Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 29. Fiesta pagana. #8
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29. Fiesta pagana. #8

Eladriel transforma la cercanía que ahora nos une, en un delicado gesto. Como su piel. Acaricia un lado de mi cara antes de besarme. Toma la punta de mi barbilla entre los dedos y su sonrisa se vuelve apacible. Su mirada sincera se reposa sobre la mía.

—Me gusta el teniente —la princesa utiliza ese tono dulce que no pude encontrar en otro lugar—. Pero…

—¿Pero? —arqueo las cejas. Sujeto su mano para besarla—. ¿Hay peros?

—Quiero descubrir al príncipe —sus ojos brillan anhelantes—. Y solo por una noche, ser su princesa.

Aparte de que su comentario contiene mi aliento, aviva la necesidad de responder a su mirada encendida.

—Una princesa… —elevo las comisuras de los labios tras un suspiro profundo—. Pensé que no te gustaba ser una.

—Conozco la parte mala de tener una corona —por primera vez, las mejillas de la princesa se ruborizan. Incluso antes que las mías—. Quiero conocer la parte buena.

—¿Hay parte buena en tener corona? —no puedo evitar ser irónico.

—Detesto tus reverencias, pero mencionaste algo sobre arrodillarte que deseo comprobar —Eladriel arruga la frente sugerente.

—Será un placer poder cumplir mis deseos —sonrío. La beso.

Sus ojos bajan hasta encontrarse con la cuerda que asegura su abrigo a pesar de que yo solo puedo ver sus labios. Desliza sus dedos entre los míos. Eleva mi mano para enredar en ella los cordones antes de que sus brazos caigan despacio. Su mirada se eleva hasta fundirse con la mía.

—¿Quieres comprobar qué deseo yo, mi señor? —susurra Eladriel.

El hilo fino de su voz me eriza la piel. Mi pecho se hunde y no es la sensación de urgencia o ahogo que otras veces se hace con él. Se queda con las palabras que quiero decir.

—Desátalo —ordena la princesa.

Su gesto imperturbable me obliga a tragar saliva.

Me humedezco los labios con sutileza cuando las cuerdas ceden a mis acciones.

Mi respiración se vuelve entrecortada según el abrigo se abre y abraza su cuerpo desnudo.

Ahogo un jadeo al verla. Beso su frente.

Acaricio despacio su cintura para atraerla, el tacto de su piel bajo mis manos acelera mis instintos.

—Te buscaba —murmulla Eladriel. Su voz baja cerca de mis labios me hace temblar.

—¿Y dónde deseabas encontrarme? —pregunto a pesar del temblequeo.

—Hay demasiadas estancias que no vi desde mi última visita —su mano se une firme a la mía.

—Aun no estuvimos en los aposentos reales —señalo el frente de forma sugerente—. Y es el único lugar que es nuestro.

—Es cierto —Eladriel ríe con tono travieso—. Debo apresurarme para que no desees acudir con nadie más.

—Hay muchos cuartos en este castillo —hundo los dedos en su cintura bajo una mueca de diversión.

—¿Y estamos perdiendo el tiempo? —sus labios se estiran y me seducen—. Te confesaré que en este instante, lo único que deseo es que la noche y tú me los enseñéis en profundidad.

Su boca sella la mía. Mis manos la acercan hasta que su cuerpo impacta antes de que se atreva a tomar distancia.

Sonríe tras separar sus labios para caminar a la salida del pasillo, hacia el cuarto.

Me aferro a su mano, que me guía para dejarme llevar.

Aunque quisiera, no puedo pensar en nada más que en ella.

Algunos de los guardias que caminan por el pasillo principal se detienen al vernos acceder.

Se inclinan silenciosos. Eladriel esconde una sonrisa, recompone la postura mientras me esfuerzo por fingir frente a ellos que poseo calma.

Sus piernas se apresuran a la escalera cuando han desaparecido y su garganta puede soltar una carcajada.

Subo los escalones tras ella hasta que decide detenerse a medio camino.

Voltea. Vigila sus espaldas. Recorre el espacio tras las mías según retrocede un par de peldaños que la devuelven a mí.

Su dedo se desliza suave por el cuello del abrigo hasta apartarlo, descubre uno de sus hombros con cuidado.

Carraspeo. Mis ojos recorren la parte superior antes de subir el escalón que nos separa.

Rodeo su nuca para hundir mis labios en los suyos hasta que mi respiración perdida vuelve.

Rodea mi cuello con los brazos. Mis manos susurran por su espalda, se cuelan por los laterales de la tela que la cubre.

Acaricio con suavidad la curva en la parte baja.

Deslizo las yemas de los dedos por la parte superior de su pierna hasta acercarme a su intimad.

Un jadeo que invade su garganta y mi oído hacen que su frente se eleve, mis ojos se hunden sobre su belleza cuando su entrecejo arrugado confunde mis signos vitales.

—Tengamos prisa —sugiere Eladriel al contener un gemido.

Mis besos se encuentran con la hendidura de su hombro al buscar su muslo.

Hundo los dedos en él antes de elevar su pierna y cogerla entre mis brazos.

Me mira incluso si trata de recolocarse el abrigo de la forma más protocolaria posible.

Su lengua recorre el lateral de mi cuello con devoción mientras termino de recorrer la distancia hasta esos aposentos.

Sus dedos se cuelan por los huecos que la tela de la camisa forma en el cuello.

Apenas hay tramo entre el último escalón y la puerta, pero siento que nunca algo estuvo tan lejos.

Beso los labios de la princesa una vez más antes de dejarla en el suelo.

Sujeta su abrigo mientras voltea. El guardia que custodia la puerta separa los párpados un solo segundo antes de rendirse a dedicarle una reverencia a Eladriel.

Separa la hoja, y la cierra con más premura todavía. Un soldado eficaz por fin.

Su abrigo cae alrededor de sus piernas cuando la intimidad del lugar nos da el permiso. Da un par de pasos hacia atrás para acercarse a una de las columnas de madera en una esquina de la cama.

—Mi príncipe… —Eladriel sonríe. Me dedica una reverencia.

Desato la capa para dejarla sobre una de las butacas de la estancia mientras avanzo hacia ella. Apoyo una rodilla en el suelo.

—Mi princesa… —sonrío.

Mis pupilas recorren su desnudez. Busco incesante su pierna para alzarla con delicadeza, apoyo la punta de su pie sobre mi rodilla.

Deslizo una caricia lenta sobre ella al detenerme a observar por primera vez que son de la longitud perfecta, de la forma en que solo ella podría hacer algo perfecto.

Dejo que mis labios se encuentren con su piel en un beso delicado.

Cierro los ojos antes de besarla de nuevo.

Su mano se une con la mía, deja caer su espalda despacio sobre la madera al sentir que mi aliento escala despacio por su cuerpo.

Su tacto cede a mi respiración. Jadea. Mi lengua nunca siguió un camino tan preciso para volverla a escuchar.

Su cuerpo se vuelve firme cuando roza su clítoris.

Me estremezco ante sus dedos aferrándose al dorso de mi mano.

Las mías sostienen sus caderas para impedir que se aleje.

La parte baja de su espalda deja atrás la columna cuando uno de sus gemidos la hace temblar.

Sonríe. Aun sobrecoge más mi pecho. Sus labios se cierran rápido tratando de guardar una exhalación que parece arder y podría quemarnos.

Luchan para no separarse cuando hundo un dedo en ella con lentitud.

Me pierdo al sentir como el tiempo convierte su placer en eterno. Cuando sus ojos me piden más.

Su pelo cae al frente, se inclina para besarme.

Lo aparto al reincorporarme para tomar sus labios con urgencia.

Me acaricia el cuello. Mi aliento roza el suyo.

Un suspiro abandona su garganta mientras sus manos se apresuran a deshacer los nudos que aseguran las cuerdas de mi armadura.

Su interés se centra en el cinturón que todavía envuelve mi pantalón.

—Túmbate —sujeto sus manos para detenerla.

—No —niega. Utiliza la punta de sus pies para alzarse y besarme—. No aún.

Sus dedos se deslizan suaves por mi abdomen. Elevan la camisa para apartarla. Sacudo la garganta al ver cómo sus ojos me recorren, cómo sus labios se encuentran con fragilidad en mi pecho. Cómo aparta mis manos para desatar el cinturón.