Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 29. Fiesta pagana. #7
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29. Fiesta pagana. #7

Suelto el brazo de su mano de un solo tirón. Mis labios solo se separan para susurrar al teniente que guarde silencio. Incluso si está desconcertado.

—Haremos un trato, si te parece —aparto a Mim de un empujón suave.

—¿Un trato? —vacila el hada—. ¿Por qué un trato?

—Porque ella me traicionó como lo hizo con el entrenador —aprieto los labios con indignación fingida—. Solo queda que nosotros nos aliemos ahora.

—Te daré una respuesta cuando haya escuchado de qué se trata —la mirada de Rani vibra con control.

—Revelaré todo lo que Eladriel confesó sobre vuestros planes —camino hacia el primer escalón—. Si me mintió, pediré a mi guardia que te libere en las horas de la mañana.

—¿Y si ella dijo la verdad? —inclina la cabeza hacia un lado al verme bajar en su dirección.

—Entonces no tendré más remedio que acabar con tu vida —bajo la mirada para hundirla sobre sus ojos al llegar frente a él.

A pesar de que no tiene más opciones, se detiene a pensar en ellas.

—Lo acepto por mi honor —acepta Rani al fin.

—Bien —golpeo su hombro con cuidado—, porque ella dijo que vuestro rey tiembla de miedo solo al pensar en nosotros. Que jamás se atrevería a atacar este reino.

—¡Falso! —niega. Su vehemencia lo arrastrará a las profundidades.

—Aseguró, incluso, que nos invitó al festival de estaciones porque estaba arrepentido y quería retomar sus relaciones —me atrevo a confirmar con tono herido—. Que esa era la forma del reino de las hadas de rendir por fin la pleitesía que los brujos merecemos.

—¡Aun más falso! —declara con voz alta y clara.

—Está bien, la princesa Eladriel miente. Pero no es suficiente con negarlo… —doblo las rodillas para quedar a su altura—. Necesito estar seguro de que, lo que dices, es cierto.

—Puedes tentar a la suerte si lo deseas —la mirada de Rani se vuelve un filo.

—¿Por qué debería fiarme de tu palabra y no de la suya? —mis labios se estiran en una mueca de sospecha—. A fin de cuentas, nunca nos atacaron como ella dice.

—No olvides los artes y encantos que antes mencioné —un filo que corta sin piedad.

—Me mintió al callar su unión con Tien. También se atrevió a engañarme al decir que su padre nunca nos atacaría —mi expresión se transforma en piedra—. Cuéntame en qué más cosas me ha mentido esa mala mujer.

—Seguro que dijo eso para convencerte de que se quedaría a tu lado —arruga la nariz. Veo en los ojos del hada rencor por lo que debe sentir él—. Ella nunca lo hará, el rey la casará con el hijo de su cancilier.

—Fuiste testigo de cómo se aferró a la idea de que nunca sucedería —insisto a pesar de que ahora no mienta.

—En cuánto el rey Eliot haya destruido Brenshire y te haya hecho desaparecer, mi señor anunciará el compromiso —se mofa y me deleita que lo haga mientras habla.

—¿Brenshire? ¿Por qué atacarían Brenshire? —miro a Mim por encima del hombro—. Este es mi castillo ahora.

—Puede que el rey te desprecie de forma especial, pero no romperá sus propósitos solo por terminar con tu insignificante vida de brujo —el hada se balancea por la satisfacción de su confesión. Incluso intenta levantarse.

—Lo que yo sé es que, si decide atacar Brenshire en primer lugar, perderá la oportunidad de acabar conmigo —sonrío. Me inclino ligeramente sobre él—. Yo no estoy allí. No dejaré que me encuentre después.

—Él desea acabar con todos los sanadores, no solo contigo —Rani deja escapar una sonrisa triunfal—. Sin ellos, el resto de tu reino caerá sin esfuerzos.

—Es un plan brillante… —me pongo en pie sin apartar la mirada de él—. Cómo pude dejarme engañar…

—Es evidente que Eladriel tiene una habilidad especial —hay un brillo de indignación que le hace negar.

—¿Sí? —mi estómago tiembla al ver que, de nuevo, menciona a la princesa—. ¿Cuál es?

—Consigue enredarte con sus palabras, con sus ojos… —confiesa en un tono ronco de resentimiento mientras sujeta la tela de sus pantalones con fuerza.

—Todas las hadas consideran que los brujos somos un peligro, y ella es más peligrosa que todos nosotros —mi risa se vuelve irónica.

—Muchos han caído. Primero los canciliers, luego Tien. Maren me salvó a mí de perderme en su mirada oscura —se sincera como si exponerlo le trajera paz y no fuera a morir por ello—. Consiguió envolverte a ti y destruir tu reino.

—¿Y vas a permitir que siga teniendo este comportamiento? —arqueo una ceja con determinación—. Engañó a Tien, pero no tiene porqué traicionarme a mí si tú decides aliarte conmigo.

—¿Yo? —eleva la cabeza como un rayo—. ¿Cómo me aliaría con mi enemigo?

—Solo debes decirme la verdad y no ser cómplice de su mentira. Los hombres honorables castigan a las mujeres cuando se comportan mal, ¿no es cierto? —mi tono se vuelve cálido. Suplicante—. Quizás solo desea distraerme para ponerme en peligro.

—No puedo —se retrae con habilidad—. Mi rey y sus canciliers lo considerarían una traición.

—No se enterarán. Incluso se pondrán felices al ver que no permito que la princesa se acerque de nuevo —mi comisura izquierda sube como si fuera un amigo cercano al que aconsejo—. Obtendrías la libertad y una grandiosa recompensa de parte de tu rey, piénsalo.

Rani me observa. En su forma de quedarse mudo no se percibe la seguridad que él espera, duda y eso no es propio de quién debe negociar por su propia salvación. Su mirada se alterna entre el suelo, la duda, y mis ojos acechantes que no le dan respiro.

—El rey enviará un ejército a Brenshire durante el festival de estaciones —un suspiro después, Rani decide sincerarse.

—¿Durante el festival? —dejo caer la mandíbula baja.

—¿El trato que me ofreciste sigue en pie? —pregunta con la mirada perdida.

—Solo contesta a mi pregunta —le ordeno sin piedad.

—Terminará con el pueblo aprovechando que no hay cargos dirigiendo ejércitos —acepta sin remordimientos.

Suspiro de alivio. Estiro la mano en la que aún sostengo la jarra de cerveza intacta para ofrecérsela como última voluntad. Doy media vuelta. Mim me observa desde lo alto del trono con puños cerrados.

—¿Aún estás dispuesto a manchar tu conciencia? —pregunto al teniente con la cabeza en alto.

—Dame la oportunidad —Mim eleva la barbilla.

—Escuché lo que necesito para tomar una decisión, pero te dejaré a ti responder como desees —mi postura se vuelve firme—. Siempre y cuando mantengas su cabeza intacta para enviársela al hijo del cancilier.

—Hay partes más dolorosas que atacar —Mim traga saliva. Sus ojos se centran en Rani.

Elevo media sonrisa de confianza. Asiento. Me detengo al lado de Koglu para darle instrucciones cerca del oído.

—Vuelve a atar sus manos —indico—. Utiliza la magia negra para inhibir sus poderes si es necesario.

—Mi señor —interviene Koglu—. ¿Puedo usar la espada?

—Solo si el teniente lo ordena —analizo a Mim. Tomo aire de forma contundente y lo contengo para no titubear—. Si lo ataca, olvida lo que te he dicho y no tengas piedad de él.

Koglu me dedica una reverencia. Acto seguido, procede a torcer la cabeza en aviso al otro guardia para sujetar a Rani.

Golpeo la puerta. Ladeo la mirada sobre el hombro al escuchar quejidos, un forcejeo entre ellos y el hada que cesa cuando una mano se coloca sobre su nuca.

Dibujo una tímida sonrisa. Confieso que hay cosas de la magia negra que nunca antes había encontrado interesantes hasta ahora.

Quizás, sin ella hubiera tardado más en reducirlo y me habría visto obligado a intervenir.

Es indiscutible que Ebhan sabía lo que hacía cuando decidió proteger a criaturas con estos poderes a riesgos de ser ejecutado como lo fue su padre.

Respiro a la salida. Intento que eso que ocurre dentro, lejos de lo que puedo ver en este instante, deje de perturbarme.

Repito razones que lo justifique. Es solo una criatura malvada que disfruta con el sufrimiento de inocentes.

De los que viven en su reino, en el mío…

Eladriel no mintió. Ella dijo que sospechaba de esa invitación al festival, que no debíamos aceptar participar incluso si sería motivo de celebración para los dioses.

Esto me parece cruel hasta para el rey Eliot.

Hago caso omiso a la reverencia de los centinelas de la puerta y me lanzo a caminar a paso lento así me pese la decisión de haber abandonado la sala.

Al menos, antes de asegurarme de que todo termina.

Los rugidos que atraviesan los muros me piden regresar, aunque sé que no puedo dar marcha atrás.

Ni la música del patio vibrando con fuerza podría acallar mis pensamientos ahora.

—Príncipe Bradosck —la voz de la princesa redirige mi mirada en cuánto giro el pasillo.

Sonrío. Apenas llega a mi pecho y su presencia ocupa todo el lugar, aún me pregunto cómo consigue hacerlo.

Su voz cálida y viva es lo que mantiene mis ideas en tierra cuando mi alma quiere volar lejos de mi cuerpo por la derrota.

Inclino la cabeza al ver que la cubre uno de los abrigos que la reina preparó para el viaje al reino de Avka. Quizás le apetezca volver allí.

—Princesa —le dedico una reverencia.

—Iba a retirarme de la fiesta cuando recordé mi promesa —Eladriel sonríe.

—Siento haber desaparecido —confieso. Señalo el pasillo a mis espaldas—. Tenía una reunión pendiente con Mim y el líder de la guardia de…

—Lo sé —le resta importancia a mi voz titubeante—. Perdí la cuenta de las veces que lo dijiste.

—¿Y Maren? —miro a sus espaldas según me acerco a ella.

—No se encuentra en el castillo —niega con la frente en alto.

—¿Se fue sola? —miro al pasillo que dejé atrás temiendo que Mim nos escuche.

—Quiso acompañar al guardia que llevaría a sus padres a casa y aprovechar para tomar algunas pertenencias —asiente. Su sonrisa se vuelve traviesa—. Dijo que le ofreciste un cuarto en el que poder pasar la noche.

—Sí —elevo las cejas a modo de burla—. ¿No estás de acuerdo?

—Lo estoy —carraspea para evitar reír, lo sé—. Me parece un gesto propio de un príncipe.

—Puede que eso sea cortesía del teniente —convierto la sonrisa en una línea sin vida antes de bajar la mirada.