Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 29. Fiesta pagana. #5
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29. Fiesta pagana. #5

Mim deja caer el brazo. Se mantiene inmóvil por unos segundos, todavía traga la cerveza cuando voltea. Ladea el brazo para entregarle la jarra a Maren antes de dedicarme una reverencia.

—Sí, mi señor —anuncia Mim cuando tiene la boca libre de cerveza.

—Esperan por nosotros en la sala del trono —arqueo una ceja.

—Vamos —asiente el teniente de forma enérgica.

—Mim… —Maren carraspea a su lado. Me dedica una sonrisa—. Dijiste que nos acompañarías a casa.

—Le pediré a un guardia que te acompañe —poso la mano en la espalda de Mim para que inicie el camino.

—Pero… —titubea Maren. Mi frente se arruga con expectativa—. Eladriel me espera, no puedo irme.

—Os acompañará cuando la fiesta termine —asiento. Doy media vuelta.

Mim tuerce la mirada hasta clavármela. Desvío la mirada pensativo.

—Ordenaré que preparen un cuarto para ti esta noche —sugiero por encima del hombro—. Si deseas quedarte…

—¿Y mis padres? —Maren inclina la cabeza al frente.

—Pueden permanecer también. O marcharse con ese guardia —encojo los hombros—. Dile a Ebhan lo que decidas y él te ayudará.

Sujeto los hombros de Mim. Lo empujo mientras se abre paso con trabajo entre los brujos preso de sus sacudidas y quejas.

Exhalo al sentir aire y espacio alrededor.

La corriente fría se adhiere a la piel ardiente por la multitud en el baile de forma agradable.

Me dedica una mirada molesta de reojo cuando me separo para tomar aliento.

—¿Eladriel no nos acompañará? —Mim me habla con desagrado mientras caminamos.

—No. No deseo que lo vea —me apresuro a responder con una negativa.

—Te reñirá por mentirle —me recuerda el teniente elevando las cejas.

—Lo sé —desvío la mirada.

—¿Ya sabes qué sucederá con él? —su mandíbula se tensa.

—Lo interrogaré —mi lengua oscila nerviosa.

—Entonces déjame que yo lo ejecute —sonríe Mim. Sus labios se estiran tensos—. Me lo debes tras robarme la oportunidad de romper la boca de Godrick.

—No hay chanzas en lo que sucede, teniente —detengo sus pasos solo con palabras—. Tenemos un aliado del rey Eliot, su cancilier más importante y su hijo. Ellos no son solo enemigos de Eladriel.

Hace pocos días que la princesa me confesó las nuevas intenciones de su padre.

Nos reunimos con Ebhan para ponerlo en sobreaviso.

Está convencida de que la invitación que nos llegó para acompañar al reino de Ravenbell y Rhysartyr en el festival de las estaciones es una emboscada.

Insiste en que desean dejar nuestras tierras desprotegidas.

Efaris dijo que debíamos aceptar. El reino de los brujos será cordial y no dudará en asistir a esa fiesta de petulantes, pero solo Ebhan y yo acudiremos al baile.

La reina se mantendrá junto a su teniente en Carsley, Shaqia apostaría las tropas en Éxavor para partir hacia Émaxor con fénixes.

Dejaremos instrucciones precisas para la protección de Brenshire.

Pero si Rani revela cualquier otra cosa…

—Despierta, Azohr, esa criatura malhecha que custodias en las mazmorras desde hace días es un traidor —reclama Mim mientras accede al interior del castillo.

—Eso no es suficiente para que ejecutarlo sea fácil —la indecisión me hace apretar los labios.

—Yo no dejaré que la magia me tiemble… —asegura Mim. Su mirada se endurece cuando toma el frente como meta.

—Tú nunca has ejecutado a nadie —apresuro el paso cuando la molestia le hace caminar deprisa

—Ebhan siempre asegura que es mejor empezar en estos menesteres con pequeños objetivos —su entrecejo se hace eco de su fastidio.

—Tu nuevo título no te ofrece la gallardía necesaria para jugar con la muerte —increpo al teniente.

—Sabes que puedo enfrentarme a ese hada incluso si parece más una bestia torda —suelta una sonrisa que es incapaz de disimular.

—Confío en tus capacidades, pero no quiero que te pierdas en pensamientos que podrían destruirte —observo como su sonrisa desaparece al momento.

—Aún no lo he visto, príncipe —Mim traga saliva—. Pero te aseguro que estoy deseando verlo.

—Entiendo que tu ira se debe a la traición que mencionas —tomo aire para dejar de insistir—. Que tiene que ver con Maren.

—He tenido demasiado tiempo para conversar sobre los motivos que los hacían huir de él —sacude la cabeza despacio. La comisuras de sus labios se estiran en una mueca de incomodidad.

—¿Y guardarás silencio? —pregunto al ver que no revela más información.

—No fue agradable escucharlo. No lo contaré —afirma mientras sus pasos se vuelven determinantes hacia la sala del trono.

—Lo harás —le ordeno sin compasión—. Si lo ejecutarás, quiero saber por qué.

—La castiga —asesta Mim.

Su mirada se vuelve un juicio que ya ha establecido su sentencia contra él.

—¿Estás seguro? —mis pupilas se mueven confundidas.

—No, Azohr —Mim deja escapar una sonrisa irónica—. Maren me mintió…

—No creo que estuviese vivo si Eladriel supiese lo que mencionas —me aclaro la garganta—. Ella me pidió que lo apresara y no reveló nada sobre castigos.

—No sé qué relación tendrá con Eladriel o por qué guardó silencio, pero eso es lo ella me confió —Mim voltea. Habla sin detener sus pasos.

—No dudo de Maren, pero me cuesta entender que no pidiera ayuda —niego—. Parece tener confianza en la princesa.

—Puede que solo me eligiera para sincerarse porque todo empezó el mismo día que acudimos a Eryas a curar al entrenador —recupera la postura—. Cuando descubrió que voló en Shae.

—Allí parecía amable con ella —mis recuerdos se confunden ante su afirmación.

—Sí, tuvo varios detalles con ella esa noche —reconozco tanto la ira en la ironía que inunda su voz…

Yo sé que es el dolor el que habla por él.

—Mim… —suspiro.

—Con mucha cortesía la ató al cercado del corral donde sus padres crían a los animales —su mirada se afila. La mía se cierra—. La golpeó con el mismo palo con el que golpean a los cerdos cuando se portan mal.

Mi pecho se encoge por su confianza. No es solo un traidor, es un bastardo que no merece compasión por un segundo más de aliento.

No es la justicia lo que me ha impedido terminar con él hasta ahora, solo el respeto a las hadas.

Sé que este movimiento traerá venganza. Mim pierde la mirada al fondo de la galería.

Cómo podría convencerlo a él de que olvide las normas por las que nos regimos los brujos para proteger a la lombriz pelirroja, si yo no puedo.

Si no siento lo que él por Maren, pero sí comparto la necesidad de enseñarle que en Néferien, si elevas la mano contra una mujer, la pierdes.

Si la humillas, mueres. Hace siglos que sabemos que no son débiles.

No son sagradas como creen los habitantes del reino de los elfos, ni damas de la vigilia familiar como aseguran las hadas.

Forman parte de nosotros, y los brujos siempre protegemos a los nuestros.

Mi aliento se vuelve más pesado tras un solo comentario. Ocupa mi garganta. La impotencia debe dejarme las mismas secuelas que a él, que ya fue consumido y se llevó el color rosado por el fuego de la ira.

—No debió atreverse a pensarlo… —me obligo a tragar la furia.

—¿Pensar? —Mim resopla irónico—. ¿Crees que alguien qué hace eso sabe pensar?

—Me gustaría decir que sí, pero no lo creo —bajo la mirada avergonzado.

—Ninguna de las veces que lo hizo pensó en ella —determina furioso—. Eso es suficiente para mí.

—¿Más de una vez? —ojalá no me hubiera creado la necesidad de mirarlo al escuchar su tono de voz.

—Guardó silencio por un tal Lugh. Por Eladriel y su cercanía a ti —me avisa Mim con ojos abiertos. Sus pupilas me culpan.

—Sé algo sobre eso —mi semblante se rompe.

—Ese infame rastrero acumula traiciones, como los pobres panes —muestra los dientes en una carcajada irónica—. Tú le tienes compasión, y él permite que la violen.

—Cállate —ladeo el cuello. Detengo la respiración.

—¿Por qué? —vuelve a reír—. ¿Te asusta por Eladriel? —inclina la cabeza hacia un lado con perspicacia—. ¿Es ahora cuándo dejarás de tener misericordia por su vida?

—Trato de apiadarme de tu conciencia, no de su garganta —aprieto los dientes.

—Fue condenada cada vez que pisó nuestro reino —continúa Mim como si no fuera suficiente con admitir que la castiga—. Ella era quien pagaba el castigo de tus encuentros con la princesa.

—Mim —anuncio con voz solemne—. Nos vengaremos de tu lombriz pelirroja.

—Venganza —sonríe Mim—. Es una palabra que suena tan elegante en ciertas ocasiones…

Su paso se vuelve más liviano al abordar la galería al trono.

Toma la posición a mi izquierda cuando los primeros guardias comienzan a aparecer.

Hasta diez. Siento como mi gaznate se cierra porque todas las cabezas se han inclinado al notar nuestra cercanía.

Deseo refugiar la mirada lejos de sus reverencias hasta que Eladriel invade mis recuerdos, ella se obliga a aceptarlo a pesar del desagrado.

Me fuerzo a no reprocharlos al llegar ante ellos.

—Mi señor —se inclina Veijá, el líder de guardia.

—Hazme saber si cumplisteis con lo que el teniente os ordenó —mi voz se vuelve autoritaria.

—Lo trajimos tal y como indicó —asiente el guardia.

—Tú entrarás con nosotros —sacudo la cabeza para señalar la puerta.

—Como deseéis —se inclina.

Veijá autoriza a uno de los guardias centinelas en un además de muñeca que abran las puertas.

Pierdo la mirada observando el interior.

Es la primera vez desde que llegué a este castillo que accederé a esta sala.

Recojo todos los detalles. Aunque es igual de amplia que la de Brenshire, sus colores pertenecen a un lugar mucho más lejano.

Siempre hay tinieblas. Puede que solo sea falta de admiración hacia los reinos oscuros.

Es como si necesitaran recordar de forma constante que su oscuridad es su poder, hacen gala de lo diferentes que son entre las sombras…

No negaré que me agradan los estandartes que adornan los muros entre ventanales.

Admito que el gusto de Ebhan por la imponencia resalta, rescató de la parte exterior de su propio castillo el par de gárgolas que había que restaurar para colocarlas a cada lado del trono.

Al menos, cedió a mi deseo de que fuera Eladriel quien lo eligiera.

Ahora tendré que decirle que me gusta. Incluso si no pude hacerla desistir de usar la magia oscura para gobernarlo, ya era suficiente con su poder.