27. La otra cara de la magia negra. #4
—Yo siempre preferí una familia a un trono —estiro los ojos en un gesto de reproche—. Y aún lo hago.
—Yo también elegí a mi familia a pesar de que no decidí escoger lo que te hiciese feliz —sus labios se sellan.
—Yo era tu familia, la única que tenías —mis pasos se vuelven rápidos por el reproche.
—Draegor también. Y la tuya —admite mi padre con remordimiento—. Siempre te quisimos.
—El teniente que posee dos magia —una voz cargada de retintín interviene antes de que sus palabras puedan dañarme.
Contemplo como su espalda se dobla al instante en una profunda reverencia.
El ejército que seguía su camino también.
Una gran vara oscura con alas de fénix que parecen de oro decorando el pomo se coloca entre ambos, una mano lo envuelve con fiereza.
Contengo el aliento ante los pinchos que conforman sus nudillos.
La capa azul oscuro de esa criatura se transforma en rojo hacia el final, como si estuviera manchada con la sangre de este lugar.
Puede ocultar su cabeza, pero no su semblante puntiagudo.
La línea de sus cejas intimida aún más, que su mirada petrificada sobre mi rostro.
—Mi señor —mi padre rompe el silencio—. Lo guié ante vos como me ordenasteis.
—¿Mi señor? —arqueo una ceja.
—Se inclina ante el rey Selim, gobernador de las tierras de mi padre, el dios Beliel —anuncia la criatura estirando una sonrisa tan puntiaguda como su gesto.
—Mi señor —le dedico una reverencia.
Selim voltea sin misericordia. Las voces del ejército tras nosotros conquistan sus pasos según se aleja.
—Rey Selim —vocifero al ver que se marcha sin prestarme atención.
—No te detengas, busca lo que deseas —la revelación de mi padre, tan parecida a la de Gandar, me hace ladear el cuello hacia él.
Acepto con más premura de la que me gustaría demostrar para alguien que debe tener temple ante muerte.
Selim accede a una especie de cueva junto a algunos soldados del ejército mientras el resto se mantiene en la puerta tras mi padre.
Ese recuerdo imponente de su presencia cuando me sentaba sobre sus piernas aparece con fuerza ahora que parece gobernar a estos seres.
En el interior, grandes lámparas de hierro y fuego alumbran al caer del techo.
Selim toma asiento en su trono. Los guardias abren filas para dividirse.
A cada lado de la roca oscura y carbonizada que el rey tiene por asiento real, dos de ellos se sitúan custodiando el magma que conforma su estructura.
Tras el sillón, fuego azul cae en forma de catarata hasta tragarse el suelo a su alrededor.
Engulle hasta la base de las columnas que lo rodean.
El rey oscuro coloca la vara a un lado, sus manos ahora envuelven el reposabrazos entre hilos de humo y curvas de llama.
—Un alma nueva ingresó al reino de mi padre, y la trae un corazón que aún puede palpitar —sonríe Selim desde su trono.
Mis pupilas se ladean a la izquierda de su asiento. Dos soldados acceden con Eladriel. Se acercan para dejarla a mi lado, frente a los ojos de su señor.
—No deseo renunciar a mi alma, por eso quiero que se salve —solo me concentro en ella ahora que está a mi lado. En decirle la verdad.
—¿Acompañas a esta criatura para despedirte? —la frente del rey se eleva. Su mirada se vuelve curiosa.
—Vine con ella porque la llevaré de vuelta —mi mirada se alza para revelar mi decisión.
—Arrebatar una vida a mi padre tiene un precio que no todos están dispuestos a pagar —me advierte con cejas arqueadas—. Tu magia te muestra el camino, pero ese no es el precio.
—No importa lo elevado del sacrificio —doy un paso hacia ella al ver que esos soldados no se marchan.
—¿Cómo así? —la frente del rey muestra curiosidad.
—Entregaré mi alma a cambio si es lo que cuesta que se salve la suya —sujeto mis manos al frente.
Trato de que mi semblante no se muestre como mi interior, sino calmo y sereno.
—Un gesto valiente que es admirable, teniente de dos magias —Selim une los labios en una expresión de pesar que es imposible negar que es fingido—. Pero es necesario un sacrificio.
—¿Acaso eso no lo es? —dejo caer la mandíbula con perplejidad al ver que entregar mi vida no es suficiente.
—Soy consciente de que eso no implica una renuncia para vos —Selim sonríe como si le hubiera lanzado una chanza.
—Os entregaría mi vida, mi lealtad… —me inclino ante él—. Estoy renunciando a respirar.
—El dios padre Beliel no acepta esa clase de ofrendas amorosas —interviene Selim tras un suspiro de aburrimiento. Estará acostumbrado a ver el sufrimiento.
—Entonces entregaré mi magia. Entregaré tiempo de mi mortalidad —insisto desconcertado.
—Lo que quiero es aquello que te consume, tu miedo más profundo —me solicita con un gesto de impaciencia.
—Si su majestad conoce cuál es, os lo entregaré sin dudar —adelanto el pie izquierdo para sostener la postura que haga firme mi sentencia.
Selim alarga el cuello. Sus manos descansan a cada lado del asiento según se inclina hacia delante, sonríe para levantarse. Posa la punta de su vara con precisión sobre la roca quemada cuando uno de los guardias se la acerca.
—La vida de vuestro hijo resultará más valiosa para mi padre —Selim me dedica una categórica mirada. Su rostro permanece impasible—. Es una nueva criatura, y un sacrificio para tu alma.
Deshago el paso que me atreví a dar antes.
Mi mandíbula sube para unirse a la superior al comprobar que ni siquiera yo era consciente de que poseía este miedo hasta ahora.
Ni siquiera pensé en lo peligroso que sería mantener una familia viva como deseaba cuando era niño.
Sé que ser padre con esta magia es una traición hacia esa criatura.
Estaba dispuesto a perderme en los deseos de la princesa, pero no sé si podría cumplir ese.
No puedo perder a Eladriel en el parto como mi padre perdió a mi madre.
¿Y si llegase a nacer? Ese niño sería testigo de cómo pierdo la cabeza por poseer una magia que no elegí y consideran impura.
Me olvido de la presencia del rey y sus custodios. Sus advertencias. Hundo la mirada en Eladriel y trato de tragarme las dudas que surjan solo con mirar sus ojos. Cómo podría decidir esto sin saber qué desea. Cómo puedo aceptar un pacto que arrebataría su hijo.
—Si acepto el sacrificio… —aparto la mirada de la princesa. Me concentro solo en el rey oscuro—. ¿Qué sucedería con esa criatura?
—Al igual que hoy se te entregará el ama de la princesa de las hadas para que la lleves contigo, nos traerás el alma de vuestro hijo —el rey apenas pestañea. No tiembla como yo.
Su respuesta aviva mi angustia. No me importarán las decisiones que haya tomado para ocultar la magia negra a Eladriel, después de esto estoy condenado a no recibir su perdón.
—¿Cómo podría explicarle eso a la princesa? —trago saliva para tratar de aliviar el ardor.
—Ella está muerta, teniente —afirma con una frialdad que hierve mi sangre.
—No puedo pedirle un hijo para entregarlo al infierno —niego con rabia—. ¿Qué clase de sacrificio es ese que me pide entregar algo imposible?
—Hay un hijo, teniente Bradosck —asegura Selim. Su vara señala a la princesa.
Debe ser el rey menos sabio que encontré. No puede asegurar tal cosa, si Fiena hubiera dado a luz un hijo no hubiese guardado silencio. Y Eladriel… Ella… Solo hace unos días que…
—No es posible —despierto la mirada. Abro los ojos para dirigirlos a la princesa.
—En pocos días comenzarán sus primeros síntomas —admite el rey con poca importancia.
—Pero no es posible… —bajo la mirada bajo una sacudida de negación.
—El guardián de almas escribió vuestro destino —confiesa. Se adelanta entre el fuego azul—. No has venido hasta que tu miedo ha sido real, de otro modo no podrías haberla salvado.
—Pero también es su hijo, no puedo elegir su destino —suspiro abatido.
—Entonces puedes volver —Selim aprieta los labios con conmiseración fingida—. Si no aceptas el sacrificio que mi padre pide, ella no podrá abandonar este lugar.
Tomo aire una segunda vez para tratar de buscar en esa fracción de segundo otra solución. Sé que tiene razón. Perderé a Eladriel después de esto, pero al menos tendré constancia de que sigue respirando.
—No deseo marcharme —acepto.
—¿Acaso deseas que haga oficial mi decisión? —Selim eleva el cetro.
—Esperad —mi mandíbula tensa me vuelve el tono imperativo—. No permitiré que hagáis nada hasta que respondáis cómo conseguiréis el alma del niño.
—No habrá niño, esa alma llegará antes de haber tomado forma de cuerpo —dicta Selim sin remordimiento.
—Pero entonces… —apenas susurro porque mi aliento lo mueve el dolor—. ¿Ella sufrirá? ¿Sobrevivirá?
—Grandes riesgos debes correr, teniente de Néferien —asiente, y por primera vez veo algo de honestidad en su semblante.
—Adelante —dejo soltar el aire. La pena tiembla en mi voz.
—Si vuelves a dar una respuesta positiva, no habrá vuelta atrás —me previene Selim desde la lejanía.
—¿Cómo consigo que salga de aquí? —le pregunto con vehemencia al ver que insiste en recibir una aprobación concedida.
—Solo yo tengo potestad para hacer algo como eso —el rey camina con elegancia hacia nosotros.
Se aproxima a la princesa. Tenso la espalda al ver como su brazo se desdobla hacia ella con dos dedos estirados que cierran sus ojos.
Despacio, su cara se coloca frente a la de la princesa para soplar con cuidado sobre su rostro.
Una neblina proveniente de su exhalación envuelve a Eladriel según cae.
Intento avanzar para sujetarla e impedir que toque las rocas filosas, pero antes de que su cabello toque el suelo se ha desvanecido.
A pesar de que él guarda la calma en la forma en que sostiene su cetro, mis pupilas se hunden en las suyas hasta que se afilan en desafío.
Ahora soy yo quién determina en romper la distancia que nos separa para sujetar su capa de señor malvado.
—¿Dónde fue? —me acerco. Hundo la frente en la suya—. No tengo miedo de tus guardias, mi señor.
Los soldados apostados en las columnas rompen la formación. Toman las empuñaduras de las espadas al adelantarse, pero se mantienen envainadas cuando comprueban en la mano estirada del rey, su orden de negativa.
—Devolví su alma al mundo de los vivos —afirma su majestad con calma a pesar de que mi mirada lo mataría.
—¿Mentís? —le pregunto entre jadeos.