30. El festival de las estaciones.
(Eladriel)
Paso con pena las hojas que faltan para terminar el cuaderno de Elm.
Casi es el fin. Reconozco que me pareció un castigo encontrar a Twig frente a mi cama con el libro entre los brazos y cara de responsabilidad.
Después de la fiesta, la noche con Azohr…
Deseaba que mis párpados se pegaran a la almohada y no a la tinta.
Si hubiese sabido todo lo que encontraría en el interior, no hubiese esperado tanto tiempo para perderme entre sus líneas de sabiduría.
Las primeras páginas me hicieron sentir remordimiento.
Elm acababa de dejarnos y yo me atrevía a leer los recuerdos que con anhelo había decidido guardar para sí.
Sabía que encontraría secretos sobre mi padre.
Sus canciliers. Imaginé que detallaría el amor que procesaba por mi madre incluso si nunca vi un gesto que pudiera delatarlo.
Por fin puedo suspirar al confirmar que ella albergaba los mismos sentimientos.
No hizo falta que se dijeran cuánto se anhelaban, la devoción profunda que él sentía era evidente en la forma en la que sus ojos se posaban sobre su reina.
En cómo se preocupaba por su sonrisa. Temblaba cuando el rey la corregía, sus rodillas me suplicaron la última vez que fue encerrada…
Mis ojos se empañan. Nunca podría juzgarla, se enamoró de quién le ofreció algo de calidez con la mirada.
Sonrío. Al menos, tuvo visiones de felicidad entre la oscuridad triste y dolorosa que ocupaba sus pupilas.
Carraspeo hacia el final. Trato de contener las comisuras cuando se agitan rebeldes por el contenido. He de reconocer que hay ciertas cosas que no esperaba descubrir, y me apasionan…
—¿Alguna vez Elm te mencionó algo sobre todo lo que escribió en este cuaderno? —levanto la vista del papel para fijarla en Twig.
Me observa recto desde el borde de la cama. No se ha movido de ahí en horas.
—Solo algunos detalles —confiesa Twig sonriente por poder separar los labios al fin—. Admito que, otros, han logrado sorprenderme tanto como a vos.
—¿El romance de la profesora Ilta? —una sonrisa juguetona se dibuja sin remedio en mi rostro.
—Sin duda —asiente Twig con párpados estirados.
—No podría haber imaginado sus inclinaciones románticas —mis cejas se elevan de forma fugaz antes de devolver la mirada a las líneas—. Confieso que ahora la admiro todavía más, que hace unas pocas horas.
Una arruga toma mi entrecejo al verlo tomar asiento.
Contempla cómo leo con la espada tiesa y las manos en descanso sobre su regazo.
Alzo la vista al cabo de un rato para comprobar si se mueve, si su postura tiembla por el tiempo que ha permanecido inmóvil.
Su chaqueta está impoluta. No hay arrugas por descanso.
Me sorprende cómo puede permanecer así por tanto tiempo.
—¿Creéis que eso explique la distancia entre la profesora y la reina en los últimos años? —Twig interrumpe mi lectura para lanzarme una pregunta interesante.
Tratándose de mi madre, cualquier motivo podría ser el detonante de esa distancia.
—¿Crees que ella la rechazaría al enterarse? —dejo caer el libro sobre las piernas—. No sería propio de ella.
—Mi señora siempre tuvo intenciones de buen corazón… —sonríe Twig.
—¿Dices que se alejó para protegerla? —encorvo la espalda. Me inclino hacia delante con interés.
—No solo de los dioses, quizás deseaba cuidarla de su majestad —afirma con tanta seguridad, que parece saberlo de primera mano.
Mi sonrisa se vuelve tensa. Esbozo un gesto mínimo de negación, mi frente se arruga irónica al pensar en mi padre.
Si él descubriese que una de las cabezas principales del senado académico de su reino sostiene una relación con la reina de los brujos…
Derribaría Carsley de un solo bramido. Qué sorpresa más agradable.
Yo que veía a Ilta como alguien demasiado cobarde para enfrentarse al rey, y su alma es capaz hasta de desafiar a los dioses si se lo propone.
Ladeo la cabeza hacia la pequeña mesita de la cama.
Las palabras del gran hechicero acerca del collar que la profesora me entregó comienzan a resonar en mi mente.
Efaris es la encargada de custodiar la fortaleza de Borh, ella tiene permitido el acceso sin permiso de los creadores.
Puede que mi madre se encerrase en la mente de mi padre hasta convertirse solo en su pensamiento, pero todavía sostenía algo de luz.
Ellas se querían. La tristeza la asoló cuando la profesora no volvió a pisar este palacio.
Y los últimos años… El rey perdía los pocos destellos de esencia que le quedaban.
Primero se hizo con la libertad de la reina y gobernó junto a su reino a su mayor miedo.
Sin remedio reinó sobre la mía. Si Ilta no se hubiese alejado, si hubiese insistido en permanecer a su lado, también se hubiese hecho con la suya.
Y ni qué decir tiene que la del reino de Néferien sería solo historia.
—Los dos sabemos que mi madre no pudo traicionarla —mi mirada se pierde en los recuerdos donde las veo juntas.
—Mi señora nunca la traicionaría —Twig baja la mirada—. Pero tal vez, sus encuentros comenzaron a ser peligrosos.
—¿Por qué? —lo convierto en el centro de mi visión.
—Porque este palacio siempre ha estado lleno de ojos y oídos de nuestro señor —me recuerda Twig elevando el mentón.
—Quizás callaron y fueron leales a mi madre —me encojo de hombros—. La profesora estaría muerta de ser de otro modo.
—Hubo un tiempo donde guardias eran leales a la reina antes de que vuestro padre tomara el control definitivo de la corona —insiste en evocar épocas pasadas.
—Todos vimos cómo el rey comenzó a comportarse de forma extraña —cierro el cuaderno mientras tomo aire—. Él estaba seguro de que ella tenía intenciones que terminarían con su poder.
—¿Y cuáles podrían ser? El rey decidió convertir sus aposentos en el único lugar que visitar —Twig arruga la frente en un gesto de obviedad.
—Quizás algo que esconder en la sala secreta de la que habla Elm —aseguro sin pestañear.
—Su alteza siempre fue perspicaz, como vos —resuelve Twig. Estira las comisuras de los labios hacia abajo—. No me sorprendería que tuviera lugares ocultos en los que trazar planes hasta que el rey decidiese oscurecerse todavía más.
—Admito que fue inteligente, eligió el cuarto de un lacayo para construir una sala oculta —sonrío—. Nadie buscaría cosas preciadas entre cuatro mudas.
Es evidente que mi madre era bastante más aguda de ingenio que mi padre. Que cualquiera de sus canciliers. Ellos subestiman a Elm, a Twig. Los desprestigian cuando están en su presencia por ser simples lacayos, pero no comprenden qué relación nos une a ellos. Qué haríamos los unos por los otros.
Elm estaba dispuesto a tanto, que pasaba las noches sentado en vigilia de esa sala secreta.
Custodiaba sin quejas que aquello que la reina ordenó ocultar no fuese descubierto por alguna criatura que aliada con la oscuridad, el silencio y el tiempo entre sueños, para destruirlo.
Y estoy segura de que mi madre solo ponía en riesgo la vida de su enamorado por una razón de peso.
—Elm revela que el mecanismo para acceder no puede observarse a simple vista —Twig se pone en pie. Estira su chaqueta—. ¿Cómo podremos encontrarla sin descubrirlo primero?
—Creo que es más sencillo de lo que parece —aprieto los labios. Releo el texto donde Elm plasmó la verdad de la sala—. Explica que no puede observarse a simple vista. Entonces hay que cambiar la forma en la que ve un hada.
—¿Qué decís? —Twig se llena de confusión.
—Utilizamos la luz para ver. El sol, las velas, las antorchas… —suelto el libro a un costado para impulsarme de forma ágil—. Entonces usaremos la oscuridad.
—Pero no veremos nada de lo que haya en el cuarto —Twig niega. Su mirada se desvía pensativa.
—Eso es —sonrío—. Si no se muestra a simple vista, es porque no desea que lo busquen. Esperaremos a que se muestre solo.
Twig apenas separa los párpados al comprender mis palabras cuando un golpe ligero y preciso hace ladear mi cuello con precisión hacia la puerta.
—Adelante —ordeno.
Mylo separa la hoja de forma decidida. Aparece con una reverencia.
—Mi princesa —anuncia Mylo con tono enturbiado.
—¿Todo está bien? —arqueo una ceja al escucharlo hablar.
—Traigo noticias sobre la señorita Debhrán y nuestro señor —ladea la mirada hacia Twig. La deja caer al suelo.
—Puede que guardes silencio, pero tu expresión revela todo —suspiro por el temblor de mi estómago al ver que se presentan más problemas.
—El rey le otorgó la libertad —sentencia Mylo sin misericordia—. Hará oficial su compromiso con ella tras el discurso del rey Aelfraed en el festival de estaciones.
Cuando Tien confesó que Debhrán dejaría de ser una esclava para convertirse en reina, ella aún no sabía que Eseo vivía y está bajo mi protección.
Él dijo que lo hacía porque era su objetivo desde que ese pequeño nació, y no le creí.
Me confié. Quise pensar que ella accedía a sus planes porque era la única oportunidad de reunirse con su hijo de una vez.
Que era la única forma de salvarse y salir de la celda con nombre de descanso en la que la tenían encerrada.
Nunca le reclamaría. Incluso si pide un lugar a mi padre después de que haya bajado hasta sus intimidades y solo así sanan las heridas de su corazón.
Si le hicieron creer que ya no tenía esperanzas y le ofrecieron la vida de mi madre…
Quién no desearía llevar coronas después de haber lucido harapos.
Pero yo le hice saber que estaba vivo, que aún tenía una salida.
Envié a Mylo a confesar que la espera, y ha decidido mostrarse impasible ante la noticia.
—Twig —mis pupilas se mueven con urgencia hacia las suyas—. Búscala. Dile que deseo reunirme con ella a solas.
—Ahora debe encontrarse en los aposentos reales —anuncia Twig. Sujeta sus manos a la espalda—. Su majestad se prepara para el comienzo de las fiestas.
—Entonces anúnciale mi petición cuando la veas y no olvides que decir que debe ser a solas —indico mientras me apresuro a guardar el cuaderno en la bolsa para llevarlo a Émaxor en las horas de la noche.
—Como deseéis —se inclina Twig.
—Mylo —volteo. Camino hacia él —Tengo una misión importante que encomendarte.
—Os escucho —Mylo inclina la cabeza con un gesto divertido.