28. El nacimiento de una nueva alianza. #6
—Tienes que averiguar con quién se reúne —mis labios se estiran molestos—. A pesar de que olvidé cuántas veces he pedido tu silencio, te repetiré una vez más que no menciones nada de lo que veas u oigas al estar cerca de mí.
—No encuentro tu vida tan interesante —se alía con la ironía para hacerme un reproche poco justificado.
—Mencionas cosas sobre ella, espero que no así sobre la de su majestad —elevo las cejas en un gesto crítico—. Mi padre puede cortarte el cuello si escucha que esparces cosas de su privacidad.
Maren resopla. Su expresión está rota. Creo que ni siquiera el aire que nos envuelve podría llenar ese vacío que parece sentir su pecho.
—Me alejaré de Rani para siempre, Eladriel —revela Maren sin una pizca de emoción en los ojos.
—¿Te decidiste? —asiento en busca de más.
—Hace tiempo que no puedo verlo de la forma que él desea —carraspea. Su mirada baja.
—¿Ya te sinceraste con él? —tomo el espacio frente a ella para elevar su mentón.
—Esperé a que regresase a su casa y rechacé entrar para decirle que se alejara para siempre —sus ojos se hunden en miedo—, pero esta mañana… —calla—. Acompañaba a mi madre a la hora del desayuno.
—Le llevará tiempo comprender qué sucede —trato de contener mi desagrado por ella. Por calmarla—. Hace años que estáis unidos.
—No —Maren se rompe. Tiembla—. Él no va a permitir que me aleje, estoy segura.
—No puede obligarte a permanecer a su lado —una arruga me toma el ceño.
—Él lo aseguró —su entrecejo se vuelve tímido. Asustadizo.
—No importa qué diga, no puede darte órdenes —mis manos se aferran a sus brazos con fuerza—. No permitiré que lo haga.
—Su cerebro susurra cosas. Está convencido de que me alejé de él por las visitas al reino de Néferien —ahora, aunque Maren no quiera, su mirada muestra la verdad que a ella le pesa.
—¿Por los brujos? —recorro el alrededor con la mirada. Mis pensamientos.
Maren hace silencio. Me obliga a determinar su arrepentimiento cuando sus cejas de unen por la culpa, justo cuando nuestras miradas se encuentran. El vuelo cesa cuando sus lágrimas la derrumban.
—No puedo —Maren baña sus ojos—. No puedo alejarme de él.
—Maren… —tomo su rostro entre mis manos.
—Me amenazó con revelar la verdad al rey si me alejo —su zozobra me hiere.
—Todas esas afirmaciones son palabras de Tien, del cancilier —de un impulso mi rostro está a un palmo del suyo.
Ahora entiendo a qué se debe su silencio.
Su ausencia. Esperaba que me enfrentase en cuánto el guardián de las mazmorras lo pusiese en libertad, debía estar enfadado después de que lo hubiese mandado a dormir en el calabozo.
Tien sospecha, pero solo finge hacerlo. En realidad Rani le hace saber todo lo que sucede.
Maren es su aliada y ella no tenía intenciones de delatarme, puedo verlo.
—¿Sabes cuántas veces se han encontrado Tien y Rani? —pregunto.
—Nunca los vi saludarse en público, Tien siempre va acompañado de otras hadas —Maren trata de hacer memoria.
—¿Por qué iría a palacio por la noche si no es a buscarte o a reunirse con él? —mi mente divaga y no sé en qué.
—Jamás le quise revelar mi presencia en palacio en tus ausencias —su mirada se alza segura. Inquebrantable—. Supuse que sería peligroso para él.
—La información que Tien sabe también te pone a ti en peligro —doy media vuelta—. Debes irte lo antes posible.
—Tien no tiene interés en mí, créeme —rechaza Maren con una sonrisa nerviosa.
—Tú eres su fuente de información —mi mirada se vuelve sarcástica—. Rani puede hablar solo porque tú mueves la lengua para revelar cosas.
—¿Soy una espía? —Maren arruga el entrecejo con inocencia.
—Exacto —asiento de forma irónica a pesar de que siento ira por no haberme dado cuenta antes.
—¿Y qué debo hacer? —pregunta desorientada—. Es imposible no encontrarlos en Eryas.
—No lo sé, Maren —tomo aire angustiada—. Morirá gente para que Tien consiga esa información que obtiene a través de ti, querrá buscarte… —le dedico una mirada rápida—. No permitiré que te quedes cerca.
—No puedo dejar a mis padres en Ravenbell —Maren se rehúsa a pesar de que su miedo es evidente. Es una valiente—. Si lo hago, nadie estaría en peligro.
—Rani debe morir. Tú debes abandonar Eryas con tus padres antes de que Drieden y su hijo te capturen —aclaro la garganta por la lucidez con la que he tomado esta decisión.
—¿Morir? —hunde su mirada en la mía. Sus dedos se hunden en mi antebrazo.
—Es tan enemigo para nosotros como Keus lo fue para ellos —reclamo en un intento de defender la moral que justifica mis actos.
—¿Tú lo matarás? —su mirada puede lacerar mi alma.
—Te prometo que no me temblará el pulso si es necesario —mis ojos luchan por apartarse de los suyos y no incomodarlos—. No puedo ser benevolente con quiénes me traicionan. No perdonaré a quiénes dañen a los míos.
—Yo no deseo que muera, Eladriel —Maren se aproxima así nuestras alas puedan impactar. Sujeta mis manos con suavidad—. Por favor…
—Sin él, nadie podrá reclamar nada —aparto sus manos—. Lo siento, Maren.
Zor.a se muestra en el momento justo, la última conversación permanecía sobre nosotras para hacernos daño.
Mylo asiente cuando busco su mirada, conocer que está bien.
Los soldados y sus familias habitan el pueblo situado frente a la muralla de colores cobrizos y pardos.
Aún me sigue pareciendo fascinante la estructura que presenta.
Sus calles recorren la tierra de forma desordenada, lo más parecido a la figura de un rayo cuando impacta contra la superficie rocosa.
En el centro de las ramificaciones se levanta el palacio para dirigir su mundo.
Puede que así sea. Los tonos varían de la intensidad de los que ocupan las orillas o las calles de Eryas, entre árboles y bosque.
Aquí logro sentirme más acogida a pesar de las espadas y gritos de guerra.
Las hadas que caminan por las calles parecen tener una vida que en mi pueblo nunca logró florecer.
Avivan mi deseo de que todo sea como en este lugar.
Como en Néferien. Aunque no tenga tantos detalles, estoy segura de que hasta el rey Wild es mucho mejor monarca.
Atria hizo un buen trabajo como comendador de este lugar.
Desciendo sobre la explanada fresca y silvestre que rodea el palacio.
Twig sonríe frente a la puerta de entrada en compañía de Lugh y Lynn.
—Princesa Eladriel —Atria me recibe con una reverencia.
—Buenos días, comendador Virindi —sonrío.
Mis brazos se estiran para recibirlo. Sus labios se curvan alegres cuando nos fundimos en un abrazo.
—Es un honor recibir la visita de la princesa tras años —su pelo castaño sigue regio. Su expresión sigue siendo de honestidad.
—Habría sido un placer venir en más ocasiones con la reina —asiento. Recorro el lugar con la mirada—. ¿Cómo se encuentran vuestros hijos?
—Ibha, Kheí —anuncia Atria según retrocede un par de pasos.
Un par de hadas entre la formación de guardias de Zor.a da un paso al frente.
Desenvainan la espada de cruz del reino de Ravenbell en un movimiento, golpean el escudo que sujetan con el brazo izquierdo.
Uno de ellos aparta su casco. Una trenza rubia y larga cae hasta balancearse sobre la cadera de la armadura.
Sus ojos verdes llenos de miel sonríen. Su compañero…
Su casco tiene una hendidura visible cuando lo agarra entre sus manos.
El resto está derretido sobre un lateral de su cara.
—Siempre en filas, mi señora —asiente Atria con orgullo.
—¿Qué le pasó a Kheí? —lo que observo me impide guardar las formas y callar.
—Asaltaron la plaza, bandidos quemaron tiendas. Ellos salieron de su formación para entrar en una de ellas —Virindi levanta la barbilla. Su hijo asiente—. Gracias a los dioses, llegó hasta el anciano y logró salvarlo.
—Acercaos —indico a los guardias de forma autoritaria.
Aparta el casco para abandonar la fila. Apoya la punta de la espada en el suelo cuando sus pasos lo detienen frente a mí.
Poco puedo distinguir de su ojo derecho, de las partes de piel oscurecida entre el metal…
Sin embargo, la claridad con la que la pupila amarronada de su otro ojo me mira es enigmática y bella.
Su cara no necesita estar completa para resultar atractivo y distinguido.
Sus acciones lo convierten en uno de los seres más hermosos que vi. A su hermana.
—Es un privilegio que vuestras espadas y arrojo formen parte de mis filas —sonrío. Mi mirada le agradece de forma profunda.
—Sirvo a quién mi padre sirvió —asegura Kheí. —Ahora, a su heredera.
—Tu honor es el mejor escudo que mi ejército podría poseer —me inclino ante él.
—Las hadas de mi ejército os servirán leales —manifiesta el comendador estirando el cuello con satisfacción.
—Nunca dudé de ello, por eso estoy aquí —sujeto mi manos al frente—. Tengo fe en que Twig os puso al tanto de las nuevas indicaciones.
—Así es —el comendador me dedica una reverencia.
Atria retrocede con el brazo en alto. Los guardias que custodian la puerta tras Twig, Lugh y Lynn, abren apresurados ante su orden.
Sulán preside un ejército con armaduras grises y blancas, llevan un casco puntiagudo del que cuelga una pluma.
La mirada de Eseo se encuentra con la mía entre las pisadas sonoras de los soldados de la luz.
Una sonrisa pura emana de sus labios rosados e inquietos de niño cuando le permiten el paso.
Hundo la punta de la rodilla en el suelo cuando el pequeño corre hacia mis brazos como si yo fuera lo más importante que tiene.
Lo fundo contra mi protección al tenerlo rodeado.
Cierro los ojos ante su olor y la marca que deja en mi pecho para recordarme mi destino.
Yo no podré sentir el perfume del hijo que llevo dentro.
Beso su pelo cuando el dolor de la reminiscencia me pincha hasta atravesarme.
—¿Iremos con Tien? —sonríe Eseo.
—Hablas —acaricio su mejilla—. ¿Atria te enseñó?
—Así es —asiente el comendador. Acaricia el pelo del pequeño—. Su nivel de aprendizaje es asombroso.
—No puedo llevarte con Tien aún —le sonrío a pesar de sentirme mal por no poder cumplir sus deseos—. Pero tengo una sorpresa preparada para ti. Aunque me gustaría saber tu opinión.
—¿Iremos al palacio? —pregunta. Sus pequeños ojos se avivan de emoción.
Bajo la mirada. La arrastro con tribulación hacia Maren y Mylo a mis espaldas.