Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 31. El día del compromiso. #4
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31. El día del compromiso. #4

—Puedo buscarlo ahora que el rey espera por vos en el comedor —arruga la frente como propuesta.

—No. No quiero impacientar a su majestad, sé qué hace rato que me espera —declino su ofrecimiento en voz baja antes de llegar al frente de la puerta.

Uno de los guardias rompe el silencio golpeando la lanza contra el suelo. Su fría expresión se detiene sobre Mylo a mis espaldas.

—¿Hay algún problema, Omil? —su semblante oscurecido me llena de desconfianza.

—Él no tiene permitido el acceso, mi señora —afirma el guardia sin mover un ápice sus pupilas.

—Sé que los guardias no pueden acceder sin el permiso del rey, pero… —dedico una mirada rápida a Mylo antes de centrarme en Omil.

—El rey solo autorizó vuestro acceso, el de nadie más —el guardia se mantiene impasible.

Señalo en un movimiento firme de cabeza un espacio vacío a mis espaldas para que Mylo me siga.

—No abandonaré la puerta, princesa —Mylo analiza a Omil desde lo lejos.

—¿Te preocupa lo que sucede? —tuerzo el cuello para examinarlo yo también.

—Me preocupa que no solo me haya negado el paso a mí —su voz nunca antes había sonado con tanto presagio—. Nadie puede acceder salvo vos, ni siquiera Twig.

A pesar de que el brillo que sus sospechas consiguen encender en mi instinto, sé que no son las puertas de ese comedor las que retienen mi vida. Los muros de palacio cada día se cierran más. El rey los estrecha para ahogarme hasta desfallecer.

—Busca a Twig —poso la mano sobre el metal de su armadura como gesto de súplica—. Busca ayuda.

—¿Ayuda? —Mylo golpea la lanza al verme alejar.

Alzo el brazo para señalar a Omil que abra la puerta.

—Princesa —Mylo grita en voz baja—. No sé dónde encontrar a Twig.

—Entonces pierdes el tiempo ahora —y siento que eso terminará con el mío.

Tomo la falda cuando los guardias separan las hojas.

Estrecho la mirada según la luz tenue del interior me envuelve.

El ambiente del comedor está en calma para tener asistentes.

Sorteo las telas del vestido en pasos cortos, busco alrededor al no encontrar la figura oscura de mi padre ocupando su sillón.

No hay nadie. Mi espalda se vuelve rígida como alerta al caminar hacia la mesa.

No hay criados ni lacayos a pesar de que el desayuno está servido.

El plato del rey, el del cancilier, todos esperan por ellos…

Hasta el de Tien y el que han colocado en el lugar que ocupaba mi madre para Debhrán.

Las armaduras de los guardias en custodia de la puerta chirrían.

Volteo dispuesta a recibir a su majestad con una reverencia.

Mi pecho sube y baja a pesar de que trato de respirar con cuidado, en silencio.

La capa del rey ondea el aire cuando la solemnidad le acompaña de la mano al entrar al comedor.

Se adueña de la estancia. Tras él, Cedric se detiene junto a un grupo de diez guardias que lucen dispuestos a respaldar la mirada de castigo de su señor.

Su majestad ya no me mira con ese rencor de antaño, tampoco veo la frialdad de otras ocasiones…

Sus pupilas tintinean sumidas en la revulsión y el deseo de destrucción.

Es más intimidante uno de sus pestañeos, que lo que intentan despertar sobre mí Tien y su padre con postura firme.

A él si me unen lazos de sangre. Incluso si hace tiempo que comenzaron a marchitarse.

—Mi señor —es lo único que me atrevo a decir como saludo.

La puerta se cierra bajo la inquisitiva mirada del rey.

Cedric asiente tras ello. Uno de esos guardias a su cargo rompe la fila que guarda las mezquinas ideas de mi padre para fechar las hojas.

Aposta, también asegura mi estadía en este lugar.

El cerrojo cruje con ira. Lo ignoraré por supervivencia incluso si estoy convencida de que ese sonido es el que dicta mi sentencia de muerte.

De una u otra forma, sé que los frescos que decoran estos muros se convertirán en el último rastro de vida que vea antes de cerrar los ojos para siempre.

—Eres… —su majestad titubea. Sus ojos se afilan sin juicio—, una despreciable puta.

No contesto. Mantengo la mirada fija en los tablones de madera desgastada. Me limito solo a escuchar hasta el pequeño rugido de su bota al iniciar la caminata que termina con nuestra separación.

—¿Cómo te has atrevido a…? —su majestad calla. La rabia le hace temblar su labio superior.

Sus dedos impuros rodean mis brazos sin cuidado. Me sacude entre sus manos hasta que no me queda más remedio que ceder a sus voces y mirar a sus ojos de forma directa.

—¿Vas a culparme por lo que te suceda ahora? —brama mi padre con la vena de su frente a punto de colapsar—. ¿Me harás culpable de castigarte por ignorar mis advertencias?

—Padre… —musito.

Su mirada imperativa me azota a un suspiro de distancia.

—Eres la hija de un rey, te visten ropas de princesa —el recuerdo de su linaje ya es un castigo, su majestad lo sabe. Es peor que el desprecio con el que me contempla—. Pero no se enconde más que una furcia bajo la corona.

—Yo no deseo ser tu princesa —mi mandíbula se resiste a esos afilados halagos—. Aunque no es una fulana lo que esconden estas ropas finas.

—Dejaste que uno de esos brujos te tomase solo por desafiar a tu rey… —me muestra los dientes—. A tu señor.

El borde de sus uñas hace surcos de odio en la piel de mis brazos. Se deslizan mientras mastica el poco aire que podría respirar para impedirlo.

—¡Te has preñado de un malquisto pecador! —vocifera mi padre sobre mi rostro.

Estira los brazos. Me precipita junto a esas palabras que brotan de su garganta cerca de la butaca que custodia el extremo opuesto al suyo en la mesa del comedor.

Poso las manos sobre el tablero de madera antes de caer.

Trato de recomponer la postura cuando su sombra se vuelve inmensa sobre mí, y me engulle.

Ahogo un gemido cuando la palma de su mano impacta con un lado de mi rostro.

Me aferro al mantel al sentir que golpea el otro.

Su respiración se agita. Cierra los dedos antes de lanzarse a por mi mentón de un movimiento.

—Las rameras del reino cuentan con más honra que tú —gotas de repudio vuelan desde la boca del rey hacia mi alma.

Mis fosas nasales me preparan para la disputa.

El aire se cuela entre los mechones de cabello que tratan de adornar mi mirada herida ante todos los presentes.

Tal vez, por la forma en la que me confiesa sus pensamientos.

Por su castigo. Me esfuerzo en ordenarle a mi poder que se detenga cuando toma mis puños y los cierra a su voluntad.

Juro que trato de mantenerme inmóvil frente a su majestad.

Pero mis manos abrasan al sentir que el fuego ha invadido la punta de los dedos.

Las partículas de luz brotan cautas hasta que mis pupilas rotas se encuentran con la pasividad del hijo del cancilier tras los movimientos autoritarios que mi padre hace con la capa.

Todo eso que contengo, nacerá ahora. Va a hacerlo.

—Darás tus últimos suspiros antes de que Beliel reclame tu alma —fundo la ira de mis ojos con los de Tien.

—Princesa… —el hijo del cancilier pone los ojos en blanco resultado del hastío.

Hasta se atreve a resoplar como si estuviera cansado de vivir estos eventos.

Mis puños se convierten en esferas de luz de color vivo por su gesto.

Resplandecen. Mi voz se convierte en el estandarte del odio cuando me deshago del protocolo y doblo el pecho con un grito.

Los guardias bajo las órdenes de Cedric reaccionan.

Rodean al insolente de Tien, pero no podrían liberarlo del centro de mi campo de visión.

Utilizo la mesa para impulsarme. Ni siquiera las manos del rey ni sus órdenes inconclusas tratando de darme alcance como medida de contención podrán detenerme.

Alargo el brazo. Parece que reinos caben en este comedor y nos separan tierras infinitas.

Las motas de luz hierven, se transforman junto a mis pasos en llamaradas de fuego que viajan hacia él para terminar con su existencia.

Los soldados desenvainan las espadas al comprobar que giro las manos en busca de nuevas partículas de luz.

Se adelantan ahora que Tien esquiva la esfera.

El hijo del cancilier contempla como uno de los muebles a su espalda arde por el impacto.

Otros tres guardias preparan sus lanzas y se unen al ataque contra mí.

Si no fuera por ellos… El cancilier ha tardado un solo segundo en apartarse de su hijo así lo deje desprotegido.

Comprendo que no le da importancia al hecho de que pueda morir calcinado por la justicia, pero mi padre vocifera.

Él se preocupa por salvar la vida del entrenador con más perseverancia que Drieden.

Lanzo la bola de fuego antes de que se atrevan a cumplir sus instrucciones.

Pobre de ese guardia que recibió el impacto por él, y ahora sucumbe a las llamas de las profundidades. Su armadura humea. El metal se dobla. Los guardias detienen su acción para ceder a los gritos de ayuda que profiere, me regalan ese segundo valioso que ahora busco con más anhelo que nunca antes.

—¡He ordenado que se capture a la princesa! —dicta su majestad aderezando su maldad con un gran rugido.

El blanco que rodea mis pupilas se transforma en el rojo de la vesania.

Es la furia la que me ciega y se convierte en mi guía ahora.

No desiste de la idea de encontrar en el cuello del hijo del cancilier, la calma que necesita.

Me desabrocho la capa. La arrojo al suelo mientras desenvaino la daga con destreza al percibir el brillo de la espada de un guardia levantándose hacia mí.

Nos convertimos en objetivo. Yo de su lealtad al rey, y él del fuego que sostengo entre las manos.

Esquivo sus gritos de dolor porque están lejos del centro de mi venganza, pido clemencia a la luz de mi poder para que responda ahora que ya tomé la decisión de acabar con Tien.

Incluso si debo pasar por encima de esos soldados armados que han dado un paso.

Se han colocado delante a modo de barrera cuando la estancia ha perdido la claridad anaranjada que llenaba de calidez la estampa del desayuno servido.

No titubearé al apartarlos…

Arqueo los dedos para transformar la bola de partículas en una flecha.

Mis párpados se colocan en la posición perfecta para borrar cualquier resto de vida en movimiento alrededor del entrenador.

Me concentro en su respiración. Detengo los pasos frente a su pecho.

Disparo, y la fuerza me obliga a pestañear.