Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 29. Fiesta pagana. #6
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29. Fiesta pagana. #6

Arrugo el entrecejo a la corona. Entre hilos de sombra y luces la princesa custodia diamantes, zafiros y rubíes que Wild engastó en metal oscuro por orden de Efaris.

La reina asegura que deben ser esas; fuertes, sabias y pasionales como nosotros.

Mi pupila desciende hacia los escalones del solio.

Dos guardias se mantienen rectos, con la mano rodeando la empuñadura de su espada.

Custodian al hada. Lo han arrodillado frente al trono, pero la bolsa oscura que cubre su rostro le impide ser testigo del lugar en el que se encuentra.

Estiro los labios al ver sus manos atadas a la espalda.

Tal vez, fue mucho más complicado sacarlo de la celda de lo que yo tenía esperado, y ese balanceo desesperado que amenazaba con retenerme el aliento es resultado de su mal comportamiento.

Mim parece tan convencido y roto… Me centro en él cuando sus pasos se vuelven pesados a su altura para hacer que Rani se estremezca.

Es asombroso como una criatura tan grande como él, puede hacerse pequeño solo con el sonido de la justicia cerca.

—Majestad —Roglu se inclina.

—¿Incidentes? —pregunto si poder despegar la vista de la bolsa de terciopelo que cubre al hada.

—Todo se mantiene en orden, mi señor —afirma con bastante seguridad.

—Procede entonces —acepto.

Roglu asiente. Aparta el saco mientras Mim aborda los escalones al solio justo por la izquierda, tras el guardia que cumple mis órdenes.

Rani aun pestañea para despejarse la vista cuando el teniente ya ha enfundado su mirada de ira sobre él.

Ladea el cuello con rapidez hacia el otro lado.

Sus hombros se encogen al ver otro guardia con espada guardando su costado derecho.

Observa los estandartes nuevos, las antorchas de oro rojo con hojas de hiedra, las piedras de ceniza de los muros…

Hasta que al fin, sus párpados ceden al desconcierto.

Una arruga de desprecio toma su nariz al saberse en reino brujo.

Otra de confusión conquista su entrecejo cuando nos encuentra contemplándolo con furia.

—Buenas noches tengáis —Mim no puede esperar a dirigirse a él. La impaciencia hace que su cuerpo baile—. Sentimos el retraso. Abandonamos la fiesta en cuánto nos enteramos de que esperabais por vernos.

—En realidad… —ladeo el cuello hacia el teniente—. Creo que nos hemos comportado de forma descortés con nuestro invitado.

—¿Eso crees? —Mim tensa la mandíbula.

—Ni siquiera le trajimos una jarra de cerveza con la que poder refrescarse —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Tendréis que perdonar nuestro despiste.

—Qué desacierto… —el teniente dibuja una sonrisa—. ¿Ahora cómo celebrará con nosotros?

—Roglu —alzo la voz. El guardia se pone firme inmediato—. Trae cerveza.

Asiente. Se inclina antes de voltear para cumplir el pedido.

—Sé quiénes sois… —Rani ha cesado su temblequeo. Ahora sus labios dibujan una sonrisa de desprecio aún más grande que la arruga de su nariz—. Yo os vi en Eryas.

—Qué agradable que un hada te reconozca —Mim sonríe para acompañar su gesto.

—¿Qué es este lugar? —Rani sacude los hombros. Su sonrisa se borra.

—¿Acaso no os da vergüenza? —Mim frunce el ceño molesto—. Podría ser cualquier lugar de Néferien, y no notaríais la diferencia…

Un silencio incómodo acoge la estancia como respuesta a su pregunta.

—Para ser un querido amigo, no nos visitas con demasiada frecuencia —resopla Mim con frustración fingida.

—Sé que no es Brenshire a pesar de que sois de allí —Rani traslada sus ojos hacia los míos—. Esto no se parece a lo que Maren detalló de sus visitas.

—Fascinante —el semblante del teniente resplandece—. Tenéis cara de bobo. Parecéis bobo. Pero no lo sois.

—¿Os burláis? —Rani sella los labios.

—¿Cómo podría ser culpable de que vuestra apariencia no acompañe a vuestra sesera? —ríe Mim.

—¿Sois irónico conmigo después de acercaros a Maren? —espeta Rani. La ira con la que hace su confesión lo obliga a inclinarse hacia delante.

—En primer lugar, yo solo seguía órdenes —Mim me señala invadido por la calma.

—¿Quieres tomarme…? —el rostro de Rani enrojece. Su lengua olvida que habla con un teniente.

—En segundo lugar… —vocifera Mim—. Agradece que es mi ironía la que está cerca de tu cuello, y no el filo de mi espada.

—Maren desapareció —el hada dibuja una sonrisa de reproche—. Imagino que debe estar en este lugar en compañía de la princesa.

Veo a Mim torcer el cuello hasta que me convierto en el centro de su visión. Me siento respirar.

—Siempre desaparece cuando Eladriel desea desafiar a los dioses con tu teniente —sentencia Rani.

—Te confesaré por compasión que no vas a volver a ver a Maren —aprieto los dientes al sentir sus ojos sobre mí.

—¿Tú me trajiste aquí por Maren? —sonríe—. ¿O por la princesa?

—Estás aquí porque eres un perro malnacido —afirmo sin titubear—. Mencionar a Eladriel solo convertirá las penumbras que te rodean, en oscuridad para el resto de tu vida.

—¿Y crees que ella te salvará de las tuyas? —Rani arquea las cejas.

—¿Crees que necesito que me salven? —inclino la cabeza hacia delante en espera a saber qué opina.

—Por supuesto —sonríe—. Todos los tuyos.

—¿Del rey Eliot? —arrugo la frente.

—De vosotros mismos —asegura sin que sus labios tiemblen por semejante estupidez.

—¿Y quién te salvará a ti de nosotros? —elevo la barbilla.

—Yo —asiente convencido de su propia arrogancia—. Yo puedo hablar de cosas que os interesen.

—En eso debo darte la razón —sonrío—. Quizás puedas contarme qué planean tus canciliers o tu rey contra nosotros.

—Pensé que estaríais más interesados en conocer qué sucedería con Maren o la princesa después de que os hayan eliminado —Rani se burla, y no sabe que el orgullo también puede ser una condena.

La pierna de Mim se sacude en un paso firme.

Mi mano se posa rápido sobre su pecho para detenerlo antes de que tome el primer escalón.

Entonces, no servirá que muera. Puede que sus comentarios lo perturben, pero si pierde la calma o el control no salvará vidas.

Esa es la debilidad de las hadas, no pueden encontrarla en nosotros.

Las pupilas hirvientes del teniente me recriminan a través del rabillo del ojo, se apagan cuando endurezco la mirada sobre él.

Tengo la certeza de que esta pequeña bestia, solo busca sentirse comprendido.

Y si yo le hago creer que entiendo cómo debe ser que una traición de este tipo te recorra el alma, acabará por delatarse él solo.

—Me gustaría saber por qué estás dispuesto a perder tu vida por los altos cargos de tu reino —dejo que mi tono calmado salga mientras dejo caer el brazo.

—Porque ellos siempre tuvieron razón —los ojos del hada centellean furia.

—La razón es solo una versión bien contada de la duda —encojo los hombros.

—Yo lo vi —asiente. Su semblante se vuelve rígido—. Las mujeres que ambicionan el poder deben ser castigadas para que recuperen el juicio.

—Podríamos debatir sobre eso, pero me detendré en lo que me resulta más interesante —muerdo el labio inferior como única medida de control a sus afirmaciones—. ¿Por qué crees entonces que Maren debe ser castigada?

—¿Debo decirlo? —bufa Rani con ironía—. Comprendo que sus visitas a Brenshire no fueron políticas —recorre a Mim con la mirada—. Como las de la princesa…

—¿Debería considerar tus pensamientos como una amenaza? —siento como los músculos de mi espalda se tensan.

—No hablaré de lo sucedido con los dioses, si es lo que os preocupa —la sonrisa de Rani se vuelve de placer dolorido—. En Ravenbell, las traiciones de nuestras mujeres las juzgamos nosotros.

—¿Entonces, tú castigarás a la princesa? —mi entrecejo se arruga como si me hubiera hecho dudar con más facilidad de la que otra vez pude hacerlo—. ¿O se la entregarás a tu rey?

—El hijo de un cancilier ya espera por ella —estira las comisuras de los labios.

—¿El falso príncipe? —mis ojos se separan asombrados—. Tú mismo escuchaste como ella negó que lo fuera.

—Lo traicionó como Maren me traicionó a mi —deja caer su mirada e intuyo que es por vergüenza.

—Vaya… —trago saliva con falsa pena—. ¿Lo traicionó conmigo…? —niego—. Entonces a mí también me traicionó.

—Tien dice que nos utilizan —su cabeza se mece en negativa. Despacio—. Usaron el incidente en la clase de vuelo para desobedecer a su majestad y desafiar a los dioses.

—¿No mientes? —mi semblante se vuelve aliado del asombro.

—Ya os dije que la princesa no os salvará —eleva la frente de un movimiento—. ¿Acaso no ves que se acercó a ti con encantos y artes para engañarte?

—Tienes razón —uno los labios. Asiento con pesar.

Tres golpes secos en la puerta irrumpen la agradable charla.

El guardia accede con las jarras. Se inclina antes de entregarme una, da un paso al lado para ofrecer con amabilidad otra al teniente.

Retrocede. Dobla las rodillas al dejar con cuidado la de Rani justo a su lado.

Me mira y asiento como instrucción a que se retire.

Koglu desenvaina una pequeña daga como forma de acatar mi señal, y corta la cuerda que rodea las manos del hada.

—Bebe si lo deseas —doy un sorbo con ganas a mi jarra—. No hay veneno en ella como puedes ver.

Rani ladea la mirada hacia el teniente antes de abalanzarse a por la jarra. La sujeta con las manos con menos premura de la que usa para beberla.

—Hay un plan que la princesa me contó… —agito el mentón en un gesto de negociación—. Puede que esté dispuesto a ofreceros ayuda.

—¿Qué dices? —Mim da un paso que lo acerca a mí. Sujeta mi brazo con rabia.

—Piensa en ello teniente —entrecierro los ojos sin mover la vista del frente—. Si han sido capaces de traicionarlos a ellos, que son de su propio reino —suspiro—. ¿Qué podrían hacernos a nosotros?

—¿Pero acaso te escuchas? —Mim une las cejas con ira.

Con una sacudida precisa, zarandea mi brazo para hacerme retroceder. En un instante ha terminado con cualquier brisa de aire que nos separase.

—Se me está olvidando que eres mi príncipe… —Mim desorbita la mirada.

Su mirada deja de estar desorientada. El centro de sus ojos se convierte en rabia según sus dedos se aferran a mi antebrazo por el silencio. Entre nosotros, Rani sonríe de forma desafiante hacia él solo por ver cómo se enfrenta a mí.