31. El día del compromiso.
(Eladriel)
Las hojas verdecinas de los árboles de las orillas se mecen, la brisa fresca de la mañana las sacude al darse cuenta de que las observo.
Se detienen. La quietud llega tras el viento, pero las acuna de nuevo al cabo de unos minutos.
El color de los últimos resquicios de la primavera se vuelve intenso bajo las lágrimas que se deslizan por mis mejillas.
El aire no balancea mi calma con tanta suavidad y ternura como lo hace con las ramas.
Ya pasó una semana desde que mi compromiso con el hijo del cancilier se hizo oficial, hoy será mi acompañante en el enlace de la princesa elfa…
Necesitaría un vendaval que destruyese hermosos paisajes para poder sentir algo diferente al alma desgarrada.
Los centinelas de la puerta haciendo el cambio de guardia avivan mi tristeza.
Conseguí distraer la atención de los soldados de mi padre y Tien hace días, Mylo me ayudó a salir del palacio para volar hasta Néferien…
Busqué al príncipe, pero no pude encontrarlo en ninguno de los reinos, aunque sé que no quiso estar.
Juro que tomaré aire por última vez. He perdido la cuenta de las cartas que le hice llegar con Lugh, incluso Maren se atrevió a pisar el palacio. Pensé que ella traería respuestas.
Hace días que susurro perdón al viento con la esperanza de que lo lleve hasta el lugar donde Azohr se encuentra. Y su silencio es más desgarrador que la ignorancia.
—Mi pequeña princesa —la voz de Twig convertida un fino hilo de compasión termina con mis pensamientos.
—Retírate, Twig —musito. Bajo la mirada a los huecos de la baranda donde encajan mis lágrimas—. Por favor.
—Solo decidme que debo hacer para calmar ese gran pesar que sentís —su tono de súplica solo alimenta la angustia que había empezado a consumirme.
—Podrías dejarme sola —arrugo la barbilla para controlar el quejido del llanto.
—No me iré —anuncia Twig con seguridad.
Se coloca de una zancada a mi izquierda. Cierra el puño para golpear el mármol donde me sostengo desde hace más de una hora.
—No deseo escuchar discursos —acepto sin mover ni un ápice las pupilas.
—Ya no soporto vuestro silencio por más tiempo, princesa —Twig lanza un alarido desesperado.
—¿Ni siquiera tengo permitido decidir cuándo callar? —reprocho en un susurro.
—Hace días que solo os comunicáis con papel y tinta —niega—. No podéis tomar a la soledad como aliada.
—¿Eso crees? —tuerzo el cuello para mostrarle mi mirada herida—. Es leal, ella nunca me abandona.
Aprieto los dientes. Mi pecho se llena de aire por no saber qué siento.
Este dolor es peor que una de las heridas abiertas y profundas que algún día tuve, me lastima sin condiciones.
Solo un segundo fue necesario para quebrarme como nunca lo hicieron.
Solo uno necesito para escuchar una palabra que me alivie.
Mi calma desea encontrar espacio entre la pena desde el mismo día del festival, pero no soy capaz de ignorar la rabia.
Me impulsa todavía más esa necesidad de demostrar que sigo con vida.
Todavía me revelo contra mí. Trago saliva al recordar como el filo resplandeciente y pulcro amenazaba el cuello de Twig.
Yo me debatía entre mi alma y mi conciencia, y Azohr se niega a aceptar cualquier palabra que venga de mí como si fuera yo quien decidió traicionar sus sentimientos.
—El silencio no cambiará vuestra vida, princesa —Twig posa su mano sobre la mía—. Os hará bien hablar.
—Sabes que muero por hablar, Twig —mis ojos se cierran cuando su mano cálida envuelve la mía—. Necesito hablar con él.
—¿Por qué tomasteis esa decisión? —las yemas de sus dedos se deslizan suave sobre el dorso de mi mano—. Vuestro corazón podría aceptar la pérdida de un viejo lacayo inservible, pero el joven príncipe…
—¿Qué estás afirmando, Twig? —mi mirada se incendia—. ¿Es que acaso no han servido para nada nuestras charlas?
Un solo segundo, una sola palabra… Y no me alivia.
—En ese momento no había nada que decidir —me aferro a su mano como si se estuviera alejando.
—Pero ahora sufrís por ello, mi querida princesa —Twig deja caer la mirada.
Cierro los ojos. Aparto la mano de la suya solo para limpiarme las lágrimas. Es suficiente.
—Si hubieras muerto, mi desconsuelo se volvería eterno —tomo su cara para hacer que me mire. Que me escuche con atención—. Mi corazón se hubiera incendiado por tu ausencia.
Un golpe en la puerta me hace besarle la frente de forma apresurada antes de lanzarme hacia el interior. Suspiro. Aún no he conseguido renunciar a la idea de que tras esos llamados, será el príncipe quien aparezca.
—Adelante —ordeno según termino de apartarme los restos de lágrimas.
Twig accede tras mi indicación con las manos sujetas a la espalda.
Se coloca recto delante del marco del ventanal en espera de que la puerta se abra.
Entrelazo las manos a la altura del abdomen por impaciencia cuando una pequeña rendija comienza a mostrar la luz del exterior.
Contengo el aliento hasta saber si debo sonreír o…
Arrugo el entrecejo al ver a Mylo. A sus acompañantes envueltos en capas con capuchas de color marrón que permiten que la oscuridad de la tela vuelva secretas sus identidades.
—Mi princesa —Mylo se dobla en una reverencia.
Esos quiénes lo acompañan aprovechan su saludo para desprenderse de lo que los ocultaba.
Dibujo una leve sonrisa al ver a Maren, su mata pelirroja de pelo bajo una de ellas.
Mim también está. No hay segundos para calmarme…
Mi sonrisa se borra de un solo suspiro. Si ahora necesita la compañía del teniente para venir, es porque no tiene nada bueno que decir.
—Eladriel… —Mim me dedica una reverencia.
Puedo ver como su rostro se llena de piedad por la sombra que ahora vela mi mirada.
Maren estira las comisuras en una expresión de condolencia que detiene mi aliento.
Hace gala a la intensidad que siempre la posee en cualquier tipo de incidentes para elevar los brazos y correr a rodearme con ellos.
Con fuerza. Sabe que puede obligarme a decir todo aquello que no deseo con uno de estos.
Sonrío ante su cercanía por extrañarla. Consigue que todas las lágrimas que trataba de contener y estaban por lacerar mis sentidos caigan sobre su hombro.
Escucho los pasos de Twig a lo lejos. Camina sin enturbiar la postura hacia el teniente y su ligero balanceo.
Posa su mano sobre el brazo de Mim para que la gota de llanto que estaba aferrada a él, caiga.
Sonrío. Me aparto de Maren bajo la mirada del teniente fija en nuestro abrazo.
Rompo con la distancia que nos separa para arquear una ceja, abro los brazos frente a sus ojos.
Sacude la cabeza en un gesto afirmativo antes de estrecharme contra él.
—Esto es más triste que una comida sin cerveza —solloza Mim.
Apenas sus palabras se pierden en la estancia, Twig se acerca.
Golpea la espalda del teniente antes de apartarlo con cara de pocos amigos.
Ladeo la mirada hacia Maren al ver que busca en una pequeña bolsa de cuero que lleva sujeta a su cintura.
Rescata una carta enrollada que termina con mi aliento al ver el sello de Ravenbell.
—Lo siento —Maren estira el brazo para ofrecérmela.
—¿Lo sientes? —acepto, observando cómo sigue cerrada. —Si tan sólo la hubiera leído…
La acepto mientras contemplo como el lacre sigue intacto. Camino hacia el escritorio para guardarla junto al resto de cartas que Azohr ha devuelto.
—Lo intenté, lo prometo —Mim encoge los hombros—. Pero…
—La conversación se termina si se menciona tu nombre —Maren termina la frase a pesar de que parecía que iba a titubear.
—Comprendo —cierro el cajón con las cartas.
—¿Por qué no le dijiste a él lo que sucedía? —pregunta Maren.
—Yo ni siquiera sabía que habían tomado a Twig —volteo—. Y mantener a Azohr lejos por un tiempo me pareció más prudente que verlo morir.
—Él no está de acuerdo —Mim aprieta los labios con pesar.
—Apenas me di cuenta… —pongo los ojos en blanco.
—Azohr está convencido de que le mentiste como Aranel hizo con Lugh —asiente Maren tras golpear el brazo de Mim de forma leve—. Tus palabras en el baile lo volvieron loco.
—Si le hubiera dicho la verdad en ese momento, me habría pedido marcharnos a Avka —me aclaro la garganta—. No puedo marcharme ahora.
—¿Qué harás entonces, princesa? —Maren se cruza de brazos.
Ya no sé qué más hacer para que Azohr descubra la verdad.
No desea leer mis palabras. No quiere conversar sobre lo sucedido con Maren ni con Mim, ni escucharme.
Tampoco quiso recibirme a pesar de que fue Yeziel quién subió a buscarlo.
Deseo amarlo más que nunca. La culpa me dice que acepte su ofrecimiento antes de que pierda la sonrisa que me coronaba a su lado, pero no puedo ignorarme.
Mi corazón también tiene anhelos de justicia que no puedo despreciar. No quiero hacerlo.
Quizás a él no pueda recuperarlo, pero no dejaré que quiebren el resto de mis deseos.
—Supongo que no puedo hacer nada más —sentencio.
Mim inclina la cabeza hacia un lado de forma fugaz antes de que su mirada baje con precisión a los dibujos de la alfombra.
—No puede ser… —niega Maren con cara de asombro.
—Tenía la esperanza de que respondiese antes de hoy —llevo la mano a la frente mientras inflo el pecho—. Me verá llegar en compañía de Tien, y eso fortalecerá la idea de que le traicioné.
—Pero entonces… —Maren entrecierra sus ojos en señal de advertencia.
—Traté de contarle la verdad, Maren. Todos lo intentamos —dejo caer los brazos con cansancio—. Ya no más.
—Así no funciona ese amor que tú buscabas, Eladriel —Maren cierra los puños. Sus brazos se sacuden con más energía que los míos.
—Quizás no puede olvidar lo que lo ha dañado —confieso uno de los pensamientos que más me invaden—. O no puede entender que el amor también se equivoca.
—Eso lo hará vivir roto —Mim sacude la barbilla molesto—. Él vive en una mentira.
—Así de extraño funciona el corazón, teniente —admiro. Acaricio el anillo que aún llevo en el dedo—. Si late por un propósito, aunque sea el equivocado, lo hará con toda su furia.
Ojalá él se haya deshecho del collar. No hay magia verde que pueda curar la quemadura que le produciría en su pecho todo lo que yo estoy sintiendo.
—Insistiremos —Maren sonríe. Eleva la mirada hacia el teniente—. ¿Verdad?
—Maren, si él no desea aceptar… —Mim golpea su hombro con suavidad.