Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 31. El día del compromiso. #3
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31. El día del compromiso. #3

Mi barbilla se eleva segura. Sin miedo. Su garganta ruge al dejarla caer sobre la columna de madera a mis espaldas y provoca un horrible estruendo.

El odio ha cobrado forma, me mira de frente.

Es más vivo que cualquiera de las veces que pude verlo, provoca en el centro de mi estómago una sensación irreconocible…

La culpa se siente satisfactoria al mismo tiempo.

Rompió mi corazón, me alejó de mi alma, pero tendré la dicha de no verlo feliz por haber conseguido sus mezquinos objetivos.

Hincho el pecho con aire al sentir que la cólera se escapa de sus afilados dedos, se clava en mi mandíbula.

Un hilo de voz de sus labios se concentra sobre los míos.

—Sonríe ahora que no conoces las consecuencias de tus actos —Tien separa las fosas nasales, su voz se vuelve grave—. Vas a desear morir cuando las descubras.

Mis piernas flaquean y aun así me sostienen cuando decide apartarse de mí.

Alejarme con el filo de su ira. Guarda el resto de lo que parece querer decir mientras se lanza hacia la puerta.

Golpea la madera con la misma intensidad con la que dejó la marca de lo sucedido en la columna, la hoja se sacude bajo su autoridad.

Cómo convenzo a mis pensamientos de que mi pecho sube por el deleite de verlo perder el juicio, y no por la angustia.

Mylo se ve obligado a esquivar su arranque de furia antes de ser embestido por él.

Las órbitas del guardia se abren en mi dirección según el hijo del cancilier se aleja del cuarto, me permite liberar el aire guardado.

Apenas tengo tiempo a recuperarme cuando Mim aborda el cuarto moviendo los brazos indignado en compañía de Maren.

—Eladriel… —Maren tarda un pestañeo en pedir explicaciones.

—Exigimos una explicación —el teniente deforma los labios en un gesto molesto.

—¿En verdad la necesitáis? —arrugo el entrecejo.

—Os vi, princesa —Mim estira la nariz en un gesto irónico—. Sé cómo llegó esa criatura a tu vientre, no necesito esos detalles.

—¿Qué otra explicación debería daros? —la impavidez se apodera de mi rostro.

—Quizás, por qué habéis decidido desconfiar de nosotros y guardar silencio —Mim dobla la espalda. Muestra sus manos como reproche.

—Por una sola vez, debo darle la razón a la antorcha arrogante —Maren sacude la cabeza como si hubiese sido agraviada.

—Por una vez, te daré las gracias —Mim estira las comisuras en una sonrisa fugaz.

—¿Debía desvelar algo que me consume? —ladeo el cuello. Aparto la mirada entristecida—. No vivirá, y ahora comprendo por qué.

—No consigo comprender qué le sucede —Mim se aparta la capa. Coloca las manos sobre las caderas—. Yo lo conozco, Eladriel. Él no podría dejarte sola.

—No puedo culparlo por lo que siente —trato de hacerlo y mi corazón siempre se retracta.

—Si él sabe que esperas a su hijo, debería escucharte. Es su deber —Mim separa las fosas nasales. Su dedo índice señala al suelo con firmeza.

—¿Crees que un hijo es suficiente? —mi voz se pierde según nace la pregunta—. Él piensa que lo engaño con las palabras, sabe que no hay futuro en este alma que nos une.

—Pero se equivoca, Eladriel —Maren bordea a Mim, se niega a resignarse.

—Lo sé —le dedico una mirada de advertencia. Al teniente—. Pero no lo juzgaréis por intentar protegerse.

—He visto lo que hay en tu palacio, te rodea una oscuridad muy peligrosa —Mim estira las manos. Sacude los brazos como si pudiera hacerme comprender algo distinto—. No se perdonará si por estar lejos algo te sucede.

—Entonces tú vas a estar a su lado cuando pase. No lo vas a castigar por sus decisiones —ordeno. Mi dedo lo señala tan tajante como el suyo señala por salvarme.

—Mentirle para no herir sus sentimientos no es mi obligación, princesa —el teniente recoloca la postura con gesto de incomodidad—. No callaré si estoy convencido de que se equivoca y puede romperse por ello.

—Puede tomar esos consejos inocentes como imposiciones si insistes. Puede alejarse de ti —inclino la frente hacia delante. Abro los ojos como desafío—. No lo dejarás solo, Mim.

—¿Y qué podré hacer luego para curarlo? —Mim se coloca la capucha. Su obstinación me hace resoplar—. Tú eres el fuego que le da vida incluso si lo consumes, pero él te está apagando.

—Puede que Azohr no desee recibirte, pero Ebhan podría ayudarte si decides contarle la verdad —Maren aparta la tela de sus mangas para tomar mis manos.

—Las alianzas que establecí con los altos cargos de Néferien se mantendrán, no debes preocuparte —aprieto el dorso de su mano—. Eso no depende del amor.

—¿De qué alianzas hablas? —Maren tira de mis mano para colocar mis ojos a la altura de los suyos—. Hablo de huir de este palacio, princesa obstinada. Estar aquí no es seguro para ti.

—Me iré —me esfuerzo en dedicarle una sonrisa amplia—. Lo haré en cuánto Eryas esté libre de ese estúpido cancilier y su linaje.

—No, princesa —Mim tensa su comisura izquierda—. Vas a venirte ahora, y no me importa todo lo rebelde que seas.

—¿Crees que te obedeceré solo porque tu voz sea más grave que la mía? —alzo la frente. Estiro los labios a sus intenciones.

—¡Quedarte aquí acabará con tu vida! —Maren me zarandea anhelante por arrancarme la necedad.

—¿Qué vida, Maren? —miro el alrededor cautiva entre su miedo.

Maren ni siquiera aparta sus ojos, solo guarda silencio.

Espero que comprenda que mi estado no cambiará solo por salir de Eryas, que aún espero ese segundo de alivio.

Se coloca la capucha. Toca de forma ligera la puerta y me regala una sonrisa cuando Mylo accede a su pedido.

Mim me dedica una reverencia antes de abandonar la estancia.

—Asegúrate de que los acompañen hasta salir del reino —ordeno a Mylo sin apartar la vista de Maren y el teniente encapuchados en el descanso de las escaleras.

—Mi señora —Mylo se inclina antes de cerrar la puerta.

Mi garganta se cierra al compás de la puerta.

Me obligo a recuperar al aliento al ladear la mirada hacia la cama y contemplar el traje que el rey ordenó confeccionar para que luciese el día del compromiso.

Camino hacia ella, pero mi alma se ha ido con ellos.

El tono esmeralda del vestido azota mi conciencia.

Sé que ese color ha sido elegido de forma cuidadosa, el sastre mencionó que resaltaría mi juventud y fertilidad ante el pueblo.

Una nueva tradición se asentará entre las hadas ahora que la princesa se ha comprometido y debe honrar la idea de familia de Ravenbell.

Mi piel se estremece ante el placer del agua fría resbalando como escape por mi cuerpo.

La utilizo para despejarme la cara, los miedos que tratan de detenerme desde hace días.

Me abatí por una semana por limpiarme la conciencia, pero si postergo mi tristeza por más tiempo, haré pensar a mis enemigos que derrotarme es fácil.

Retiro el exceso de agua con la toalla. Después de regresar de ese dichoso compromiso, me encerraré en este cuarto con Twig para preparar estrategias que nos permitan marcharnos cuánto antes.

Me coloco la camisa, las calzas. Guardo el poco abdomen que tengo para apretar la saya hasta que respirar se vuelva un desafío.

Odio la ostentosidad que me adorna el cuerpo, detesto llevar capas pesadas de hilo de oro.

Ajusto el cinturón con desagrado y sin aliento.

Ato la capa de terciopelo al cuello. El agua aún corre por mi cabello cuando me coloco la corona tal y como el rey me ordenó.

Incluso si siento que esa dichosa estructura de metal con gemas amarillas y destellos de poder no es suficiente para gobernarme a mí misma.

El aliento se ha escapado de mi cuerpo. Sé que no puedo culpar a las ropas por ello.

Golpeo la puerta para acudir a ese desayuno de una vez por todas.

—Princesa —Mylo me dedica una reverencia tras separar la hoja.

Recorro el alredor con la mirada en busca de Twig.

—¿Dónde está Twig? —detengo mis pupilas sobre el guardia.

—Me pidió que fuera su acompañante al comedor —baja la mirada al verme pasar a su lado.

—¿Sabes dónde se encuentra? —mi cejas se mueven dudosas.

Qué extraño.

—Solo mencionó que tenía pendientes que no podía posponer —Mylo se encoge de hombros.

—Aprovecha estos instantes de intimidad para ponerme al día sobre lo que ha sucedido en Eryas en esta semana —asiento. Inicio la marcha hacia la escalera.

Enredo la tela de la falda entre los dedos para levantarla y poder avanzar. Mylo espera lanza en mano. Se mantiene distante antes de caminar.

—¿Encontraste la sala oculta en el cuarto de Elm? —pregunto al abordar los primeros escalones.

—Aún no, mi señora —la voz de Mylo se revela apesadumbrada.

—No puede ser tan difícil encontrarla, es solo un pequeño cuarto —suspiro por días con esa respuesta.

—No encontré nada que indicase la presencia de una sala oculta —contiene los labios entre los dientes por remordimiento.

—Mylo —mis pasos se vuelven lentos para suplicar—. Debes encontrar esa sala antes de que llegue mi compromiso. Debo liberar a Nura y las esclavas antes de ejecutar algún plan que me libere, y eso me tiene condenada.

—Os prometí recorrer cada roca todos los días hasta encontrarla, me entregaré a mi honor para ello —sus pupilas brillan tan leales como la primera vez que lo dijo.

—Confío en ti, en que me salvarás —esta vez, el nudo que me obliga a mentir está obstruyendo mi razón.

—No puedo fallarle a tu libertad ahora que habéis renunciado a ella —sus palabras terminan de quebrarme.

—Espero que hayas buscado al cancilier Evander como te ordené —dirijo la conversación antes de que las lágrimas se apoderen de mis ojos.

—Lo hice, me reuní con él. Dijo que ya tiene en su poder ese mapa que pedisteis —Mylo dibuja una sonrisa tímida.

Al menos, hay algo que consigue devolver el aire a mi cuerpo.

Los guardias de la puerta del comedor doblan la espada al ver que mis pasos me dirigen hacia ese lugar. Sujeto las manos al frente antes de voltear. Contemplo a Mylo.

—Imagino que Evander también asistirá al enlace de Aranel —ladea la cabeza hacia un lado como sugerencia.

—Todos los canciliers están invitados al evento —asiente Mylo.

—Trataré de encontrar un espacio entre bailes para conversar con él —elevo los hombros al tomar aire mientras giro para dirigirme al frente.