27. La otra cara de la magia negra. #7
—¿No es así? —ladeo la cabeza. Doy un paso hacia ella—. No pensarás qué usé magia para mantenerte cerca…
—No —me lanza una mirada llena de ira—. No culpes a la magia, Azohr, no es necesaria para manipular, bastan las palabras.
—Ojalá hubiese querido manipularte, ahora podría explicarme si así fuera —dejo escapar una sonrisa nerviosa que me pesa.
—Te convertiste en el dueño de mi destino bajo la promesa de la lealtad —Eladriel acentúa su enfado en el tintineo triste de su voz—. Estaba dispuesta a abandonar a Twig por alguien a quién no conocía.
—No, Eladriel —le recrimino con cierto rencor—. Tú mueves el mío a tu voluntad.
—¿Cómo puedes decir eso? —la expresión de la princesa se convierte en el eco de lo que nunca quise ver en su mirada.
—Tú decides cuándo nos vemos, cuándo nos vamos, quiénes son nuestros enemigos… —me acerco a ella cuando aparta la mirada—. Yo solo fui leal a ti.
—Me mostraste lo que quería ver —Eladriel vocifera con fiereza—. ¿Por qué callaste tu verdad si no era esa tu intención? —sus labios se sacuden con rabia—. Ni siquiera había montado en Hai cuando te dije que no era como mi padre…
—¿Sólo eso importa? —pregunto con tono roto—. Conoces otras versiones mías. Entré al infierno para salvarte.
Eladriel voltea. Inclina la cabeza para dedicarme una mirada con ojos entrecerrados que lee el alma.
—¿Cómo conseguiste que tu alma llegase allí? —pregunta Eladriel, aunque parece saber la respuesta.
—Usé la magia negra para hacerlo —le confieso sin titubeos—. Solo por ti y bajo la promesa de no volverla a utilizar.
—¿De qué manera me salvaste? —arquea una ceja.
—Solo puede hacerse con un sacrificio —su mirada fiera me hace apartar la mía por temor a su juicio.
—De haber ofrecido tu vida, jamás te habría perdonado —siento rechinar sus dientes bajo la furia.
—No puedo alejarme de ti… —el nudo en la garganta apenas me permite pasar el mal trago.
—Si no fue eso, si todavía puedo verte frente a mí… —eleva su barbilla con sospecha—, ¿qué sacrificio has hecho?
—Entregué la vida de un hijo —bajo la mirada en silencio.
Veo la copa de vino sobre el suelo. Elevo la mirada para comprobar como el asombro pestañea en mi dirección.
—¿Tienes un hijo? —Eladriel vacila entre susurros.
—No, Eladriel, la de nuestro hijo —mis ojos bajan a su abdomen.
—Pero… yo… —Eladriel sigue el camino que dibujé para contemplar lo mismo que yo.
—Es como una visión de Gandar —afirmo.
—Si me dices otra mentira y juegas con mi mente… —la princesa estrecha la mirada y encierra en ella mi confianza.
—Lo hice, Eladriel —asiento firme—. Dijiste que mis ojos no podían mentirte.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —su voz se vuelve fina como el filo del acero.
—No me importa si me condeno por admitirlo —sacudo la cabeza para ofrecerle una negativa certera—. Perder esa alma no me quema como perder la tuya.
—Es tu propio hijo… —cada vez, la voz de Eladriel se vuelve más tenue.
—Pero tú eres mi aliento, mi vida… —trago saliva—. ¿Esperabas que viviese meses con la certeza de que, para entregarme un hijo, acabaría perdiéndose?
Mis rodillas comienzan a temblar. Cedo ante ellas porque no puedo mantener la apariencia de estabilidad por más tiempo.
Tomo asiento en el sofá, dejo caer los codos sobre las piernas para que mi tristeza pueda apoderarse.
Eladriel se arrodilla frente a mí. Posa su cabeza sobre la mía.
El olor de su pelo aún puede acelerarme el pulso, me busca con el tacto hasta encontrar mis manos para erizar mis sentidos.
La manera en que calla y me sostiene es lo único que necesito ahora.
Hay tanta bondad en ella, que no podía morir e incumplir la voluntad de la vida eterna.
—Lo siento —susurro.
—Lo siento —susurra Eladriel.
Sus labios se unen a los míos.
—¿Quién es tu padre? —musita la princesa—. ¿El protegido de Draegor?
Asiento. Parece tan viva, que recuerda cada detalle de lo que hablamos.
—Vi a Draegor en las profundidades, él me recibió —una tímida sonrisa adorna su rostro.
—¿Tú? ¿A Draegor? —elevo su barbilla.
—Tiene razón en asegurar que debes aceptar ese trono —afirma sonriente según busca mis manos.
—Sólo quiero que tú estés en mi mente —le suplico con la mirada.
—Lo estaré hasta que tú lo decidas —me besa—. Pero seremos más fuertes que antes.
—No quiero ser tu aliado político —niego.
Me aparto con cuidado de no hacerme daño.
—No deseo ni amo a mis aliados políticos, Azohr —sus ojos se fijan en los míos. Usa mis manos para rodear su cuerpo—. Tu ejército y el mío, nuestras coronas… Nos ayudarán a salir de Órianth.
—No sabía que tenías un ejército… —elevo las cejas de forma burlona.
—Ni yo que fueses el heredero de la magia negra y las ruinas de Émaxor —ladea la cabeza. Su frente se arruga, su sonrisa se estira—. ¿Se te ocurre un lugar mejor para pasar desapercibidos, que un castillo abandonado de magia negra?
—Solo iré a ese castillo si tú vienes conmigo como la princesa —me acerco. La atraigo hacia un beso.
—Coge una copa nueva, teniente —Eladriel sonríe. Me besa de despacio y muestra su copa—. Debemos hacer muchas cosas antes de ir a ese castillo.