Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 30. El festival de las estaciones. #9
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30. El festival de las estaciones. #9

—Lo haré —sonrío decidida—. Porque no podré reprimirla cuando rechace el compromiso frente a todos, y pierdas el honor del que presumes.

—Podría decirte que me apena romper tus ilusiones —Tien adopta una expresión de lástima que transforma en agrado en un solo instante—. Pero prefiero verlo.

—Todos los dioses están presentes, mi padre no podrá obligarme a aceptar el compromiso frente a ellos —me armo de seguridad para revelar la esperanza a la que me agarro.

—Puedes rechazarlo, pero sé que no lo harás —Tien arquea una ceja antes de darse la vuelta.

Entre los huecos de su ropa, encuentra un trozo de papel enrollado que me muestra.

Lo analizo antes de aceptarlo, también su mirada llena de malicia.

Dudo de ello, pero… La curiosidad es más grande que el miedo.

Lo arrebato de sus manos de un tirón firme.

Comienzo a sentir como Eryas me traga cuando recuerdo al príncipe.

Cuando volteo a mirarlo tras leer lo escrito.

“Si no aceptáis el compromiso, su sangre será la primera en teñir el suelo de Eryas.

El norte.”

—¿Qué significa esto? —coloco el papel frente a los ojos de Tien.

—Solo obedece —me indica.

—Antes de ordenar a las criadas y lacayos que comiencen a repartir los asados, frutas y panes, hay algo más que me gustaría anunciar —vocifera mi padre cuando los vítores del pueblo de calman—. Si mi querida princesa está de acuerdo con ello.

Ojeo hacia el norte tal y como señala la nota.

Mi mirada sortea entre los invitados hasta que solo puedo ver los árboles del bosque al fondo.

Agudizo la mirada cuando un bulto sacude uno de los matorrales.

Una figura que los rayos del sol iluminan cuando las ramas de los árboles se mecen bajo el aire, lleva una espada de cruz y armadura de plata.

Otra figura está entre sus brazos. No consigo distinguir quién ocupa el lugar hasta que las alas se despliegan en un intento de huida que fracasa.

Consigue que la espada se eleve hasta colocarse delante del cuello, y el reflejo de la estrella cálida en el filo…

Es Twig.

—Tú decidirás si es más importante el corazón del teniente, tu libertad… —musita Tien entre dientes con una sonrisa—, o la vida de tu querido lacayo.

—Eladriel —brama mi padre con entrecejo furioso—. Ordené que te acercaras.

Me inclino al llegar junto a él. Junto a la señorita. Sujeta mi brazo con fuerza mientras sus labios dibujan una sonrisa en dirección a los dioses, al pueblo.

—¿Comprendes qué debes hacer ahora? —pregunta mi padre mientras hunde sus dedos sobre mis brazos.

—Si no acepto el compromiso, ¿lo matarán? —recupero el aliento el tiempo necesario para perderlo en espera a su respuesta.

—El guardia espera escuchar tu aceptación —asegura el rey.

—Ordena que se aleje de él —trago saliva—. Lo haré.

—Cuando el compromiso haya sido anunciado, el guardia cumplirá con lo que le fue ordenado —el tono de mi padre se endurece a pesar de los invitados—. No tomes a tu rey por ignorante.

—¿Cómo sé que no lo matarás si acepto? —trago saliva solo de pensarlo.

—Tendrás que confiar en tu padre —sonríe.

Cómo podría ni siquiera pensarlo…

—Hazlo —asiento. Trago la súplica porque solo puedo ver a Twig tras el filo de acero.

Mi padre dirige la mirada al frente. Su expresión de felicidad parece adquirida recién, nunca le vi una sonrisa tan amplia como la que le dirige a todos los que están sobre el podio.

—Es un honor para este humilde rey anunciar el compromiso de mi hija, la princesa Eladriel, con el hijo del primer cancilier de mi consejo, Tien Mémberin —revela mi padre. Eleva solo uno de sus brazos por continuar amenazante con el otro.

—Espero que mi matrimonio con el hijo del cancilier traiga buenas nuevas para los reinos —me obligo a decir en voz alta.

El guardia que amenazaba la integridad de Twig lo aparta en un movimiento rápido.

Lo deja caer sobre la hierba. Intento aclarar mi garganta.

Por un segundo, lucho contra mis alas para que no salgan pese a desear ver a Twig y comprobar que su vida sigue siendo vida.

Mis pensamientos se congelan cuando él se levanta y camina apresurado. Parece intacto. Pero entonces…

Mi cuello gira despacio por miedo a encontrar el rostro del príncipe. Supongo que era a esto a lo que se refería mi padre, la princesa Aranel…

Me olvido de todos los que todavía claman alegres por la noticia de mi compromiso.

Mi mirada se centra en cualquier parte de la profundidad de sus ojos.

El silencio entre sus labios quiebra mi alma.

Su cuerpo no hace ningún esfuerzo por comprender qué sucede, pero el mío se parte al gritarle que no se marche.

Que por favor me escuche. Ya no siento el brillo que lo mantiene conmigo.

Acelero el paso entre los altos para alcanzarle, pero mi vida se pierde entre los dioses y sus normas.

Una mano fría, desagradable, sujeta mi hombro. Los dedos de Tien se hunden en mi clavícula con fuerza.

—Acércate, el pueblo nos espera para comenzar la fiesta —me ordena Tien.

—Déjame… —sacudo el hombro para que me suelte.

—Hay guardias sobre fénixes blancos en las fronteras —me advierte con la frente en alto—. Tienen orden de lanzar fuego si os ven juntos, y él sólo tiene un fénix para defenderse…