29. Fiesta pagana. #2
Pero en este lugar solo estoy. Al menos, me distraje con Twig estos días.
Comienzo a apreciar las coloridas flores de Ravenbell y esas decoraciones que solo he aborrecido hasta ahora.
Reconozco que la restauración fue mejor de lo que esperaba.
Incluso si Ebhan aseguraba que me angustiaba por nada.
Cuando traje a Eladriel, aquí solo había una habitación lista en la cámara y estaba repleta de humedades.
Ahora no solo le puedo ofrecer un cálido despacho, tengo toda un ala de cuartos donde puede sentirse princesa.
Una biblioteca, una cocina y un comedor…
Hasta quién pueda servirla. No creí posible apreciar este lugar, su oscuridad.
Quizás solo sea porque este lugar seguro para ella lo hace mío, o por cómo su rostro resplandece al observar los detalles que incorporaron desde su última visita.
Por fin, mi reina camina libre por los pasillos de mi corazón.
—Me gusta tu nuevo hogar —sonríe Eladriel. Sujeta sus manos a la espalda mientras camina de espaldas—. Aunque valoraba con profundidad que nos rodease el aroma terroso de la humedad en las primeras noches. Me gustaba ser solo nosotros.
—Decidiste no vivir aquí, pero prometiste venir como poco cuatro veces en semana —inclino la frente hacia delante con advertencia—. Este no es mi hogar si no estás tú.
—Detestaría que más criaturas me hicieran reverencias —su risa se escapa tan fina como su ironía.
—Entonces ordénales que no se inclinen más —me encojo de hombros sin más importancia.
—¿Una princesa que no cumple el protocolo? —arquea una ceja. Sonríe pensativa.
—Es tu castillo, tú decides el protocolo —le recuerdo.
Apresuro un par de zancadas para abrazar su cintura mientras caminamos por la galería principal.
—¿Sugieres que puedo negarme a cumplir con mis deberes? —Eladriel usa un tono de asombro que me sorprende. Una arruga domina su ceño—. Pero no nos respetarán luego.
—Sugiero que tienes la libertad para hacer lo que tú desees —le desvelo en un susurro.
—¿Libertad? —musita.
—Sí —confirmo—. Nadie te dirá qué debes hacer. Yo tampoco.
Se detiene entre mis brazos, en el centro del pasillo. Sus labios se han sellado después de que su mirada cayese hacia la alfombra que cubre el suelo. Voltea. Me mira determinante para sobrecogerme. Sus pupilas se hunden en los mías como su hubiera descubierto algo que no pensó que necesitase decir.
—¿Incluso si hay guardias y criados recorriendo todos los pasillos? —arruga la frente.
—Ellos trabajan aquí —sonrío por su inocencia.
—En Eryas también trabajan guardias y criados, pero visitarlo no nos hará libre —niega.
—Son leales a nosotros, tú eres su princesa —sujeto su barbilla.
—Son brujos… —insiste en resistirse a comprender.
—Ellos no harán nada que pueda lastimarte —separo los párpados con confianza.
—No temo que me hagan algo, no tengo miedo de tu pueblo —se aclara la garganta. Desvía la mirada—. Me asusta su fidelidad a los dioses, y que nuestra unión la desafíe.
—Confío en que vas a cambiar de opinión —sonrío.
—Quiero que este castillo sea como nosotros, príncipe Bradosck —recorre el alrededor de forma rápida con la mirada.
—¿El castillo? —busco por los detalles que ha observado para entender a qué se refiere.
—Un lugar en ruinas que se reconstruye —admite con una tranquilidad que me hace amarla aún más.
Sonrío.
—Ninguna alianza política nos une. Nadie nos protege —sus manos se centran en mi armadura. Rompe con la distancia entre nosotros—. Pero nos hemos convertido en una fortaleza estratégica imposible de destruir.
Mi mirada se detiene sobre la suya silenciosa.
Siento el tacto que me atrae hacia ella, hacia sus labios.
Acaricio con suavidad su rostro antes de besarla.
Un beso que transforma su aliento, lo entrelaza con el mío, y se desliza entre nuestros labios.
Me rindo a la libertad que le prometí al percibir la penumbra cómplice.
Mi lengua se encuentra con la suya con intensidad.
Eladriel se sostiene con salvajismo a mi vehemencia.
Sus dedos rodean el cuero de mi armadura cuando busca que la diferencia de altura no la desafíe.
Mi manos se deslizan hasta envolver su cadera para ayudarla en el deseo de que este beso se vuelva más que un simple encuentro.
La elevo entre mis brazos. Rodeo mis caderas con sus piernas y cubro su cabeza con cuidado antes de apoyar su espalda contra la pared.
Su respiración se intensifica al pulso de la mía.
Cuando se aleja y sus besos se detienen, mis labios la buscan con desesperación.
Si su boca me siente lejos, no se conforma hasta que se acerca.
Sus caricias siempre se vuelven profundas al percibir el calor de mi hálito cerca de su cuello.
Se estremece al escucharme, y escucharla es suficiente para excitarme.
Aparto el cabello que oculta su clavícula.
Hundo la punta de los dedos en la roca de la pared cuando mi lengua se encuentra con el sabor del perfume de su piel.
Despacio. Cierro los ojos cuando roza su escote.
—Príncipe Bradosck… —la voz de Mim parecerme llamarme.
Eladriel ahoga un gemido de sobresalto. Entonces entiendo que esa voz era real y no estaba en mi imaginación.
Procuro que la princesa toque el sueño sin daños antes de alejarme.
Aunque apenas me haya tomado un par de segundos reaccionar, la cara de Mim luce como si hubiera decidido ignorarlo hasta saciarnos.
Mis hombros se tensan al ver su acompañante.
A Maren avergonzada a su lado. Guardan silencio a pesar de que es evidente que desean compartir lo que piensan. Lo preferiría a no saber qué decir.
—El príncipe Ebhan nos envió a buscaros al ver que os retrasabais —Maren deshace la tensión y me devuelve el aliento.
—Nos dijo que no molestásemos si estaban ocupados —sonríe Mim. Ladea el cuello hacia Maren—. Diremos que estaban inmersos en trabajo.
—Vamos, Mim —inclino la cabeza en un gesto de fastidio. Señalo a Eladriel en un movimiento de cabeza—. Mantente serio, por favor.
—¿Soy yo quién debe mantener la seriedad? —Mim resopla con ironía—. ¿Acaso no os encontramos ocupados?
—Ya no lo estamos —mi sonrisa tensa contrae su mandíbula—. Ahora podemos ir a disfrutar de la fiesta.
—¿Fiesta? —Eladriel adelanta el pie derecho. Se coloca frente a mis ojos—. ¿Una fiesta?
—Que nos trague la tierra —Mim deja caer los brazos. Niega cuando sus ojos se vuelven blancos—. Al estiércol con la sorpresa…
—Quise traerte aquí una de esas fiestas de Ebhan que querías descubrir —sonrío para disimular la angustia por la mirada de la princesa.
Sonríe. Sonrío a pesar de que no podría disimular que el aliento me abandona aliviado. Pensé que no le agradaría la idea tras su reacción a la visita en el despacho. Se apoya en la punta de sus pies para darme un beso rápido. Acepta el brazo de Maren cuando le ofrece salir al patio de armas.
A la misma velocidad que mi sonrisa se convierte en una línea recta al ver como Eladriel se aleja, mis pupilas se centran en el teniente.
Mim observa sonriente como las dos caminan, esa cara de idiota sería golpeada por la vara de Gandar sin duda alguna.
Doy una zancada para sujetar el cuello de su armadura.
Tiro de él hacia atrás en una sacudida firme que le hace tambalear por un momento.
Gracias a que es rápido, de otro modo no podría haber evitado besar el suelo.
—¿Te has encargado de lo que te ordené? —grito en un susurro.
—Primero —Mim se separa con una sacudida de brazos. Estira su ropa—. ¿Crees que estas son formas de dirigirte a alguien con un cargo tan importante?
—¿Y…? —le dejo caer con impaciencia.
—No puedo tomarte en serio después de lo que acabo de ver —me dedica una mirada de reojo. Ríe.
—A mí tampoco me apetecía verte en ese momento —aparto la mirada.
—Es que, estabas ahí… —continúa Mim con la frente arrugada y las cejas arqueadas.
—Teniente —intervengo su argumento de inmediato—. No sé si tendremos otro momento a lo largo de la noche para hablar sobre este problema.
—Los soldados lo trajeron como ordenaste —asiente Mim. Su mirada se vuelve seria al fin.
—Bien —la calma me hace afirmar despacio—. ¿Cómo está Maren? ¿Has ayudado a sus padres a instalarse en su nueva casa?
—Costó convencerlos de venirse a estas tierras, pero acabaron cediendo hará un par de tardes —resopla con algo de burla—. Cómo si nosotros fuéramos los que queremos acabar con ellos…
—Es comprensible, su rey siempre les hizo creer que son nuestros enemigos —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Por eso Eladriel acudió a hablar con ellos.
—Maren no parece tenerme miedo cuando estoy cerca de ella —Mim levanta la mirada pensativo, o eso intenta.
—¿Qué ves de raro en eso? —enarco las cejas de forma burlona—. No te separaste de ella desde que te ordené protegerla.
—Tú me ordenaste que se mantuviese con vida, ¿recuerdas? —sus labios se estiran con cierto tono punzante.
—¿También te ordené dormir en su casa? —ladeo el cuello. Mi mirada brilla irónica.
—Creo que no estás en condiciones de hacer ese tipo de bromas —Mim detiene sus pasos. Su frente se arruga para mofarse—. Don escotes…
—Al menos, no oculto lo que es evidente —contengo los labios entre los dientes para no reír.
—¿Acaso no piensas que me interesa mantener su pelirroja cabeza a salvo solo porque me amenazaste con arrancarme la mía si algo le sucede? —me dirige una mirada de crítica.
Sus puños de cierran antes de acercarse en pasos ligeros. Estira el dedo para señalarme.
—Pero escúchame bien, mi señor —protesta el teniente—. No tengo intenciones de buscar enemigos entre sus ropas como tú has encontrado por buscar entre las de Eladriel.
—Te aseguro que en esos momentos, no son enemigos quiénes vienen a mi mente —Sonrío. Señalo el frente para que continúe caminando.
—Sí, te vi muy alegre y desconcentrado para estar en combate —su ceño se frunce al instante.
—Yo te veo concentrado en un solo lugar —golpeo su hombro despacio en un toque de atención—. Más te vale protegerlo si no quieres sufrir cuando lo pierdas.
Trata de negarlo, aunque su inquietud es evidente cuando acede al patio.
Su mirada recorre inconsciente cada criatura que respira en busca de la que le da la respiración a él.