Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 28. El nacimiento de una nueva alianza. #4
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28. El nacimiento de una nueva alianza. #4

—Pero tú ya sabías cuál sería mi decisión —Lugh sacude los brazos con poca paciencia.

—¿Cómo podría saber que tu vida te importaría tan poco? —vocifero tras haber perdido la paciencia.

Doy un par de pasos hacia atrás para recoger bolas doradas del fondo del lago.

—Solo me has mentido desde que apareció en tu vida —mis lágrimas salen tan fácil como la luz de entre las ondas del agua.

—Tú nos mentiste siempre —arquea los dedos al ver que no puede recoger la intensidad de mis motas.

Su recriminación consigue que el juicio que conforma mi cabeza y mi corazón se unan ante un solo objetivo. Lo destrozaré antes de que él lo haga conmigo.

—Os protegí por encima de todo, incluso de lo que yo sentía —degluto con pesar la sensación de lamento que tengo atravesada en la garganta—. ¿De qué te protege ella cuándo te miente?

Mis dedos se unen a la palma de la mano cuando las motas de luz comienzan a brotar hacia la superficie. Elevo los brazos después de ver cómo se fusionan. Atraigo la esfera para moldearla antes de lanzarla.

—Tú eres mi hermano, Lugh —le lanzo una mirada desafiante—. ¿Qué te sucede?

Mis ojos se cierran con pesar. Mis manos caen despacio mientras las partículas se deshacen sobre la tierra húmeda de la orilla al darme por vencida en esta batalla. Sé que no podría hacerle daño.

—No sé en quién debo confiar, Eladriel —Lugh deja que toda la tensión de su cuerpo caiga sobre las piernas.

—No diré nada sobre eso, solo tú debes saberlo —aprieto los labios para guardar silencio.

—Si me demuestras que miente, tendrás todo mi apoyo —me propone con la mandíbula tensa—. Volveremos a estar como siempre.

—Así tenga que arrastrarla conmigo a lo más oscuro y perdido de las profundades, voy a mostrarte quién es la princesa —asiento. Intento que mi sonrisa tensa no se delate.

Su espalda se relaja. Estira los hombros, mueve los brazos al dar pasos cortos hacia atrás.

Una sonrisa genuina ocupa mi rostro al verlo.

No puedo evitar correr hacia él para rodearlo con fuerza así Ilta siga mis pasos asustada con la mirada.

Al menos, guarda silencio cuando se percata de lo que ocurre.

—¿Qué necesitas? —pregunta Lugh en un susurro mientras sus brazos me rodean con firmeza.

—Es pura coincidencia que preguntes… —carraspeo—. ¿Recuerdas el niño que encontramos?

—Claro. No podré olvidar las dos horas que pasamos sentados en la hierba esperando a la princesa —eleva las cejas con sarcasmo. Una sonrisa tímida aparece en su rostro.

—Descubrí que había muchos niños como él —mi frente se arruga a modo de confesión.

—¿Cuántos? —se inquieta Lugh.

—Muchos más de los que esperábamos —aseguro—. Hice un trato con Aranel para poder llevarlos a Aeranthos con sus barcos.

—A cambio del hada que entregarás con mi pañuelo, lo sé —el sarcasmo se detiene en la comisura de sus labios.

—Sí —sonrío incómoda.

—Te daré el pañuelo —asegura sin titubeos.

—Ahora no hablo de ti, Lugh —inclino la cabeza con autoridad—. Quiero que te encargues junto a Lynn de proteger a los niños hasta que lleguen al muelle de Néferien.

—Entiendo que es una broma, ¿verdad? —pregunta Lugh con tono risueño.

—Sabrás hacerlo. Veo mucho más de lo que tú puedes ver—insisto. Poso la mano sobre su brazo con seguridad.

Mis ojos destellean por su misericordia.

—Eladriel —niega—. Me pondría tan nervioso que destruiría a los niños en vez de a los enemigos…

—Yo sigo confiando en ti —asiento. Mis ojos destellan misericordia.

Estira una sonrisa. Exhala con resignación mientras sacude la cabeza en un gesto de negativa.

—¿Cuándo nos vamos, ser hediondo? —pregunta Lugh.

—En cuanto Ilta indique que la clase ha terminado —elevo las comisuras en una sonrisa de felicidad.

Apenas unos minutos después, la profesora abandona el lugar que ocupó para observar los enfrentamientos con detalle.

Apunta notas sobre un papel al detenerse frente al combate de un par de hadas que causa su interés.

Ni siquiera jadean del cansancio. Tan solo un pestañeo después, Ilta estira una mueca de advertencia que nos golpea de lleno.

Sus pupilas severas pasan de Lugh a mí para después señalar los árboles a nuestras espaldas.

Retrocedemos al ver que inicia una marcha cuya meta es llegar a nuestro lado.

—Todos podemos ver que hay problemas entre vosotros —recrimina Ilta. Su voz se eleva en un susurro—. No os conviene tener desencuentros delante de tantas hadas.

—Lo siento, profesora —aparto la mirada con algo de vergüenza.

—Será imposible protegeros si no intentáis, al menos, pasar desapercibido —Ilta coloca sus gafas molesta—. El dios Kona es la voz principal del senado académico. Él insiste en cada tribunal de la gloria en que debe haber hadas de la luz listas para entrar a su ejército.

—No puedes permitirlo —miro a Lugh con pesar. Al resto de la clase.

—El don de la luz escasea, princesa. Kona sabe que hay tan solo nueve alumnos disponibles para combatir —la profesora sujeta sus manos al frente con elegancia y calma.

Sé que el dios Kona no pensará en mí para luchar con sus soldados.

Mi padre no permitiría que su delicada princesa perdiera la capacidad de entregar un heredero combatiendo, pero Lugh…

No puedo dejar que lo recluten. Quiero que esté a mi lado, entre mis filas.

Ningún hada de la luz debe ser llamado antes de que el pueblo haya sido liberado.

—Todo Eryas sabe que la unión entre Lugh y yo no se debe a mucho más que un don —mi tono se vuelve serio—. Ni siquiera puedo considerar que es mi amigo cuando lo siento como familia.

—No todos en el reino murmuran lo mismo —aclara la profesora bajo una mirada sugerente.

—¿Qué es lo que murmuran? —su afirmación afina mis sentidos.

—Eso no debe preocuparos —niega Ilta con una sonrisa nerviosa.

Admiro esa serena expresión con la que trata de minimizar el asunto que ella misma ha decidido utilizar como arma arrojadiza.

—Si fueseis una mujer de política, sabríais que escuchar sin ser visto es un arte que todo gobierno debe poseer —mis labios se estiran insatisfechos. Me cruzo de brazos—. Hay veces en las que esas voces bajas revelan lo que los informes oficiales tratan de ocultar.

—¿Decís que debería hacer caso a esas afirmaciones? —la profesora permite que una arruga bañe su entrecejo.

—Solo digo que debería prestar atención a todo lo que escucha. Sacar sus propias conclusiones —mi frente se arruga a modo de propuesta.

—No puedo sino daros la razón —asiente Ilta con una sonrisa de maravilla—. Pero olvidáis que las opiniones ajenas no siempre terminan siendo certeras.

—Nuestras posturas están más cerca de lo que creéis —le devuelvo la sonrisa—. Sé que me conocéis. Sabéis que habría muerto como mi madre si esa fuera mi forma de pensar.

—No deseo que la vida de su majestad peligre —admite la profesora con un disque amargo al fondo de sus ojos.

—¿Por qué creéis que lo haría? —junto las cejas con recelo.

—Porque la última vez que Eryas gritó el nombre de una mujer bajo el título de reina, nuestro señor la encerró en una torre hasta destruir su poder —el semblante de Ilta se llena de pena.

Sus ojos se han velado por el pasado oscuro. Su pie derecho se adelanta cauteloso para reducir la distancia que nos separa.

—No debéis olvidar la diferencia entre su majestad, la reina, y esta servidora —mi determinación debería ser suficiente prueba—. Yo sí estoy dispuesta a enfrentarme a mi señor, incluso si quien lleva la corona es mi padre.

—Me apena reconocerlo, más cuando debería ser mi virtud —suspira Ilta. Sus brazos caen desalentados—. Eres tan solo una mujer, y ellos son un ejército de hombres.

—¿Desde cuándo un batallón de genitales ha sido capaz de sobrevivir sin el ingenio de una mujer? —mastico la rabia.

—Mi princesa… —Ilta toma por sorpresa mis palabras.

—El alma de mi madre se enfurecerá al escuchar que su cuello se mantuvo sobre sus hombros por tantos años gracias a la benevolencia de mi padre, y no a sus capacidades —esta es la única sentencia que podría hacerle entrar en razón.

—La inteligencia sin poder no sirve para nada —Ilta coloca sus gafas con los restos de su esperanza—. Para nuestra desgracia, ellos lo tienen en sus manos desde que abren los ojos a la luz de la vida.

—No se necesita una corona para gobernar, profesora, es suficiente con que la cabeza que la sostenga dependa de tu conocimiento —y nunca estuve tan convencida de algo—. Las ideas son las que derrocan los tronos, no los ejércitos.

—Mientras mantenga la cabeza sobre mis hombros, el don de la luz de esta sierva está a vuestro servicio —su voz temerosa no conseguirá asustarme—. No permitáis que vuestras emociones controlen el camino que acabáis de emprender.

—De haber sido así, Eryas sería conocido en las tierras de Órianth como el palacio de las cabezas —hasta yo encuentro en mis palabras el terror que ellos han mostrado.

—¿Estáis segura? —de forma mordaz, Ilta estira el borde externo de los ojos—. ¿O puede que sea eso lo que os impide hacerlo?

—Incluso si eso termina por condenarme, siempre me aferro a la moral cuando las emociones me sacuden —afirmo inclinando el mentón hacia delante.

—Sois aún más apasionada y magnánima que vuestra madre, y eso os hace vulnerable de una forma desgarradora —las manos de Ilta se precipitan a por las mías—. No van a conformarse con encerraros, querrán eliminaros.

—Los miedos me susurran tus ideas, no lo negaré —aprieto sus manos—. Pero mi cuerpo grita resistencia hasta que arde. Las tinieblas oscuras se convierten en halos dorados de justicia.

—Quizás, por eso el pueblo recupera la espera y parece dispuesto a quemarse en vuestro fuego —sacude mis brazos con suavidad—. Tenéis un reinado de sombras y luces que nunca vieron.

—Mi fuego no quema, profesora —una amplia sonrisa acompaña a mi gesto de seguridad. Al hormigueo que aprieta mis cuerpo—. Mi fuego solo sana.

—El trozo de tierra carbonizada que humea no opina lo mismo —espeta Lugh con ojos abiertos mientras señala el lugar donde lancé la flecha.

—Podría quemar a mis enemigos si fuera necesario refugiar bajo él a quiénes mi importan —observo el montículo de tierra oscurecido.