30. El festival de las estaciones. #3
—Dejaría que perdieras el aliento entre mis dedos si no fuera porque te necesito para que mi linaje continúe a riesgos de que ese pequeño de mi mujercita no sea tan mío como asegura —el rey hunde la punta de los dedos alrededor de mi garganta—.
Los dioses no preguntarían por tu castigo si ellos mismos te ejecutarían por pecadora.
Siento la mano de Twig sobre la mía. La aprieto cuando tiembla.
—Esa decisión no es propia de quién desea conservar su trono —mi voz lucha por no quebrarse.
—Vas a acatar mis órdenes como el resto de mi reino si no deseas mantenerte en el calabozo—el rey despega con suavidad sus dedos—. Harás lo que te ordene.
Eleva la frente. Deja caer los brazos con cuidado según un par de pasos lo hacen retroceder. Sostengo la tela del vestido para alzarla. Me dejo de caer de rodillas, apoyo las manos en el suelo.
—Debéis tomar venganza por mi desafío antes de que yo lo haga —mi frente se alza firme.
—Sufrirás, princesa —su majestad detiene el paso ante mis palabras—. Esa será mi venganza.
—No podéis hacerme más daño —apenas muevo la cabeza para negar.
—Te alejaré de ese teniente —su amenaza se siente como si fuera una premonición—. Aunque no seré yo quien termine con su vida.
—¿Acaso esperas que lo haga Tien? —mis ojos lo buscan con furia.
—Lo harás tú —mi padre asiente sonriente.
—Prefiero enfrentarme al hijo del cancilier —sentencio.
—No es necesario que la sangre abandone el cuerpo de esa criatura podrida para que muera —su comisura izquierda se eleva.
—Yo me concederé la muerte antes si vos no lo hacéis —dejo que las lágrimas abandonen con más rabia que nunca mi conciencia.
—¿Consideras necesario enviar guardias a vigilar tus pasos a cada segundo? —sus cejas se elevan prestas—. Ordenaré que vigilen tus entradas a las letrinas. Custodiarán tus sueños si en ellos intentas desaparecer.
Todavía mis lágrimas están suplicando por mi muerte cuando se aleja.
Estira el brazo de forma elegante para que Debhrán lo acompañe.
Apenas acepta, los guardias que custodian la puerta principal abren para que la fila que encabezan pueda salir tras ellos.
El cancilier Drieden se permite desenvainar una sonrisa más humillante que cualquiera de las palabras de mi padre.
Veo gestos de misericordia en el cancilier Evander a pesar del pecado que sabe que he cometido.
—Princesa —el cancilier Tons se inclina.
Su mano se tiende frente a mis ojos. Acepto su ofrecimiento.
—Agradezco vuestra bondad, cancilier Tons —mi mirada se aparta con algo de vergüenza.
—No debéis preocuparos, mi señora —sus ojos viajan hacia el grupo, ya algo más alejado—. No comparto las decisiones de su majestad.
—¿Decís que debo confiar en vos? —dejo caer la tela del vestido antes de espetarle una mirada de sospecha.
—Eso lo dejaré a vuestra elección —acepta con tono amable—. Vuestra madre me confesó lo sucedido antes de que le arrebataran el alma.
—¿Vos también me aconsejaréis marcharme del palacio como hizo ella? —arrugo la frente por un segundo antes de iniciar la marcha.
—No. Ella también me advirtió de que eso impediría nuestro acercamiento —sujeta sus manos al frente para recolocar la postura al situarse a mi costado—. Pero puedo ayudaros con lo que buscáis.
—¿A qué os referís? —arrugo el entrecejo.
—El comendador Virindi me confió lo sucedido con los bastardos —entre dientes, el cancilier confiesa—. Hace días que trato de conseguir la alianza con la diosa de la oscuridad, pero no recibo respuesta de Benea.
—¿Qué clase de tierras son esas que no aparecen en los mapas? —aprieto el ceño con más recelo que antes.
—Hay mapas que los dioses prohibieron hace milenios —Evander sella los labios.
Su brazo se desdobla amable para ofrecerme el paso al llegar a la reverencia de los guardias centinelas que custodian la verja de la pasarela.
—La isla de Benea es gobernada por la hermana de la diosa Essoi —la voz vuelve a salir del cancilier cuando sus alas se despliegan.
—¿Quién? —separo los párpados ante su afirmación.
—La diosa Amatara visitó Ravenbell en sus primeros años como anhelo cumplido por el dios padre Azabel —el cancilier detiene su impulso de volar—. Pasó años en compañía de su hermana hasta que se distanciaron.
—¿Qué las distanció? —devuelvo la mirada al frente. A lo lejos—. ¿Fue mi padre?
—Ella se enamoró de un hada y huyeron a las profundidades —siento como Evander planta su mirada sobre mí—. Tienen hijos. Controlan un ejército a su voluntad.
—Pero si esas tierras no aparecen en los mapas que conocemos, cómo podremos llegar a ellos —suspiro.
Admito que tengo pocas esperanzas y eso me hace condenarme.
—No aparece en los mapas del profesor Glimmer ni en los que el pueblo puede ver, pero sí en los que el consejo tiene en su poder —Evander mantiene su rostro impasible tras lanzar semejante noticia.
—¿Hay reinos que tienen conocimiento sobre la existencia de estos mapas? —pregunto incrédula.
—Princesa Eladriel —su tono se vuelve severo—. Ya conocen la relación que tenéis con el teniente, ya estáis en peligro, cualquier paso en falso que deis será el último.
—No me refería a los brujos, cancilier Evander —bajo la mirada con la voz cogida por la timidez—. Cualquier reino necesitará aliados si esos soldados muertos que mataron a mi madre continúan apareciendo.
—Él también estará en peligro —Evander me ignora sin vergüenza—. No solo tendrá que enfrentarse a los soldados muertos, también a los vivos de Eryas.
—¿Cómo tenéis esos mapas en vuestro poder? —sacudo la cabeza en un gesto de rechazo.
—Los dioses temieron que controlar a sus criaturas fuera imposible si se revelaba toda la información —el cancilier resopla. Eleva la mirada a los primeros metros de bosque.
—No puedo callar sobre esto, cancilier —trago saliva—. Los soldados de Eryas irán a Néferien de todas formas, tengo que darles la oportunidad de buscar ayuda.
—Podéis hacerlo. Contar todo y salvar Néferien —las pupilas de Evander viajan hasta mirar de reojo—. Salid y condenad al teniente ante vuestro padre.
—Cómo pude confiar en Aranel… —mi mirada cae abatida.
—No fue ella quien reveló la unión con el señor Bradosck —las palabras del cancilier me hacen buscar su mirada. Que confirme si lo que dice es cierto.
—¿Tien? —arqueo las cejas.
—Un joven llamado Rani acompañó al hijo del cancilier al consejo —confiesa el cancilier con expresión inquieta ante mi reacción apresurada.
—Desprecio a esos malditos ignorantes —mis dientes rechinan de la ira.
—Si el cancilier os escuchase referiros así de su amado hijo… —sonríe.
—Si el cancilier supiese qué le ha sucedido a Rani… —tenso la mandíbula.
—Si lo descubre sabrá que habéis sido vos —su cabeza se inclina para lanzarme otro aviso. No sé cuántos van ya.
—Me gustaría hablaros con total franqueza —tomo aire—. Me marcharé de Órianth y no voy a dejar que nadie se interponga en mi decisión de elegir al teniente.
—¿Qué haréis con el ejército que ahora os sigue? —amplía la sonrisa.
—No deseo abandonarlo, pero él morirá… —por primera vez, siento que me duele cuando el pecho se me encoge por miedo.
—Los dioses os vigilarán —su mano rompe el protocolo para sujetarme la mía—. Aranel sí reveló la búsqueda de archivos, que entrasteis a la ciudadela… —me mira con angustia—. El rey intercedió por vos, pero os expondrá si os marcháis y no habrá juicio que impida tu muerte.
—Esperaba que descubriera todo eso en algún momento —mi tono se vuelve determinante sin que pueda hacer nada.
—Os culpa de los carteles —aprieta su mano como si así pudiera convencerme.
—No pediré a mis hombres que dejen de hacerlo —estiro una sonrisa confiada.
—No actuéis sin precaución, al menos —Evander resopla—. No deseo para vos ni para el pueblo el mismo destino que tuvo la reina.
—Cancilier Evander —anuncio con rabia. Dejo escapar el aire con fuerza—. Perderé la cabeza de cualquier forma.
—Actuad para no perderla —me sugiere como si eso iluminase la mente oscura de mi padre. O de los creadores.
—El ejército de fénixes de Ylros viaja hacia Brenshire en estos momentos —mi ojos se centran en los suyos—. Estarían condenados de no haber sido avisados.
—¿Fue Rani? —el cancilier sostiene los labios entre los dientes.
—Ha sido ejecutado —revelo con culpa.
—Fue la mejor decisión, mi señora —asiente de una sola vez.
—Compartí mesa en muchas ocasiones con él… —mis labios se aprietan con remordimiento—. Siento culpa por cargarlo en mi conciencia.
—Eso habla de vuestra compasión. Me alegra verla tras todo lo que habéis tenido que vivir junto a su majestad —su sonrisa se vuelve alegre. Tierna—. Pero no olvidéis que quién se sentaba en esa mesa era vuestro enemigo.
—Desearía que no hubiera ejecuciones —me aclaro la garganta para desprenderme del lastre pesado que cargo.
—Estáis a punto de comenzar algo más grande que una guerra. Esos planes que tenéis… —Evander me mira con un brillo que jamás habría esperado en alguien tan cercano a mi padre—. Debéis estar lista para destruir.
Tomo su consejo y guardo silencio ante el bullicio que comienza a escucharse.
Desvío la mirada hacia la comitiva que va delante.
Los canciliers comienzan a descender antes de que las primeras criaturas que celebran formando jaleo aparezcan frente a nosotros.
Evander asiente como despedida a pesar de que se mantiene a mi lado.
Hasta su semblante cambia. Entrecierro los ojos a la luz violácea de las gemas que se cuela entre las hojas de las tupidas copas.
El pueblo enmudece en un instante. Se abren cuando mi padre atraviesa los árboles para permitirle el paso hasta el otro lado.
Las hadas se alejan del solio para ofrecérselo vacío.
Los lacayos han detenido sus funciones junto a las mesas de roca donde colocan la comida y bebida que su majestad ordenó traer para ellos.
Me enfurece que solo le importe que sus estómagos reciban algo reconfortante que los llene a cambio de reverenciar su existencia el día de hoy.
No hay hueco libre para tanta ostentosidad.
Demasiadas flores de temporada, antorchas de oro con figuras grabadas…
Al menos, las guirnaldas guardan algo más de sobriedad.