30. El festival de las estaciones. #7
—Entonces, hacedlo ahora que la fortuna y el tiempo se alzaron a vuestro favor —mi padre eleva el mentón y su sonrisa fingida.
—Debería acudir a los dioses para anunciar el cambio, pero viendo que se encuentran presentes, parece ser un buen momento —Ebhan ladea la mirada hacia Essoi—. Si la venia de la diosa lo permite.
—Os escucho —Essoi abre la mano para permitirle hablar.
—Me siento feliz por anunciar que el teniente Bradosck ya no liderará mis tropas —Ebhan sonríe—. Hemos descubierto que es un miembro más de nuestra dinastía.
—Que el rey Draegor lo desease, no lo convierte en cierto, su alteza —Drieden interviene a pesar de que nadie aquí lo ha determinado.
—El padre del señor Bradosck es hermano de mi padre —confiesa Ebhan sin tensar ni un solo músculo del cuerpo. Por el contrario—. El deseo del rey de Néferien fue que tomase lo que su hermano no pudo.
—Sigue siendo vuestra palabra —sostiene Drieden con altivez.
—Haré entrega de la carta de sucesión que mi padre dejó escrita antes de ser ejecutado —asiente Ebhan.
—Hacedme entrega ahora —Aivtor expande los dedos frente a sus ojos.
Ebhan se inclina. Aparta su capa oscura para buscar entre la armadura hasta que rescata de un hueco perdido un papel antiguo. Lo coloca sobre la mano del dios del agua sin pensarlo dos veces.
—En el nombre de los dioses de Órianth —comienza a leer Aivtor.
“Ejecuto esta sentencia con la misma firmeza con la que nuestros ilustres creadores arrojarán sobre mi cuello el peso de su dictamen mortal.
La honra que debe representar a un rey aún si es en tinta y papel.
No deseo que tras el reposo de mi alma, la desaparición de la de mi amado hermano y la verdad que siempre fue derecho del reino, ruede hacia la muerte como nuestras cabezas.
No abandonaré mi cuerpo sin resucitarla.
Dejo expresadas las razones que me guían en esta decisión para que ninguno de los que nombre, ni súbdito alguno, pueda arrebatar lo legítimo a su dueño.
Que nadie se atreva a asegurar que, mi voluntad, actúa bajo la memoria y la injusticia.
Yo, el rey Draegor II de la dinastía Mistharael y soberano de los reinados de Néferien, hago saber a lo que serán destinados a leer esta carta, a quiénes en el futuro escuchen sobre ella, que tienen el deber de conocer el juramento al que fue sometido este servidor.
Cumpliré con mi última voluntad y revelaré mi herida.
Dejo constancia así de que mi padre, el rey Drakhar Mistharael, estableció una relación con la señora Vesa Bradosck.
Fruto de esa unión, la criatura en el vientre de la criada debía ser designada heredero, pero fue declarado bastardo.
Descubrí el lugar al que habían sido enviados como los peores presos de las mazmorras cuando aún la soberanía me quedaba grande.
Mi devoción por su existencia le insistió en que me acompañase al castillo Carsley, era mi hogar por ese entonces.
El señor Erios Bradosck rechazó la invitación todas las ocasiones.
La fortuna hizo que años más tarde su compañía saciara el vacío que la culpa llenaba por saberlo lejos de su lugar.
El hornero oficial de mi castillo no tenía más ambición que ofrecer un futuro a su hijo.
El que por derecho le pertenece. Por eso, establezco las tierras que por linaje debería gobernar el primogénito del difunto señor de Néferien, al príncipe considerado bastardo, Azohr Bradosck.
El castillo y los pueblos de Émaxor quedan bajo la guarda de su trono.
Quién se atreva a contravenir este decreto, levante arma o falso testimonio sobre el heredero de Émaxor, o ponga en duda la veracidad de mis palabras, será considerado traidor a la corona. Se retirarán los títulos y privilegios del brujo antes de expulsarlo del reino.
Aquí dejo expresada mi tormentosa promesa de silencio para que sea llevada a cabo hoy, y todos los días venideros. Que aquellos que sean nombrados centinelas de este documento velen porque vea la luz, pues en estas líneas se encuentra la justicia del linaje roto de Drakhar”.
—Émaxor es un pueblo de magia negra en ruinas —Vémtix analiza a Azohr apenas llega a su lado—. ¿Acaso eres tú un príncipe de magia negra?
—Mi señora conoce que la magia del príncipe siempre fue la sanadora —Ebhan separa los labios más rápido de lo que Azohr puede.
—Yo no aceptaré ese trono —Azohr coloca la mano delante de Ebhan para que calle—. Continuaré siendo el teniente de Ebhan.
Una arruga se hace con mi frente de forma fugaz al escuchar su confesión.
—Es cierto —acepta Ebhan tras sus palabras—. Aunque viviremos en esas tierras a partir de ahora.
—¿Cómo así? —Drieden adelanta el pie antes de torcer el cuello hacia el rey.
—Trasladamos al pueblo de Brenshire a los pueblos que eran ruinas de Émaxor —sonríe Ebhan—. Desde las horas de la mañana, Nuevo Brenshire será el lugar en el que vivan los sanadores.
—A pesar de no tener un trono en el que sentarme, sigo siendo de la realeza —Azohr levanta su barbilla. Centra su atención en la diosa de la luz—. ¿Dais vuestro permiso para que la princesa de las hadas sea mi pareja de baile?
—Son criaturas de distinto reino, madre —asegura el rey sin remordimientos—. ¿Qué clase de ejemplo sería ese para los pueblos?
—¿Hay una mayor muestra de unidad, que los príncipes de dos reinos que siempre se han mantenido distantes se muestren respeto en un baile por primera vez? —Azohr sonríe. Me sonríe.
—Adelante —asiente la diosa—. Si esa es la voluntad de la princesa Eladriel, los dioses otorgamos nuestro permiso.
—Princesa Eladriel… —Azohr me ofrece su mano. Su comisura izquierda se eleva.
—Será un honor compartir el baile con vos, mi señor —trato de contener la sonrisa y solo esbozar una curva comedida.
Acepto frente al gesto torcido de mi padre.
Si no supiese que el rey ya sabe toda la verdad, este momento conseguiría hacerme sentir invencible.
Aunque lo desee, no ha podido impedir que se acerque a mí en su propio reino.
Ni la presencia de los dioses. Un leve tirón del brazo me hace seguir sus pasos para colocarnos en nuestro lugar.
—¿Sabes cuáles son los pasos de baile? —contengo la risa mientras nos alejamos.
—No —Azohr ríe—. Pero tú sí, y eso es suficiente.
Se sitúa frente a mí con una sonrisa amplia al llegar a su puesto.
Los músicos se preparan para comenzar la canción.
El rey Wild y su esposa se colocan a nuestro lado.
Sujeto el vestido ante las primeras notas, él me muestra su mano en un reverencia mientras yo la tomo para dedicarle la que inicia el baile.
La melodía lo hace retroceder algunos pasos en los que me guía.
Me hace girar para tomar mis manos a la espalda y regresar.
Nuestros dedos se entrelazan cuando los violines impulsan los movimientos.
Las pupilas se unen envidiosas al hacerme girar porque solo desean verlo a él ahora que está cerca.
Acompaño el ritmo con las manos mientras danzo a su alrededor.
—Pensé que no sonreirías hoy después de ver tu semblante tan serio desde que llegué —musita Azohr cuando paso frente a sus ojos—. Y esperaba que lo hicieras después de anoche.
—No iré hoy a Émaxor —susurro desde su espalda—. No sé cuánto tiempo tenga después de este baile para eso.
Azohr me busca con la mirada. Su atención está centrada en mis palabras mientras la música envuelve el ambiente. Deslizo la mano por su armadura antes de unirla con la suya para elevar el brazo y que me haga girar al compás del resto de las mujeres del baile.
—¿No confías en mí? —pregunta Azohr tras posar la mano sobre mi cintura.
—Mi padre ya descubrió nuestros encuentros —me atrevo a revelarle antes de que la melodía nos aleje para el siguiente paso—. Tienes que mantenerte lejos en cuánto termine el baile.
El teniente no puede evitar lanzar una mirada a los dioses antes de entregarse a desafiar a mi padre solo con las pupilas. Incluso con la música, puedo sentir como aprieta sus dientes. Su mano me sujeta con más firmeza que antes. Que nunca.
—No me des información a medias, Eladriel —el príncipe y sus ojos me miran con ira contenida.
—Sabes quién reveló todo, Mim lo ejecutó cuando ya había hablado —acepto su mano cuando la música pasa el siguiente paso.
—¿Qué pasará ahora? —su voz suena más desconcertada que mis propios pensamientos.
—No lo sé —es lo único que puedo decir—. Mi razón me pide mantener la distancia hasta que llegue el momento de marcharnos juntos.
—¿Te rindes, princesa? —su voz suena en un lamento.
—¿Puedo mentirte? Lo he deseado para no tener que perderte —me entrego a su tristeza confiándole la mía—. Pero ya es demasiado tarde para eso…
—¿Debo creerte? —veo como su garganta se mueve—. Te habías alejado de mí antes de decirme lo que sucedía.
—Eso no es cierto —mis ojos lo buscan para negarlo.
—Ni siquiera quisiste mirarme a nuestra llegada —resopla el príncipe con ironía.
—No sé ser valiente cuando sé que puedo perderte —de nuevo, el control se me escapa.
—¿Eso es todo lo que dirás? —aparta su mirada.
—¿Qué más puedo hacer? —mi desesperación oculta solo me quema a mí—. Mantenerte a salvo es lo que me hace estar aquí.
—Suenas a despedida —reclama en voz baja—. No acepté un título para que te marcharas.
—Estoy segura de que no habrá despedidas, Azohr —me esfuerzo por seguir el paso de baile—. Te buscaré cuando llegue el momento.
—Eso no es lo que prometiste —Azohr respira, pero sé que carga molestia.
—Esto no es justo, lo sé —interrumpo antes de que diga algo que nos rompa aún más—. Te quiero, príncipe Bradosck. Más de lo que ningún libro nunca contó.
Mi mano se aferra como nunca imaginé a la suya mientras continuamos con el baile.
Su mano izquierda dirige tras apoyarse con cautela en la cadera.
En este momento, siento que ninguno de los dos podemos pensar en nada de lo que acaba de suceder, sus ojos gritan como los míos cuando la melodía comienza a decaer.
Llevo la mano a su pecho. Su respiración tan cerca consigue enmudecerme, sus ojos recorren la distancia que hay entre la punta de mis dedos y mis labios.
Sus brazos elevan los míos. En un giro, el deseo no titubea en encontrarse de forma fugaz con un beso con la complicidad del baile ahora que el ritmo nos ofrece una tregua.