31. El día del compromiso. #5
Cuando separo los párpados… Uno de los guardias cae a mis pies con lenguas de fuego naciendo del hueco del casco.
—¡Detente, Eladriel! —Tien exclama. Lo hace por su vida.
No pienso dar tregua a su aliento. No, para que destruya el mío.
Sé que la luz del lugar me ayuda, pero no me detendré si debo robar la del día para cumplir mis propósitos.
Ni un solo dios ha pasado por mi mente ante el peligro para pedir su ayuda ni su favor.
Ni aquellos que estoy obligada por linaje a llamar abuelos.
Ajusto la empuñadura de la daga ahora que la piel de su cuello se vuelve deleite para el filo de mi arma. Casi rozo la rozo.
Maldita esa infinita fortuna que lo rodea por intervenir de nuevo en favor de su destino. Me sacudo entre las manos de los guardias que me sujetan.
Tien recupera de inmediato esa postura arrogante. Aprovecha que aún bailo entre los guardias deseosa de liberarme para acercarse como si su bravura me hubiese arrojado a sus pies de rodillas.
—¡Vas a pedirme clemencia por esto, princesa! —el hijo del cancilier se jacta de su falso poder bramando como si fuera el rey.
El desprecio es mucho más fino entre nosotros, que el aire que nos separa.
—¡Maldito cobarde! —ladeo el cuello para mostrarle un costado de la garganta—. ¿Acaso necesitas que mi padre dé la orden hasta para ejecutar tu venganza?
—Tu muerte no me saciaría —Tien dobla las rodillas. Toma la daga que se cayó de mis manos cuando los guardias me apresaron—. Ver cómo te vuelves ruinas es mucho más embriagador que deslizar la punta de la daga por tu delicado cuello.
—Debo advertirte, si ese es el caso —dejo caer los puños varias veces aun cautiva por los guardias—. Asegúrate de que estas ruinas no se puedan reconstruir. Cuando una fortaleza cae y vuelve a levantarse, lo hace con más poder del que nunca tuvo.
Esa sonrisa de victoria me revuelve el estómago. Ni siquiera él puede tomar en serio la postura rígida en la que se lanza a caminar a mi alrededor. Sus labios se unen a los míos en un beso rápido que termina de coronar el indiscutible triunfo que mi padre ha conseguido. No diré que fue él.
—Tranquila, querida mía —Tien alza la barbilla para observar a su padre. Al mío—. No veo necesario llegar a extremos, ¿no es cierto, su majestad?
—¿Cómo esperas que no le de muerte? —el hambre de castigo se apodera del tono de voz de su majestad.
—Mi señor —Tien le dedica una reverencia calculada antes de acercarse a él—. La muerte de la princesa antes de entregaros un heredero supone el fin de vuestro linaje. No habrá legado.
—¿De qué legado hablas, sombra sin seso? —los hilos de furia del rey atrapan el rostro de Tien.
—No dejéis que pequeños contratiempos alteren vuestros nervios, mi amado sire —Drieden intercede por la agitación que el enfado causa en mi padre.
—¿Qué clase de contratiempo es un embarazo, bestia inmunda? —su majestad voltea. Toma su túnica como represalia.
—Un embarazo siempre puede revertirse, mi señor, más no la muerte —el cancilier coloca las manos sobre las de mi padre como súplica para que se detenga.
—Mi princesa y ese teniente bastardo desafiaron los designios de los creadores —la tela morada que envuelve al cancilier se arruga entre los dedos del rey—. No esperaré a que me prendan por haber guardado silencio, deben ser informados.
—El tiempo hará realidad vuestros deseos, mi señor —Drieden moja sus labios. Sonríe de forma nerviosa—. Lo aconsejable en estos momentos es asegurar el trono. Que la princesa contraiga nupcias para que vuestro linaje gobierne Ravenbell por la eternidad.
—¿Quién quedaría a cargo de vuestras tierras? —el tono calmo de Tien hace que mi padre tuerza el cuello hacia él.
—¿Qué? —el rey frunce el ceño.
—Mantener el reino en el orden que deseáis solo será posible si encontráis a quién esté dispuesto a ejecutar vuestras órdenes —asiente el hijo del cancilier con una sonrisa leve—. Incluso en vuestra ausencia.
—Guardar silencio ante los dioses pondrá en peligro mi corona —despacio, mi padre deja caer los brazos. Libera al cancilier—. ¿Qué sucede si me atacan porque esa maldita ramera es mi heredera?
—La muerte no castigará los actos de la princesa —Drieden todavía coloca sus ropas cuando la necesidad de control le obliga a escupir su veneno—. Por el contrario, eso la liberará de la condena que merece por traicionar vuestra corona.
—Ella siempre os culpará a vos de sus propios errores —Tien me dedica una mirada de reojo—. Como si vos hubierais elegido para ella un repugnante brujo de otra raza…
—No quiera el destino que los dioses os terminen juzgando por culpa de las mentiras que la princesa lanza sin miedo a la condena del pecado —Drieden separa los párpados cómo si le asustara el final de esa posibilidad.
Cómo si eso fuese acaso una posibilidad.
—¿Qué hay de ese heredero que ella trae? —Tien suspira—. ¿Lo dejaremos vivir y que la criatura de un sucio brujo sea el próximo heredero de Ravenbell?
—Matar a esa miserable criatura es la única forma de impedir que males peores ocurran —Drieden ya no esconde su sonrisa, sabe que el pensamiento de mi padre se inclina hacia la maldad.
—Los dioses lo verán como un símbolo de lealtad hacia su gobierno, mi señor —el hijo del cancilier conoce a mi padre mejor que el suyo.
Me atrevería a decir que incluso lo conoce mejor que yo.
—¿Qué sucederá si al nacer no podemos controlar el poder de ese engendro? —Tien chasquea la lengua con pesar—. Ni siquiera puedo imaginar el castigo de la diosa Essoi y el dios Aivtor, mi señor.
—No sabemos qué clase de poderes traerá esa aberración a las tierras de Órianth —Drieden arruga los ojos con repudio.
—Asegurar vuestro poder es la única forma de proteger al pueblo —la insistencia de Tien cada vez suena más certera a ojos de mi padre.
Veo como su majestad turba las pupilas preso de todas las afirmaciones que le lanzan.
—¿Al pueblo? —mi padre frunce el ceño. Sacude el cuello para contemplar a ambos.
—¿Acaso no sois capaz de ver la catástrofe que se presenta, su majestad? —Drieden da una zancada para colocarse frente a él.
—Ese hijo de criados se sentará en el trono de las hadas —Tien baja la voz. Arrastra su advertencia de forma sibilina—. Dormirá en vuestros aposentos y se beneficiará de vuestra hija.
—El pueblo seguirá su ejemplo —revela Drieden de forma oportuna—. Los brujos dominarán nuestro pueblo y no será necesario usar la magia para ello. No podremos evitarlo.
—Mi señor, si eso sucede… —Tien carraspea. Sujeta las manos a la espalda—. La reina Efaris se convertirá en la más poderosa de Órianth.
—¿Eso es lo que los dioses os encomendaron, mi amado sire? —el cancilier inclina la frente como método de coacción—. ¿Qué clase de preguntas os harán por haber permitido tal tragedia? ¿Qué muerte os darían, que siempre fuisteis un rey justo y honorable?
Mis ojos se han vuelto más grande a medida que hablaban.
Al ver cómo mi padre transformaba el rostro.
Sus párpados se separaban mientras me miraba, se han impregnado de una oscura locura.
Mi corazón hace ruido pidiendo piedad. Late rápido cuando sus pupilas se dirigen a los guardias que me sostienen entre sus manos de metal.
Sé que mi hijo no nacerá, sé que nunca podré escuchar el sonido de su llanto, pero no deseo que este sea su final…
No así. Esto es peor que perderlo. Niego al ver que sus labios se han sellado ante las ideas de su cancilier y Tien, y no le estremece arrancarlo de mí.
—¡Cedric! —su majestad se coloca de medio lado, en dirección a la puerta.
—Mi señor —Cedric se inclina.
—Que las enfermeras preparen la habitación de la princesa —proclama mi padre sin que su voz tiemble por sus decisiones—. La orden es que se le practique un aborto.
Le entrego al rey las lágrimas que rozan el borde de mi alma, yo ya no las necesito.
Preciso que eso sea lo que impulse mi tristeza.
El comedor ha comenzado a resultar pesado sobre mi espalda, más esto…
Ya mis pedidos a la luz son rechazados. La valentía que guardaba en mí se ha concentrado en el único objetivo de suplicar que tengan misericordia por la inocencia.
Impedir que sus órdenes se lleven a cabo.
—Esta criatura morirá —confieso desesperada tras haber detenido mis intentos de liberarme.
—¿Qué decís? —Drieden es quién escucha mi susurro.
—No nacerá. Nadie heredará tronos ni gobernará a las hadas —convierto a mi padre en el único objetivo de mis ruegos.
—¿Qué otra cosa podrías decir para salvarlo? —Tien niega—. No actuar solo por tu palabra es una decisión arriesgada que no tomaremos.
—Yo jamás dañé a Eseo —incluso si perdiese la honra, estaría dispuesta a arrodillarme ante él para impedir que mi hijo tuviera ese final.
—Tú y yo nunca fuimos iguales a pesar de que siempre te aferraste a esa idea —sonríe—. No tendré concesiones con el bastardo de un teniente de otra raza. No es nadie.
Esa afirmación cae sobre mi padre como si no conociese la realidad. Sus cejas se juntan. Sus labios se separan.
—Vas a quedarte aquí, Tien —dicta su majestad mientras cierra los puños—. Vas a encargarte de que la princesa no esté en cinta cuando regrese del reino elfo si deseas sobrevivir a mi ira.
—Querido sire… —Drieden rebasa la capa del rey con cautela—. Deberíamos permanecer en palacio hasta que el asunto del aborto esté resuelto.
—¿Quién representará al reino hada si no voy a ese enlace? —el tono del rey no permite que nadie pueda rebatirle—. ¿Qué dirán los dioses al ver nuestra ausencia?
—En ese caso, lo prudente sería asegurar Eryas —Drieden dedica una mirada urgente a los guardias—. Recordad que la princesa tiene aliados, su majestad, no actúa en soledad.
—Mis guardias serán suficiente custodia —asevera mi padre según se aleja del cancilier—. Están bajo las órdenes de tu muchacho.
—Yo mismo me encargaré de que vuestras instrucciones se cumplan —Tien dobla la espalda. Le dedica una reverencia.
—Lo harás —el rey eleva su dedo hasta señalar la boca a Tien—. Porque de lo contrario, pensaré que te pierde la lengua y te haré responsable de lo que suceda.
Mi padre toma su capa convirtiéndome en el objeto de su vergüenza.