27. La otra cara de la magia negra. #2
—Los guardias van a dispersarse ahora —confieso.
Mi pupila se expande al ver como la princesa se desvanece. Adelanto una pierna para sostenerla. Su cabello vuelve a ser ondulado y oscuro, sus heridas han vuelto a ser visibles. Deslizo el brazo bajo sus piernas para alzarla.
—Sal —ordenado a Gandar con la garganta rota.
—¿Yo? —vacila Gandar—. ¿Pero qué podría hacer yo?
—Asegúrate de que la entrada se despejó —elevo la voz al ver que se mantiene inmóvil—. Usaré la magia para conectarme a ti y ver qué sucede.
—¿Y si hay guardias? —pregunta con el rostro lleno de pasividad.
—Supongo que por algo eres llamado el gran hechicero —alargo la expresión para que lo recuerde.
Gandar abandona la sala. Cierro los ojos cuando la puerta se fecha.
Las sombras de mi magia susurran con la suya, su vara verde ilumina la salida de la ciudadela.
No hay rastro de guardias fuera, no hay ruidos cercanos.
Aferro a Eladriel entre mis manos cuando mis párpados se separan al ver el camino despejado y la mente del hechicero en calma.
Atravieso los estantes de los archivos a pesar de que la edad del rey elfo hace mella en mi espalda con la prisa.
Mi oído capta a Hai y su graznido mientras sobrevuela las primeras casas antes de que su dirección de vuelo vire hacia el bajo de la escalera.
El fénix de Ebhan emerge tras él. Se coloca a su costado justo en el lugar indicado para que el príncipe pueda dedicarme una mirada que intimida.
Ignoro su gesto para escalar el ala de Hai. Siento a la princesa en la montura, recuesto su cuerpo sobre su cuello.
—¿Majestad? —reverencia Ebhan con una ceja arqueada.
Me miro las manos del rey de los elfos. Aparto el collar según tomo el lugar tras la princesa.
Apenas recupero el aspecto, envuelvo las riendas en la muñeca para dirigirlo.
De reojo veo a Ebhan pestañear. Su mirada es más intimidante, que cuando vio aparecer a Aelfraed con la princesa de las hadas inconsciente entre sus brazos.
—Gandar podrá explicarte lo que desees saber por el camino —asiento. Mi mirada no es como la suya, guarda culpa y temor—. Escucharé tus represalias cuando esté seguro de que Eladriel está a salvo.
—Azohr… —Ebhan desdobla el brazo.
Hai sacude las alas con calma, aunque volar despacio para él sea algo extraño.
Asegura que se debe a que está preocupado por la princesa, pero me temo que no puede engañarme.
Está afectado por lo sucedido con Neche, Ifendi y Reina.
Sus chillos suenan tristes, su cuello no se ha sacudido con la misma energía… Y es demasiado terco para admitirlo.
Bajo la mirada. Me inclino para sentir la respiración de Eladriel cuando el aire deja al descubierto su rostro. Su halo cada vez es más tibio. La noche no puede ocultar que su piel está tomando ese blanco de la muerte que he visto más de una vez. El veneno de esa puerta es más fuerte que ella.
—Sé que no estás bien, pero… —aprieto los labios. Sostengo la mirada en ella—, necesito que vueles más rápido.
—Lo hago por ella, sé que no le gustan los vuelos veloces —el chillido de Hai se llena de reproche.
—Estoy seguro de que si no estuviera al borde de la muerte, ella misma podría agradecértelo —mi mandíbula se tensa con la misma ironía con la que mis cejas se elevan.
—Lo que ha sucedido ha conseguido afectarte por completo —grazna—. El príncipe Ebhan aseguró que resistiría este viaje. Y que tú te comportarías así.
—¿Cómo? ¿Angustiado? —arrugo la frente sin comprender qué otra cosa espera.
—Obsesionado con la idea de que no puedes salvarla —confiesa Hai.
—Tratar de salvar a quién más amas no puede ser obsesivo —niego con una sonrisa tensa—. Tus afirmaciones no solo se deben a eso, lo sé.
—Ahora también deliras —reclama Hai.
—Sube la velocidad de vuelo —bramo—. Te lo ordeno.
Sin poder abstenerse a ello, Hai obedece de forma inmediata.
Su aleteo aumenta con más destreza de la esperada.
La sensación de velocidad se nota en ese cosquilleo que comienza a calmar mi angustia, deshace el nudo de mi garganta al aferrarse al sonido de sus alas.
Su pico se hunde en el aire para tomar impulso.
—¿Por qué no me dijiste que Neche no volvería? —Hai deja escapar ira en su graznido.
—No sabía que Gandar tomaría esa decisión —mi tono se hace eco de la desilusión.
—Ciea no te lo perdonará, lo sabes —chilla.
—Yo no puedo dar órdenes a otro fénix que no sea el que yo monto —ya no sé si mi estómago tiembla por culpa, o es que comienza a irritarme—. Intervine para impedirlo y Gandar me ignoró.
—El hechicero se vio obligado a tomar esa decisión. Solo lo hizo porque no tuvo otra opción —Hai ruge con tanta fiereza, que atraviesa su piel para impactar con la mía—. Todos nos hemos sacrificado hoy por salvar a la princesa.
—No le pedí que lo hiciese. Tampoco les pedí que abandonaran Brenshire —mi espalda se estira. Retrocede ante su injusta acusación.
—Y aun así, Neche no está —resopla. Su graznido se vuelve cansado.
—Ella también se sacrificó por nosotros —mis pensamientos heridos dictan que ahora no es momento para reproches—. No lo hizo por Ebhan o Gandar. No lo hizo por mí como yo lo hago por ella. Lo hizo por Néferien y todos los tuyos.
—¿Por los míos? —exclama con sarcasmo.
—¿No es suficiente que confesase la traición de su reino y el de los elfos? ¡Nos dijo qué hacer para salvar nuestras tierras! —vocifero.
Ella muere, y él la desprecia…
—¿Es de agradecer que confiese tal cosa? —Hai insiste en ser arrogante.
—Cuando su vida peligra por ello, te inclinarás ante ella —bramo—. Tú solo cumples con tu deber.
—Jamás me inclinaría ante un hada, ese no es mi deber —afirma con poca paciencia.
—Has olvidado que actúas por justicia, nada te diferencia de esos que desprecias —su comportamiento acaba por irritarme, por hacerse dueño de mi expresión—. Nosotros somos sanadores, salvamos vidas. Todas las vidas.
—Estamos aquí solo porque nos importas —la declaración de Hai suena a advertencia.
—¡A mí me importa ella! —grito a lágrima viva—. Yo necesito que se salve como Gandar y Ebhan necesitan verme a salvo. Incluso si eso significa renunciar a quiénes aman para ayudarme.
—¿Entonces esta princesa significa más para ti, que cualquiera de nosotros? —murmulla de forma herida.
—Si ella deja de respirar, ninguna de vuestras compañías podría salvar mi vida —callo con pesar.
Un par de chillos de fénix se escuchan a escasos aleteos de mi espalda.
Me incorporo para ver su posición, Ebhan y su fénix están más cerca de lo que desearía.
No me sorprende que el príncipe no haya querido respetar mi deseo de callar, pero Ciea…
Hai bate las alas una vez más para que la velocidad nos aleje de ellos.
—Se salvará —admite Hai tras minutos de silencio—. Llegaré más rápido de lo que Ebhan me ordenó.
—Por favor —ruego en un susurro—. Perderla significaría que os habría traicionado a todos, que yo me habría traicionado para perderme con ella.
Tras un breve trecho de tiempo, nos adentramos en el reino nevado de las regiones de Avka.
Ciea y Hai vuelan juntas después de que nos dieran alcance.
Algo en mí se rompe al comprobar que Ebhan y Gandar han decidido respetar mi silencio.
No quiero pensar que callan porque han asumido que este viaje será el último.
Ni siquiera encuentro en su expresión esos gestos de enfado que reconozco en las líneas de su frente en otras ocasiones por lo ocurrido.
Y sin embargo, sé que me rompería más si hablase.
Tal vez, le cueste entender que mi silencio durante todo este tiempo fue por protegerlo.
Su padre murió por esta magia, por mantener a salvo al mío8, no pienso costarle la cabeza.
Desciende cerca de la puerta de entrada a la cabaña.
Hai recoge las patas, su cuerpo se postra sobre los mullidos copos blancos.
Estira las alas por completo. Golpeo su cuello con suavidad antes de sujetarme a una de las plumas del cuello para descender.
Deslizo a la princesa para sujetarla con cuidado entre los brazos.
Gandar se sujeta al hombro de Ebhan sin apreciar que observo sus movimientos.
Su vara se sacude presta en la nieve cuando inician los pasos para seguirme.
El verde del bastón se enciende oportuno para iluminar la poca distancia hasta la entrada.
—¿Cómo se encuentra? —Ebhan arruga el entrecejo al ver el rostro de la princesa.
—Empeoró mucho —trago saliva cuando su semblante quiere confirmar mis temores.
—Debo decirte algo que… —posa la mano sobre su hombro. Sus pupilas sobre las mías.
—No —sacudo la cabeza con negativa—. Ahora no.
La hoja se separa cuando mis labios pronuncian la palabra correcta.
Apenas una rendija la separa del marco, justo para poder apartarla con una premura con la que no desearía entrar a este lugar junto a ella.
Poco me importa el interior cálido por la chimenea que ordené dejar preparada a esos guardias que Efaris envió para vigilar.
No consigo dejar de temblar. Gandar accede tras de mí al cuarto, bordea la cama mientras dejo a Eladriel sobre ella intentando no dañarla más.
Ebhan se coloca junto a él. Observo los ungüentos, paños e hierba que han colocado sobre la mesa pequeña para comprobar que sean los que preparé.
—Déjame ver qué le sucede —la voz de Ebhan me hace mirarlo. Sus ojos brillan con súplica.
—Solo dime qué debo hacer —los míos ruegan porque lo haga.
Sus labios se unen. Calla para doblar su espalda y poder posar la mano en la frente de la princesa.
Rodea su brazo en espera de comprobar el pulso que hace apenas unos minutos tenía en el vuelo.
Su entrecejo se arruga. Una línea leve toma el mío.
Sus dedos se deslizan urgentes hasta encontrar un hueco bajo su mandíbula.
Mis latidos se precipitan al ver que su expresión no cambia aun si espero con más ansia su rostro sereno, que sus palabras.
La frente de Eladriel vuelve a ser objeto de su curiosidad.
Ladea el cuello para encontrarse con Gandar primero y se lleva mi aliento.
—Ebhan —me inclino con ligereza hacia un lado por la necesidad de capturar su atención.
—No resistió —Ebhan deja que sus pupilas descansen sobre Eladriel.
—Sí —asiento—. Hai llegó antes de lo que tú estableciste.