28. El nacimiento de una nueva alianza.
(Eladriel)
Falta poco tiempo para el festival de estaciones.
En él se anunciará el compromiso de la princesa de los elfos, y aún no pude cumplir la promesa de ayudar a deshacer las dudas en la mente del condestable Silrion.
Destruí el anillo mientras reclamaba a Lugh.
Si consigo que hable conmigo, podría pedirle que entregase al prisionero el pañuelo que Aendyl encontró.
Es mejor que tentar a la suerte. Quizás, esa prueba con iniciales grabadas sea de más peso para él, que la propia alhaja.
Todavía contemplo una de las esquinas del cuarto con mirada perdida cuando Keus aparece en mis pensamientos.
Hace lunas que espero información suya. También sobre la ayuda que Aranel me entregaría por librarla del problema con su prometido.
Tomo aire. Tien, su recuerdo me hace divagar hacia otros problemas.
Fue liberado de las mazmorras la misma noche que su majestad lo apresó.
Puede que él y su padre hayan guardado silencio desde entonces, pero sus miradas en los encuentros fortuitos entre galerías advierten que no será duradero.
Además, no puedo exponer por más tiempo al comendador Atria.
Si comienzan a avanzar en las investigaciones sobre los niños desaparecidos y descubren que es quién me ayuda, será acusado de conspiración contra la corona.
Aunque el motivo de mantener a esos niños en el reino era que pudieran reunirse con sus madres cuando fueran liberadas. Tendrán que esperarlas lejos de aquí.
Carraspeo. Dedico una mirada de reojo a Twig según estiro el cuaderno de Elm entre mis manos para retomar la lectura.
Paso las páginas. Camino intrigada por la estancia cuando sus líneas consiguen atraparme.
No quería leerlo, pero debió quedarse sobre la cama la otra noche y Gandar se ha llevado los archivos con los que debería trabajar.
Ojalá hubiera empezado la lectura mucho antes…
Un golpe ligero de aviso precede al chirrido de la hoja de la puerta separándose. Twig accede. Empuja el carro del desayuno con cuidado.
—Princesa —Twig se coloca a un lado de las tazas humeantes para dedicarme una reverencia.
Me detengo sobre el centro de la alfombra. Hago un receso en la lectura para alzar la frente y dedicarle una sonrisa.
—Buenos días, querido Twig —cierro el libro. Desvío la mirada hacia el carro—. ¿Seguimos sin la presencia del rey?
—Informaron a palacio que su majestad llegó a tierras elfas en las horas de la madrugada. Junto al rey Aelfraed y el cancilier —Twig se ocupa de tomar el desayuno para colocarlo sobre el escritorio.
—Eso significa que regresarán a Eryas en las próximas horas —lanzo el libro a la cama para acercarme a él.
—Avisaron que pasarían el día de hoy en Eigton para recuperar fuerzas tras la cacería —declara mientras sirve las tazas de elixir.
—No me agrada esa cercanía repentina entre el cancilier y Aelfraed —levanto con cuidado la taza—. El rey de los elfos nunca mostró simpatía por Drieden.
Soplo en un par de ocasiones. Mis ojos se entrecierran cuando una pregunta me inunda según tomo un sorbo caliente.
—¿Por qué ahora le permitiría cazar en su compañía o pasar la noche en su palacio? —ladeo el cuello hacia Twig.
—Lo sucedido en la torre de la sabiduría hace algunas noches dejó al rey de los elfos más que preocupado —Twig aparta la silla. Estira la mano para ofrecerme el asiento.
Declino su ofrecimiento mostrando la mano. Muevo las pupilas para señalar la taza que aún humea esperando que la tome.
—Cualquier rey tendría en cuenta un ataque contra uno de sus pueblos, pero ese asunto fue concluido —volteo. Apoyo la baja espalda contra el escritorio.
—Ni vuestro padre ni el rey Aelfraed quedaron convencidos con la explicación del príncipe Ebhan —Twig traga a prisa el sorbo que tomaba—. Yo tampoco, si me permitís ser sincero.
—No es la primera vez que un fénix se revela contra uno de sus príncipes —desvío la mirada al frente. Ocupo mi boca con la taza.
—Tenéis razón —asiente—. Pero nunca se habían revelado para atacar otro pueblo distinto al brujo.
—¿Cuáles son tus sospechas? —aparto la taza.
—El fénix que atacó esa torre pertenece al hechicero de Brenshire —su mirada se vuelve suficiente reproche—. Puede que su majestad no encuentre relación en ese hecho, pero yo recuerdo que hablasteis de la unión entre el señor Bradosck y el señor Dugalf.
Admito que debería sentir culpa, Twig es más vivo de lo que yo imaginé.
Lo he subestimado. Conseguirá descubrir lo que llevo tiempo callando si no hablo ahora.
Mis ojos sonríen con orgullo al colocarme de medio lado, frente a él.
En este palacio siempre pensaron que sus capacidades estaban incluso por debajo de su condición de lacayo.
Se ríen de quiénes no cuentan con feérines.
Gracias a los dioses que la señorita Charmglow siempre mantuvo un discurso distinto y estuvo dispuesta a aceptar mi pedido de instruirle los días que yo recibía las lecciones.
Los dos sabíamos que eso podría salvar su vida.
Los conoce tanto como yo. Son los que sustentan las coronas como mi padre quienes no desean que aquellos que no tienen recursos se alíen con el ingenio, no desconocen que es el primer paso para que el poder comience a temblar.
—Gandar quiso prestarnos su ayuda —me reincorporo. Acerco de nuevo la taza a los labios.
—Estáis en palacio —Twig sigue mis movimientos si dar tregua a sus dudas—. Dijisteis que os ayudaría cuando llegase el momento de huir con el teniente.
—¿Desde cuándo te has vuelto un acompañante tan curioso? —la comisura izquierda de mis labios sube en una burla que aligera el ambiente.
—Desde que mi pequeña princesa me guarda secretos —endurece la mirada. Su barbilla se eleva con recriminación.
Un golpe discreto en la madera interviene para salvarme de su juicio. Sé que callo por protegerlo, pero cada vez es más difícil ver sus ojos pidiendo sinceridad, y guardar silencio. Empieza a pensar que me distancio de él. Sufre. Yo no me perdonaría ser la causa de su tristeza.
—Adelante —ordeno.
A través de la rendija de la puerta aprecio el rostro sonriente de Mylo. Golpea la lanza antes de doblarse en una reverencia, dedica un saludo cauto a Twig cuando sus pupilas determinan su presencia. Estira la mano. Sujeta entre sus dedos una nota.
—Mi señora… —Mylo oculta el tono de alegría entre sus dientes.
—¿Qué sucede? —arrugo el entrecejo con una sonrisa de intriga.
—Recibimos una misiva de Keus —sonríe el guardia. Desdobla el codo para ofrecerme la nota.
Le entrego la taza a Twig de un movimiento para adelantarme hasta Mylo.
Arranco la nota de sus manos con premura.
Muevo el sello al tras luz para comprobar si lleva la marca de identificación que le indiqué hacer en las instrucciones que le hice llegar.
Lo rompo a prisa al convencerme. Desdoblo el papel, muerdo mi labio inferior al recorrer pensativa las líneas en apenas unos segundos.
No habla de nada de lo que deba preocuparme, pero…
No sé. Puede que después de todas las veces que la princesa elfa me engañó desde que vino a buscar mi compañía a Eryas, desconfíe de sus acciones.
Incluso he pensado que esa idea de afianzar su amistad conmigo se debía únicamente a su deseo de tener quién cubra sus impulsos.
—Keus asegura que la princesa envió barcos y provisiones al muelle de los brujos tal y como pedí —suspiro. Bajo el papel para mirar a Mylo.
—Alguien podría encargarse de recoger a los niños en Zor.a para llevarlos —Mylo asiente. Reconozco en la forma de sus ojos que está angustiado—. Si cruzan la frontera a Néferien, el rey Eliot no podrá tomar acciones sin desencadenar una guerra.
—Pero una sola persona no podrá encargarse de llevarlos. No podrá protegerlos si los atacan por el camino —Niego. Poso los dedos sobre mi frente para obligarme a pensar.
Muevo los ojos entre los enseres de mi cuarto para favorecer las ideas. Y entonces, Twig se detiene en el centro de mis pupilas. Su figura es clara, firme. Es como si fuera una aparición cuyo deber es recordarme el ejército de la luz.
—Twig —enuncio con voz titubeante—. ¿Qué te parece si el ejército de la luz…?
—Quizás un grupo de hombres garantizaría la seguridad en el trayecto —asiente Twig. Sus labios se estiran conformes.
—Así será. Iremos a Zor.a tras las clases de control —sonrío.
—¿Yo también os acompañaré? —las cejas de Twig se elevan. Su frente se arruga incrédula.
—No solo vas a acompañarme, tendrás una misión —amplío la sonrisa.
—Lo haré, mi princesa —se inclina. Sus ojos se vuelven abiertos, atentos.
—Informarás al comendador Virindi de lo sucedido. Necesito que organices junto al condestable Sulán la defensa de los niños —estiro la mano para apoyarla en su hombro—. Tú serás el encargado de supervisar la salida de los pequeños.
—¿Pero vos no me acompañaréis? —Twig aparta la espalda hacia atrás con ligereza. Analiza a Mylo frente a nosotros en silencio—. ¿Y él?
—Mylo y yo llegaremos para tomar a Eseo, e iremos por otra dirección —elevo la frente con decisión antes de asentir a Mylo sobre el hombro.
—¿Por qué? —Mylo deja caer el peso de sus brazos—. Vos podéis protegerlos con vuestro poder más que cualquiera de los guardias con sus lanzas.
Mi corazón no latirá tranquilo estando alejada de los niños en el camino.
Hasta puede que sea una buena estrategia la que propone, y mi que mi poder los acompañe sea lo más seguro para ellos.
Pero mi intuición vibra con fuerza. Pienso en Eseo.
Lo que Keus cuenta en esa carta no se corresponde con lo que yo sé sobre la princesa y su padre.
El rey elfo nunca la deja sola en palacio cuando se ausenta por días, ella disfruta de viajar junto a él y tomar muestras de los reinos que visita.
Siento que debo proteger al hijo de Tien.
Si todo esto empezó cuando ese niño llegó a mi poder, que esté lejos del resto los mantendrá a salvo. Lo buscarán en primer lugar.
—Estoy convencida de que su objetivo es ese niño —aprieto los labios—. También es el más preciado de todos para mí.
—¿Qué otra ruta tomaremos? —Mylo mira a Twig. Me mira confundido.
—Iremos a la ruinas de Émaxor y dejaremos al niño allí —me lanzo a caminar por el cuarto—. Conseguiremos más guardias que nos protejan en ese lugar.