29. Fiesta pagana. #4
—¿Podrías dejar de utilizar metáforas y ser específico? —mi frente se arruga. Mi tono se aviva con más sarcasmo del que normalmente uso.
—No pude ver nada más, pero mi magia susurra con vehemencia que sólo hay un modo de ganar esta guerra —asiente Gandar. Cierra los ojos despacio, con un pesar que me confunde.
—Supongo que no habrá sido tan magnánima como para contarte cuál, ¿cierto? —suspiro con resignación.
—Te equivocas, querido Azohr —me reprocha Gandar con aires de condescendencia.
—Estoy deseoso de escuchar la respuesta —aunque no lo crea, mi estómago tiembla por ella.
—Su voz llamará al alma de aquellos que están destinados a cambiar la historia —declara mientras acepta la jarra que Ebhan le ofrece.
—Y eso… —titubeo. —¿Qué significa eso? ¿Cómo sabremos quiénes son?
Gandar separa los labios. Su voz se ve interrumpida por un estallido repentido que precede a un chisporroteo crepitante.
Es como si lloviera de forma ligera. Ebhan y yo retrocedemos.
Tuerzo el cuello hacia el gentío cuando mi mano roza la empuñadura de la espada.
Ráfaga de luces de color amarillo, azul y violeta suave iluminan todo el patio resultado del choque de la magia.
Dos brujos parecen querer animar la fiesta.
Mi cuerpo se destensa al ver cómo los niños contemplan el resplandeciente cielo a pesar de la oscuridad.
El brillo de las estrellas se opaca por un instante.
Eladriel me dedica una mirada por encima del hombro que me hace sonreír, en cierto modo, agradecer por tener este castillo.
El músico que porta la flauta elige este instante para comenzar a tocar una línea aguda, rápida.
Las nota se suceden con fluidez. Ya no estamos en Émaxor, sino en Brenshire, y en una de las reuniones del príncipe.
El que dispone del tambor refuerza de forma contundente el ritmo que la flauta y el violín han creado en acordes menores.
Ahora, todo el mundo salta con sus cervezas en la mano.
Salvo la princesa y Maren. Se han quedado absortas y han sido envueltas por el gentío.
Efaris y Shaqia se unen al príncipe. Se sirven bebida y comida mientras observan el baile. Mim se acerca con una expresión de burla desde un lateral.
—Si no las sacamos de ahí, dejaremos de verlas en unos segundos —ríe Mim. Observa cómo sus cabezas se pierden entre saltos.
Asiento. Dibujo una sonrisa al mirar entre la multitud mientras finjo que no nos vemos arrastrados ahora por su necesidad en vez de por la que siempre nos ha unido a ellas.
Caminamos entre la multitud haciéndonos hueco entre brujos y brujas a golpe de hombro.
La princesa voltea apresurada al tacto de mis dedos acariciando los suyos.
Arruga el entrecejo al ver como Mim se coloca tras Maren para sujetar su cintura y hacerla andar en nuestra dirección.
Y todavía se atreve a decir el muy descarado que no está interesado en la pelirroja…
—¿Qué clase de música es esta? —Eladriel eleva la voz sobre los instrumentos—. ¿Cuál es su nombre?
—No necesitas saberlo —le aseguro con una sonrisa.
—Hasta mi estómago la siente. ¡Mira! —exclama Maren con ojos abiertos. Toma la mano de Mim para colocarla sobre su abdomen—. Puedo sentir como vibra.
—Me sorprende que nadie siga pasos de baile y todos sepan qué deben hacer —Eladriel analiza a todos los soldados. Su familia.
—Menudo temple hay que tener para poner normas a un baile… —Mim vuelve sus ojos blancos—. ¿Cómo es posible que me aburra tanto ese lugar del que vienes?
—Tampoco aprecio las normas de mi reino —Eladriel sonríe. Lo observa con una chispa de iniciativa en la pupila—. Dime, qué debo hacer.
—Solo tienes que alzar el puño —Mim sacude la cabeza con poca importancia—. Saltar cuando el cuerpo te lo pida.
—Y lo más importante… —dibujo una pícara sonrisa al mostrarle la jarra—. Cerveza.
—¿Puedo? —la princesa señala mi jarra.
—Claro —se la ofrezco.
Coge la jarra con elegancia, y ya solo por eso Mim le dedica una mirada fuera de protocolo que se afila al ver que solo da un sorbo.
Su lengua se desliza por los labios para asegurarse de que sabe tan bien como nuestras caras al beberla expresan.
Sus comisuras se estiran conformes, y termina el contenido en un par de tragos.
Maren ha observado con detenimiento cada movimiento de Eladriel.
Golpea la palma de su mano con el puño y el entrecejo arrugado antes de arrebatar la cerveza de la mano del teniente.
La acerca a su nariz para olfatear. La arruga a pesar de que bebe el líquido de forma determinante.
Sus ojos se entornan en una mueca de aspereza, pero persiste en completar su adaptación.
Al terminarla encorva una náusea y espeta el metal contra el cuero de la armadura.
—¿Y ahora? —pregunta Maren con tono entrecortado.
—Si puedes, solo debes escuchar la letra y dejarte llevar —le indica Mim sonriente. Asiente seguro—. Créeme, saldrá solo.
Maren asiente en una afirmación de confianza.
Esboza una sonrisa según sujeta el brazalete izquierdo del teniente para apartarlo al medio de los saltos.
Esta vez, es Eladriel quien observa sus movimientos con una amplia curva en su rostro.
Se hace más grande cuando se miran, y ella le pide que se acerque.
Solo me busca, sujeta mi mano para que la acompañe.
“Nos postraron de rodillas frente a un gran altar
bajo el nombre de grandes miedos su poder te dominará.
Si sabes que el hierro ha forjado tu ser,
estás bajo la doctrina de una falsa fe,
únete a mí hermano y la justicia se alzará.
Cuando dioses te vigilen si te quieres revelar
con su santo ejército te van a castigar.
Nuestras gargantas quedarán sin voz
pidiendo nuestra liberación
romperemos las cadenas de la maldita opresión.
¡Sálvate! Alza el puño y ven
Levantemos la jarra, brindaremos y a beber.
Nuestra redención, será su perdición
ellos blanden acero y nosotros nuestro dolor”
—Si los dioses escucharan estas letras… —advierte Eladriel sorprendida—. Todos seríamos acusados de traición. Incluso tu reina.
—Sería un gran error, la convertirían en un himno de resistencia —ni siquiera vacilo en saber de qué forma calmar sus dudas—. Nunca podrían borrarla.
—¡Cabrones! —grita Mim.
Eleva la jarra hacia arriba mientras derrama medio contenido alrededor.
Siguiendo el grito de Mim y su gesto, una sucesión de jarras se alza en honor a su afirmación con cada golpe de melodía que marcan las flautas y violines.
Junto a la armonía de los acordes y el ritmo del tambor, la cerveza se alza con más firmeza que nunca.
Con resistencia. Los brujos, pese a que nos hicieron mortales por miedo a nuestro poder, hemos sido el único reino que se ha resistido a la estructura política que los dioses dictaron.
Aquí, los tronos no se heredan, es el pueblo quién nos elige.
Me eligieron los que me siguieron. Hace miles de años que teníamos dinastías que sucedían sus hijos.
El apellido de Ebhan trajo el cambio. Su familia derrocó la monarquía absoluta y cohesionó la soberanía popular con las leyes de Néferien.
Estableció la carta del pueblo. Garantizó que los ciudadanos fueran representados en el consejo real.
Confiaron en él, porque les otorgó el derecho de exponer sus necesidades, de proteger sus derechos…
Cuando la reina Efaris muera, no solo ser heredero influirá.
No serás nada si el pueblo no lo decide antes.
—¿Efaris está de acuerdo? —Eladriel se inclina hacia delante con asombro—. ¿Brinda?
—¿Crees que si no estuviera de acuerdo con todo esto, la habría hecho venir? —río por su alma pura.
—Siempre supe que algo como esto era posible, pero verlo es mucho mejor que imaginarlo —confiesa con cierto aire de maravilla.
—Sabes cómo funciona el mundo —aprieto los labios—. Aquí tampoco es tan diferente.
—En Ravenbell no hay unidad entre el pueblo —manifiesta con tristeza—. Empezaron a dividirse después de que mi madre desapareciera entre los muros del palacio.
—Puede que no estés de acuerdo con mis palabras, pero hay veces en que la desunión del pueblo no es una derrota, sino una estrategia para evolucionar —le recuerdo sonriente.
—Tengo hombres que ya se encargan de reclutar hadas entre las criaturas que apoyaban a mi madre, pero me gustaría que todos pudieran salvarse —aparta la mirada hacia la multitud—. Como a ella.
—Entonces, esa es la diferencia entre la reina Olet y tú —afirmo convencido—. Tú estás dispuesta a conseguir su libertad, no a favorecerla.
—Príncipe—la voz de Ebhan reclamándome me hace esbozar media sonrisa.
Volteo. Me coloco a la izquierda de la princesa con la frente en alto.
—Ebhan —asiento sonriente.
—Uno de tus guardias solicita al príncipe Azohr y al teniente Mim en el interior del castillo —el príncipe Ebhan señala a sus espaldas.
Mi cuello se tuerce de forma apresurada en busca de Mim. Todavía comparte baile y cerveza con Maren.
—Dile que nos esperen en la sala del trono —le indico a Ebhan sin apartar la mirada de Mim.
El príncipe asiente. Algo debe sospechar por la forma en la que frunce el ceño y disimula al beber cerveza. Sujeto los hombros de la princesa. Me inclino hacia ella para poder hablarle en confianza entre los golpes de tambor.
—Quédate con Maren y sus padres —le indico a la princesa—. Pero, si me necesitas, puedes buscarme en…
—Lo sé, dijiste que debías reunirte en el trono con soldados para planificar guardias de urgencia —Eladriel pone los ojos en blanco, pero no deja de sonreír.
—Espero que no te duermas en mi ausencia —contengo las ganas de besar sus labios entre tantos brujos.
—Te buscaré antes de que llegues —asiente—. Lo prometo.
Me dedica una mirada de confirmación según me alejo.
Me inclino hacia un lado para esquivar un par de brujos animados según me acerco al teniente, parece bastante divertido.
Debe haber olvidado que él mismo se encargó de ordenarle a los guardias preparar a Rani para acabar con él.
Y ni siquiera le dije que pienso interrogarlo antes.
Si Eladriel dice que él es quién se mantiene cerca del hijo del cancilier, eso beneficia a Néferien.
Puede revelar algo que todavía no sepamos.
Algunos brujos que lo rodean me abren el paso, forman una especie de camino incómodo.
Hasta Maren ha conseguido percibir que espero su atención.
—¡Teniente Aedros! —exclamo tan alto, que apenas puede percibir las últimas notas.