28. El nacimiento de una nueva alianza. #7
—Volveremos al palacio en algún momento —asiento. Las comisuras de mis labios tiemblan—. Primero quiero enseñarte un lugar mágico.
—¿Mágico? —los párpados del pequeño se separan con sorpresa mientras busca la mirada de Atria.
—¿Qué te parecería conocer un lugar lleno de animales que puedes montar? —sujeto sus manos. Mi tono se vuelve maravilloso.
—¿Cómo los lobos de Tien? —su curiosidad lo invade su afinando tono.
—Con estos podrás volar sobre los árboles para ver qué hay en la tierra —elevo las cejas de forma fugaz—. ¿Quieres conocer el mar?
—Solo si son buenos —sonríe el niño—. Tien dice que hay animales malos.
—Estos son mis amigos, sé que estarán encantados de llevarte en sus lomos —le aseguro según aparto algunos mechones de su pelo—. Iremos ahora a conocerlos si lo deseas.
—¿El señor Atria vendrá? —su mano se estira hacia el comendador.
—El señor Atria acompañará al resto de tus amigos. Tú vendrás conmigo y montaremos los fénixes —sonrío.
Me reincorporo. Dedico a Mylo una sutil mirada de reojo. Dos zancadas lo aproximan al niño.
—Vamos, pequeño. Cuéntame todo lo que sepas sobre los lobos —sonríe Mylo. Ofrece sus brazos para alzarlo.
Toma una distancia prudente junto a Maren. Observa maravillada lo blanco de su piel, la forma en que el sol resalta cualquier reflejo dorado de su cabello.
—Este niño vendrá conmigo, comendador —le lanzo una mirada a Atria—. Pero todos son importantes para mí.
—No debéis preocuparos, mi señora —Atria asiente ufano.
—¿Qué instrucciones recibieron Lynn y Lugh? —lanzo una mirada al pequeño cuando me mira sobre el hombro de Mylo.
—Irán por el aire. Nos avisarán si ven enemigos o guardias reales de Eryas cerca —aclara Atria con mirada estratégica.
—¿Cuánto os tomará llegar con los carros que están en la frontera de Néferien hasta Émaxor? —recorro a la comitiva a sus espaldas.
—Unas tres horas aproximadamente —acepta Atria con pesar—. Somos una partida extensa.
Mi intuición aún no se ha encendido hasta que quema, sé que no es bueno. Si el peligro estuviera cerca, en el camino, hace rato hubiera doblado mi espalda hasta caer de rodillas. Ahora solo me invade un ligero cosquilleo.
—La luz os guiará en el camino, estoy segura de ello —poso la mano sobre el hombro del comendador. Bajo la mirada para advertirle—. Me preocupa el viaje por el mar.
—Una vez que estén en los barcos, estarán lejos de manos enemigas —Ibha levanta su espada para envainarla.
—Confiemos en que estés en lo cierto —suspiro. Acepto que ya no puedo hacer más.
El comendador. Sus hijos y el resto de soldados. Hasta Lugh y Lynn se inclinan cuando despliego las alas. Que aburrimiento. Al menos, Maren y Mylo solo me esperan con alas estiradas.
—Vigila que Eseo se encuentre bien durante el trayecto —le encargo a Mylo en un susurro.
—Como ordenéis, princesa —se inclina el guardia.
Mis pies abandonan la tierra y siento como me ahogo entre mis propias decisiones, puede que sea porque sé que ya no hay vuelta atrás.
Hay soldados con órdenes de ejecutar en caso de que intenten llevarse a unos pequeños que ya han iniciado el camino, hay muchos más niños que los que Twig propuso en un primer momento.
Maren agiliza la velocidad para encontrarse conmigo, dedica un vistazo a Mylo y Eseo mientras sus labios luchan por mantenerse sellados.
—¿Qué harás con el niño? —Maren dirige una mirada de angustia al pequeño.
—Protegerlo de una muerte segura —admito de forma implacable.
—¿Con quién se quedará en esas ruinas? —niega con horror.
—Contigo —sonrío de forma segura y radiante.
—¿Yo? —vacila sorprendida.
—Nadie sospechará que tú lo tienes —me encojo de hombros.
—Yo lo sabré. Tien puede relacionarlo con mi ausencia —duda Maren.
—La desaparición de Eseo es anterior a tu marcha —le recuerdo con pasmo—. Pediré vigilancia para vosotros, no voy a exponeros.
—Eladriel —murmulla Maren con voz entrecortada—. Ni siquiera sé dónde iré.
—Al mismo lugar al que se dirige el niño. Vivirás en Émaxor —sonrío de forma definitiva.
Hace tan solo unas noches que este castillo era un conjunto de ruinas que descansaba desde hacía siglos en la oscuridad.
Admiro una vez más la piedra negra que ahora lo levanta.
Es como si hubiese sido consumido por las llamas antes de volver a conformar los robustos muros.
Han despejado el foso que rodea el basamento.
El puente levadizo está abierto. Se apoya al otro lado de la tierra para dar paso a los visitantes una vez más.
Desciendo para cruzarlo ahora que su arreglo ha terminado.
Observo sonriente el nuevo detalle que adorna el balcón más grande de la estructura. Dalias, iris y calas.
Siento como Maren toma tierra cerca. A mis espaldas.
Doy media vuelta y respiro al ver como Mylo y el pequeño han llegado.
Los guardias que custodian la puerta principal como en el castillo de Brenshire, alzan la mirada prestos cuando nos disponemos a atravesar el puente.
Yeziel sonríe. Se inclina hacia el otro soldado y sus labios se mueven hasta que ve cómo desaparece en el interior.
—Princesa Eladriel —Yeziel me dedica una reverencia.
—Buenos días, Yeziel —uno las manos al frente con un gesto amable.
—Me complace ver que vuestras visitas se han retomado, hace días que os esperábamos —en su mirada encuentro un brillo de hartazgo.
—A pesar de que el príncipe no esté de acuerdo, es peligroso permanecer fuera de Eryas tantos días como desea —sacudo las cejas de forma fugaz. Asiente como yo.
—Ya sabéis que no solo de eso reniega —desvía la mirada. Yeziel se aclara la garganta.
—¿Cómo ha afrontado su nueva posición estos días? —mi boca pierde la sonrisa.
—No demasiado bien. No permite que el protocolo sea cumplido —declara con más cansancio que preocupación.
—Lo imaginaba —estiro la comisura izquierda en un gesto de resignación.
El guardia centinela que abandonó su puesto hace unos instantes, aparece cuando todavía el aire del suspiro no me ha abandonado del todo. Me dedica una reverencia. Toma el lugar que esperaba por él colocando la mirada en el frente. Apoya de forma cuidadosa la punta de su mandoble en el suelo.
—Su majestad, el príncipe era por vos —revela el guardia con deferencia.
Arrugo los labios antes de iniciar la marcha. Golpeo el hombro de Yeziel para ofrecerle ánimos según accedo al interior. Me aseguro de que Maren nos sigue. Ordeno a Mylo con una sacudida firme de cabeza que avance sin miedo.
No deja de fascinarme entrar aquí. Vi la parte del castillo que aún estaba en pie, apenas ha sufrido cambios a pesar de que ya no hay polvo cubriendo los muebles nuevos.
Los antiguos podrían haber asustado a las criaturas fieras de la noche que hubieran querido tomar este lugar como suyo propio.
Alzo la barbilla. La iluminación ahora es mucho más viva que antes.
Mi atención se centra en la bóveda de la entrada recubierta de frescos como los de Eryas.
Incluso si Azohr me asegura que no disfruta de adorar pinturas de la creación y sabe que comparto sus pensamientos.
Mis ojos sonríen al ver los fénixes tallados en los balustres, recuerdo el instante en el que dije que a Hai le gustaría.
Capturo los detalles del pasamanos de madera oscurecida.
Ya no hay astillas ni trozos sobresalientes que podrían atravesar el corazón de un enemigo.
Nada de lo que hay aquí me hace sentir que Azohr está en su hogar.
Mis pupilas vuelan hacia la parte superior de la escalera cuando pisadas decididas rugen cerca.
El príncipe aparece. Ni siquiera voy a esforzarme en evitar que mi sonrisa se mantenga oculta al verlo aparecer.
Sus comisuras suben con la misma facilidad que las mías.
Los escalones han quedado tras su decisión de acercarse.
Decido romper la distancia tanto como él.
Maren, Mylo y el pequeño están aquí, y es como si no estuvieran cerca.
—Princesa —Azohr me dedica una reverencia.
—Príncipe —doblo las rodillas. Mi sonrisa se vuelve burla.
—Eladriel… —se precipita a hundir una mirada irónica a pesar de que aún no ha recuperado su postura.
Recoloco la espalda cuando mis manos rodean su cintura. Gano a sus pensamientos al tomar de sus labios un tierno beso.
—¿Tú me llamas princesa… —mi frente se arruga. Responde a su ironía—, y yo debo llamarte por tu nombre?
—Porque tú eres una princesa—Azohr ríe.
—Y tú un príncipe —le recuerdo antes de que se aleje—. Mi príncipe.
Mis dedos sujetan un lateral de su armadura. Dejo que la voz salga apenas rozando el aire, su rostro.
—Estoy segura de que podrás encontrar grandes satisfacciones dentro de este nuevo título —beso la comisura de sus labios.
—Hace días que no te veo —su boca se acerca a la mía.
—Permaneceré aquí esta noche —lo beso una vez más—. Mi padre aún se encuentra en Rhysartyr.
—¿Vendrás sola, o…? —sus pupilas viajan hacia Mylo, Maren.
—Estaremos solos —poso la mano sobre su rostro para atraer su atención—. Incluso si hay guardias.
—Al fin lo aceptaste —el príncipe vuelve su mirada desafiante, pero no puedo dejar de verlo tan cálido como siempre—. Mientras estés aquí, los guardias estarán cerca.
—Azohr —susurro en un hito—. Esta noche, quiero asegurarme de que me recordarás en cualquier lugar de este castillo cuando no esté.
Su mirada se detiene al ver como mis palabras ceden a la amenaza del silencio. Esbozo una sonrisa según me alejo. Eseo suelta la mano de Mylo cuando estiro el brazo hacia él. Llega hasta mí en una pequeña carrera en la que se sujeta a mi pierna.
—¿Quién es este señor? —Eseo eleva la mirada hacia Azohr de forma inocente—. ¿Nos mostrará esos animales que vuelan?
—Te los mostrará —afirmo mientras busco una de sus manos—. Habrá que esperar un poco para poder volar en ellos.
—Perdona… —Azohr arruga el entrecejo desde las escaleras.
—Permanecerás en estas tierras —dirijo una mirada autoritaria hacia Maren—. Contarás con la protección del príncipe Bradosck.
—¿De quién? —Maren ladea las pupilas hacia Azohr.
—¿Protección? —Azohr inclina la cabeza hacia delante al llegar a nuestra posición.