30. El festival de las estaciones. #4
Fuera de mí, cualquiera diría que mi padre es un rey tirano. Incluso hay hadas preparando una fuente para que los más pequeños se refresquen y músicos amenizando sus juegos. Flautas que los hacen bailar.
Los guardias separan sus filas para rodear el trono.
Las sonrisas preceden los pasos del rey hasta él, frases de pleitesía que alimentan su poder.
Vitorean que camine entre ellos. Mis comisuras suben por primera vez desde que los árboles dejaron de ser refugio al ver a Lugh y Lynn en los primeros puestos del costado derecho.
Sacudo las pupilas para pedir que no se acerquen.
Aelfraed y la princesa Aranel nos sonríen bajo los escalones del solio en espera de recibir el pertinente saludo protocolario.
—Buenos días, su majestad —Aelfraed, sonriente, dedica una reverencia a mi padre.
—Aelfraed, viejo amigo —la expresión del rey se suaviza en cuánto lo ve ante él. Se ilumina.
Mi padre lo recibe como en cada ocasión. Sus brazos se han estirado prestos para sujetar los del rey de los elfos, darle un par de toques suaves de bienvenida. Sus sonrisas son triunfales. Como si por fin se hubieran encontrado con alguien de tanto interés como merecen.
—Su majestad —se inclina el condestable Silrion.
—Condestable —anuncia su majestad sonriente—. Seáis bienvenido.
—Debo decir que es un honor para mí poder asistir al festival en vuestra compañía —asiente Aendyl con ojos llenos de admiración.
—Es un día especial para todos nosotros —mi padre ladea la mirada rápido hacia Aranel—. ¿No es cierto, querida?
—Será un día que permanecerá en el recuerdo, su majestad —reverencia Aranel.
—Princesa Eladriel —el rey me busca tras Debhrán y sus canciliers—. Acércate a rendir respeto a los cargos de Rhysartyr.
Levanto la tela del vestido de forma ligera para sortear las piedras mientras algunos canciliers se apartan para ofrecerme el paso.
Mi mirada delata mi desinterés. El rey elfo ya ha borrado esa sonrisa que siempre ocupa su rostro al verme, pero Aranel…
Ella sonríe y yo me castigo por no poder hacerlo para que sufran tanto como yo.
—Mi señor… —me inclino ante Aelfraed con una sonrisa mal fingida.
—Princesa Eladriel —Aelfraed asiente. Su ceño se frunce al verme de cerca—. ¿Dónde se encuentra esa hermosa sonrisa que siempre me dedicáis?
—Se fue, su majestad —bajo la mirada—. Me temo que no podrá volver, como la confianza que sentía en vos.
—¡Eladriel! —brama el rey.
—Padre —asesto tras hacer que mis pupilas viajen hacia él.
—Princesa… —Aranel da un paso al frente. Me dedica una reverencia.
—Princesa de los elfos —me inclino ante ella.
—Podemos aprovechar que los hombres se han reunido para conversar a solas —propone Aranel con una sonrisa tensa.
—Os agradezco el ofrecimiento, pero el pesado dolor de cabeza que poseo me obliga a declinarlo —mi pie derecho se adelanta.
—Es una lástima —afirma Aranel tras rodearme el brazo para detenerme—. Esperaba que pudiéramos conversar acerca del teniente de Brenshire.
Mi brazo se mantiene inmóvil entre sus dedos cuando recoloco el pie en la posición en la que estaba. Ella inclina la cabeza al otro lado, a un lugar que nos de espacio para poder conversar. Acepto. Tomo una vez más la tela de la falda para poder abordar los escalones del trono.
—¿Vas a amenazarme con hacerle daño? —mi semblante se estira irónico antes de que ella haya detenido sus pasos.
—No seas tonta, Eladriel, no es algo propio de ti —Aranel pone los ojos en blanco cuando su posición la hace mirarme de frente.
—Te escucho —arqueo la ceja con impaciencia.
—Te inquietabas por mi unión a Lugh hasta que nos separaste —sus labios se sellan con una pena de mentira—. Te olvidaste de ti, y del peligro que corrías.
—No me olvidé, confié en tu palabra —mis ojos se llenan de reproche por su traición.
—Ahora siento lástima por el corazón del teniente —su frente se arruga de forma fugaz mientras suspira.
—Te has inmiscuido demasiado en lo que solo me concierne a mí —sujeto las manos al frente para acogerme al protocolo y no al desprecio por escucharla hablar.
—Eres una princesa, nada te concierne solo a ti —a pesar de que quiera negarlo, ella tiene razón.
Da un paso al frente. Después de dejar que el aire abandone su cuerpo de forma nostálgica al recorrer el alrededor con la mirada, sus labios se guardan entre sus dientes. Su atención se detiene en los reyes, en los canciliers y el condestable. En Tien.
—Estás destinada a contraer nupcias con el hijo del cancilier, tal y como yo me uniré al condestable Silrion —Aranel sonríe mientras lo contempla.
—Te has aliado con la mano que trazaba mi destino solo porque tú no te atrevías a rechazar el tuyo… —siento que la respiración acelerada se hace dueña de mi pecho.
—Tú me has convertido en tu enemiga, yo lo recuerdo —inclina la cabeza hacia un lado con ligereza. Me mira desafiante—. ¿Tú no?
—Alejaría a Lugh de ti cada vez que intentase acercase. No dejaría que te amase incluso si todo tu reino se declarase mi enemigo —mis palabras salen entre dientes y aun así parecen gritos de guerra.
—Entonces seamos enemigas —su frente se inclina. Su mirada se hunde en la mía—. Veamos que sombra se vuelve más grande.
Debo decir que me parece placentero pensarlo.
Si ella decidiese envenenar mi copa ahora y se cobrase así ese desprecio que siente por mi existencia, lo sentiría como un gesto de misericordia por su parte.
Hasta podría llegar a sentir compasión con ella.
Sin habérselo propuesto, su castigo acabaría convirtiéndose en mi salvación.
—Confiesa la verdad a los dioses —mi semblante se relaja para hacerle una súplica—. Diles que me ejecuten, que yo arrastré al teniente Bradosck a este pecado.
—No te daría el gusto de morir solo por cobardía —los párpados de Aranel se separan con burla.
—Tú encuentras más gallardo condenar a quién amas, que protegerlo —su frialdad ni siquiera me causa asombro.
—No es por protegerlo —ríe sin piedad alguna—. No deseas ver su cara al descubrir que Tien y tú os uniréis así le hayas prometido lo contrario.
—Le pediré a él que termine con mi vida si esa es mi última salida —mi rostro vibra con ira—. Prefiero que sean sus manos y no las de Tien.
—¿Crees que se atrevería, princesa? —su risotada se vuelve tan sonora, que parece humillante—. Su vida le importa menos que la tuya, lo hemos visto.
—No sabes lo que alguien enamorado puede llegar a hacer… —me mandíbula se tensa. Camino hacia ella cuando la calma termina por abandonarme.
—Te aseguro que sí —Aranel responde con rabia. Sostiene su mirada sobre la mía—. Tú has destrozado mis ilusiones, yo voy a destruir tus esperanzas.
—¿Así llamas a Lugh? ¿Ilusión? —una sonrisa tensa adorna mis labios a un suspiro de su cara.
—Siempre fui más realista que romántica —resta importancia a mis preguntas mostrándome la mano.
—Es un huracán, princesa —admito—. Esa es la realidad.
—¿Cómo? —el cuello de Aranel se estira.
—Lo que yo siento por Azohr es un huracán —mi mentón se desliza suave hacia abajo. Mi mirada se afila sobre ella—. Pero no uno cualquiera… —sonrío—. Una bestia de la destrucción.
No miento. Ya no me arrepentiría de lanzarme sobre ella y mancillar el trono si se atreve a insinuar que amenazará la respiración del príncipe.
De Lugh o de alguno de los que quiero. Si mi padre decide castigarme por ello, no sería tan doloroso como el regalo que pensó que me imponía con Tien.
No me equivoqué cuando sentí que el amor era un huracán como fuerza de la esencia.
Es Azohr quien lo es. Es mucho más que una criatura que deseo, más que amor.
Él es quién detonó a esta Eladriel y lo que es capaz de sentir.
—Tu pulso tiembla frente a enemigos —ríe Aranel.
—Contigo no usaré un daga, princesa Aranel —mi pecho se llena de aire y advertencia—. Eso sería fácil, rápido, y poco práctico para tener que ensuciarme la conciencia.
—Hace tiempo que juegas a amenazarme, princesa Eladriel —frunce sus labios en una sonrisa de inteligencia—. Ya ni siquiera me estremeces.
—¿Una amenaza? —aprieto los dedos contra la palma de la mano—. Considéralo un presagio y abraza el miedo como tu protector, porque si mi padre insiste en la idea de unirme a Tien, vas a considerarlo piadoso a mi lado.
—No te atrevas a lanzarme esa clase de… —Aranel separa los labios. Su expresión se arruga de ira.
—No te aconsejo hablar más —abro la mano con sutileza, motas brillantes de luz vibran entre ellos—. No tengo nada que perder ahora mismo, Aranel.
La princesa asiente y une sus manos al frente.
Baja la mirada. No sé si ha sido mi poder, o los pasos a nuestras espaldas que indican la presencia de los reyes y canciliers.
Recoloco la postura. Estiro la espalda mientras su majestad ocupa el centro del solio en compañía del rey Aelfraed.
Debhrán se coloca a su izquierda. De reojo contemplo como Aranel y el condestable toman la misma posición que la mía, observa al pueblo cerca de las espaldas de su padre.
De forma sutil ladeo las pupilas sobre el hombro.
Tien conversa con Drieden en el extremo de la fila que han formado tras nosotros.
Los invitados más importantes para mi padre acaban de llegar.
La elegancia con la que los dioses descienden en sus carruajes dominados por los ciervos negros de obsidiana, nadie podría negarla.
Ángeles custodian sus flancos. Los rayos de sol se reflejan en los guardianes tras la comitiva que lleva sus armaduras ceremoniales.
Todas las rodillas del pueblo tocan el suelo.
Las nuestras se doblan en una reverencia cuando las ruedas doradas llegan a tierra y solo se recomponen ante el chasquido de la puerta.
—Buenos días, reyes de Órianth —sonríe la diosa Aphaea mientras los demás se apean.
—Sed bienvenida, guardiana soberana de la sabiduría —mi padre yergue la espalda ante ella.
Reiría ante su tono de emoción por dedicarle reverencias a alguien que no sea él mismo frente un espejo.
—Querido Aelfraed… —Aphaea dibuja una amplia sonrisa. Estira la mano al rey de los elfos.
—Madre creadora —Aelfraed la toma de inmediato. Besa su dorso sonriente—. Es más que una alegría compartir con la más bella de los celestiales este hermoso día.