Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 29. Fiesta pagana.
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29. Fiesta pagana.

(Azohr)

Observo como la luz de las velas que alumbran el escritorio del despacho tintinea de forma precisa.

Se refleja en las pupilas de Eladriel. Hace largo rato que no levanta la vista de archivos y tinta.

Desde que montó en Riexor para volver del muelle, solo se ha mostrado interesada por los papeles que Gandar trajo de la ciudadela. Los ha revisado por días.

El hechicero también se preocupó por recuperar su bolsa.

Fue suerte. Vio un destello verdoso a un lado de la puerta cuando salía con los archivos, y supo que debía tomarla.

Sacudo las cejas al ver que Eladriel sortea nuevos papeles.

Incluso si esos que ahora llaman su atención han sido apartados con anterioridad al no encontrar nada interesante entre sus escritos.

Resopla una vez más. Cambia unos documentos por otros una eternidad de veces.

Analiza algunos con más detenimiento y repite el proceso.

Alza la vista a las estanterías de la estancia, recorre los tomos de los libros que Ebhan cedió de la biblioteca de Brenshire con información sobre la magia negra, notas de su padre…

Su mirada se vuelve presa de la pluma un segundo después.

Ni siquiera bajó a cenar.

—Princesa —carraspeo.

Mi entrecejo se arruga al intentar recibir su atención por tercera vez.

—Sí… —enuncia Eladriel en un hilo de voz distraído.

—¿Me ignoras? —me cruzo de brazos. Dibujo media sonrisa.

—Para nada —desmiente.

¿Debería pensar que está siendo irónica? No ha levantado la mirada del papel para contestar…

Doblo los codos para pasarme las manos por la cara y despejarme.

La frustración me obliga a resoplar según me acerco.

Me apoyo en el borde del escritorio, hundo la mirada en los papeles en espera de que termine de comprender que no encontrará nada.

Ladeo el cuello cuando un par de toques suaves en la puerta me distrae.

Estiro los párpados en agradecimiento. Hace rato que me aburro.

—Adelante —ordeno.

La hoja se separa de forma cautelosa. Una de las criadas a las que Ebhan ordenó permanecer aquí, me dedica una reverencia al acceder.

Sujeta sus manos al frente. Aún no me acostumbro a que haya criaturas que se inclinen cada vez que se topen con mi presencia.

Qué sensación tan desagradable. Recupero la postura para recibirla, doy un par de pasos hacia ella para no perturbar a la princesa.

—¿Qué deseas, Céfeda? —sonrío.

—El príncipe Ebhan y el señor Dulgalf han llegado, mi señor —anuncia Céfeda con mirada baja.

—Recíbelos —requiero—. Acompáñalos al patio de armas para que reciban al resto. Diles que tardaré un rato en convencer a la princesa.

—Sí, mi señor —se inclina de nuevo.

—Antes de que te marches… —elevo ligeramente el mentón para interrumpir sus pasos—. No es necesario que me dediques reverencias cada vez que te de una orden.

Céfeda calla. Alza la mirada confundida.

—Pero, el príncipe Ebhan… —la mujer titubea.

—Este es mi castillo. Las órdenes que te haya dado Ebhan no son más importantes que las mías —mi frente se arruga. Mis comisuras esbozan una sutil sonrisa.

—Y… —sus ojos viajan hacia la princesa—. ¿Qué sucede con ella?

—Ella siempre ha sido princesa —dedico una mirada rápida a Eladriel—. Que sea ella quién lo decida.

—Comprendo —sonríe Céfeda—. Se hará como lo deseéis, mi señor.

Le dedico una sonrisa de agradecimiento por aceptar mis deseos.

Se amplía cuando se marcha sin reverenciarme.

Volteo. Tomo aire al ver que Eladriel ni siquiera se ha dado cuenta de que alguien nos ha visitado.

Me inclino hacia delante al llegar al escritorio.

Beso la punta de su nariz al ver que todavía me ignora.

—Ebhan y Gandar han llegado —sonrío cuando se sobrecoge por el inesperado beso.

—¿Ahora? —la princesa levanta la mirada solo para llevarla hacia el reloj.

—Apenas son las nueve y media —amplío la curva alegre al ver que niega antes de perderse entre tinta de nuevo.

—Ve. Recíbelos si lo deseas —Eladriel me dedica una sonrisa rápida—. Me reuniré con vosotros más tarde.

—Deseo salir de aquí contigo —doblo los codos. La miro fijamente.

—Aún no terminé —sus ojos se estrechan desafiante. Sus labios se convierten en una línea recta.

—Hace horas que terminaste —suspiro. Dejo caer la cabeza hacia delante.

—Hay algo que pasé por alto, lo sé —Eladriel insiste en mover los archivos en busca de algo que ni alcanza a comprender qué es.

—Puede que eso que buscas no esté entre estos papeles —sentencio por el hastío. Recupero la postura.

—Estos archivos estaban ocultos, tiene que estar aquí —eleva la mirada en un movimiento rápido.

Puedo ver como sus pupilas brillan suplicantes por un par de segundos antes de lanzarse de nuevo a la necesidad de respuestas.

—Eladriel —me dispongo a detener sus movimientos. Poso las manos sobre las suyas en una caricia—. Te prometo que encontraremos esos archivos.

—No —niega. Aparta las manos—. Estoy segura de que todo está aquí, pero el cansancio no me deja verlo.

Mi mandíbula se tensa. Resuello, y luce más a enfado que a cansancio.

No puedo evitar que salga cuando mi mano viaja llena de rabia hacia los papeles que la consumen para caer sobre ellos.

Incluso si llevo horas conteniéndolo. Un golpe seco hace vibrar la madera del escritorio.

La princesa eleva la mirada con una mueca de rabia que hace eleva su labio superior.

—Debes descansar —arqueo las cejas.

—¿Acaso te atreves…? —Eladriel posa las manos sobre la mesa con el mismo ímpetu que yo. Hunde la mirada sobre la mía.

—Te entiendo —intervengo antes de que sus pensamientos la confundan. Sostengo su mirada con la misma ira que ella.

—Tú no puedes comprenderlo —traga saliva. Sus ojos se llenan de cristales de tristeza.

—Entiendo lo importante que es encontrar esa información —incluso si duele, no aparto mis pupilas de las suyas.

—Yo he renunciado a nuestro hijo por esos archivos… —sus lágrimas caen—, ¿y tú esperas que baje a reunirme con tus amigos?

—No —niego con rabia—. Solo deseo que no pienses en eso por un instante.

—¿Cómo podría olvidarlo? —vocifera—. ¿Cómo puedes hacerlo tú?

—No lo sé —mis pupilas caen por el peso de la culpa.

—Solo intento salvar mi conciencia —se deja caer sobre el asiento—. Hace días que busco entre estos papeles durante horas, y no hay nada…

—Nunca te pediría que no intentases hacerlo —acaricio su mejilla—. Lo haremos después. Juntos.

—No puedo —la princesa posa su mano sobre la mía con desesperación.

—Torturarte no cambiará la realidad —enredo su pelo entre mis dedos para besar su frente—. No podemos evitar lo que sucederá.

—Pero… —sus ojos se cierran al tocarse el abdomen. Sus quejidos me queman—. Morirá en vano si no encuentro la respuesta.

Rodeo la mesa. Apoyo una rodilla para colocarme a su altura.

Elevo su barbilla para apartar los mechones que ha colocado con estrategia para ocultar su tristeza.

Dedico una sonrisa a sus ojos llenos de lluvia y vacío.

Tristes. Cada una de las lágrimas que resbala por su mejilla, cae en mi mente como la reverberación de la venganza.

Nunca pensé que podría sentirlo de este modo.

Sé que ese pacto con Selim solo fue posible porque él tenía la certeza de que cambiar esa vida por la de la princesa haría historia.

—No tengo dudas de que, incluso si no está a tu lado, estará orgulloso de verte transformar este mundo —la miro a los ojos—. Aunque no sea hoy ni ahora.

—Azohr —Eladriel se deja caer sobre mi hombro con voz rota—. ¿En qué me estoy convirtiendo? —calla por un sollozo—. Tengo miedo de lo que siento…

—Me apena que no puedas verlo —limpio sus lágrimas. Sostengo su cara entre las manos—. Eres una líder, y si lloras, lo harás con la cabeza en alto.

Sus ojos oscilan temblorosos sobre los míos.

Sus labios me besan con urgencia. Se inclina hasta que sus brazos me vuelven con fiereza como si ella sintiese el mismo miedo que yo.

Como si pensase que alguna vez podría alejarme de su lado.

Eladriel no comprende que si ella lo dicta, rechazaría las tierras del dios del cielo y dejaría mi alma vagando por el bosque ancestral solo por verla sostener su frente en alto ante el mundo.

—Me gustaría saber… —la princesa arquea las cejas. Me mira con intriga—. ¿Tú también dudas de cómo se siente el amor?

—¿Cómo crees que se siente? —una arruga conquista mi entrecejo.

—Creo que es un huracán que sería capaz de arrasarlo todo —declara con una seguridad que eriza mi piel.

—Yo también lo creo —mi comisura izquierda sube segura.

La recorro con el mismo propósito del que siente más que admiración.

Sé que es casi reverencial. Eladriel tiene muchos dones.

Puede ver a todo el mundo, pero nunca puede verse a ella misma.

Y sin embargo, yo podría leer cada una de sus emociones solo con contemplar un instante cuán intenso es el brillo de sus ojos.

Es princesa. Es el centro del huracán que menciona.

Es el propio huracán en sí mismo, aunque no la furia desmedida de un desastre natural, sino la voluntad de una fuerza que decide cuándo y cómo va a cambiar todo.

No solo es fuego y furia, me deja sin aliento su inteligencia y paciencia.

Es control y caos. Es razón y estrategia.

Instinto. La belleza de su sabiduría es majestuosa y su cuerpo…

Ojalá fuera necesario apartar su ropa para enmudecerme.

Puede tener armas y llamas de luz en sus manos, y no necesitar nada porque ella es su propio poder.

—Bajemos —Eladriel rompe el silencio.

Se levanta. Estira la mano para ofrecérmela tras una sonrisa impropia de una criatura que hace un suspiro daba todo por perdido. Ese es su don más importante, ella nunca parece rendirse.

—Yo iré —asiento. Acepto su ofrecimiento—. Puedes quedarte si lo necesitas.

—Terminé —admite.

—Si supieras cuánto te quiero… —la atraigo para abrazarla.

—Lo sé —asiente—. Tú me enseñas a hacerlo.

—Tú me enseñaste a mí —entrelazo mis dedos con los suyos.

Sus ojos marrones aún se vuelven más grandes.

Quieren mostrar un nuevo brillo a pesar de que siempre hay tristeza y miedo, no se resiste a que tintinee de forma feroz la felicidad.

Caminar con ella por el castillo me sienta bien.

Los días que no apareció, he sentido que las rocas no me protegían.

En Brenshire apenas pasaba tiempo entre sus muros.

Estaba tan inmerso en mis obligaciones de teniente y los vuelos con los fénixes…