31. El día del compromiso. #2
—Tendrá que escucharlo —Maren abre los ojos. Su cabeza se inclina hacia delante en señal de aviso.
—No me ofreceré voluntario, me gusta que mis ojos se abran cada día —Mim estira las manos al hundir la mirada en mí—. Lo siento, Eladriel.
—Yo lo haré —afirma Maren con la cabeza en alto.
—No lo harás —niega el teniente acto seguido.
—Yo no le tengo miedo —arquea una ceja como burla—. Es Azohr.
—¿Lo golpearás para que te escuche? —Mim arruga la frente. —Es Azohr.
—Lo haré si es necesario —Maren cruza sus brazos. Ladea el cuello firme para asestarme una mirada directa. —Dime, ¿qué deseas que le diga?
Sonrío ante su arrojo. El príncipe debería tener cuidado con Maren, porque cuando el color rosa de sus mejillas comienza a intensificarte hasta que sus pecas se vuelven adorables, significa que no podrás escapar de su ira.
—Solo un lo siento —afirmo. Mis comisuras se amplían.
—Eladriel —Maren carraspea. Deja caer sus brazos para dar un paso hacia delante—. Sé que hablar de emociones es difícil para ti, pero debes esforzarte un poco más.
—¿Crees que escuchará algo más de lo que digas? —muerdo el dolor por aceptar lo que llevo días evitando.
—Lo escuchará —declara Maren con una sonrisa tensa.
—Maren me ignorará, pero no veo buen fin a sus ideas —Mim interviene con la voz de la razón.
—¿No te preocupa tu amigo? —Maren voltea con urgencia hacia el teniente.
—Maren —anuncio para llamar su atención—. No deseo cambiar nuestros recuerdos, eso es lo único que me queda para poder sonreír.
—Pero… —Maren sacude sus pupilas incrédula.
—Él también necesita silencio —le recuerdo.
Maren permite que la tristeza también se haga con su rostro a pesar de que sus labios no quieren rendirse. Se separan para hablar cuando la puerta es golpeada. Mim le dirige una mirada apresurada antes de colocarse la capucha, rodea su brazo para llevarla hacia el balcón.
Desparecen tras los muros según Mylo accede con actitud formal. Twig se coloca frente al ventanal con brazos sujetos a la espalda.
—Mi señora —se inclina Mylo—. El señor Mémberin está aquí, y desea veros.
—¿El cancilier Drieden? —arrugo la frente.
—Tien —desvela.
—No deseo verlo ahora —estiro los labios pensativa—. Dile que me reuniré con él antes de partir a Rhysartyr.
—No sé si aceptará… —insiste Mylo.
La hoja de la puerta se separa mientras las palabras del guardia todavía están siendo pensadas.
Los rayos que atraviesan el ventanal impactan de forma directa sobre la cara del hijo del cancilier.
Dibuja una sonrisa torcida. Sus pies se levantan pesados para caminar hacia mí, su mirada curiosa le hace elevar las cejas.
Sus pupilas se sacuden sobre Mylo, sobre Twig…
—Querida —asiente Tien sonriente—. Esperaba encontrarte dispuesta a bajar a tomar el desayuno con su majestad.
—Bajaré al comedor en pocos minutos —carraspeo. Aseguro el cinturón de mi bata.
—No te preocupes, el rey aún no ha abandonado sus aposentos —su comisura izquierda se eleva maliciosa.
—Me sorprende que no lo esperes en la puerta para recibir sus órdenes —estiro una sonrisa tensa—. Estoy convencida de que disfrutaría verte arrodillado al salir.
—Me propuso la idea de la visita a tu cuarto —sus labios se convierten en una línea recta—. Quizás, se deleita de escuchar luego nuestros encuentros.
—¿Estás seguro de que es a mí a quien imagina cuando los cuentas? —la ironía me hace arquear una ceja—. Esa cercanía que mantiene contigo parece indicar lo contrario.
Eleva la ceja derecha como instinto, imita esa expresión que he dibujado en mi rostro.
—Fuera —ordena Tien a Twig y el guardia con una mirada por encima del hombro.
Ambos se inclinan. Mylo todavía sujeta el tirador cuando los talones de Twig ya están fuera.
Tien camina. Deja caer la mirada al aventurarse a dar ese par de zancadas que nos separa, me observa atento tras el chasquido de la puerta.
Desdobla el codo en un movimiento ágil, envuelve entre sus dedos algunos de los mechones ondulados que decoran un lado de mi frente.
Doy un paso hacia atrás. Me aparto antes de que roce mi mejilla.
Sonríe a pesar de que mi nariz ha marcado una arruga de desprecio tan grande como su arrogancia.
—Mi preciada Eladriel… —exclama Tien. Deja caer el brazo mientras toma aire—. Debes entender que esa actitud que has elegido tomar, no va a traerte ningún beneficio.
—¿Necesitas algo más antes de marcharte para que pueda vestirme? —cruzo los brazos. He decidido bajar la mirada hasta perderla en ellos.
—Eres mi prometida —su tono nace lleno de réplica—. Empieza a aburrirme que solo me acompañes al comedor.
Su frente se inclina hacia delante por obra de esa sacudida negativa que hace con la cabeza. Deja escapar el aliento. Las uvas que Twig ha dejado sobre el escritorio para que las tomase como desayuno han llamado su atención.
—Deberías agradecer que mi padre me obliga a compartir mesa contigo, de otro modo, tu aburrimiento sería eterno —me aclaro la garganta mientras él toma las uvas.
—No seas inocente —ríe Tien. Voltea la espalda de forma fugaz para mirarme—. Si quisiera, te haría dormir en ese cuarto que tu padre preparó para la estancia en palacio tras el matrimonio.
—Puedes intentarlo —acepto sin titubeos. Sin dejar de contemplar cómo elige las uvas que comerá—. Te aseguro que ninguno de los dos amaneceremos con vida.
—Había olvidado lo pesimista que eres para lo hermosa que te ves —sonríe Tien. Se lleva uno de los frutos a la boca—. Sabes que solo nos hemos puesto de acuerdo entre las sábanas.
—Si hubiese sabido lo que era desear, entonces nunca te hubiera deseado —un resoplido burlón se me escapa.
—Me apena —se deja caer sobre el escritorio—. Ya conoces tus obligaciones, y entre ellas, está la de entregarme un heredero.
Qué maldita insistencia…
—Tú ya tienes un heredero —mis párpados se separan como último método de hacerle entender.
—No uno que haya salido de ti —deja el resto de uvas sobre la mesa. Camina sonriente—. Necesito uno que haya salido de este adorable cuerpecito —la punta de su dedo me señala.
A tan solo unos pasos, ese dedo trata de impactar contra mi abdomen para subrayar el hecho de que eso, es lo que garantiza su futuro dorado.
Aparto su mano antes de que pueda llegar a tocarlo.
Pasaron semanas desde que Selim pidió el alma de mi hijo, pero no vi cambios ni encontré indicios de sangrado aún.
Comprendo que mientras esta criatura esté en mi vientre, no podré llevar ninguna otra.
—Yo no podré darte tu heredero —confieso tras colocar la mano sobre el abdomen.
—Me tientas a comprobarlo —Tien sonríe. Su mirada se vuelve desafiante.
Sus manos rodean prestas mis brazos. Sus pasos me dirigen hacia las columnas de la cama.
Ladeo las pupilas hacia el balcón cuando la cabeza de Tien comienza a hundirse entre mi hombro y la mandíbula.
Sacudo las pupilas al ver a Mim determinar la distancia que nos separa en el instante en que su mano abraza la empuñadura de su espada.
Ya casi no está oculta bajo la capa. Maren aparece apresurada.
Tira de él antes de que cometa un error y se exponga. Antes de que todos caigamos.
—Caerás sin vida a mis pies si continúas posando tus labios sobre mi cuerpo —mantengo la cabeza inmóvil apoyada en la madera.
—¿Tú lo harás? —pregunta Tien con sorna—. ¿Tú terminarás con mi vida?
—No dudes de mi desprecio —susurro sonriente. Hasta mis ojos sonríen a ciegas—. Cada día desde que tuve que aceptar el compromiso cubro mi cuerpo con veneno.
Mis brazos sienten el alivio de la desaparición de su opresión. Se aleja apresurado. Sigo siendo el centro de su mirada mientras pasa la tela de su antebrazo en varias ocasiones intentando deshacerse de los restos. O de su rabia.
—¿Quiénes te ayudan? —vocifera Tien furioso—. No abandonas este maldito cuarto.
—¿Debo recordarte que este es mi palacio? —elevo la frente satisfecha por verlo palidecer.
—Me sorprende tu audacia —arruga la frente. Sus puños se cierran—. Pensé que después de ver como el rey casi ejecuta a tu lacayo, no querrías ponerlo más en peligro.
—Él no fue —separo la espalda de la madera. Despacio—. Te mataré con las manos si vuelves a despreciarlo al llamarlo lacayo, Tien, lo juro.
—Eso que planeas no servirá —niega—. Su majestad hará que te desprendas de ese veneno en cuanto descubra la verdad.
—Aun sí, nunca podrás conseguir que dé a luz a un heredero tuyo —insisto. Mis manos rodean mi vientre con fuerza.
—Lo harás. Me darás tantos como su majestad desee —Tien entrecierra los ojos preso de su propia insolencia.
—Yo ya llevo un heredero —cierro los ojos al sentir que es cierto.
Por primera vez, siento que es cierto.
Su rostro se vuelve plano por un instante, sus expresiones lo han abandonado. Él pestañea incrédulo mientras yo solo puedo ver como Mim y Maren se han asomado al balcón tan sorprendidos como Tien.
—¿Te atreviste a incumplir la norma? —Tien rompe el silencio con un bramido—. ¿Te encamaste con ese perro sin señor?
—Puedes revelar a los dioses que desafié su reinado si es lo que deseas —aceptar es lo único que puedo hacer para alejarlo—. Asumiré la condena que elijan con mayor placer que la que me impone mi padre al mantenerme a tu lado.
—Confiesa, Eladriel —indica el hijo del cancilier con la garganta vibrando por la impaciencia—. ¿Eso que llevas en el vientre es de Bradosck?
—No creo en esa inocencia que aparentas —hundo la punta de los dedos en el abdomen para aferrarme a mi propia voluntad—. Descubrí hace días esa alianza que mantenías con Rani.
Se muerte el labio inferior. Contemplo con cautela como sus puños se cierran con esa calma intencional del que acaba de perderse. No sé en qué momento su mano se ha abierto, ni como ha conseguido golpearme la cara con ella.
—Ese inútil jamás desveló algo parecido —sus pupilas se desorbitan. Se incendian.
—Nadie más que nosotros debíamos conocer la verdad —sonrío mientras llevo la mano al lado de la cara que ha golpeado.
—Con un despreciable brujo… —Tien eleva el labio superior.
Su mano tiembla desde lo alto con intenciones de someterme de nuevo.