27. La otra cara de la magia negra. #3
De nuevo, Gandar es primero quién se hace con su atención. Apoyo la rodilla sobre la cama para inclinarme sobre Eladriel tras su silencio. Imito a Ebhan, todo lo que él ha hecho hace un instante.
—Respiraba hace solo unos minutos —mis ojos se empañan.
—El vuelo debe haber bajado la fiebre, pero habría señales de vida —Ebhan sella los labios por un eterno instante—. No encuentro latidos en ella.
—Gandar —tuerzo el cuello sobre el hombro en un movimiento frío.
—El príncipe está en lo cierto —asiente Gandar con ojos turbados.
—Pero tú dijiste que mi magia la ayudaría —dejo caer la frente hacia delante. La mirada sobre Eladriel.
—Dije que moriría —suspira Gandar—. Dije que solo se salvaría si tú la traías con tu magia oscura.
—¿Cómo hago eso? —mi frente se arruga confundida.
—Debes usar la que aparecía en mi visión —declara el hechicero sin que sus labios tiemblen—. Unir tus magias te dará el poder.
Mis rodillas caen en el suelo, a un lado de la cama. Tomo la mano de la princesa. Quiero sostener esas lágrimas que caerían sobre ellas con tal de que no sienta mi tristeza. Incluso si ellos aseguran que ya no puede sentir, no quiero renunciar a la esperanza que yo encuentro en su respiración.
—No puedo hacerlo solo —sentencio—. No sé qué debo hacer.
—Debes presentar tu sacrificio ante el rey de las profundidades, pero debes conseguir que acepte tu visita —afirma Gandar.
Su espalda se dobla. Sus brazos se despliegan autoritarios para recoger mis manos y colocarlas sobre el cuerpo de la princesa.
—No pienses —ordena el hechicero—. Busca lo que deseas.
Mis párpados se separan cuando Ebhan se apresura a retirar parte de la ropa que envuelve la cintura de Eladriel, me señala su piel para que coloque ahí las manos.
Dos lágrimas de penitencia hacen que mi mirada se apague.
Respiro como en Eigton, quizás no era la apariencia de Aelfraed la que controlaba mi aliento.
Me pienso en calma para que no sea el temor el que lo haga.
Tomo aire. Mi pecho se llena de miedo y batalla contra mi mundo cuando unas sombras como las que envolvían al elfo del sueño opacan las luces claras de mi pensamiento.
Navegan por mi mente en libertad. Tantean en ella en busca de ese lugar en el que deberían actuar.
Mi corazón calla cuando el aire me abandona.
Dejo caer la cabeza hacia delante para no desfallecer ahora que siento que esos velos oscuros han aceptado mi llamada.
No solo invaden mi mente, siento como se deslizan por mis extremidades desde mi estómago.
Son avariciosas. Utilizan mis dedos para tomar el cuerpo de la princesa como si no tuvieran suficiente con el mío.
—¿Qué ves? —escucho a Gandar lejos. Demasiado lejos.
—Solo hay oscuridad —aprieto los ojos desorientado entre su voz, y el eco que deja a mi alrededor.
—Concéntrate —me indica Gandar. Su voz suena más elevada que antes—. No temas si ves criaturas.
—¿Qué ocurre si verlas hace que ese rey se lleve a Eladriel? —mis hombros se tensan. Mi garganta se cierra.
—Él ya la tiene, Azohr —Ebhan me sostiene. Siento su mano sobre mi hombro—. Buscaremos el modo de unirnos a ti si nos necesitas.
—No —niego de forma angustiada—. Nadie más puede perderse por esto.
—Tú eres parte de nosotros —declara Ebhan. Sus dedos se hunden sobre la armadura—. Lucharemos por ella porque tú estás luchando por ella.
—Os estamos esperando —me avisa Gandar con tono solemne.
El soplo de un instante me hace dejar de sentir al príncipe.
Ya no los escucho. Encuentro a Eladriel cuando mis párpados ceden, apenas se mueve o pestañea.
Inhalo. Examino el alrededor. Caminamos por un terreno lleno de rocas puntiagudas y negras que humean entre las penumbras, aunque puedo verla como si una vela nos alumbrase.
Trato de encontrar esas criaturas que Gandar mencionó.
Sujeto la mano de la princesa con firmeza al comprobar que su guía está sujeta a una mirada perdida.
Mi barbilla se eleva ante luces que se encienden bajo el sonido de campanas para iluminar miles de figuras a nuestro alrededor.
Sus voces me erizan la piel cuando preceden al repique.
—¡Uh! ¡Uh! —claman al unísono criaturas con cuernos y túnicas doradas.
Mi mano se aleja de la de la princesa. Mis pasos se detienen cuando el pecho me pide una respiración profunda al ver a cientos de ellos postrados frente a nosotros. Cada uno de sus gritos aviva las luces.
—Azohr Bradosck —una voz que recuerdo con dolor me detiene.
Dirijo la atención hacia Eladriel tras escuchar mi nombre. Ella continúa caminando silenciosa. Me impulso a seguirla, pero esa voz que me llamó resuena en mi mente impidiéndolo. Solo hay una criatura que utilizaba ese tono para llamarme, y no puede ser que sea él.
—El rey Selim me ordenó venir a por ti —la voz vuelve a llenar el ambiente.
—¿Padre? —mi expresión se rompe cuando un golpe de luz me hace verlo frente a mí con una amplia sonrisa.
Guarda silencio en un acto de piedad que me permite analizar su presencia para salir del asombro.
Su figura está tal y como la del último día que lo vi.
Su cabeza aún está sobre sus hombros, su pelo oscuro no ha sido bañado en sangre…
Todavía conserva sobre su cuerpo esas ropas humildes con las que horneaba.
—Quise pensar que mintió al mencionar tu nombre, pero ahora sé que tu presencia no significa que hayas venido para quedarte —las pupilas de mi padre se dilatan.
—Lo busco a él, no a ti —desvío la mirada de la suya en busca de Eladriel.
Huir, quizás.
—Es su orden que te guíe hacia él —su brazo se mueve para mostrarme el camino. Sonríe.
—Entonces muéstrame el camino en silencio —acepto. Doy un paso que inicia la marcha.
Cierro los ojos al escuchar que se apresura a situarse a mi lado.
—Cuántos años desee verte de nuevo, conocer tu aspecto… —susurra Erios sonriente—. Creciste.
—Pensé que podrías comprender que no deseo escucharte —mi tono se vuelve tenso.
—Si quiera, concédeme el honor de conocer cómo te encuentras —carraspea. Su mirada baja.
—Estoy a tu lado. En las profundidades —una de mis cejas se alza irónica—. ¿No es suficiente para que pueda ahorrarme esas explicaciones?
—Traes un hada con la magia negra —mi padre sonríe. Su cuello se estira hacia la princesa—. Es hermosa, pero no sabía que las normas de Órianth cambiaron tanto en mi ausencia.
—No cambiaron —mi mandíbula se tensa de forma inevitable.
—¿No es tu princesa? —me dedica una mirada de medio lado.
—Lo es —sonrío—. Ella sí tiene un trono.
Erios aparta su cabeza hacia atrás con ligereza. Enmudece cuando la confusión luce dueña de su semblante.
—¿Os habéis unido? —sus labios se mueven entre titubeos.
—¿Quién se atrevería a unirnos en las tierras de los creadores? —responder pesa tanto, como saber qué es lo que más deseo.
—Comprendo… —musita mi padre.
—Pero si es lo que ella desea… —me aclaro la garganta. Hundo las pupilas en Eladriel—. Si ella me lo pide, solo esperaré a que ordene el momento para hacerlo.
—Quizás, es por eso por lo que Ebhan guarda silencio —su barbilla se arruga pensativa como solía hacerlo—. Aún es pronto para ello…
—Ebhan no sabía nada hasta hace pocos días —confieso.
—Cuéntame —Erios une sus manos a la espalda—. ¿Qué sabes sobre el castillo de Émaxor?
—Sigue en ruina, como su pueblo —dejo escapar un resoplido de cansancio.
—¿Y Ebhan lo permitió? —su tono se vuelve seco de forma repentina. Hostil—. ¿No ordenó que lo levantaran de nuevo?
—Es un lugar donde no nos buscarían si hubiéramos de huir de improviso —mis hombros se tensan incrédulos por su reacción—. Solo eso.
Acaso esperaría que su amistad con el rey Draegor me otorgase un título y un castillo como si fuera digno y hubiese nacido en el mismo linaje que ellos.
—Azohr —mi padre detiene la caminata, Su voz se ha llenado de solemnidad—. Ese castillo es tuyo.
Aunque su mano descansa sobre mi brazo, apenas la siento. Tiene el poder de impedir que pueda continuar. De apagar mi respiración.
—¿Acaso cortaron tu decencia cuando te ejecutaron? —espeto. Bajo la mirada a su mano—. Esos castillos no son para horneros.
—Tú no eres como yo, teniente Bradosck —insiste mi padre sonriente—. Eres tan príncipe como Ebhan, tu abuelo sostenía la misma corona que el suyo.
—Recibí todo de ellos en tu ausencia. Me dieron el cariño que la falta de madre dejó… —mis fosas nasales se estiran con rabia—. ¿Les exigirás un título también?
—Ese título que mencionas te pertenece por derecho —Erios eleva la frente. Sujeta mi otro brazo con determinación para que no pueda alejarme de su mirada firme—. Esa fue la voluntad de mi hermano, el rey Draegor.
Sonrío con más vergüenza que él a su confesión.
Arrugo el entrecejo a esa mota de confianza que oculta al fondo de sus ojos, me hace bajar la cabeza para reflexionar sobre lo que acaba de afirmar.
Intento que mi mente esté fría. Debo ser consciente del lugar en el que me encuentro.
Su presencia y su tacto lucen reales, pero podrían ser parte de algún engaño.
Puede que deseen manipularme con la intención de desbordarme, que Eladriel desaparezca como se evaporarían las sombras si me desconcentro.
Quizás desean que falle en el control de mi magia.
Si sus palabras fueran ciertas, estoy seguro de que Ebhan me hubiera confiado este secreto mucho antes.
Él deseaba que me uniese a su hermana para gobernar el castillo de magia oscura, habría insistido más.
Mis ojos se centran de vuelta en el camino.
—Sé que tus palabras no son ciertas —asevero de mala gana. Mi labio superior sube con desprecio.
—Hijo —la voz quebrada de Erios parece suplicarme mucho más que simple atención—. Ebhan te revelará todo si te atreves a decir lo que sabes.
—Te mataré si no guardas silencio —llevo la mano a la empuñadura de la espada de forma apresurada.
—Yo estoy en este lugar porque alguien se adelantó a tu decisión —sostiene con el mismo tono de pena con el que me observa—. Ebhan, Efaris. Ellos siempre supieron la verdad.
Cada una de sus afirmaciones me dañan como si las hubiera pronunciado con el filo de una daga. Lascera mi calma, me enturbia la sangre, y contamina mis pensamientos. Quiere corromperlos.