Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 29. Fiesta pagana. #3
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29. Fiesta pagana. #3

Este lugar ni siquiera parece el mismo. En las horas de la mañana había guardias brujos combatiendo cuerpo a cuerpo con espadas.

Ahora, esos mismos soldados brindan en las jarras de metal abolladas por golpes de alegría que tanto gustan a Ebhan.

Comparten su tiempo y a su familia con nosotros.

Los lacayos han colocado mesas en un lateral que adornaron con símbolos de Émaxor, pero también de Brenshire y Carsley.

Manteles con el estandarte del castillo y la vajilla menos compleja posible.

Las guirnaldas que siempre hacen las sanadoras para este tipo de eventos con ramas y flores, y coronas de verdad para las mujeres. De las que no duelen.

La reina pensó en destacar demasiado. Capturo con la mirada el fuego que ondea chispeante y feroz sobre la gran antorcha que ordenó situar en el centro, lo envuelve la noche profunda.

Las guirnaldas salen de ella. Decoran la vista de las estrellas hasta llegar a las lámparas más pequeñas colocadas en las esquinas para alumbrar a los invitados más dispersos.

Si se hubieran olvidado de la hoguera… Rodea el hachón para que nada sea distinto a las fiestas del bosque.

Han cavado en la tierra para dejar los troncos que usarán como asiento.

Se han asegurado de que las llamaradas no abracen la madera colocando una barricada de piedras alrededor.

Los músicos se han sentado alrededor. Tocan sus violines, tambores, gaitas y flautas evocando notas de la posada de los cuervos.

Es imposible olvidar esas melodías. Me obligo a pasar la saliva, y con ella los nervios.

Aparto la mirada de los niños que bailan en fila con cintas de flores, de la princesa cuando veo cómo los observa con el gesto encendido…

—Mi príncipe —anuncia Efaris con tono sonriente.

—Puedo garantizarte, querida hermana, que tu saludo no le ha resultado nada agradable —sonríe Ebhan tras su jarra repleta de cerveza.

—Majestad —le dedico una reverencia a la reina. Una mirada de hastío al príncipe—. Gracias por prepararlo todo. Por asistir.

La reina ojea el entorno con una sonrisa amplia. Eleva la cabeza al ver como los guardias que el príncipe envió disfrutan de este lugar con alegría. De la fiesta. Hasta a mí me sorprende que hayan querido participar y traer a sus familias con tanta confianza.

—Veo que los soldados están contentos bajo tu mando —los ojos de la reina destellan—. Émaxor vuelve a tener vida.

—Todos parecen conformes —finjo una sonrisa.

—Confío en que manejarás tu castillo como has manejado los asuntos de Brenshire —sonríe de forma genuina—. Todos vemos la autoridad de príncipe en ti.

—Lo haré —asiento con poca gana.

—No comprendo cuál es el motivo de tu tristeza —Efaris ladea la cabeza con sutileza. Estira la mano para acariciarme la mejilla.

—No es importante —niego.

Observo cómo Eladriel y Maren juegan con Eseo y otros niños. Cómo Mim las vigila de medio lado.

—La princesa que quieres te acompaña. Tienes un castillo —insiste la reina haciendo gala de su fina dulzura mientras señala el alrededor.

—Todavía no me acostumbré a tener un castillo ni a que me llamen señor, eso es todo —bajo la mirada.

—Azohr —Ebhan da un paso a un lado. Señala las mesas de su espalda—. Te acompañaré a por bebida, animaremos la noche.

Le dedico una reverencia a la reina. Dejo su rostro analizante a un lado en menos de un segundo para dar alcance al príncipe.

Me coloco a su costado. Recibo con agrado su sonrisa cómplice cuando hablar aún es peligroso.

Aunque sé que es el antecedente a una de esas charlas que él llama de hermanos, le hace feliz dármelas en ciertas ocasiones.

—No debes preocuparte por mí, aunque lo agradezco —confieso de forma amable antes de que diga nada.

—Estoy preocupado —Ebhan traga el último sorbo de su jarra antes de dejarla sobre la mesa—. Y deseo hablar contigo como antes de que Eladriel apareciese en tu vida.

—Ojalá ella fuera la responsable de eso ya no sea así —sostengo la mirada ante su inesperado reproche.

—Claro que no lo es —Ebhan alcanza una jarra nueva de la mesa. Otra más—. Ella no es responsable de que tú nunca te hayas considerado parte de esta familia.

—Merezco una tregua, ¿no crees? —inclino la cabeza hacia un lado—. Hace tan solo unos días que descubrí la verdad.

—¿Era necesaria una verdad, Azohr? —su tono se vuelve molesto—. Aun si eso no hubiera ocurrido, para mí serías parte de mi familia. Un príncipe de Brenshire.

—¿Necesitas que te diga cuánto te quiero para recuperar el aliento? —mi ironía afila su mirada.

—He convivido contigo más años que con cualquiera de mis hermanas —Ebhan me ofrece la jarra—. ¿Por qué no podrías ser tan hermano como ellas?

No se equivoca al asegurar que jamás me consideré parte de su familia.

Jamás se lo diré. Hay veces que incluso agradecí por ello.

Algo me hizo culpar al rey Draegor de la muerte de mi padre, su insistencia fue la que lo hizo quedarse a pesar de que no sentía felicidad.

Aceptar que era parte de ellos traicionaba mis pensamientos.

Yo no podía ser quién lo condenó. Pero Erios también costó la vida a su hermano con su poder…

¿Yo podría ser uno de ellos, si quién me dio la vida arrancó parte de la suya?

Nunca supe si para Ebhan o Efaris solo fui un niño sin destino del que se sentían responsable.

Ellos siempre han asegurado que todas esas muestras de cariño vienen de un lugar distinto a la pena y la compasión.

Asumo que, entonces, quererlos como mi propio hogar, significaría sufrir si en algún momento los perdía. Yo ya había perdido suficiente.

—Jamás pondría en duda el aprecio que sientes por mí —acepto la jarra que me ofrece confundido.

—Lo haces cuando eres incapaz de pedir mi ayuda —Ebhan arquea una ceja. Percibo crítica en ese gesto—. Cuando no puedes ser honesto y confesarme que deseas volver a Brenshire.

—No deseo volver —no puedo esconder la satisfacción de su declaración—. No del todo.

—Puedes dar marcha atrás. Puedes rechazar todo si lo necesitas, y yo estaré aquí —me asegura. Da un paso hacia delante para posar la mano sobre mi nuca.

—No rechazo la idea de tener un castillo donde ver a Eladriel. Tampoco me desagrada tener un ejército con el que protegerla… —acepto sonriente al verla a lo lejos—, pero extraño cómo me sentía en Brenshire.

—Tardarás un poco en aceptar que estas paredes ahora son tuyas —Ebhan dibuja una tímida sonrisa.

—No se trata de acostumbrarme a nuevas estancias o decoraciones, Ebhan —sello los labios.

—Bien —acepta el príncipe—. Hazme saber de qué se trata en ese caso.

En el pueblo de magia verde yo tenía un nombre además de un título.

Pasaba la mayor parte del día rodeado de fénixes en vez de estar encerrado en despachos privados o en reuniones con altos cargos.

Lideraba soldados, sí, pero solo si había que luchar.

Ahora debo darle órdenes para que me protejan como si no hubiese sido yo quien les hubiese enseñado a pelear.

Ansío la libertad de poder acompañar a la princesa sin tener una vela y archivos bajo ella.

Aunque paso con ella noches enteras en este sitio, no se sienten como en Avka así pueda tener su piel entre mis manos.

—Ya no existe ese Azohr. Ya solo ven al príncipe —una ligera presión en el pecho me contiene el aliento—. No recuerdo el momento exacto en el que dejé de ser el teniente.

—No tienes que dejar de serlo —Ebhan sonríe. La espuma de la cerveza que quedó en sus labios se estira—. Tu puesto aún no fue cubierto.

—¿Qué sucede con Émaxor? —elevo las cejas según señalo el alrededor—. ¿Y el ejército?

—Has convertido a Mim en tu teniente, ¿confías en él para ese trabajo? —su tono se vuelve demasiado convincente—. Aprovecharemos tus visitas para tratar temas de responsabilidad de tu castillo.

—¿Solo sería el teniente? —mi frente se arruga con expectativas.

—Puedes ser ambas cosas si es lo que deseas. Mantenerte aquí —golpea su jarra con la mía. Provoca un sonido agudo—. Y si solo deseas ser teniente, mi castillo te recibirá.

—Lo pensaré hoy —le muestro la jarra antes de darle un sorbo—. Gracias.

—Yo también te necesito a ti —estira su mano para estrecharla con la mía.

La acepto. Sus comisuras se estiran alegres cuando tira de mi como última instancia para fundirse en un abrazo conmigo.

Él aún no lo sabe. Es la primera vez que no solo consiento su muestra de cariño con el cuerpo, también lo hago con el tacto.

Lo rodeo. Golpea mi espalda con firmeza en un par de ocasiones para recordarme que siempre está ahí.

—Si este es el requisito para coger una cerveza, prefiero morir de sed —espeta Gandar tras lanzar un sonoro resoplido de desagrado.

—No digas falsedades Gandar, tú siempre has sido un viejo sensiblero —Ebhan ríe. Sus ojos todavía se aprecian vidriosos.

—¡Falso! —exclama Gandar con semblante indignado.

—Todavía recuerdo cómo lloraba el día que tu magia verde se mostró —me revela Ebhan con tono burlón.

—¡Más que falso! —Gandar estira el cuello. Golpea el suelo con la daga—. Además, creí que el motivo de esta reunión era olvidar el pasado.

—Por desgracia, siento que hay cosas que nunca podrían olvidarse —guardo silencio cuando los recuerdos me llevan a mi conversación con Eladriel.

—Tal vez —asiente Gandar con mirada subversiva—. Pero no ignores que también sucederán cosas que nunca querrás olvidar.

—¿Viste algo? —mi entrecejo se arruga ante sus palabras de esperanza. Eso es nuevo.

—El sol sufrirá un eclipse que oscurecerá todos los puntos de Órianth. Su intensidad será tal, que revelará secretos enterrados en el tiempo —afirma Gandar de forma serena.

Ebhan ladea el cuello despacio, su mirada está tan aturdida como la mía.

Acto seguido, sus cejas se elevan antes de tomar un trago de cerveza como si sus palabras fueran indescifrables.

Entrecierro los ojos porque no puedo evitar pensar en ellas.

Un eclipse. Eso tal vez significa que la princesa y yo no lo conseguiremos.

—Sé que te gusta hacerme de rogar, pero… —bajo la jarra para concentrarme en el hechicero—. ¿Qué más viste?

—El cielo se vestirá de colores nunca vistos cuando la luz vuelva. Una nueva era de magia volverá sin poder remediarlo —Gandar parece que habla de una anécdota sin importancia.