuerdo del príncipe adormece cualquier dolor, incluso el que termina con mi existencia.

Estoy segura de que la muerte se ha apiadado de mí, y solo deliro para dejar de sufrir.

El graznido del animal consigue atravesarme la piel, domina a esos silbidos que ensordecen mis sentidos.

Sé que me entrego a esa sombra azabache que eclipsa la luz dorada que alumbraba este aborto.

Mi frente se arruga. El cuarto se llena de una oscuridad más profunda, que aquella que invade las mazmorras de su majestad.

El fin se acerca. Los guardias reposan mis piernas mientras yo batallo contra mi propia mente para que no se deje vencer por el sueño.

Mi esencia quiere dormirse. Mis párpados caen.

Puedo rendirme y no arrepentirme del último recuerdo que ha ocupado mi cuerpo. Azohr tomó el control de la muerte.

“Vamos, Eladriel … Abre los ojos. No es la hora”. Mi magia negra se cuela a través de sus pensamientos al ver que su mirada se apaga. “No he dejado de estar a tu lado, princesa” .

—¡Mi princesa! —el lamento de Twig consigue tensarme la espalda.

—¡Ebhan! —vocifero al príncipe según desmonto a Hai—. Ocúpate de los guardias, yo debo acercarme a ella.

—Llegamos demasiado tarde —Twig pasa las manos por su cara tras sucumbir al llanto—. Sabía que no llegaríamos a tiempo para salvarla.

Extiende su mano apresurado para que lo ayude a bajar del fénix. Su librea se sacude cuando la altura de Hai es poco desafío para la urgencia de su corazón.

—¡Guardias! —el vástago del hijo del cancilier vocifera escondido en una esquina del cuarto.

—Quédate al lado de Hai —ordeno a Twig según desenvaino. Las espinas florecen.

—Mi deber es acudir junto a mi pequeña princesa, joven Bradosck —sus dedos se enredan con la camisa que me cubre el brazo—. Debo coger su mano si muere.

—¿Quién ha dicho que debas despedirte de ella? —no me vencerá la angustia en esta ocasión—. Lo harás en cuánto me la lleve de este palacio.

Ebhan sacude la espada. Accede al interior asestando golpes a los guardias que se abalanzan a impedir nuestra entrada.

Se enfrenta incluso al guardia que protege al infame del entrenador mientras tiembla agazapado.

Debería encogerse y desaparecer antes de que pueda partir su columna solo con una mirada…

Doblo el codo. Golpeo el casco del soldado que da un paso hacia mí, poso el pie en la armadura de su abdomen para alejarlo.

Sé que con las hadas es conveniente herir en el cuello para reducir sus fuerzas antes de que ellos reduzcan las mías.

Desgarro su garganta hasta que su voz se deshace en burbujeos.

El príncipe alza su espada a modo de advertencia al resto.

Tan solo dos guardias apuntan ahora con sus lanzas como única protección del hijo del cancilier.

Y se apartan. Lo hacen porque el filo de acero de mi hoja ensangrentada refleja el brillo de la muerte de su reino.

Ebhan apunta al centro de la garganta de Tien.

Él reposa cuidadoso de no dañarse el peinado de lacayo del rey, trata de impedir que no llegue a dañarlo.