27. La otra cara de la magia negra. #5
—Su alma solo vino aquí con un propósito, y ahora que habéis venido, puede regresar —confiesa con aire de arrogancia real.
—Yo vine aquí por su cuerpo, ella me hizo usar la magia —suelto sus ropas mientras me alejo—. ¿Cómo regresaré yo, si te alejaste mi propósito?
—Vuestro padre pidió mi favor —sonríe con plenitud—. Cuando terminéis de hablar con él, vuestra consciencia regresará a vuestro cuerpo.
—No deseo hablar con él —aprieto los puños al ver que no parece interesarle a ninguno.
—Entonces, te limitarás a escuchar si no deseas condenarte —me ordena Selim de forma tajante. Sacude el brazo —Retírate.
Le dedico una reverencia. Abandono el lugar para evitar que alguna que otra expresión le haga retractarse de su aparente benevolencia.
Convierto mis pasos en rápidos. Me apresuro a la luz que se cuela por la entrada deseando respirar aire distinto y menos candente del que alberga este lugar.
Erios espera sonriente. Sus manos unidas al frente delimita la formación de los soldados con túnicas doradas, caminan cuando las suelta para colocarse de una zancada en medio del camino.
—No vine hasta aquí para que me reveles secretos —le indico a mi padre con determinación.
—Pero fueron los secretos los que te trajeron aquí, sólo ellos podrán hacerte salir —asiente Erios. Estira el cuello para aliviar la tensión.
—El rey Selim me prestó su ayuda, ya conseguí lo que deseaba —insisto. Trato de rodearlo para adelantarlo.
—Azohr —persiste Erios. Convierte su sonrisa en una línea recta—. Hijo, si esta es la última vez que podré verte, quiero despedirme como no pude hacerlo la primera.
—Aprendí a vivir sin una despedida —mis labios bailan con el rencor.
—Siempre has sido más parecido a mí de lo que crees —asevera con orgullo—. Yo también odié a mi padre.
—¿Él también te abandonó? —le pregunto con cierta condescendencia.
—Él jamás supo cómo era mi apariencia. Apenas descubrió que su criada esperaba un hijo bastardo, la envió a vivir fuera del castillo de Brenshire —sus labios se sellan a pesar de que ahora mi mirada le pide continuar.
—¿Un hijo bastardo? —estiro los labios en una mueca de desconfianza—. Gandar siempre contó que el rey Draegor te llevó al castillo cuando tus padres te enviaron a la fortaleza de Borh.
—Draegor y yo decidimos que la mejor forma de protegerme era guardar silencio y no confiar en nadie. Ni siquiera en la reina —su postura de honestidad no puedo olvidarla.
—¿Y tu madre? —ladeo la cabeza sutilmente.
—Ella aceptó la casa que el rey Drahkar le ofreció, vivimos por algunos años en el pueblo de Berato —mi padre llena sus ojos de lágrimas cuando por fin me detengo—. Él no quería bastardos, qué hubiera dicho al conocer que mi magia estaba maldita.
—¿Por qué acabaste entonces en Brenshire? —mi tono se suaviza ante su pena cuando me desgarra sentirla sincera.
—Mi madre descubrió cuando yo tenía trece años que mi magia era la negra —admite Erios entre sollozos—. Ella aseguró que mi única salvación sería la fortaleza, de otro modo condenaría su vida y la mía.
—Y Draegor te encontró cuando la obedeciste —encojo los hombros.
Debe ser justo ese día el que Gandar me describe con tanta claridad.
—El rey Draegor descubrió que era su hermano mucho antes de eso, me visitaba con frecuencia. Él me hizo ir a su castillo al descubrir la decisión que tomé —sonríe entre destellos plateados que gobiernan sus ojos—. Dijo que ese era mi lugar. Luego dijo que sería el tuyo.
—¿Aunque te llevara a la muerte? —reprocho con el dolor que contengo desde niño—. Sabías que si los dioses te ejecutaban me dejarías solo.
—Intenté marcharme, lo intenté… —confiesa con confianza. Pone su mano sobre mi hombro—. No podía hacerlo.
—Draegor era más importante que verme crecer —la indignación porque no sienta vergüenza en confesar su verdad incluso si me daña me hace cerrar los puños.
—Mi hermano solo me protegía —grita. Se acerca para sujetar mis brazos y grita—. Oisés, uno de los guardias cercanos al rey, descubrió que poseía la magia negra. Me amenazó durante años con ello.
—¿Usabas tu magia a pesar de que podrías exponerlos a todos? —sacudo los brazos para apartarme—. ¿Es que acaso nada de lo que Gandar me ha contado es cierto?
—Yo también amé con fiereza —el brillo en la mirada de Erios se quiebra en un segundo—. Usé mi magia para intentar salvar tu madre el día del parto, él guardaba la puerta donde nos encontrábamos.
—¿Por qué? —su tristeza empieza a calar sin quererlo en mi alma—. Ella murió de todas formas.
—Yo no pude renunciar a ti para salvarla, pero pude haberlo hecho —sonríe. Acaricia mi pelo como cuando era niño.
Podría estar feliz por descubrir su verdad, pero me rompe.
Durante años lo odié. La idea de que su nombre tuviera relación con el mío me causaba rechazo y repulsión.
Lo culpaba de mi soledad, de mi falta de cariño y mis miedos…
Hasta de tener esta dichosa magia. El remordimiento por eso duele como si tuviera el poder de romper mis huegos como castigo.
Las manos de mi padre sobre mis hombros se sienten tan pesadas, que mis rodillas ceden ante el suelo humeante que bajo mis manos se siente helado.
Las mil lágrimas que siempre reprimí, comienzan a salir en busca de las profundidades para quedarse aquí en su nuevo hogar. Uno del que no podrán escapar.
Encuentro los ojos de mi padre a mi altura. Asiente bajo una mirada de satisfacción.
—En tus manos tienes magia negra, pero en el corazón tienes la dulzura de tu madre —Erios amplía la sonrisa—. Ella siempre decía que nacería un gran príncipe, todos lo sabíamos.
—Yo no deseo ese destino —niego entre sollozos.
—Tu destino tiene un trono —su mano recae en mi nuca—. O es tuyo, o es el de tu princesa, pero debes aceptar quién eres.
Un rugido aterrador recorre la tierra bajo mis manos.
Tiembla para convulsionarse. La oscuridad se hace con el lugar, envuelve el ejército y la figura de mi padre mientras batallo para no cerrar los ojos ahora que mil dudas me asoman.
Uso la fuerza para sujetar las piedras sobre las que me encuentro.
Trato de levantarme a pesar de estar desorientado.
Caigo cuando el cuerpo deja de ser pesado y siento que los párpados ceden al cansancio para hacerlo victorioso.
Fuego negro escala por mi pecho. Un hilo fino de luz atraviesa mi mente, una estrella que pasa rápido para recordarme que aún existo.
Aun consciente de estar en mí, soy incapaz de abrir los ojos.
La angustia de mi garganta impide que el aire entre a mis pulmones, no puedo mantener la respiración.
Me escucho ahogar al tacto de manos que me sacuden con urgencia.
—¡Azohr! —escucho la voz de Ebhan sumida en desesperación.
De nuevo, me esfuerzo para abrir los ojos. Arrugo la frente. Una línea adorna mi nariz cuando un olor desagradable a vinagre y ajo con menta, me despeja la tráquea. Despierta mi consciencia.
Veo a Gandar inclinado sobre mí, Ebhan aparece sonriente cuando recorro el lugar con la mirada.
Me incorporo rápido al recordar a Eladriel.
Apoyo las manos en el borde de la cama para acercarme a sus labios a comprobar su aliento.
Observo su piel desprovista de las heridas de las espinas y llena por fin de su calidez, de su color oliva repleto de matices dorados.
Aunque sus ojos se mantienen cerrados, no parecen hundidos en la muerte como en el vuelo sobre Hai.
Dejo caer la cabeza sobre su brazo. Me aferro a sus dedos como confirmación de vida.
Ni Ebhan ni Gandar podrían impedir que mi llanto ahora saliese por haber sido capaz de salvarla.
—Teniente —Gandar posa las manos sobre mi espalda. Le miro extrañado al darme cuenta de que no llevo armadura—. Tú debes descansar.
—No sé cuánto tiempo pasó ni por qué aún no está despierta —le dedico una mirada inquieta.
—Su cuerpo se recupera tras lo sucedido, debes dejar que el tiempo pase ahora —asiente Gandar con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Qué pasó? —tuerzo el cuello en busca de la mirada del príncipe—. ¿Por qué no llevo la armadura?
—Dejemos que Eladriel descanse aquí y salgamos fuera —propone Ebhan tras lanzar una mirada rápida a Gandar.
Recojo la armadura de un lado de la cama antes de inclinarme para besar despacio a la princesa. Acaricio su pelo negro y vivo con cuidado de no dañar su descanso. Mis ojos se concentran en su abdomen antes de abandonar la estancia solo porque hoy parece que camino en un sueño.
Sonrío a las tres copas que esperan sobre la mesa del pequeño comedor con un velo húmedo alrededor del cristal.
Tomo asiento. Ebhan las sirve. Lo veo caer, y mi boca se siente seca solo por el sonido calmante del líquido.
La cojo con ansia para bebérmela de un solo trago según busco la botella para servirme otra más.
En un pestañeo, sus miradas se han llenado de asombro porque ansío terminar con ella solo.
—Imagino que el vino debe saber glorioso después de haber estado en el infierno —ríe Ebhan.
Su risa quita peso a todo lo sucedido, incluso el haberle ocultado que poseo esta magia.
—Tiemblo tanto, que ni todas las botellas de la bodega de Brenshire podrían hacerme efecto si las bebiera en este momento —confieso.
—Dinos que viste. Que sucedía —el príncipe estrecha la mirada.
—Sí, caíste inconsciente —asiente Gandar. Se inclina a por su copa—. La magia no tenía control sobre ti.
—Dejaste de responder. Tuvimos que quitar tu armadura para que la fiebre no te consumiera —Ebhan arruga el entrecejo. Se inclina y me examina con la mirada.
—¿Qué pasó con ella? ¿Cómo has descubierto que respiraba de nuevo? —termino con los restos de mi copa mientras Gandar estira la botella para servirme.
—Su pecho subió para buscar aire. Despertó —sonríe Ebhan de medio lado.
—Pero ahora duerme —mis comisuras se elevan alegres en dirección a Gandar por llenarme la copa.
—Nos vimos obligados a usar la magia con ella —Ebhan carraspea—. Entraría en pánico al vernos a su lado. Se encontró sola, tú estabas en el suelo…
—¿Cómo la salvaste? —Gandar se hace con la conversación lleno de curiosidad—. Dijiste que no tenías experiencia con la magia negra.
—Vi a mi padre allí —elevo una ceja de forma acusatoria al recordar sus palabras. Al ver a Gandar.