27. La otra cara de la magia negra. #6
—¿A Erios? —Gandar se extraña ante mi pregunta.
—Confesó el motivo de su muerte, que el padre de Godrick lo delató —asiento aún herido por su confesión.
—Eso significa que tío Erios cree que ha llegado el momento —Ebhan sonríe. Arrebata la botella de las manos de Gandar.
El hechicero voltea en busca de la mirada del príncipe, no pestañea solo para seguir sus movimientos.
—¿Algo debe sorprenderme más, que el hecho de que nombres a mi padre tío Erios? —me dejo caer hacia delante con la frente estirada.
—Si eso no te sorprende, hablaremos sobre las órdenes que mi padre dio antes de su muerte —declara el príncipe recostándose sobre el asiento.
—No imaginas cuánto lo deseo —aun no consigo apartar el sarcasmo cuando elevo las cejas.
—Mi padre deseaba que tú tuvieses el castillo que pertenecía a tu padre —asegura Ebhan con ojos abiertos por la revelación—. Azohr, el castillo de Émaxor es tuyo.
—Ese es su deseo, pero también mi rechazo —doy un sorbo a la copa mientras recupero la postura—. Este será mi castillo dentro de poco.
—Que aceptes el trono no significa que debas quedarte en Émaxor gobernando su pueblo —Ebhan inclina la cabeza con gesto de inteligencia superior.
—No sé si sea el cansancio, o la visita a las profundidades, pero no logro comprender entonces para qué aceptaría una corona —mis labios se estiran confundidos.
—Mi padre además ordenó que la mitad del ejército de fénixes de Brenshire estuvieran bajo el control del príncipe de Émaxor. También el pueblo de Berato —Ebhan levanta la copa con una amplia sonrisa—. Tú eres de la casa Mistharael por derecho.
—¿Por qué querría todo eso? —la indiferencia es la que me hace preguntar.
—Porque vuestros enemigos crecen cada día y ninguno de ellos lo esperará —eleva las cejas. Su frente se arruga con aviso—. Es un lugar seguro en el que poder preparar vuestra partida de Órianth, digno de tu princesa.
—¿Quieres que viva en ese lugar? —dejo caer la copa—. ¿Solo?
—Debes vivir en tu castillo si aceptas —Ebhan se levanta. Camina hacia mí para golpearme nuca con cuidado—. Sabemos que no será la soledad quien te haga compañía.
—Debería vivir en el sueño en el que vives… —río.
—Tú nos hiciste confiar en esto —me recuerda Ebhan.
—¿Esperas que la princesa me visite en los bailes y reuniones que organice como príncipe de magia negra? —de reojo, alzo la pupila hasta verlo sonriente.
—No todos los bailes son en el centro de un salón —el gesto del príncipe se ilumina con picardía.
—Seguro que la sociedad espera nuestros herederos con vehemencia —una de mis cejas se arquea.
—Es evidente tu experiencia usando dormitorios —el hechicero arquea la postura de forma acusatoria—. ¿No es cierto, querido teniente?
Tuerzo el cuello hacia Gandar y su directa ironía. Ebhan solo da un sorbo a la copa mientras nos mira en silencio.
—Hace dos días que sucedió, no puede decirse que esté embarazada —niego. Mi mirada cae con vergüenza ante Ebhan—. No puedo creerlo así.
El príncipe borra la tímida sonrisa que había sobre sus labios. Su brazo cae despacio aun si caen gotas sobre las plumas de la alfombra. Gandar se levanta. Esquiva la mesa para unirse a él.
—¿Qué significa eso? —el hechicero levanta el brazo del príncipe.
—Supongo que ese era su destino antes de morir —tenso la mandíbula por el silencio de Ebhan—. Al menos, eso le dio la oportunidad de sobrevivir. No habría podido traerla sin esa alma que se quedará por la suya.
—Azohr… —Ebhan apoya la mano sobre mi cabeza.
—¿Le contarás esto a la princesa? —Gandar aprieta los labios.
—Me sentenciará —asiento tras tomar aire—. Pero debo hacerlo.
—Lo entenderá como nosotros —el príncipe sonríe.
—Puede que lo entienda, que comprenda todo lo que debe saber, pero eso no significa que vaya a perdonarme —trago saliva.
—Tienes razón —la voz dulce de la princesa me hace voltear el cuello. —No sé si podré perdonarte a pesar de entender lo que has estado ocultando y por qué…
Olvido a Ebhan y como tuerce el cuello. A Gandar y la mirada ciega contenida. Solo puedo observar cómo se mantiene en la puerta del dormitorio a la espera de que diga algo.
—Princesa —Ebhan se adelanta para inclinarse ante ella.
El príncipe recoge la copa de la mano del hechicero y la pone junto a la suya sobre la mesa. Gandar apoya la vara antes de hacerle una reverencia. Rodeo el asiento para acercarme a ella cuando el chasquido de la puerta me avisa de que por fin estamos a solas.
—Eladriel. Yo… —me detengo a menos de un palmo de ella sonriente—. Estás viva.
Deslizo la mano sobre su cara para sentirla despierta de nuevo. Respiro de alivio cuando sus mejillas vuelven a verse rosadas y sus labios no tienen grietas. Los beso una vez, y otra. Una más antes de que no pueda hacerlo de nuevo.
—¿Por qué? —Eladriel sostiene mis manos. Permite que una lágrima se cuele entre nuestros labios.
—Ojalá pudiera encontrar la forma de explicar lo que he hecho —la limpio antes de apartarme de ella.
—Prometiste que podría confiar en ti, que tu no me mentirías —al instante, otra perla abandona el lagrimal de la princesa.
—Yo te perdí una vez sin tenerte, tuve miedo de perderte dos —beso con la mirada cada una de las gotas tristes que le caen.
—Pensé que tú jamás podrías traicionarme —baja la mirada con tanta ternura, que preferiría mil veces escuchar sus voces—. No esperé que fueras como Tien, como mi padre. Incluso como Twig.
—No puedo mentirte, no más —susurro—. No pretendía herir tu confianza —hundo la mirada en la suya—. La necesito.
—A veces, Twig también asegura ocultarme información por miedo a perderme —limpia sus lágrimas. Delinea una expresión implacable—. La deslealtad es peor cuando viene de quién amas.
—Yo confío en ti —mi alma roza el suelo y busca refugio entre los muertos.
—¿Acaso eso has hecho? —frunce el ceño con rabia—. Evita hablarme como si no pudiera ver la realidad.
—Princesa… —intento dar un paso hacia ella.
—¡Cállate! —me ordena furiosa—. Mentiste desde el primer día, Azohr…
—No es cierto —bajo la mirada. Guardo silencio sin nada más que decir.
—No subestimes mi inteligencia, sabes que lo detesto —Eladriel arquea una ceja. Tensa una sonrisa—. Manipulaste el fuego de la chimenea en Brenshire, te negaste a contarme quién era tu padre, duplicaste la llave de los archivos…
—Esa fue la única forma de enseñarte quién era sin decirlo con palabras —acepto tras un suspiro.
—Yo no te oculté nada —la ironía la hace reír.
—Callé sobre la magia negra, pero hablé de todo lo que siento por ti —inclino la cabeza—. Y aun así, no sabes lo que llegaría a hacer por mantenerte cerca.
—Yo también estaba preparada para perder todo por ti, teniente —asiente con lágrimas que empañan sus ojos.
—¿Estabas preparada? —mis ojos se cubren de tristeza y miedo—. ¿Qué sucede ahora?
Eladriel calla. Cuando sus labios se cierran, las tierras de Órianth se desquebrajan bajo nosotros.
Las estrellas consiguieron su objetivo y vociferan que no podré admirar a otras salvo a ellas.
Los dioses ganaron la batalla de mis sueños y la melodía que comenzó a sonar cuando se acercó a mi vida, acaba de terminar junto a su silencio.
—Te quiero —sostiene Eladriel a pesar de que no lo siento como una afirmación—. Pero, ¿cómo podría confiar en ti ahora? ¿Cómo sé que no sólo esto ocultas?
—Me encantaría poder responder algo a esas preguntas —y poder mirarla a los ojos.
—Estoy hastiada, teniente, los temores de quiénes amo manejan mi vida y mis decisiones —suspira Eladriel. Lleva las manos a sus caderas—. Me quema que guardar silencio como justificación sea suficiente.
—No pretendo justificar mis actos porque soy responsable de mis errores —niego. Muerdo mi labio inferior por un segundo—. De lo contrario, jamás habría decidido salvarte.
—¿Y eso es suficiente? —se acerca a la mesa para tomar una copa—. ¿Debo conformarme con eso?
—No, eres libre de tomar la decisión que desees —reconozco a mi pesar—. Siempre lo has sido.
—Eres incapaz de ver tu error y pretendes aceptarlo… —niega mientras toma un trago.