Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 31. El día del compromiso. #6
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31. El día del compromiso. #6

—Olvida que tu vida existe, pondré a guardias a vigilar tu sombra hasta que mueras —insta el rey con postura de amenaza.

No media palabra. No da opción a que mis rodillas se fundan con el suelo para implorar por nuestras almas.

En su lugar, se marcha a celebrar mi final.

Cedric solo contempla como respira sobre su cara de forma pesada hasta que su semblante se vuelve pequeño y se pierde.

Algo ha roto el único haz de bondad que el rey guardaba, lo ha vuelto hielo.

Imperturbable. Su corazón ya no puede quemar mi nombre.

Lo ha congelado por completo para impedir que la poca calidez que otorga el amor de un padre llegue a él.

—Aun si sus gritos irrumpen las nupcias de la princesa elfa, se continuará con el procedimiento —los labios de su majestad firman mi sentencia ante Cedric—. Cada grito que evites, será espetado por tu asquerosa boca a mi llegada.

—Os ruego disculpadme, mi señor, sé que mi comentario excederá lo permitido —Cedric mueve los hombros hacia atrás. Se aleja—. Dejamos de practicar los abortos porque las esclavas fallecían de hemorragias.

—Los dioses no me castigarán por cumplir con sus deseos, Cedric —sentencia el rey—. Debió pensar que sucedería si abría sus piernas a quién no debía.

—Pero es la princesa, mi señor —el guardia baja la mirada.

—Así ceda ante la muerte —dictamina el rey. Su tono se vuelve irrevocable—. Los creadores no le darán oportunidad como yo si descubren que está en cinta.

No tiene a bien dedicarme una mirada de despedida por si es la última. Solo marcha. Drieden espera a que abandone el comedor para apresurarse a seguir sus pasos. Tien tras ellos.

Cédric todavía contempla la madera ajada del suelo cuando desaparecen.

El abismo está dibujado en su mirada. Sé que no disfruta, sé que no soy cualquiera para él.

Me asusta lo que piensa. Vio como crecía en los entrenamientos en los que enseñaba a Mylo, mi cercanía a él me permitía imitar sus movimientos al aire porque no tenía permitido sostener una espada.

Me sonreía cuando conseguía hacer los embistes con más soltura.

Su rostro se ha vuelto tan pálido como la falta de moral.

—Os pido disculpas, mi princesa—Cedric rompe el silencio.

Une la rodilla al suelo mientras los guardias tiran de mí al pasillo.

—Todavía puedes ayudarme, Cedric —le imploro. Contemplo sus movimientos sobre el hombro.

—Mi juramento me hace guardar lealtad a mi señor así traicione mi propia conciencia —desenvaina la espada—. Debo morir como un soldado moriría. Con honor.

Trago saliva por el sonido del metal. Cedric blande la espada con las dos manos, coloca la punta frente a su abdomen. Su mirada de tristeza me dedica una despedida mientras los guardias me alejan de él.

—¡Cedric, no! —clamo a su conciencia.

—Esta orden del rey es la última que acataré, mi señora —espeta el guardia con ojos llorosos.

—¡Soltadme! —forcejeo con las manos fieras que rodean mis brazos.

Me agito por su vida aun si esos dedos de metal de los guardias se clavan en mi piel tratando de impedirlo.

Incluso si entallan trozos de piel y debo ahogar chillos de dolor.

Eso no es tan lacerante como ser testigo de la forma en la que el cuerpo de Cedric cae, y nadie hace nada por impedir que muera solo.

Como si fuera un enemigo de este palacio...

—¡Morirá si no le prestáis ayuda! —vocifero en el oído de uno de los guardias.

—Los que pecan no merecen ser ayudados —la frialdad con la que el soldado defiende lo que sucede consigue erizarme el bello.

—Entonces Beliel os guardará un sitio a su lado cuando el dios de la muerte se lleve vuestra alma —mis lágrimas caen por la impotencia del cuerpo temblequeando sin vida.

—El rey Eliot se sentará en su trono si es como decís —el guardia esboza media sonrisa de chanza.

Utilizo los pies para detenerlos. Aprovecho las uniones de las piedras en la galería principal para tratar de impedir que avancen conmigo.

Criados caminan. Ralentizan sus obligaciones curiosos al ver que lucho por liberarme.

Los guardias que custodian la puerta mantienen el ánimo intacto a pesar de mis gritos desgarradores.

Un alma pura se acercaría al ver que los soldados no detienen sus intenciones aun si el horror me consume en cada chillo.

—¡Ayuda! —exclamo al llegar a los escalones del torreón a mi cuarto.

—¿Princesa? —uno de los centinelas da un paso al frente. Sacude la frente analizando lo que sucede.

—Si decidís ignorar las órdenes de su majestad, puede que el próximo en ser arrastrado seáis vos —señala uno de los guardias que sostiene mi brazo.

El soldado hace silencio. Ocupa el espacio que había abandonado frente a la puerta. Uno de los guardias me eleva las piernas para frenar la resistencia que ejerzo con ellas. Si no hago algo antes, conseguirán subirme a ese cuarto.

Un impulso de oposición me hace encorvar la espalda.

Los guardias se tambalean en la mitad de la escalera.

Me sacudo una vez más. Mis hombros se liberan cuando uno de ellos se mece hasta caer por los escalones.

Busco la pared. Apoyo las manos en ella para hacer fuerza. Caigo tras el que sujetaba mis piernas.

Levanto la tela del vestido para echar a correr.

Solo he bajado un par de escalones antes de sentirme presa de nuevo.

Toman mis brazos sin que pueda remediarlo.

Un rugido encolerizado nace de uno de ellos al intentar detenerme.

Tira de mí. Me hace retroceder y caigo sobre el filoso borde de un peldaño antiguo.

Me brotan un par de lágrimas tan hirientes como la piedra que ha golpeado de forma seca mis costillas.

Todavía no tomé aire cuando envuelven mis antebrazos con rabia.

Calculo cuán largo es el trecho de la escalera que falta hasta llegar a mi cuarto solo por saber cuándo dejarán de arrastrarme.

—¡Ponte en pie! —a pesar de que su boca se separa agitada, su voz se escucha lejana para mí.

Dejan caer mis manos al llegar al descanso.

Las apoyo contra el suelo y lucho por ponerme en pie.

Tiemblo al tratar de colocar la espalda recta cuando las hojas de los aposentos se separan.

Levanto el pie con trabajo, uno de ellos me zarandea para hacerme caminar con más premura.

Todo dentro de este cuarto está igual que hace unos minutos, salvo porque ya no encontraré refugio ni siquiera, en este lugar del palacio.

Sus crueles manos arremeten con furia contra mi espalda.

Me empujan con saña. Al menos, agradezco que el golpetazo sea recibido en esta ocasión por la alfombra y sirva para mullir mis lamentos.

Me estremezco. Cinco guardias aparecen imponentes por la puerta en compañía del hijo del cancilier.

También las enfermeras. Llegan cargadas con una gran bolsa de cuero que parece repleta de frascos de vidrio por como el cristal tintinea en su interior. Parece el repique de mi funeral…

Ninguno de esos sonidos que toman la estancia consiguen apagar la voz de mis pensamientos.

Ni las sogas. Los soldados desprenden polvareda cada vez que las estiran para comprobar que son resistentes.

Cierro los ojos cuando una maraña de criaturas batalla contra el último aliento de resistencia que puedo esbozar.

—Mi señor —una de las enfermeras se inclina ante Tien. Separa los ojos con asombro—. Las cuerdas de los tobillos no serán necesarias.

—Ni la de las manos… —Willas contempla como los guardias las colocan a orillas de la cama.

—¿Acaso no veis su comportamiento? —Tien me señala dejando que la frustración se escape de sus manos.

—Este no es el protocolo de un aborto —Seraphine contempla la actitud salvaje de los guardias.

—Yo fui testigo de su decisión —Tien ladea la barbilla con orgullo y arremete contra la enfermera.

—Traemos las hierbas y el cobre para hacer la mezcla frente a vos tal y como nos ordenaron —Willas no puede apartar la mirada de mi ceño arrugado.

—Tomará ese brebaje que mencionas, pero se le practicará un aborto completo —Tien junta las cejas con impaciencia.

—Pero, mi señor… —Seraphine decide apartar la mirada con pesar—. Es la princesa, estamos obligadas a proteger su salud.

—La princesa es mi prometida, yo decido lo relacionado a ella —les recuerda Tien en pro de mantener la calma que aparenta tener.

—Joven Mémberin… —Seraphine titubea.

—¡Haz silencio y procede! —dicta el hijo del cancilier habiéndose delatado tan pronto como ha recibido una negativa.

—Si la princesa es vuestra prometida, esa criatura en su vientre debe ser vuestra —Willa toma el lugar a la derecha de Seraphine para suplicar por mi pequeño—. Tened compasión por vuestro propio hijo si no lo tenéis por vuestra amada.

Dirijo la mirada hacia Tien. Veo su garganta subir y bajar. A pesar de que sus intenciones eran buenas, Willa acaba de enviarme directa a los infiernos.

—Yo no me opongo a las órdenes de mi señor —resuelve el hijo del cancilier de forma tajante tras apretar los dientes—. Incluso si es mi propio hijo.

A Seraphine no le queda más remedio que asentir.

Le dedica una reverencia. Su mirada está quebrada mientras busca en su maleta de trabajo.

Willa guarda silencio. Apoya las rodillas sobre la cama.

Entrelaza sus dedos con los míos como muestra de ánimo, es la única de todos los presentes que decide mantenerse cercana.

Sonrío por agradecimiento a su moral. Ha roto todos los protocolos estrictos de palacio a pesar de que las encolerizadas pupilas del hijo del cancilier están clavadas sobre ella, solo por mi tristeza.

Puede que se haya compadecido de la forma en la que mi pulso baila acelerado ahora que puede percibirlo.

O tal vez lo vio en la blancura impropia de mi rostro.

Hace algunos instantes que el sonido se ha convertido en un fino zumbido que opaca a quiénes me rodean.

Examino lo que la enfermera hace con las manos mientras Willa acaricia mi pelo de forma suave.

Mis ojos danzan atemorizados sobre el frasco que sostiene Seraphine.

Siento como el sudor frío se desliza por mi frente.

La veo mezclar unas virutas de color metálico con briznas pequeñas negruzcas.

Añade algo amarillento antes del agua. Ese compuesto humea, crea una especie de bebida que parece hecha por uno de los niños que juega con restos de la orilla del lago.

Es menos apetecible que ese elixir que Twig me ofrece.