Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 30. El festival de las estaciones. #6
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30. El festival de las estaciones. #6

Cada uno de los presentes cruzan sus brazos al pecho. Elevan la mirada orgullosos de la figura céntrica de mi padre en el trono. Los músicos se hacen con los primeros acordes.

“La esencia del tiempo donde el sol despierta

levantó Ravenbell como la primera tierra.

Es camino de excelencia.

Tu grandeza el pueblo venera,

la benevolencia de tu rey como bandera.

Leales a los dioses, alma fiera y fiel,

ellos son nuestro orgullo, y su palabra nuestro poder.

El servicio es fuerza, la entrega gratitud,

elegimos la senda de la virtud.

Con espada firme y el señor de guía,

eterno será el legado, que guía nuestra eterna vida.

Leales a los dioses, alma fiera y fiel,

Ellos son nuestro orgullo, y su palabra nuestro poder”.

Callo por respeto a todos los presentes.

El pueblo. No podría corear lo que causa que la repulsión se acumule en mi garganta como si fuera una bola que expulsar de forma urgente.

Esto no se parece nada a las horas de la noche.

A la canción de Émaxor. Esto es reverencia y respeto.

Mi pupilas viajan urgentes, el cancilier Priel hurga bajo la manda de su túnica para descubrir un pergamino sellado con el anillo de mi padre.

Se acerca en pasos cortos para hacerle entrega con la espalda doblada.

—Este día será recordado por traer noticias buenas para el pueblo. Nuevas leyes —anuncia el rey según toma el rollo de papel.

Su mirada se mantiene al frente mientras lo desenrolla con cuidado. Sus pómulos enmarcan una sonrisa antes de convertirme en lo que causa su interés.

—Acércate, querida princesa —la punta de los dedos de mi padre me señala presta.

A pesar de que mi frente se arruga por su cariñoso ofrecimiento, acepto caminar hasta ese papel y su contenido. Mi alma se hiela al sentir que rodea mi cintura. Al escucharlo, sonríe a través de un susurro. Obedezco su indicación.

—Comparte con nuestro pueblo el nuevo edicto, Eladriel —el rey me hace entrega del pergamino con tono amable.

Lo tomo con más cautela de la que me gustaría haber demostrado antes quiénes deben respetar mi voz. Rompo el lacre con más temple del que esperaba al tener la mirada impaciente de mi padre sobre mis manos.

—Edicto real sobre la modificación del artículo IV de supervisión real —callo. Leo en silencio las siguientes líneas.

—Continúa —ordena mi padre entre dientes.

—Las interacciones entre el pueblo y la princesa de Ravenbell serán limitadas y sometidas a custodia con el fin de evitar amenazas contra su integridad —revelo al fin.

—Vamos… —la mano del rey aprieta mi cintura.

—Edicto real sobre la modificación del artículo VII de la protección del trono —trato de que mi tono no se entrecorte—. Cualquier intento de usurpación o conspiración contra el rey, será castigado con pena pública de muerte.

—Bien. Eso es todo —asiente el rey complacido—. La música puede sonar.

Mi padre alza la mano y los instrumentos llenan el lugar de música. El pueblo se vuelca en la fiesta.

Acepto una de las copas de vino que un lacayo de palacio ofrece con la bandeja después de varias aguas perfumadas.

Arqueo una ceja cuando es a mí a quien la impaciencia invade.

Esperaba encontrar a Twig cerca, pero ni siquiera Rune está aquí.

Observo de forma sutil como Tien todavía conversa con el cancilier Rohan a mis espaldas.

Poner los ojos en blanco me hace suspirar.

Vuelvo a encontrar a Lugh y Lynn cerca de las primeras filas para tomar aliento, bajo la mirada hacia la bebida…

Me la tomo de un trago antes de acercarme a mi padre.

—Su majestad —me inclino ante él.

El rey interrumpe su conversación con el dios del agua para dirigir su mentón hacia un lado y prestarme atención.

—Sí… —la ceja que puedo observar del rostro del rey se curva alegre.

—Desearía unirme a Lynn y Lugh durante un minuto, mi señor —susurro con voz suave.

—¿Dónde se encuentra esa pequeña hada? —su comportamiento afable eriza mi piel cada vez más.

—Apenas debo dar dos pasos para encontrarlos —admito sin siquiera permitir que nuestras miradas se encuentren.

—No te retrases, querida, el baile real está a punto de comenzar —el rey baja la mirada hacia la multitud.

—Gracias, mi señor —me inclino—. Será como deseéis.

Dejo la copa sobre la bandeja del lacayo antes de echar mano a las telas de la falda del vestido. Los tres escalones del solio se vuelven escalinatas cuando Lugh clava sus ojos sobre los míos y puedo sentir en él angustia. Sus labios se separan incluso antes de que pueda llegar a ellos.

—Eladriel… —Lynn me mira. Dedica una mirada fugaz a mi padre—. ¿A qué se deben las palabras del rey?

—No vayáis al palacio hoy. No me busquéis —ordeno mientras me aferro a ellos.

—No encontramos a Maren —Lynn echa mano al mío—. Ni a Rani…

—Maren está bien, está en Émaxor —confieso mientras me permito dirigir una mirada a los brujos.

Creo que he cometido un terrible error. Sé que será más doloroso ignorar a Azohr ahora que he podido ver como su sonrisa se expande según conversa con Ebhan.

—Que te calles no lo vuelve más interesante —me reprocha Lugh con cara de impaciencia.

—Podéis visitar a Maren si lo deseáis, sé que no tendréis problema —carraspeo—. Rani… —tomo aire—. A él no podréis volver a verlo.

—¿Dices que la pandereta con patas ha muerto? —Lugh deja caer la cabeza hacia delante. Sus ojos se vuelven grandes de forma repentina.

—Lugh… —Lynn voltea hacia él. Golpea su hombro con fuerza.

—No diré que lo siento… —Lugh estira las comisuras con indignación.

—Lugh —asesto—. Lynn… —aprieto los labios—. Necesito ayuda.

—No lo esperaba… —Lugh sacude las pupilas con fastidio.

—Rani se había aliado con Tien. Él reveló todo lo que sabía sobre mí, sobre los encuentros con Azohr —omito a la princesa Aranel por no dañar a Lugh.

—¿Con quién? —Lynn deja que su voz salga sin pensar en quiénes nos rodean.

—No dispongo de tiempo en este momento, Lynn —sacudo las manos para que me presten atención.

—¿Qué podemos hacer nosotros? —Lynn encoge los hombros confundida.

—Veo tu miedo y no me gusta —Lugh posa la mano sobre mi hombro—. Sabes que no estás sola.

Qué podrían hacer si no sé qué decirles.

No saber que puede suceder me consume más despacio que a las velas de los dormitorios que el alquimista preparó para las reuniones especiales.

Tengo miedo, supongo. Me aterra esta vida y no tenerla.

Me asusta acercarme a Azohr y confesarle lo que sucede, que eso apresure sus ganas de alejarse de Órianth y no poder decirle que debemos quedarnos.

Que pienso conseguir lo que deseo. Pero me atemoriza pensar que calle y me encierren.

Que nunca pueda confesarle cuánto necesito tomar ese fénix y revivir cada instante la luna de anoche.

No sé si podré salir una vez que esta fiesta finalice. No sé si me pondrán vigilancia.

—Buscad a Maren ahora —les suplico casi en un murmullo—. Contadle que mi padre sabe todo, ella sabrá qué hacer si decide encerrarme en Eryas.

—¿Te van a encerrar de nuevo? —Lugh adelanta el pie. Rompe con la poca distancia que nos separaba.

—Sé que me encerrarán acepte o no la propuesta de matrimonio —lucho contras esas lágrimas dañinas.

—¿Vas a aceptar? —su mirada se vuelve severa.

—No hay nada que me hiciese aceptar esa maldita propuesta —paso la saliva para sentir la garganta. Por si es la última vez.

—¿Azohr sabe qué sucede? —Lugh sacude la cabeza para señalarlo.

Las notas de los instrumentos se detienen para indicar el cambio de pieza. La mirada inquisitiva de mi padre se centra sobre mi frente cuando el repiqueteo de los dedos de las hadas suelta las cuerdas de los laudes. Sus bocas se vuelven mudas cediendo al fin de la canción. Asiento obediente.

—Debo acompañar a mi padre —mis manos viajan a la tela mientras me despido.

—Anacardo —anuncia Lugh—. Te cubriré si huyes.

—Con que no te alejes de mí de nuevo, será suficiente —mis labios se unen en una sonrisa tímida. Aunque no sé si llamarlo sonrisa—. Al menos, tú no te alejes.

—¿Quién se atrevería a separarnos? —Lugh eleva las cejas con seguridad.

Me encuentro con el espejo de la ira en la mirada de la princesa Aranel según detengo los pasos a un costado de mi padre.

Su mirada se afila al dirigirse a Lugh. Siento que ya no hablan el mismo lenguaje, el rencor y la decepción acaban de encontrarse en un duelo que no terminará con un simple pestañeo. Estoy segura.

Dedico una reverencia al rey. A Aelfraed.

—Majestad —Tien se inclina ante mi padre acto seguido.

—Estaba extrañado de ver que no os acercabais —sonríe el rey. Coloca la mano sobre su nuca con firmeza.

—Estaba en espera de confirmar algo —asiente Tien—. Todo marcha de forma correcta.

—No me sorprende que queráis unirlo a vuestra hija —el rey elfo esboza media sonrisa. —Os favorece en todo vuestros deseos.

—Sí, por eso es su decisión y no la mía —inclino la cabeza hacia un lado. Sonrío con poca gana.

El rey borra la sonrisa del rostro en cuanto mis palabras resuenan en su oído. Esgrime una mirada de desprecio que resulta ser más de amenaza. La diosa Essoi aparece tras él con su rostro inundado por una agradable sonrisa.

—¿Se formaron aquí las parejas de baile? —Essoi se coloca al lado de mi padre con los ojos puestos sobre mí.

—Princesa Eladriel —la voz de Azohr detiene mi aliento.

Mis pupilas se alzan hacia mi padre. Sus ojos viajan hacia mis espaldas. Volteo despacio al ver que su mano viaja hasta su capa y la aparta de un movimiento para colocarse delante de mí. Ebhan sonríe con calma a su lado. En este momento, ya no puedo escapar de su mirada extrañada sobre la mía.

—Teniente Bradosck —asiento con la voz entrecortada.

—Me gustaría ser vuestra pareja en el baile real —me propone Azohr con una sonrisa.

Debe estar completamente loco si se atreve a hacer esto aquí. Ahora…

—Eso no será posible —sentencia su majestad con una sonrisa que calme los recelos de Essoi a su lado—. El baile real es solo para los miembros de la realeza.

—Perdón, majestad —Ebhan se inclina—. Debo intervenir.

Sí. Lo hará…

—Apenas hemos compartido tiempo en la velada, mi señor, por eso no he podido anunciaros las buenas noticias que traigo desde mi reino —Ebhan eleva el brazo hasta que rodea a Azohr. Su mano descansa sobre su hombro.