Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 30. El festival de las estaciones. #2
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30. El festival de las estaciones. #2

—Quiero que accedas al cuarto de Elm. Que busques un mecanismo, algo que sirva para acceder a una sala oculta —tomo aire con profundidad—. Y quiero que utilices la oscuridad para ello.

—¿La oscuridad? —frunce el ceño. Busca la mirada de Twig.

—Creo que es la clave para poder encontrarlo —asiento—. Es imprescindible que seas rápido, necesito las monedas del interior si Debhrán acepta mi propuesta.

—Iré al trono del bosque cuando tenga novedades —acepta Mylo de inmediato.

—Estaré acompañada por mi padre, su comitiva de canciliers, y Tien. No es un buen momento —niego. El tedio gana a mi aliento y lo controla—. Puedes comunicarte con Lugh, acercarte a él no levantará sospechas.

Determino junto a Mylo los puntos imprescindibles antes de que se retiren.

Me enfundo el traje pomposo por el que discutí con Twig durante horas apenas se marchan.

Solo accedí a ponérmelo porque aseguró que ese pequeño detalle mantendría tranquilo a mi padre el día de hoy.

Preparo mi cabello tal y como indicó para asentar la corona.

Contemplo mi apariencia para convencerme de ella antes de salir del cuarto, practico la calma.

Recibo la reverencia del nuevo guardia que custodia la puerta apenas mis pies pisan el exterior.

Sujeto el vestido al borde de la escalera.

Apenas en dos pasos puedo percibir eco de voces y pisadas en la galería principal.

Todavía no he llegado a los últimos escalones cuando puedo escuchar a mi padre bramar por haber tenido que esperar a que su lacayo llegase a cumplir sus peticiones.

Rohan, Cáladin, Drieden y su hijo guardan sus espaldas.

Contemplo a la señorita Debhrán con la mirada, luce tan hermosa como el rey orgulloso por la nueva pieza real que presentará ante los pueblos.

El cancilier Tieran parece tener una conversación interesante con Priel, Koa y el resto.

Todos se han engalanado con sus túnicas blancas y doradas propias del día de la celebración.

El cancilier Evander es el único que me dedica una sonrisa de forma amable al verme aparecer que respondo con el más cálido gesto de princesa.

—Majestad —doblo las rodillas en una reverencia hacia mi padre.

Con una lentitud que asusta, el rey ladea el cuello hasta que su pupila puede verme con claridad a través del rabillo del ojo. Estira su comisura izquierda hacia abajo. Aparto la vista en un intento de disimular el gesto de desprecio que mi nariz me pide hacerle.

—Princesa —el cancilier Drieden se adelanta a su majestad con media sonrisa dibujada—. Debo admitir que ese vestido realza la belleza que vuestro uniforme oculta.

—En tal caso, podéis deducir por qué no me agrada usarlo —sujeto las manos la frente.

Parece que esta conversación sí es lo suficiente interesante para el resto de criaturas. Aunque todas parecían ocupadas a mi llegada, acaban de centrar la atención en nuestro reconfortante saludo de buenos días.

—Entonces dejadme deciros que es un honor para mí que lo luzcáis hoy en mi presencia —declara Drieden.

Quizás es que su tono de sorna solo lo percibo yo.

—Estoy segura de que habrá otras visitas que os gratificarán mucho más que estas vistas tan simples —aprieto una sonrisa entre los dientes.

—Deberías estar agradecida de que tu belleza continúe resultando reconfortante a alguien importante y respetado a pesar de los rumores que llegan al palacio —mi padre aparta su capa. Voltea de un movimiento.

Rebasa al cancilier Drieden estirando el brazo y dando un par de zancadas.

—Pierdes tu juventud, y tu futuro depende de ello —la mirada del rey se vuelve inquisitiva.

—En tiempo de antaño diréis, padre —ni siquiera sacudo las pupilas ante su gesto de intimidación—. Ahora puede depender de vuestros nuevos herederos.

—¿Acaso un príncipe que ocupe el trono te libra de tus propios deberes? —el rey inclina la cabeza en un gesto de amenaza—. ¿Eso creéis?

—Un príncipe hará que sonriáis —mi mirada se pierde en su desafío—. Espero que los dioses os lo concedan. Que busquéis una buena esposa para él cuando deba sentarse en el trono.

—Así un nuevo heredero se sentase en mi trono junto a la reina más obediente, no permitiré que mi princesa continúe recorriendo caminos inciertos —confiesa con el labio superior elevado—. No deshonrarás mi nombre.

—¿Caminos inciertos? —contengo el aliento.

En ocasiones he sentido el deseo de perder el control, pero esa sensación ahora… Cierro los dedos a pesar de que siento que se escapa de mis manos sin remedio. Quiere que me derrumbe y confiese antes de que todo se pierda.

—Reconozco que tenéis más ingenio que vuestra madre, pero seguís siendo una mujer —ríe el rey con quietud absoluta.

—Mi señor… —mi mandíbula inferior cae en un intento de defensa.

—Conozco quiénes son tus aliados, princesa Eladriel —asesta mi padre con el ceño tomado por una rabia silenciosa más poderosa que esa que puede bramar—, pero tú no conoces todos los míos.

El mundo hace silencio. Mi padre inclina la frente hacia delante sin que ese gesto enturbie su sonrisa de triunfo.

—La princesa Aranel reveló tu cercanía con el reino de los brujos —al fin, el revela quiénes son esos aliados.

—¿Aranel? —aclaro mi garganta como última medida—. Nuestra distancia cada vez es más grande.

—Pensé que fue vuestra cercanía la que te hizo sonreír el día que te propuso ese cuarto en la ciudadela real —a pesar de que mi padre arrugue la frente, sé que ya no guarda sospechas.

—Acepté por el rey de los elfos —mi tono se vuelve nimio. Casi imperceptible—. Aprecio al rey Aelfraed, lo sabéis.

—El rey Aelfraed solo vino a este palacio porque esas fueron mis órdenes —su frente se eleva.

Nunca pensé que habría un momento donde no querría preguntar por qué. Pero tantas veces pensé que no llegaría ese instante que luego determinó mi vida…

—No debí escuchar las palabras de vuestra madre —se lamenta mi padre con labios temblorosos por ira.

—Os lo advertí, mi señor. La reina había perdido el poco juicio que contenía en sus últimos años —Drieden sabe exactamente el momento en el que tiene que abrir la boca para ganarse aún más mi desprecio.

—No dejaba de insistir en que enfermaría con esa vida, en que debía buscar la ayuda del rey de los elfos… —las quejas de mi padre no guardan protocolo.

—Nuestra reina era demasiado sensible, mi señor —expone el cancilier con el cuerpo relajado y semblante de pesar.

—Por eso establecí una reunión con Aelfraed y la princesa antes de que acudieran a la cena —la voz de mi padre se eleva sobre Drieden.—. Aseguró que sabría como ganarse su confianza y yo le creí.

—Su majestad la reina no podría ganar a vuestra gran capacidad de pensamiento —asiente el cancilier con ojos brillos y tono tenso—. Pero el rey Aelfraed advirtió…

—Tú dijiste que esta alianza con la princesa sería suficiente para convencerla de unirse a tu hijo —recrimina el rey con tono de juicio.

Su majestad voltea. Su capa viaja solemne tras él mientras un par de zancadas lo acercan al cancilier.

—Aseguraste que debía acercarse a ella fuera de estos muros. Que lejos de mi imposición acabaría comprendiendo que debe aceptar su unión —brama el rey a un palmo de sus ojos. Su nariz se encoge por la furia.

—Recordad, mi amado sire, por los dioses —Drieden sacude las pupilas sobre las de mi padre—. La princesa elfa estuvo de acuerdo en que la unión con Tien era la verdad para la princesa. Sentarse en un trono.

—Os advertí que esas estupideces sensibleras no sirven —mi padre separa las fosas nasales.

—Aranel fue quien insistió en que debíais hacer una concesión con la princesa, que un tono dulce sería suficiente —insiste el cancilier a pesar de que su boca apenas se abre.

—¿Y qué resultado obtuve? —un rugido del rey empaña la mirada del cancilier—. Mi princesa se involucró con uno de los brujos.

A pesar de que veo a todos a la misma altura, mis rodillas tiemblan como si se hubieran desvanecido tras sus palabras. Mi respiración se contiene en el centro del abdomen. Quema.

—La princesa aún está en este palacio —sostiene Drieden de forma insinuante.

—Padre… —niego—. No.

Mi voz parece agitar sus pensamientos. Su pie izquierdo gira lento, aparta la capa con la rodilla al adelantarlo. Apenas camina, pero me mira profundo. Con tanta decisión…

—Tu vida es mía desde que naciste, princesa. Me perteneces hasta que la última gota de mi linaje corra por tu cuerpo —la advertencia de su majestad cala en el fondo de mis huesos—. Y eso incluye tus decisiones.

Debería de enfrentarme a la impotencia, a la frustración que impide a mi mente pensar sin un nudo en el estómago.

Ni siquiera siento desprecio por mi padre a pesar de que es él quien me mira de frente.

Tengo el nombre de la princesa recorriendo mis pensamientos con tanta furia, que podría quemarla con un pestañeo mal controlado.

Sus intenciones… Aun no conocía a Lugh cuando quería que mi padre consiguiese sus propósitos.

—Olvidadlo, padre —doy un paso hacia él. Inclina la frente para mirarme a los ojos—. O pasaréis el día del festival disgustado por la negativa.

—Te unirás al joven Mémberin —el centro de las pupilas del rey me desafía. No pestañea.

—Prefiero ser sometida a juicio público por mi unión con el teniente —sostengo su mirada así el protocolo diga que mi comportamiento es insolente.

—Eres una súbdita de mi corte, acatarás mis órdenes como el resto —su semblante se tensa para recordarme mi lugar.

—Sé cuál es el castigo por negarme a aceptarlas —asiento—. Quiero la muerte.

—Nunca —el aliento de mi padre me roza la nariz—. Antes destruiría Órianth para borrar tus ilusiones.

—¿Deseas ser testigo de mi eterno sufrimiento? —un par de lágrimas de impotencia comienzan a empañar mis ojos.

—¿No lo comprendes? —sonríe. Sus ojos bailan sobre mi intranquilidad—. No puedo desprenderme de ti.

Su mano se estira veloz hacia mi cuello. Cedo a la vehemencia con la que me aparta. Yo solo pienso en la libertad de elegir morir antes de compartir lecho con el hijo del cancilier.

—¿Por qué? —mi instinto me pide hablar y provocar su ira si así me da muerte ahora—. Has arrebatado vidas inocentes, ¿por qué no la de tu enemiga?