Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 28. El nacimiento de una nueva alianza. #3
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28. El nacimiento de una nueva alianza. #3

—¿Qué le ocurrió? —la profesora arruga el entrecejo con preocupación.

—Una rueda de los carros que cargaba cedió mientras tanto —se apena Norette—. Varios de sus huesos se han quebrado.

—Por los dioses —exclama Ilta—. ¿Y cómo se encuentra ahora?

—Las enfermeras le dan elixir para mantenerlo dormido —Norette se encoge de hombros—. No parecen optimistas en cuánto al tiempo de recuperación.

—¿Por qué no se avisó a los brujos sanadores? —Ilta inclina con ligera el mentón hacia un lado para defender su pregunta—. Sus huesos estarían bien en este momento.

—Los canciliers se reunieron y consideraron que no era necesario la visita de los brujos —el hada une sus manos al frente como última instancia—. Revelaron que de resultar peligroso para su salud, no habría sobrevivido.

—Bien —carraspea Ilta para relajar su postura—. Comenzaremos con la clase en ese caso.

Infla el pecho. Deja que sus manos se separen para tomar una posición amigable.

—Hoy comenzarán las lecciones cuerpo a cuerpo —niega la profesora—. La presencia de todos los alumnos era indispensable.

—¿Hoy? —escucho a Lugh murmullar.

—El hada que peor resultado obtenga en la prueba, tendrá que luchar contra Dexia —propone Ilta tras señalar a una de las alumnas al otro lado de la fila.

—Profesora —elevo la voz tras observar a Lugh de reojo—. ¿Pensó quién sería mi contrincante?

—Aún no pensé en ello —Ilta baja la frente. Sus ojos asoman intrigados sobre las gafas—. ¿Por qué?

—Deseo enfrentarme a Lugh si me dais el permiso —mi barbilla se eleva.

—¿Contra mí? —Lugh ladea el cuello con premura.

Parece que solo una fracción de segundo y dos palabras han sido suficiente para transformar su expresión impasible en desconcierto.

—Así es —asiento. Le dedico una mirada orgullosa.

—No encuentro inconvenientes, pero… —Ilta estira los labios. Sus manos viajan hasta encontrarse en el frente.

—¿Qué no hay inconvenientes? —exclama Lugh. Sus manos se abren al dar un paso al frente—. Los hay —asiente con énfasis—. Hay muchos inconvenientes.

—Expón los motivos que consideres inoportunos para poder realizar la prueba contra una de vuestras compañeras —Ilta eleva las cejas a la espera de su respuesta.

—Hará que uno de los rayos me alcance antes de que pueda pestañear —Lugh estira los brazos para señalarme. Su mentón se arruga irónico.

—Debes intentar de que no lo consiga, de eso trata esta clase —Ilta responde a su ironía con tono aguzado.

—Pero ella no dejará que me defienda —los ojos entrecerrados de Lugh me arrojan su molestia.

—Lo que suceda será la responsabilidad de tus acciones, como en toda batalla —asiente la profesora como dictamen final—. No puedes elegir a tus enemigos.

Lugh deja que sus párpados cedan a la resignación.

Calla, su mirada baja. Como si eso pudiera esconder de mí como su mandíbula se ha tensado por tener que hacerlo.

Si comprendiese como mi sangre hierve frente a su presencia en este momento, su enfado pasaría antes de que pudiera llamar a mi don.

Resplandecen motas de resentimiento en sus ojos, pero sentiría pavor.

Escondo los dientes. Sonrío de forma calculada.

Contemplo sus acciones mientras la profesora termina de designar el resto de parejas que lucharán.

Ilta se aleja. Sus pasos cesan al llegar a la larga mesa que formó con un tablero y troncos.

Afilo la mirada para alcanzar a ver lo que hay sobre ella.

Ballestas, hachas, manguales… Diferentes tipos de armas.

De todas, el arco es la que manejo con más soltura.

Estiro el cuello. Centro la mirada en Lugh y la forma en que se incomoda al dejar apenas mis pupilas sobre él.

Arqueo una ceja cuando aparta la mirada.

Su mueca de miedo fingido resultará su condena, se burla y no sabe la seriedad con la que me estoy tomando este combate.

—Eladriel —Lugh se deja vencer. Apoya las manos sobre sus rodillas—. Podríamos hablar sin recurrir a flechas de luz.

—¿Te rindes antes de empezar? —ahora soy yo quién eleva las cejas con sorna.

—¿Es que acaso tengo opción de hacerlo? —deja caer la cabeza hacia delante.

—Tranquilo, insecto de ciénaga, he aprendido que un objetivo no se elimina hasta que no confesó todo —mi tono adopta el mismo sarcasmo que el suyo.

—¿Qué esperas escuchar? —Lugh niega. Recupera la postura con ojos abiertos—. Has olvidado que yo no tengo sangre real…

—Aun sin pertenecer al palacio, deberías comprender el mundo en el que vives —mi reproche no se hace tardar tras suspirar—. Te temblará el pulso de lo contrario.

—¿Te tiembla a ti? —sonríe de forma tímida.

—Vamos a comprobarlo —inclino la cabeza hacia un lado de forma fugaz. Mi comisura izquierda forma media sonrisa.

Su garganta se sacude bajo mis pupilas frías.

Sus cejas suben al ser testigo del momento en el que mis manos comienzan a atraer hilos finos de los rayos más cercanos al sol.

Los más hirvientes. Se enredan entre mis dedos bajo orden de necesidad, les doy forma de flecha con un solo pensamiento.

Ilta alza la mirada desde la mesa. Me lanza el arco con el que enarcarla.

Estiro la cuerda, armo la flecha mientras ajusto la puntería y entrecierro el ojo desafiante sobre mi objetivo.

Viaja presta hasta aterrizar en la hierba bajo sus pies.

Transforma las briznas verdes y frescas en llamaradas anaranjadas que se ve obligado a sofocar con pisotones que le hacen ahogar lamentos.

—Acepto que estás enfadada —Lugh asiente trémulo ante lo sucedido. Estira las manos al frente—. Hablaremos de lo que tú desees.

—No solo deseo hablar, vas a escucharme con atención —arqueo los dedos para comentar a atraer hilos de luz más gruesos.

—¿Sabes? —arquea una ceja. Su tono vuelve a ser irónico—. Es difícil concentrarse en palabras cuando alguien utiliza flechas hirvientes para amenazarte.

—Decidiste ignorar los intentos de acercamiento en los que utilicé mi sonrisa de princesa —sujeto la flecha para armarla.

—Tal vez, si no hubieras decidido intervenir entre Aranel y yo… —Lugh me dedica una mirada de reclamo.

Su reacción me hace enfurecer. Trato de contener un grito de rabia a pesar de que vuelva a impactar en mi corazón.

Enarco la flecha. Lugh separa los párpados con desconcierto al verse obligado a esquivarla para no perder la cabeza.

Eleva la mirada hacia la mía para asegurarse de que fui yo quien la lanzó, que mis manos todavía humean para confirmarlo.

Todos se han dado la vuelta para mirarnos, en realidad.

Supongo que se debe a que el fuego calló justo detrás de otro hada de la clase.

El gesto inexpresivo de la profesora sobre lo sucedido me alienta todavía más.

—No sabía que manipularte fuera tan sencillo —aclaro la garganta aun jadeante por la furia.

—Quizás estás dolida porque tú no conseguiste hacerlo por ella —Lugh me observa en la distancia con una mirada de odio que nunca vi.

—¿Te mantienes alejado solo porque te lo ordena? —sonrío con rabia.

—Espero que ese pensamiento te haga sentir más tranquila que la verdad —se inclina con ansia para atraer los rayos del sol.

—¿Qué te dijo que hicieses ahora? —observo como sus manos se sacuden sin que haga ningún movimiento—. Estoy segura de que todavía sigue fresca la tinta de la carta donde te ha enviado las instrucciones.

Está lleno de cólera. Esa mirada de ira que nunca antes vi forma junto a sus pensamientos una bola de luz amorfa rodeada de lenguas de fuego. Me la arroja con la rabia que sustenta su dolor. Doy un paso hacia un lado para esquivarla. El agua chisporrotea a mis espaldas cuando impacta contra ella.

—Tú prometiste que me ayudarías —espeta Lugh con ojos turbados en algo distinto a la amistad.

—Traté de hacerlo desde el principio, pero tu obstinación comenzó a aburrirme —le advierto. Me cruzo de brazos tras dejar el poder a un lado.

—Entonces aléjate de mí para siempre —vocifera. Sus ojos se llenan de lágrimas.

—¡Escúchame! —bramo. Doy un paso al frente tras dejar caer las manos con determinación—. Eso no sucederá, ¿me oyes? —aprieto los dientes—. Ni, aunque todos los elfos de Rhysartyr se convirtieran en mis enemigos.

—Debes comprender de una vez que la necesito… —dos gotas punzantes se escapan de los lagrimales de Lugh.

—Pero ella no te necesita a ti —mi mirada se vuelve fuego por un segundo y ahora la consume las cenizas—. Solo desea derrotarme.

—Cállate —me ordena con tristeza—. Mientes. Solo así puedes distraerme y atacarme.

—Dejaría que atases mis manos si así creyeses en mis palabras —trago saliva. Hundo la mirada con angustia sobre él y su dolor.

Contengo la respiración al verlo derrotado. Sin necesidad de haber acertado con ninguna de las flechas de luz. Me quiebro cuando las partes de sus pedazos terminan rompiendo el lugar que ocupa en mi alma.

—Si todavía guardas sobre mí un recuerdo que la princesa no haya ensuciado, te pido que te agarres a él para ayudarme —mis ojos caen ante la súplica, cansados por la ira de los suyos—. Tienes que ayudarte.

—No sé si podré cumplir con lo que pidas —una arruga sospechosa toma el entrecejo de Lugh.

—Entrégame el pañuelo —desvelo sin dar importancia a sus palabras—. Aendyl aún te busca. Prometí a la princesa que le haría creer que es otro quién ocupa tu lugar.

—Si te presto mi ayuda, ella no va a perdonarme —sostiene Lugh con mirada fija y llena de una verdad incómoda.

—Si no me ayudas, no importa lo que ella piense o sienta, no podrás verlo —asesto sin contemplaciones—. Habrán cortado vuestras cabezas.

—No confío en lo que dices —sus ojos se entrecierran. Su terquedad nubla su propia razón.

—De acuerdo, Lugh —la resignación me obliga a retroceder—. No insistiré más.

A la vez que la tristeza invade mis ojos, el velo que cubre los suyos es incapaz de dejarle ver algo de luz.

Ninguno utilizamos el don para atacar. Sin embargo, ambos hemos terminado con lágrimas frágiles y tan afiladas como la distancia que ahora hay entre nosotros.

Siento que no volverá jamás ese Lugh que conocía.

—La amenazaste —el rostro abatido de Lugh aún tienen ánimo para críticas.

—Solo si tú tomabas la decisión de alejarte y ella no respetaba tus deseos —admito sin pena. Me mantengo inmóvil ante su crítica.